Philo-Music

Musikwissenschaftliche und philosophische Schriften

Notas sobre el „LIBRO DE JOB“

José Manuel Morales Cañadas

Salomón y Job son quienes mejor han conocido la miseria del hombre, y los que mejor la han descrito, por ser el uno el más feliz de los hombres, y el otro el más desgraciado; por conocer el primero por experiencia propia la vanidad del placer, y el segundo la realidad de los males.

Pascal[1]

El dios de las religiones que, siendo eterno, se representa a los seres llevados por el tiempo, no puede consistir más que en la suprema indiferencia o la suprema desesperación, en la culminación de la monstruosidad moral o de la desdicha.            

Guyau[2]

I.

La singularidad del Libro de Job comienza por su propia inclusión y datación junto a los libros sagrados de los diversos cánones, tanto hebreos como cristianos y musulmanes. La Biblia hebrea[3] lo incluye en los Hagiógrafos, y la tradición rabínica lo coloca tras los Proverbios. En los LXX, entre los libros didácticos o sapienciales. Los Padres de los siglos IV-V antes de los Salmos, y así hasta Trento y la versión oficial de la Vulgata, que lo coloca como transición entre los Libros Históricos y los Didácticos. Otros manuscritos lo encajan tras los Salmos o el Eclesiástico, y Agustín entre los Históricos, detrás de los Profetas, y como un profeta más también en el Corán[4]…acabando por ser expurgado, en el ritual católico, para dotar de contenido al Oficio de Difuntos[5].  Fuera de las Religiones del Libro, el texto se incluye en la literatura sapiencial que floreció por todo el Oriente cercano[6]. En cuanto al lenguaje, el de Jobnos recuerda más al de los Salmos y a las palabras desgarradas de algunos Profetas, aunque invirtiendo su sentido. Es cierto que toda exégesis, y más aún cuando el que la desarrolla es un experto, puede ayudarnos a descubrir las posibles concomitancias o divergencias entre el contenido del texto y su contexto, tanto literario o histórico como estrictamente religioso. Pero, y en esto consiste su verdadero carácter excepcional, el Libro de Job, sean cuales sean su antigüedad y su género, puede leerse fuera de contexto, en cuyo caso las exégesis, más o menos interesadas, más que aclararnos, pueden llegar a estorbarnos, a la hora de captar ese otro sentido profundo, también evidentemente interesado desde el momento en que lo hacemos nuestro, actual y sin intermediarios/intérpretes[7], como una reflexión, entre otras cosas, sobre el (sin)sentido del sufrimiento. Nos gustaría elegir su datación más reciente, en torno a la primera mitad del s. V a. C.[8], por la misma época en que irrumpían en Atenas esos discutidores de profesión que acabaron por adueñarse del título de sofistas. A pesar de que la mayor parte de sus comentadores insisten en el carácter homogéneo del discurso de los amigos de Job, podríamos así esbozar un auténtico desarrollo dialéctico en las sucesivas intervenciones de los personajes, e incluso, ampliándolo y tomando como punto de partida la trama que da lugar a la historia, articular con el diálogo tanto el prólogo en los cielos como la apoteosis final, que muchos dan por añadida. Nos enfrentaríamos de este modo, no con la versión más pobre de la argumentación (que se resume en el carácter terrenal vs. trascendente de la justicia divina), sino con una complejidad que multiplica también sus personajes. De este modo, de las dos versiones enfrentadas, la del propio Job y la de sus amigos, pasaríamos a ocho, interpretadas por otros tantos actores: Job, Yahveh (o simplemente Dios, El, ya que apenas figura en el texto con su nombre propio[9]), el Satán, la anónima esposa de Job[10], Elifaz de Temán, Bildad de Suah, Sofar de Naama y, finalmente, el espurio Elihú.                                           

Algunos comentaristas excluyen expresamente la obra del género dramático, por carecer de acción. Pero, si nos empeñamos en esta forzada analogía, el libro, tomado de esta forma como diálogo dramático, cuenta también con su coro y sus personajes secundarios. Para el primero podríamos conjuntar a todos los hijos de El-Shaddai, entre los cuales se coloca también el Satán, aun manteniendo su papel protagonista, y tal vez el siniestro visitante onírico de Elifaz. Los segundos hacen doblete: primero con un papel muy breve, sólo para morir enseguida; y en segundo lugar con uno indefinido, una vez repuestos por Yahveh. Únicamente los criados, los que hacen de heraldos para anunciarle a Job la primera tanda de desdichas, actúan una sola vez; los demás, los hijos del paciente varón y el resto de la servidumbre, junto a los animales, reaparecen con el mismo papel que tuvieron antes de ser masacrados. ¿Y el narrador? Moisés, Salomón, Isaías o cualquier otro profeta de los tiempos del reinado de Azaquías, todos han pretendido alguna vez hacerse con los derechos de autor, incluido el propio Job. Hasta el s. XIX de la Era cristiana no pudo reconocerse sin peligro que, en los libros inspirados, cuyo autor absoluto era el mismísimo Dios, podían haber participado muchos, que recortaban y añadían, corregían e incluso contradecían el texto original, si es que lo hubo. Y cuando las divergencias resultaban demasiado evidentes, siempre existía el recurso, muy apropiado para este caso, a la inefabilidad suprema del Autor, quien se habría tomado intencionadamente el trabajo de confundir a sus lectores, como había hecho en la práctica con el pobre Job. La crítica racionalista de los textos sagrados, que se origina ya en el s. XVII con Spinoza y Richard Simon entre otros, y que acabó cebándose también con los textos del Nuevo Testamento,  pudo favorecer, como se esperaba, el escepticismo ante unos escritos que, durante siglos, habían pasado en bloque por las Obras Completas de un solo Autor bastante desigual y desordenado, a veces políglota, sin un estilo definido y con unos principios éticos y estéticos tan eclécticos, que obligaban al lector a recurrir al experto, guiado a su vez (unas veces sí y otras no) por el Espíritu del propio escritor, antes de adentrarse en esa inextricable maraña. A cambio, y parafraseando a Job, los que quitaron a Dios nos dieron sus obras, editadas esta vez por separado y ganando con ello, en muchos casos, todo el valor literario y humano que puedan ofrecernos todavía. Podemos por fin leer a los Profetas o el Génesis sin adorar a sus dioses (ahora resultan ser muchos y muy dispares), del mismo modo en que leemos la Odisea sin tener que ofrecer sacrificios a Atenea, sin remitirnos siquiera a Homero ni a Moisés, y admirando la obra sin pensar en su engañoso Hacedor.

***

El libro se abre con una apuesta entre dos, para cuyo resultado va a ser necesario urdir una trampa. Los jugadores pertenecen a un nivel de realidad cualitativamente distinto y superior al de los otros personajes (nosotros mismos incluidos). Por tanto, no se plantea siquiera el peligro de que la víctima de la estratagema, cuya respuesta va a decidir el resultado, sospeche en ningún momento del engaño. Pero, si nos quedamos con el simple papel de lectores y destinatarios del texto, y dado que, a pesar de su forma dialogada, se trata de un diálogo narrado, podemos estar al tanto del embuste. Quede claro que no vamos a leer el Libro de Job, como es habitual, en clave ética o ético-religiosa, sino epistemológica: el dualismo moral bien/mal estará subordinado al par de opuestos verdad/falsedad. Y así, encontramos en el Libro de Job cuatro pasos en el proceso dialéctico entre la verdad y la mentira: engaño  ̶  desengaño  ̶  descubrimiento  ̶ encubrimiento definitivo. Simplificando mucho, el esquema lógico quedaría de este modo:  

  1. Comenzamos por el primer error de los hombres, que el Satán conoce muy bien: la llamada postura tradicional sobre la justicia divina, que se cumple en esta y única vida y que reduce la desdicha a una consecuencia del pecado, que afecta a todos y cada uno de los seres humanos. Este primer argumento es atribuido por el Satán a Job ante Yahveh, y es también el defendido explícitamente por los amigos: A) Dios es justo[11]; B) luego el sufrimiento es castigo por el pecado[12]; C) Job sufre; D) luego Job ha pecado[13].
  2. Por reducción al absurdo[14], resulta implícitamente del enfrentamiento que manifiesta Job entre su dolor y la certeza de su inocencia: A) Si Dios fuera justo, no haría sufrir al hombre bueno; B) Job sufre y no ha pecado (lo primero es una evidencia para todos; lo segundo, sólo para Job, según se expresa en 37); C) luego Dios es injusto. Este argumento no se rechaza por razonamiento, sino por un acto de fe indiscutido: llamar injusto a Dios equivale a una blasfemia.[15]
  3. El lado afirmativo de la epifanía consiste en la aclaración del primer error (la justicia como retribución terrena), es decir, en un metaenunciado negativo, que nos da a entender que el término ‘justo’ es equívoco, variando su sentido según se refiera a Dios o al hombre. Dios puede parecer injusto a los ojos del hombre sin serlo realmente; o, más bien, la justicia divina abarca situaciones que, a nivel humano, aparecen como injustas[16].
  • De nuevo, el lado negativo del enunciado contenido en la teofanía (o teofonía), que se asemeja a distancia a una consideración positivista sobre lo sagrado, encierra una afirmación, aunque paradójica: el alumbramiento-desvelamiento del carácter oculto, e ininteligible para el ser humano, de la voluntad de Dios.

Así pues, el primer planteamiento, anterior (en sentido tanto lógico como cronológico) a la historia que le va a servir de correctivo, radica en la creencia equivocada sobre la justicia divina, defendida tanto por sus amigos como por el propio Job, quien se ve obligado a acudir a ella, aunque quizás ya no la comparta y sólo para ponerla en cuestión, con el objetivo expreso de justificar así su inocencia. Por tratarse de una perspectiva demasiado ingenua, cuestionada ya en muchos pasajes de la Torah[17], su persistencia nos remite inevitablemente a un esquema de pensamiento primitivo que rebasa la frontera de la mentalidad y la cultura judías históricas. Desde un punto de vista teológico, se quiere ver en esta confianza espontánea un estadio anterior, dentro de un supuesto desarrollo de la religión de Israel hacia la noción de trascendencia absoluta y, de paso, hacia la ocurrencia de una vida después de la muerte, es decir, hacia la revelación cristiana[18]. Pero, aparte de que suelen ser los exegetas cristianos los que lo enfocan de este modo, dado que difícilmente encontramos en el Antiguo Testamento ni siquiera la sospecha de una resurrección y/o retribución no terrenas, que el propio Job rechaza (14:12-20, 16:22), la fácil solución que ello supondría al páthos y la agonía del  paciente protagonista, no sólo resulta poco creíble desde el punto de vista antropológico, sino que desvirtúa y empobrece la radicalidad con que se plantea el conflicto en el propio libro. Si nos atenemos exclusivamente a lo que dice el texto, y no a lo que pretendidamente anuncia o anticipa, es contra esta falsa confianza (en cualquier tipo de retribución, venga cuando venga) frente a la que Satán elabora su trama, con la connivencia y, sobra decirlo, la premeditación del propio Yahveh.

Aunque sea ya comenzado el diálogo en la tierra cuando se explicite la versión tradicional sobre la justicia divina entendida como compensación en esta vida, el lector advierte fácilmente que es para deshacer esta creencia engañosa por lo que se confabulan Yahveh y Satán desde el principio (1:9-11). Comenzamos pues con ese proyecto tramposo, que inaugura lo que hemos llamado el prólogo en los cielos de la historia de Job, y que se articula a su vez en dos fases muy bien marcadas en el texto, que las separa mediante una segunda entrevista entre Dios y su ayudante (2:1-7). Primero arrebata Satán a Job sus bienes terrenales, su riqueza, resumida en sus dominios: cosechas y ganados, servidumbre y descendencia[19], en este orden y todos a la vez con el conjunto de sus iguales, dentro de sus respectivas categorías. Ciertamente, el primer dolor de Job es demasiadomundano, quedando limitado en el relato a la sola constatación de las sucesivas pérdidas de posesiones, como en un inventario que nos hace pensar en una especie de inversión de la Cosmogonía del Sacerdotal: Dios, víaSatán, va restando, uno por uno, todos los elementos que había ofrecido gratuitamente a su siervo, del que hasta ahora, aparentemente, se sentía tan orgulloso… a la vez que engaña al mismo Satán, haciéndole creer en su certeza (de Yahveh) de que Job es inocente ¡y entiende ya el sentido trascendente de su malhadada justicia! Es por todo esto por lo que, en un segundo asalto, el ataque va dirigido contra su propia persona, en forma de enfermedad. Hay que recordar que Job había sido siempre un hombre feliz a la vez que piadoso. Es a partir de ahora, y a medida que se acumulan sus desdichas, cuando, de manera progresiva, se inicia el proceso de desengaño que lo va a ir llevando, hasta llegar al límite, a separar ambas virtudes. Y es durante este proceso de aprendizaje negativo cuando descubre que hubo un momento en que no fue feliz… ni desdichado, esto es, que no fue en absoluto: antes de su nacimiento (3:13, 16); y otro equivalente en que, necesariamente, dejará de serlo: tras la muerte (3:19).

Comienza en fin la acción satánica, reducida a unos pocos versículos (1:13-19 y 2:7), pero de consecuencias devastadoras. El Satán, a pesar de su nombre parlante, sólo tienta a Dios[20] mediante su acusación de Job. De cara a los hombres, antes que como tentador o acusador, se comporta más bien como un maestro, un educador que ilustra a la criatura ingenua, aun escandalizándola, sobre el supremo engaño en que consiste el poder divino. La apuesta es entre dos semejantes sobrehumanos, aunque adversarios dentro del mismo juego… en apariencia: en verdad, el jugador es uno solo, el solitario Yahveh, que es quien elige y convoca a su sirviente y competidor (creado por y para Sí mismo) para una partida cuyas reglas, desarrollo y desenlace ha preparado y amañado de antemano. Por su parte, el hijo de Yahveh sólo quita, sin ofrecer nada al hombre a cambio de la traición a su Creador, a diferencia de lo que ocurre en Génesis 3:4-5, donde le ofrece la sabiduría que el propio Dios le hurta. Pero con la sucesión de desgracias vuelve evidente la verdadera imagen que Yahveh ha de tener ante su súbdito: la de una fuerza infinitamente mayor que la capacidad humana de entendimiento, de la que deriva una concepción también infinita o indefinible de la justicia; una superioridad que se traduce en la gratuidad de sus actos (como en el sacrificio de Isaac[21]). Satán, por lo tanto, no miente[22]; al contrario, aclara, tanto a Job como a sus amigos, un sentido más profundo (y cruel) de la naturaleza divina: su carácter incomprensible. De ahí la paradoja[23]: Satán descubre al hombre el irremediable ocultamiento de Dios; es más claro e ilumina más al hombre sobre Dios que Dios mismo, al ayudar a hacerle clara su completa opacidad. De la relación de intercambio entre Yahveh y su criatura, que es lo que defienden los amigos (junto al concepto consecuente de justicia como retribución) se pasa a la de sumisión, en la que uno de los contrayentes del pacto, Yahveh, deja de estar obligado con respecto al otro. Como ocurre en otros pactos de la historia sagrada, que se diluyen en simples promesas (la marca de Caín, la elección del pueblo elegido, el compromiso tras el diluvio o tras la destrucción de Sodoma y Gomorra, etcétera), no existe ninguna instancia superior a la voluntad divina, incomprensible para el hombre, que la obligue al cumplimiento de su promesa[24]. Quizás ahí está el “engaño” satánico: la prueba sirve para comprobar hasta qué punto Job (y sus amigos, que colaboran sin saberlo con el plan, al intentar convencer a Job con sus argumentos) sigue prisionero de esa noción falsa de la equidad divina. Pero la treta, al ser llevada al extremo, desmonta el error, y la mentira sirve así de vehículo para alcanzar la verdad: el exceso de penalidades no puede corresponder a ninguna falta equivalente. Aunque sólo Job, el Salomón que en ese momento tenía a mano Yahveh, podía servirle de ratón de laboratorio: el hombre que lo posee todo, felicidad y piedad, y en el grado máximo que puede alcanzar un mortal, es el único que puede probar, degustar, incluso paladear el colmo del dolor. Esta segunda alternativa, a la que se quiere inducir a Job y que su esposa plantea abiertamente, sólo se hace creíble en el caso del dolor exacerbado de Job: en la mayoría de los hombres, la cantidad de pecado, no sólo supera con creces la de sufrimiento, sino que obtiene, en muchas ocasiones, una recompensa que puede resultar escandalosa incluso desde el punto de vista de la justicia estrictamente humana. Sólo en el caso de Job se dan unidos los dos polos: el del dolor y el de la bondad. La contradicción en su caso es evidente y absoluta: no hay sufrimiento que pueda concebirse que Job no posea (3:25), y, en el otro extremo, la certeza de Job de su inocencia se alza frente a cualquier otra consideración. La autocerteza ética es la que se atreve a contradecir el autoengaño religioso y a encararse incluso con el Juez supremo.

A pesar de que en este libro Dios termina por hablar directamente al hombre[25], ello no justifica su inclusión en los Hagiógrafos de la Biblia judía, que lo degrada al nivel inferior del parloteo de Yahveh con su pueblo. De los tiempos remotos en los que, como en la Mekoné griega, el ser humano compartía mesa y conversación con sus dioses; e incluso cortado ya el monólogo que inspiraba directamente y al pie de la letra sus mensajes a los profetas[26] (o a las sibilas, en el caso griego), el redactor del Libro de Job sólo conserva la gracia, que salva su escrito de convertirse en un simple apócrifo. A cambio, esto nos excusa de la obligación de escuchar las sentencias del autor/personaje como una transcripción directa, no ya del mensaje del Otro, sino incluso de cualquier mensaje, más o menos claro y directo, de sus secretas intenciones.

En la introducción (1:8-12) se nos cuenta, en resumen, cómo Dios quiere y decide que el Satán sospeche y lo tiente a Sí mismo, haciéndole creer (Yahveh a Satán) que puede inducirlo a Él a sospechar de la piedad de Job. Satán, burlador burlado, pasa entonces a tentar, a tantear a Job, enviándole calamidades que el hombre ha de tomar, equivocadamente, como causadas, con o sin motivo, por el propio Yahveh (que es quien verdaderamente se las envía, aun delegando la tarea en su primer mayordomo). Aunque Yahveh ya sepa de antemano cuál va a ser el último paso de esta especie de experimento, y a falta de presciencia por nuestra parte, podríamos encontrarnos con dos resultados diferentes: o bien Job reniega de Dios, y su piedad no era por tanto más que una forma de agradecimiento; o bien se mantiene fiel, lo cual implicaría que su entrega era “auténtica”, es decir, independiente de sus beneficios. O lo que es lo mismo: que el hombre Job conocía ya esa nueva forma de justicia que es la que Dios quiere en última instancia descubrir y anunciar… a costa de esconderla definitivamente. La prueba se complica y son necesarios tres ataques sucesivos: arrebatarle a Job sus bienes mundanos (dones gratuitos de Dios, que no debe atribuir a su buena conducta hacia Él); quitarle su vitalidad (ídem); y, finalmente, seducirlo con una farsa añadida: el consuelo mentiroso de sus amigos, nuevos instrumentos de Yahveh/Satán, ya que acuden aparentemente a convencerlo de su culpabilidad… aunque lo que estén verdaderamente intentando sin saberlo sea que incurra en la blasfemia de atribuir el mal exclusivamente a Dios. En el interín, aparece la tentación de la esposa (2:9), que pretende que reniegue de un Dios injusto y elija la muerte, que es precisamente lo que Dios había prohibido con insistencia al Satán (1:12 y 2:6), ya que echaría abajo todo el protocolo del experimento.

La verdad y la mentira se intercambian así sus disfraces, hasta que llegamos al último paso del que hablamos antes, en el que se vuelven claras las tinieblas en que radica la esencia de este dios proteico y embustero. Y con ello, a su ignorancia del lenguaje humano, a la imposibilidad de comunicarse con su progenie. Pasando por Babel, llegamos pues al polo opuesto del lenguaje natural que Dios había dado al hombre, al otorgarle el derecho de nombrar a los animales en el Paraíso (Génesis 2:19-20). Sin embargo, esta intervención última de Yahveh, que resulta algo artificiosa y forzada, y que nos retrotrae a la ingenuidad del lenguaje yahvista[27], va más allá de ese cuarto momento que sería el del desvelamiento final de la trascendencia absoluta de Dios: rizando el rizo, nos da a entender, por decirlo de algún modo, que todo estaba previsto, de manera que, aunque sólo El lo sepa y lo comprenda, la complicada estratagema tenía finalmente un sentido, si bien inexplicable e injustificable.

***

La intervención de Elifaz, que abre el diálogo puramente humano, aparte de resumir en pocas palabras la ya mentada consideración tradicional sobre el mal (4:7-9), así como la actitud que debe tomar el que lo sufre (pedir perdón, aunque no sepa por qué), sirve de acicate para que Job comience sus protestas (en el sentido amplio del término), reprochando a Dios que lo castigue con tanto sufrimiento, siendo su vida tan pasajera: «¡Déjame ya, que un soplo son mis días!» (7:16); así como el que se ocupe de un ser insignificante como él. De paso, Job intuye que no es su persona individual, como tampoco lo era el pueblo elegido de los tiempos patriarcales, el objeto enconado de su preferencia (que aquí es sinónimo de odio o, más bien, de venganza): «¿Qué es el hombre para que te ocupes tanto de él, / para que pongas en él tu corazón, / para que le escrutes todas las mañanas / y a cada instante le escudriñes? / ¿Cuándo retirarás tu mirada de mí /…/ ¿Por qué te sirvo de cuidado…?»[28] (7:17-19). Aunque sea ad hoc, introducimos aquí la hipótesis evolutiva, pero sólo hacia atrás. Todos estos reproches, que tanto nos recuerdan al Salmo 139, nos dan a entender que, a medida que se ha ido creciendo, separándose del trato cara a cara con el hombre y haciéndose realmente Único, el antiguo Dios de Israel se ha ido adueñando paradójicamente de esa otra totalidad mermada que es el individuo humano, todos los individuos humanos. Dicho de otro modo, a medida que Dios se va volviendo irreconocible, su conocimiento del ser humano se va ampliando, hasta hacerse insoportable[29]. El sufrimiento de Job es inconmensurable, no sólo con sus (inexistentes) pecados, sino con la naturaleza efímera de su existencia. Los castigos de Dios en esta vida, que en este caso no resultan de los delitos cometidos y que no incluyen la muerte[30], no podrían por tanto imputarse al pecado primigenio, que en el Libro de Job ni siquiera se menciona. Por otro lado, los males de Job no son infinitos: le han sido enviados por lotes, se pueden sumar y restar, aunque su enormidad no tenga parangón con la pequeñez del hombre. Job insiste en esa otra desproporción (7:20): la que se da entre el castigo y el efecto que el pecado pueda tener sobre un ser omnipotente, ya que las acciones de ese otro ser limitado que es el hombre no pueden afectar a una entidad absoluta, que se basta a sí misma.

Como entreacto, antes de retomar el drama, sigamos un momento hablando de números, aunque sea entre paréntesis. El mal (o los males), además de poderse contar (sumar, restar, etcétera), se escinde en dos tipos deshaciendo su ambigüedad, una de ellas: por un lado, el mal moral, que proviene de la conducta individual cuando ésta contraviene algún mandamiento divino; y por otro el sufrimiento sobrevenido, que pierde a partir de ahora su carácter ético y teológico[31]. El hombre es el causante de su propia desgracia, pero ello no significa que ésta haya sido enviada por Dios como castigo por una acción culpable, sino que es engendrada directamente por sí mismo: la naturaleza en su totalidad[32], incluida la humana, la desarrolla de un germen que ya estaba en su interior, del mismo modo que genera en el ser humano las buenas o malas acciones, independientes ahora del sufrimiento y, lo que es más importante, de ese dolor prescindible y añadido de forma superflua a la lista de los males reales: la culpa. Y esta escisión entre el sentido ético del maly su sentido natural es precisamente uno de los hallazgos más significativos del Libro de Job. Sócrates buscaba en vano una definición del bien, frente al uso equívoco que le otorgaban los demás sofistas. De manera semejante, Job parece empeñarse en deshacer el equívoco, esta vez contenido en la noción antinómica del mal. Sólo como recurso literario, por no tratarse el Libro de Job de una obra filosófica, se recurre al número para darnos a entender, figuradamente, un concepto abstracto del mal, para el que tampoco Job encuentra una definición y/o justificación adecuada (6:2-3). Para un ser limitado como el hombre, la cantidad, cuando es desmesurada y, especialmente, cuando desborda esa especie de envoltorio bien delimitado, recortado, que es su cuerpo o sí mismo (frente a lo que ocurre con el infinito exterior, el de las estrellas o las arenas del mar y del desierto), da un salto hacia lo inconmensurable cualitativo; de ese modo, del exceso de males pasamos al mal excesivo: absoluto.

De todos los discursos, hay uno muy breve, que se reduce a una sentencia imperativa, más fuerte que los simples consejos amistosos, y que ha sido habitualmente minusvalorado a pesar de su importancia: «¡Maldice[33] a Dios y muere!» (2:9). Al margen del trasfondo patriarcal que pueda haber en el papelito reservado a la esposa de Job, quien se asemeja a una nueva Pandora o a una segunda Eva, quizás su doctrina, demasiado transparente por malévola, es lo que ha hecho que los comentaristas la tengan tan poco en cuenta a la hora de justificarla o articularla con el resto del contenido. Gregorio Magno utiliza a la esposa de Job como alegoría, dentro de una división cuatripartita en la que se combinan palabras e intenciones según su relación con el par bueno/malo: la sentencia de la mujer, como cabe esperar, se sitúa en cabeza (en mala cabeza), sumando la perversidad a la blasfemia, el mal propósito con el mal-decir. Todo ello dentro de un discurso sobre los buenos/malos predicadores, y en comparación con el también alegórico Elihú, que se toma como figura del predicador presuntuoso (que dice bien la palabra de Dios, pero con un propósito errado: adueñarse de ella, cuando no le pertenece, sólo para crecerse ante su auditorio). Bien o mal, en cualquier caso, esta especie de Jantipa semítica es la única que habla claro. No justifica, no hace santas sus palabras ni esconde nada tras ellas: la muerte, ésa que tanto invoca su esposo, aunque hipócritamente (3:20-21), es la única solución para el sufrimiento; y al Dios que nos lo inflige inmerecidamente no le corresponde más que la maldición. Entendamos por tanto: Maldice primero a Dios, y muérete después, ya que tus males no tienen remedio.

Si traducimos la “tentación” como prueba, consiste en poner a mano algo que está prohibido, pero que se desea ardientemente. La ley ha de entenderse entonces como estricta prohibición, como una quita que, cuando se recupera, aporta un enorme beneficio, pero que trae consigo un “castigo”, real o imaginario (la culpabilidad). En el caso del consejo de la esposa, la transgresión sería puramente negativa: se da por supuesto que Job desea maldecir a su Dios, y que sólo se lo impide su obcecado respeto por la ley recibida. Pero, al igual que le ocurrió a la pareja humana tras el primer pecado, aquí también el transgresor se hace sabio, más sabio, gracias a la simple culpa de haber pedido cuentas a Yahveh, de haber cuestionado su justicia; el pecado completo, que habría significado la victoria del Satán (¡y de Yahveh, por tanto!), habría consistido, no ya en negar a Dios, sino en maldecirlo, hacerlo responsable del mal, considerarlo malo. En los casos de otros personajes del relato yahvista en los que se trata de pecadores individuales (Caín, Lamec, Cam), todos ellos quieren lo que no tienen y corresponde a otros, inmerecidamente según su criterio, lo cual los conduce al asesinato. Pero el otro, su víctima, es siempre un semejante, ya que en caso contrario no habría dado lugar a la envidia; en el pecado original, en cambio, lo que Adán desea es propiedad del absolutamente Otro (a quien, además, no puede eliminarse), por lo que a la envidia se añade la soberbia. Tanto Job como sus amigos pecan, según el discurso final de Yahveh, de esta misma soberbia: quieren poseer una sabiduría que sólo le pertenece a Él. Job no quiere en principio lo que no posee, sino lo que ya ha tenido y le ha sido arrebatado, inmerecidamente en ambos casos: su nueva piedad o sentido de la justicia consiste en entender que todo eso no era suyo, sino que se trataba de un don gratuito. Pero la cosa se vuelve más difícil cuando el “don” es su misma vida, entendida como integridad corporal; Job podría haber prescindido de sus bienes exteriores sin dejar de ser él mismo; pero no puede renunciar a sí mismo, como le plantea su esposa, muriendo, ahora que ese sí mismo se reduce a sufrimiento.

La enfermedad no es sólo la secuela del pecado, de algún pecado, por recóndito y olvidado que haya quedado en la conciencia del paciente. La de Job ha sido muy bien escogida a tal efecto, en primer lugar, por el autor del libro, que consigue con su breve descripción transmitirnos todo su significado: se trata de una patología visible, palpable, epidérmica, literal y metafóricamente. Llamativa y volcada al exterior, no sólo la sufre el enfermo: también la perciben, y con repugnancia, sus visitantes y espectadores. Si pasamos a su etiología simbólica, Yahveh, a través del contagio del Satán, ha dado igualmente con la tecla: los síntomas evocan una descomposición cadavérica prolongada (7:5), detenida en el mismo proceso, ya que parece no alcanzar nunca a destruir la carne pútrida para dar lugar por fin al hueso desnudo, al sólido e insensible esqueleto. Job la sufre en su interior hasta el punto de impedirle ese éidolon de la muerte que es el sueño (3:26, 7:3-4, 13-14). Y sus amigos la sufren, aunque sea desde fuera, por el mero hecho de contemplarla en silencio durante siete días y siete noches ininterrumpidos (2:13). Sólo después se atreven a hablar y, aunque con sus palabras parezcan querer decir otra cosa, los amigos de Job no se dedican a inducir alguna falta pasada a partir del evidente estado actual de su cuerpo, sino que se limitan a constatar, con el mismo grado de certeza, estos dos aspectos de lo mismo. Dentro del esquema del pensamiento primitivo, igualmente tradicional y sostenido como el de la justicia de los dioses, la enfermedad es el mal. Impureza física y suciedad moral son la misma cosa. El carácter repugnante de la afección de Job nos lo describe claramente y, de nuevo, Job atisba a disociar lo que para la mentalidad conservadora de sus amigos estaba íntimamente unido (la enfermedad y el pecado), aunque en este caso no se lleve a sus últimas consecuencias, como se hará con las nociones también obsoletas de lo justo y lo injusto. Más aún que las calamidades previas, sucesivas y escalonadas, aunque con extrema rapidez, la enfermedad de Job es, ante todo, fulminante y excesiva: lo invade de golpe y lo atormenta hasta el límite de lo soportable.

A diferencia de la tentación primordial, que traía consigo como promesa el conocimiento, un “algo más” para un Adán ya creado, ahora la caída no tendría justificación aparente si no se ve cumplido el segundo hemistiquio, la segunda exhortación de la esposa: «…muere.» Sin tormento (entiéndase: indefinido y sin alivio posible), Job no sería Job. El personaje construye y descubre su identidad a partir de su quiebra, a pesar de que durante todo el libro el dolor aparece como algo añadido, venido de fuera: ¿qué o quién era Job antes de que Dios/Satán pusiera su vista en él? Su subjetividad se disuelve, haciendo honor a la raíz común de ambos términos, en su naturaleza sujeta, subordinada: un sujeto puro, un puro súbdito. Esta sujeción lo iguala al resto de los personajes: tanto a sus amigos, como a sus hijos, sus animales o sus siervos[34], que pueden intercambiarse, suprimirse y ser repuestos gracias a su equivalencia, a la homogeneidad de su papel de “unos u otros”. Pero ya había en ese personaje algo excesivo, que lo señala como objetivo de los dardos del Señor absoluto porque devalúa su propia naturaleza. Lo que define al amo es su capacidad de domar, de domeñar al animal salvaje o al esclavo rebelde. En ausencia de rebeldía, su existencia se vuelve superflua, prescindible: los animales dóciles van solos a pastar y vuelven al redil, acuden por sí mismos al sacrificio; la naturaleza obedece sus propias leyes[35]. La extrema sumisión de Job escandaliza a Dios, mucho más que el levantamiento de un grupo de esclavos. Job se reconoce a sí mismo y descubre su identidad gracias al dolor, aunque éste provenga del Otro, como nos dan a entender la trama preliminar y la argumentación de los amigos. La misma ingenuidad, que choca con la radicalidad del discurso del protagonista, es de la que adolecen los dos argumentos, contradictorios a primera vista, pero que, en definitiva, se dan la mano: en ambos casos se empeñan en reducir el yo de Job a la simple, por banal, conciencia de su pureza. Pero ésta no basta, como tampoco son suficientes las desgracias ajenas (sus primeras pérdidas), para identificar a Job. Es la enfermedad la que, a su pesar, lo define e identifica frente a los demás. Sólo a partir de las calamidades privadas (que ni siquiera su causante entiende: el Summum Bonum no puede comprender el mal), Job pronuncia sus palabras haciéndolas extensivas a la totalidad de la especie humana, lo que nos lleva a la visión de Elifaz y a la teofanía, que resultan por ello meros ornamentos. Job ya conocía su mensaje: todas las criaturas son caídas, esto es, son malas, sufren.

No es posible dar algo a nadie; tampoco dar nada. La muerte no se añade a nuestra existencia; o también: alguien nunca muere. En cambio, el hecho de que sea otro ser (Dios, la naturaleza, los demás, etcétera) la causa de nuestro sufrimiento, puede llegar a enajenarlo de nosotros mismos. Del mismo modo, no tiene sentido que sea Otro el que nos haya dado la existencia[36], ya que sin ella no somos otra cosa (a diferencia del primer hombre, que ya era, aunque ignorante, cuando la serpiente le ofreció el fruto prohibido): simplemente no somos (3:11). Job podría haber acatado el primer imperativo de su esposa (maldecir a su Dios o negarlo), pero no el segundo: Job no puede morir. Dice que sí lo quiere, pero cuando invoca a la muerte sigue pensando en sí mismo ya siendo, en su estado fetal, como aborto o simple cadáver; nunca lo hace en la impensable nada. Sigue existiendo, estando, aunque de una manera ambigua, en un lugar: una tumba, un mausoleo, el vientre materno o la tierra (3:17). Ese ‘allí’, el Seol, iguala a grandes y pequeños, felices y desgraciados, pecadores y hombres piadosos (3:19–20): ‘allí’ no alcanza la mano buena o mala de Dios, que ya no puede encontrar a su criatura, como le ocurrió con Adán cuando éste se le escondió en el Jardín (Génesis 3:8-10). Toda esta proposición, salida del hombre débil que se esconde de su acosador, nos suena a una mezcla de resentimiento y amenaza: «Pues ahora me acostaré en el polvo, / me buscarás y ya no existiré.» (1:20-21). ‘Allí’ las inmensas riquezas de Job no habrían tenido ningún valor, por lo que su pérdida no habría supuesto ninguna desgracia, y de aquí la mención irónica de los que se hacen sepultar con sus tesoros y sus joyas (3:14-15). Al mismo tiempo, como nos lo sugieren las repetidas advertencias hechas al Satán, Dios no quiere su muerte, ya que significaría su propio fracaso. En ese sentido, la sentencia de la esposa es una sola y la misma: repudiar a su Dios y morir son lo mismo; si bien, para cumplirla, tendría Job que haber trastocado el enunciado, dándole de este modo su completo significado: si y sólo si muere maldice Job a Yahveh, reniega de Él: lo niega, lo mata.

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Elifaz ha tenido una visión fugitiva a la vez que tenebrosa y aterradora (4:12-16), como lo va a ser el mensaje que le sigue (4:17-21). No se nos dice quién ha sido el mensajero, pero intuimos que se ha tratado de uno de los múltiples hijos de Dios, quizás el propio Satán[37]. Tampoco nos dice Elifaz cuándo la tuvo exactamente, pero entendemos que ha sido durante esa semana de mutismo y expectación, que nos hace pensar en el estado de estupefacción en el que han quedado los conocidos de Job ante el espectáculo inconcebible de su podredumbre. No ha podido, y lo mismo les ha ocurrido a los otros dos camaradas, elaborar un discurso humano que se acerque siquiera a dar respuesta a semejante catástrofe (el estado de Job). Por eso mismo, la imagen ha tenido que ser repentina e instantánea, las dos características del derrumbamiento de su antiguo amigo. Aunque el susurro a que da lugar tenga un desarrollo (todas las criaturas son defectuosas, incluso los hijos de Dios, entre los que se encuentra el Satán), el contenido del mensaje es la confirmación del carácter universal de ese corte radical, tajante, sin solución de continuidad: sin mediación dialéctica. No hay perfección fuera de Dios, y todo está fuera a la vez que procede de Él, pero sin gradación ni proceso. También sus intermediarios, que acuden a adorarlo y se atreven a mirarlo a la cara, han sido creados imperfectos. El mito de los ángeles caídos, los que se unieron a las mujeres en Génesis 6, esos mismos que Pablo convertirá, sin excepción, en figuras maléficas[38], encuentra así su enmienda y quizás su explicación. No han caído: son caídos, desde el momento en que no son Dios. No se plantea en esta visión la procesión ontológica y axiológica que elaborarán después gnósticos y neoplatónicos, ofreciendo a unos pocos privilegiados, electi, cierta consolación. Pero, ¿qué significa aquí esta revelación, como respuesta a las palabras inmediatamente anteriores de Job? La visión de Elifaz nos sugiere que todo el universo creado, por el hecho de serlo, no sólo se aleja de su Hacedor, se le escapa, sino que lo hace degradándose y cayendo de golpe: toda la creación es mala, indistinta y homogéneamente mala. Éste es pues el falso consuelo que Elifaz le ofrece a Job: mal y maldad, aquí términos equivalentes[39], son atributos universales del ser creado. Sus contradictorios, el bien y la bondad relativos, se pagan con la ignorancia, la renuncia a un conocimiento que, a los ojos del Otro, se traduce en soberbia. Ni la dicha de Job ni su piedad eran ciertas, ni lo van a ser a partir de ahora las de sus antiguos y satisfechos camaradas.

Ya hemos visto cómo los amigos, no sólo no consiguen consolar a Job ni, mucho menos, amansarlo (que es su principal cometido), sino que refuerzan su sufrimiento y, al mismo tiempo, su insubordinación. Bildad busca despertar en él un dolor añadido: la culpa irracional. Al insistir en la doctrina tradicional del castigo de los impíos, mueve a Job, que a pesar de todo sigue convencido de su inocencia, a reflexionar sobre lo ininteligible de la noción de “justicia” atribuida a Dios. Dios puede premiar al malvado si así le place, pero además hunde en el lodo al inocente. Ante la imposibilidad del hombre de ser justo, de acoplarse a la medida divina (4:17), Dios se convierte en la culpa que atormenta incluso al hombre bueno y piadoso. ¿O acaso son idénticas ambas cualidades? Lo que exige Dios, los dioses en general, es reconocimiento y sumisión, mientras que la moral exclusivamente humana se reduce a lo primero. La palabra ‘justicia’se va a convertir en algo ambiguo, al ser entendida a la vez al modo humano y divino, hasta acabar por ser lisa y llanamente equívoca e incluso contradictoria. Al reconocer al otro vemos en él a un semejante: somos justos cuando nos ajustamos a él, porque en él nos reconocemos a nosotros mismos; y precisamente esto es lo que intentan, aunque torticeramente, los que (re)conocen a Job, a pesar y más allá de su calamitosa metamorfosis. Si ahora se distancian de él no es por su inesperado derrumbe, sino porque sus palabras les suenan a algo nuevo, ajeno a la personalidad del hombre que conocían y en las que dejan de verse reflejados. El dolor tiene otra consecuencia, que es la que deja en el lector de Job ese poso de amargura, que no proviene de la conmiseración por sus infortunios: el hombre sufriente no acata sus desgracias guardando silencio, como esperaban quizás sus amigos, sino que se atreve a hablar, y en ello consiste su insumisión; pero sus palabras no encuentran respuesta. Como el mismo Dios aun en la apoteosis de su gloria, de la que puede enorgullecerse pero que no puede compartir con nadie y, en su extremo opuesto, el hombre desdichado, por el simple hecho de manifestar su desdicha sin encontrarle ni buscarle justificación, se encuentran, Uno y otro, inevitablemente solos. También Dios está solo, como hemos visto, desde el momento en que los lazos con sus criaturas (todo el universo) se han roto tras la caída. Es esta carencia de interlocutores, tanto los próximos (los prójimos de Job, que no entienden su rebeldía) como el remoto (Dios, que ni la entiende ni se la explica a Sí mismo), la que quizás deje ese fondo de desasosiego, que impera en el libro sobre otras reacciones, que podrían ser (mal)intencionadas: por ejemplo, la conmiseración, que ya queda hasta el exceso expresada por los camaradas de Job; o el carácter extremo de la pasión que se manifiesta en sus asuntos más explícitos: el dolor, la inocencia, la (in)sumisión, etcétera.

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Por tratarse la bíblica de una moral heterónoma y material (en el sentido kantiano)[40], la escapada del suicidio no tiene aquí cabida. Del mismo modo que el universo creado debe su existencia a otro, el hombre no tiene en sus manos la suya propia ni puede renunciar a ella, algo que Job ni siquiera se plantea, por más que lo pronuncie y proclame. Esta desposesión de la existencia es lo que se explicita claramente en la orden de Yahveh a Satán de dejar a su súbdito con vida. El formato heterónomo de esta moral se manifiesta claramente en el carácter de mandato de sus dos únicos imperativos: por un lado, una ley que él mismo obedece sin siquiera conocerla y que se ha dictado fuera de la conciencia de Job (seguir con vida); por otro, la obediencia a una tradición que sin duda conoce por la lectura de la Ley: seguir honrando a Dios. Job no es justo a cambio de su felicidad, sino de manera gratuita: la conducta de Job es pura obediencia, y así se repite en el libro una y otra vez.

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No nos bastan la experiencia y el pensamiento de las cosas y/o los hechos: queremos además que ambas, sensaciones e ideas o imágenes[41], correspondan a algo ‘real’. La realidad, esa estratagema forjada por la especie humana para poder moverse sin que la tierra se le deslice bajo sus pies, aguanta… hasta que llega un momento en que no tolera la enorme carga con que la atosigamos: enfermedades y miseria, felicidad, deleites y alegrías, todo tiene que ser real, no bastando la transparencia de su paso fugitivo por ese modo[42], también ficticio, que tiene su sede física en el cerebro[43] y que conocemos como ‘mente’, que comparte raíz con ‘mentira’. El universo se nos escapa, y las estrellas antaño llamadas fijas huyen a una velocidad vertiginosa según la cosmología moderna. Los hechos, en perpetua transformación, se nos ofrecen como cosas, y ambos, cosas y hechos, son el resumen, fragmentario e insuficiente, de ese gran todo al que dotamos del pomposo nombre de Realidad. Algo muy distinto es la Verdad, a pesar del idesarraigable hábito de confundir lo real con lo verdadero. No se predica la verdad/falsedad del ser, ni el no-ser equivale de manera alguna a lo falso: lo falso, una moneda por ejemplo, sigue siendo, incluso cuando se descubre su falsificación y deja de tener curso legal para los advertidos del fraude que hace que, sólo ellos, le nieguen el derecho a seguir mereciendo el nombre de ‘dinero’. En el lenguaje cotidiano decimos de un ente que es falso cuando aparenta ser lo que no es, que es[44] casi siempre más y mejor que lo fingido, especialmente si es humano, cuando (nos) miente: hablando en propiedad, sólo miente el que sabe que lo hace… El adjetivo ‘falso’ permite un doble uso que nos puede llevar, una vez más, a engaño: puede emplearse, tanto como sinónimo de ‘mentiroso’ (dicho de un sujeto que miente), como de la propia mentira (referido a la cosa fingida).

Que Elohim[45] es mentiroso resulta explícito desde el primer momento. Pero ¿lo convierte eso en falso? Cuando nos preguntamos: “¿Son o fueron verdaderos o reales estos o aquellos personajes (o dioses, o espíritus, o demonios…)?”, nos estamos planteando el valor de verdad de, al menos, dos enunciados diferentes. Por ejemplo: 1º ‘San Cristóbal o San Jorge fueron dos seres reales’, esto es, según la expresión habitual, “materiales e históricos”. Dado por verdadero esto último, 2º ‘a esas dos personas realmente existentes les corresponde ser llamadas santas’ (con todos los añadidos que semejante calificativo trae consigo[46]). Tanto la realidad como la santidad son atributos que, al pronunciarse como conclusión de otros tantos enunciados, convierten a éstos en verdaderos o falsos. Dicho de otro modo: la verdad/falsedad no se dice de los seres, sino de lo que decimos de ellos.

De algo irreal, expresión necesariamente mentirosa por tratarse de una contradictio in adjectio[47], podemos afirmar o negar lo que nos venga en gana sin temor a cansarnos. Éste es el inmenso privilegio que poseen los libros sagrados, entre ellos las hagiografías y las mitologías: toda vez sentado el engaño, la proliferación de embustes a su costa se hace inagotable e incluso inevitable. La farsa se alimenta de patrañas, casi podríamos sostener que se nutre de sí misma sin llegar nunca a consumirse ni consumarse[48]. De aquí la proliferación de Vidas de santos y las insondables fuentes del discurso teológico: en el origen del hecho religioso, según muchos autores que no viene al caso citar, está la fiesta, que recrea, rinde homenaje a la vez que vuelve a crear, una y otra vez, periódica y ritualmente, esa feliz invención a la que llamamos ‘dioses’. A la fiesta le sigue inevitablemente la leyenda, que es la que dota de perfil a la ficción festejada:

“Indeed it is from hagiography that the name itself has been borrowed. In its primitive meaning the legend is the history that has to be read, legenda, on the feast of a saint. It is the passion of the martyr or the eulogy of the confessor, without reference to its historical value[49].”

Es decir: lo que se dice del dios es el dios. Ahora bien, volviendo a lo anterior, lo que se dice de El-Shaddai en el Libro de Job (dejando de lado su cosmogonía final, añadida o no, pero que ahora resulta una leyenda más que el personaje, haciéndola suya, cuenta[50] de sí mismo para ser digno de adoración)… es que miente.


[1] Salomon et Job ont le mieux connu et le mieux parlé de la misère de l’homme: l’un le plus heureux, et l’autre le plus malheureux; l’un connaissant la vanite des plaisirs par expérience, l’autre la réalité des maux. (Pensées, 174). Pascal, siguiendo la tradición, identifica a Salomón con el autor tanto del Qohélet como del propio Libro de Job, de forma que es uno solo y el mismo quien reconoce la vacuidad de la felicidad a la vez que la realidad del sufrimiento.

[2] Le dieu des religions qui, éternel, se représente les êtres emportés par le temps, ne pourrait être que la supréme indifference ou la supréme desespoir, la réalisation de la monstruosité morale ou du malheur. (Esquisse d’une morale sans obligation ni sanction. París, Felix Alcan, 16e éd., 1921, p. 28.)

[3] Cfr Job en http://jewishencyclopedia.com/

[4] Cfr. Surata VI 84-89. Job figura aquí entre Salomón y José, dentro de una larga lista que va desde Abraham hasta Jesús, el último profeta anterior a Mahoma.

[5] Las lectiones del Oficio de Difuntos están tomadas en su totalidad del Libro de Job (7:16-2, 8-12; 10:1-7, 11-15, 18-22; 13:16, 22-28; 14:1-6; 17:1-3; 19:20-27). ¡Pobre Job! ¡A pesar de que el propio Yahveh había prohibido su muerte! Una prueba más de la capacidad fagocitadora de la Iglesia romana y de su extremada capacidad para apropiarse de lo que no le pertenece.

[6] Las más conocidas son las Instrucciones de Kagemni, las Instrucciones de Ptahhotep, el Libro de Ajícar y las Instrucciones de Amenemope.

[7] Como lo expresa Alfred Loisy, el Libro de Job es “… une oeuvre qu’il convient d’admirer en elle-même, les chétives réflexions du commentateur étant plûtost de nature à l’obscurcir qu’à en faire valoir la simple et majestueuse beauté. (…) On ne devrait analyser avec la froide sévérité du critique cette vieille histoire si pleine d’une grandiose naïveté; il faudrait se contenter de la lire et de l’admirer.” (Le Livre de Job, Amiens, Impr. Rousseau-Leroy, 1892; pp. 1-2 y 49).

[8] Ésta es la fecha que nos deja, suponemos como canónica, la católica Biblia de Jerusalén.

[9] Las referencias son casi siempre a El Shaddai, ‘Dios todopoderoso’.

[10] Según una tradición rabínica, se trataba de Dina, la hermana de Jacob.

[11] En sentido restringido: con el hombre; o universal: con todas las criaturas. Esto último es lo que el espectro nocturno comunicará a Elifaz, y resulta por ello una anticipación necesaria de la epifanía final, aunque limitada al conflicto ético entre Dios y el hombre.

[12] “Es justicia divina”.

[13] Intentaré una formalización, aunque resulte tosca y mal amañada. Axiomas: A. Dios existe. Supuesto implícito en todo el libro y no cuestionado en ningún momento, ni siquiera en la tentación blasfema de la esposa. B. Todo existente (tanto Dios, “el que es”, como las criaturas, que tienen “prestada” la existencia) es justo si y sólo si castiga (“hace sufrir”) al culpable (el que “peca”) y premia (“hace no sufrir”) al inocente (”no peca”). Se sobreentiende que “ser feliz” es contradictoria de “sufrir”, así como que el sufrimiento es el estado “natural” del ser caído, que sólo Dios puede invertir a cambio del cumplimiento, por parte humana, del sometimiento, que es la manera que tiene el hombre de ser justo ante Dios. Todo este supuesto complejo se va explicitando a lo largo del debate. C. Dios es justo (explícito en las protestas de Job). D. Job sufre (explícito y empírico, por el carácter manifiesto de sus desdichas). Conclusión: Job es culpable. (”peca”). Definiciones. “Es Dios” = D; “Es Job” = H; “Existe” = E; “Sufre” = S; “Peca” = P.; “Es justo” = J; “Castiga el pecado” = C; “Premia la piedad” = B. Las individuales x, y, se refieren, la primera al universo de la totalidad de los seres, creados o increados. Está claro que Dios no sufre… ni es feliz, al menos en el sentido humano de los términos (como ocurre con el de “justicia”, que Dios prohibirá finalmente entender al modo sagrado.); mientras que la segunda (el universo de y) se restringe por lo tanto a las criaturas. Derivación. Supuestos: ˄x (Dx → Ex) ^ { ˄x (Dx → Jx)  ↔ [(Dx ^ Jx) ↔ (Cx ^ Bx)] } → ˅y (Hy ^ Sy). Conclusión: ˄y (Hy → Py).

[14] { [˄x (Dx ^ Jx) ↔ ˄y (Sy →  Py)] ^ ˅y [Hy ↔ (Jy ^ ⌐Py)] }↔ ˄x (Dx → ⌐Jx). La derivación es lógicamente válida, al igual que lo era la primera. La diferencia fundamental es semántica, y radica en las distintas definiciones de J (es justo), según esté referida a Dios o a los hombres, aunque esto sólo resultará evidente tras la teofanía final. Desde un punto de vista lógico, el enunciado simple Dios es injusto, que resultará ser la conclusión y que contradice aparentemente ˄x (Dx→Jx), no se toma por axioma, sino como parte antecedente de otro enunciado complejo.

[15] ¿Idéntica a la de la mujer de Job? Ésta se limita a aconsejar a su esposo la maldición, actuando directamente como “tentadora” más aún que el propio Satán, cuya actuación reclama una elaboración argumentativa por parte de Job, que sus amigos intentan evitar a toda costa. Recordemos que, según Jung (Antwort auf Hiob, 1952), el dios malo constituye la cuarta persona que completaría la Trinidad tradicional.

[16] Cónfer Kolakowski, http://www.letraslibres.com/revista/convivio/leibniz-y-job-metafisica-del-mal-y-experiencia-del-mal

[17] Los castigos de Dios superan casi siempre en envergadura al delito cometido, y lo mismo ocurre con sus promesas en relación con la conducta de sus beneficiarios. En I Samuel 2: 12 ss., toda la descendencia de Elí se ve condenada y alejada del sacerdocio, únicamente por las malas prácticas de los hijos del primero, quien además les había afeado su conducta. Sin embargo, Yahveh, en su advertencia a Elí, repite la versión tradicional sobre el pecado: Porque a los que me honran, yo los honro, pero los que me desprecian son despreciados (2: 30). Otros ejemplos: la inquina de Yahveh hacia Saúl (I Samuel 15 ss.) o la muerte de los dos hijos de Aarón, quien, como hará Job, pero sólo al final y por imperativo divino, se limita a guardar silencio (Levítico 10). Como contrapartida, el acontecimiento fundamental de todo el Pentateuco: la designación de los descendientes de Abraham como pueblo elegido.

[18] Esta evolución, que conlleva la mudanza del dios supremo a una morada más allá de la última de las esferas celestes, sigue a la transformación del henoteísmo, común a todas las antiguas religiones semíticas, en el monoteísmo absoluto. Cfr. Franz Cumont, Les Religions orientales dans le paganisme romain, 3º ed., París,  Leroux, 1929, pp. 198 ss. y Marie-Joseph Lagrange, Études sur les Religions sémitiques, deuxième édition corr. et augm., Paris, Librairie Victor Lecoffre, 1905, cap. XII.

[19] Sólo se salva la esposa, lo cual resulta especialmente significativo, especialmente si tenemos en cuenta que, según la mentalidad patriarcal, la mujer, junto a los hijos y la servidumbre propiamente dicha, es sierva por partida doble (Génesis 3:16): todos ellos son siervos de un siervo (Job), que por fin lo es de un Patriarca absoluto.

[20] ¡Cosa imposible! Ya la Serpiente, como aquí su parónimo, nos da que pensar que el fundamento y origen absolutos de toda tentación no pueden ser más que Yahveh.

[21] Génesis 22.

[22] Digamos a su favor que nunca miente, en ninguna de sus mayores epifanías. La mentira, cuando es manifiesta, no miente.

[23] Que nos recuerda al apotegma de Heráclito 123 DK.

[24]: «Si un hombre peca contra otro hombre, Dios será el árbitro; pero si el hombre peca contra Yahveh, ¿quién va a interceder por él?» (ISamuel, 2:25).

[25] La teofanía final es, sin embargo, una de las partes del libro más frecuentemente rechazada por los estudiosos como apócrifa y añadida.

[26] Los profetas, simples instrumentos o portavoces de la palabra de Otro, no entendían ellos mismos sus mensajes, ni el porqué de su misión. Cfr. James DARMESTETER, Les Prophètes d’Israël, Paris, Calmann Lévy, 1892; Jean RÉVILLE, Le Prophétisme hébreu, esquisse de son histoire et de ses destinées, París, Ernest Leroux, 1906.

[27] Se trata de una nueva Cosmogonía, más rica y elaborada literariamente que las dos del Génesis.

[28] Compárese esta misma proposición, pero con inversa intencionalidad, con el famoso “¿Qué tengo yo…?” de Lope.

[29] Cfr. Jeremías 1:5. Los dioses paganos desfallecen, e incluso llegan a morir, si les falta el alimento de nuestros sacrificios y ofrendas. Sobre la interpretación (algo consoladora) del Libro de Job a partir de la dialéctica del amo y el esclavo, v. Antonio NEGRI, The Labor of Job: The Biblical Text as a Parable of Human Labor, translated by Matteo Mandarini, with foreword by Michael Hardt and commentary by Roland Boer (Durham & London: Duke University Press, 2009).

[30] Eva y Adán no llegaron a degustar, ni siquiera a desear el fruto del árbol de la vida.

[31] La primera tanda de ataques contra Job, aunque “comandadas” en última instancia por Yahveh/Satán, aparecen causadas, indistintamente, por sujetos humanos (moralmente malos): los bandidos sabeos y caldeos; y por elementos naturales, pero dependientes exclusivamente de la voluntad divina: el “fuego de Dios” y el viento del desierto o del suroeste, que posee en la mitología bíblica una connotación maligna más allá del puro fenómeno natural.

[32] La tesis sobre la caída del universo en su totalidad, aunque esta vez debida al pecado original, es la que sostiene el cristianismo a partir de la sentencia de Pablo (convertida en dogma) expresada en Romanos 5:12.

[33] ‘Maldecir’ no es aquí sinónimo de ‘decir mal’, lo cual equivaldría a blasfemar. Equivale más bien a ‘renegar’, y así se traduce en muchos casos. Renegar de Dios significa negarlo, negarle la existencia, y recordemos que, aunque los filólogos no han llegado a dar la discusión por concluida, el nombre de Yahveh, tal como él mismo se presenta ante Moisés en Éxodo 3:14 se traduce como ‘Yo soy el que es’.

[34] Animales y servidumbre, súbditos por partida doble, no merecen la vigilancia del Amo absoluto. En cambio, los amigos de Job se reservan algún pecadillo escondido, no evidente; y por evitar el posible pecado de sus hijos es por lo que ha dedicado Job hasta ahora todas sus ofrendas.

[35] Contra esta concepción, aparentemente autónoma y mecánica, de la naturaleza creada, se dirige el discurso de Yahveh.

[36] El enunciado existencial ‘x existe’ es siempre redundante, esto es, autoevidente. Su contradictorio, ‘x no existe’ es una contradicción: definiendo E como “existe” y dando por supuesto que las individuales simbolizan entidades particulares, ˄x Ex es un axioma tautológico.

[37] Cfr. Mart-Jan Paul George, The Disturbing Experience of Eliphaz in Job 4: Divine or Demonic Manifestation? J. Brooke and Pierre Van Hecke (eds.), Goochem in Mokum: Wisdomin. Amsterdam, Leiden, Boston: Brill, 2016; pp. 108-120.

[38] Efesios 6:12; ICorintios 15:24.

[39] Cfr. Alfred Loisy, op. cit., pp. 75 y 82. También lo son ‘bueno’, ‘feliz’, ‘sano’ y ‘valioso’.

[40] No sólo la moral: también la metafísica. La física occidental ha tardado siglos en hacerse autónoma. Pero la ética, a pesar de Kant y la Ilustración, sigue enajenada, aunque el legislador haya cambiado de nombre.

[41] Correspondientes todas, y en el mismo orden jerárquico, a las nociones platónicas de εἴδος (pl. εἴδη), ἰδέα y εἴδωλον. Cfr. “Platonic Idea versus Plato’s Eidos”, Introducción de Criton M. Zoakos a su traducción al inglés del Parménides, 2019.

[42] En el sentido de Spinoza.

[43] Según la ciencia actual. Tanto entre los judíos como para los griegos, así como para muchas otras culturas, el escondite orgánico del pensamiento (o del alma) se ha ubicado en casi todas las vísceras del cuerpo.

[44] No hay redundancia: este es es copulativo, no existencial.

[45] En plural, no por su habitual función mayestática, sino porque su ocasión viene al caso: hacen falta dos, como mínimo, para mentir, esta vez a un tercero.

[46] Cfr. Rudolf OTTO, Das Heilige…,  Trewendt & Granier, Breslau, 1917.

[47] Algo parecido le ocurre a la manoseada expresión de ‘realidad virtual’.

[48] El lugar clásico de esta proliferación ad infinitum a que da lugar el enunciado (aparente y erróneamente) simple “miento”, lo tenemos en el comienzo de la Historia verdadera de Luciano de Samósata.

[49] Hippolyte. DELEHAYE, The Legends of the Saints: An Introduction to Hagiography. Translated from the french by V. M. Crawford, 1907. (Les légendes hagiographiques; 2e éd., Bureaux de la Société des Bollandistes, Bruxelles, 1906; p. 10).

[50] Tomando el cuento como el equivalente oral de la leyenda escrita.

Distopía retrospectiva de los años 20 del siglo XXI hecha desde el 2050

Palabras claves: Distopía, Coronavirus, Covid, cultura del siglo XXI, ecología, pandemia, sociología utópica, utopía.

Dr. Esther Morales Cañadas

Estamos en el año 2050. El aire está limpio y los ciudadanos recorren las calles con caras de autómatas sin empatía. Un par de comercios ofrecen sus mercancías artesanales y los puestos del mercado se llenan de frutos regionales.  No se escuchan apenas ruidos si no es el chorrear de manantiales frescos rellenos con aguas de lluvias. Parece un mundo idílico, el diorama de un nacimiento de Belén sevillano en el que los amaneceres y atardeceres se suceden por voluntad de la persona que lo ha montado, pero sin brusquedad y como si fuese natural, sólo que el tiempo entre el día y la noche se han acortado.

Aquí el tiempo también se acorta, o más bien, se convirtió en una intención de vida en la que había que apagar el recuerdo de una época que había marcado un surrealismo desfasado. Esa época tuvo lugar en las primeras décadas del siglo 21, es decir, no hace demasiado tiempo, pero quedó tan marcada que es el cuento favorito de los abuelos a sus nietos. Por consiguiente, no, no se ha apagado el recuerdo.

Fue una época de acontecimientos que cambiaron la dirección del mundo, tal vez, mucho más sustancial y repentinamente que cuando se exterminaron los dinosaurios y cuando el ser humano descubrió el fuego.

La humanidad había llegado a un momento álgido en cuanto a los descubrimientos científicos y en cuanto a la unión político-social entre todos los países del mundo. No obstante, eso no quiere significar que la unión de igualdad entre ellos existiera realmente. Ya no se usaba eso del colonialismo ni tampoco había que descubrir nuevas tierras australes. Desde hacía siglos, esas relaciones no se habían modificado. Existían los países poderosos: unos dictatoriales que reducían a sus ciudadanos a servidores de los dirigentes y en los que el derecho a la libertad humana no existía. Otros gustaban de dictadura religiosa y a quien no creía lo encarcelaban o, en el mejor de los casos, lo mataban. Había también pequeños grupos étnicos que llevaban cinco siglos esperando el reconocimiento de sus tradiciones y de su calidad de humanos. Y, en fin, había otros que se situaban en el llamado continente europeo que alardeaban de ser los más justos, los más sinceros, los más libres, pero que el valor económico era quien los movía.

Las potencias mundiales estaban marcadas por su poderío económico que se extendía mucho más allá: Estaban E.E.U.U., China y Rusia. Estas eran las tres potencias que atemorizaban al resto del mundo, organizaban guerras, por lo general, fuera de sus naciones, tenían influencia directa en la política internacional y en el reparto de recursos de primera instancia, a excepto de la agricultura y, en algunos casos, de los combustibles (especialmente del petróleo). Estas potencias dependían, por otro lado, de los países que carecían del más mínimo bienestar de donde sacaban material de construcción, sea madera como metales, productos agrícolas y otros recursos, basándose en el truco de la solidaridad para con los magnates y adinerados de esos países pobres para sacar más provecho y, si no les seguían el juego, los castigaban con sanciones económicas o de amenazas de guerra. Todo quedaba, no obstante, entre los poderosos. La clase media se favorecía un poco de ello, la baja, ni siquiera olía los beneficios. Es decir, las riquezas estaban repartidas de forma absolutamente desigual. Había unos tantos cuyas riquezas no se podrían definir ni yéndonos a otras Galaxias. Existía una clase social media que era la portadora de todo, la que podía sobrevivir con dignidad, pero también la que recibía los palos directos de esos “grandes” y de los que estaban más debajo de ellos.

En aquellos países en que parecía haber más igualdad se habían instalado, después de la segunda guerra mundial, los llamados derechos humanos, entre los cuales se hallaba el derecho a la libertad de opinión en los regímenes democráticos, algo que ya en la segunda mitad del siglo anterior había adquirido una validez y había contribuido a que las personas lucharan por un mundo mejor, más limpio, de más cuidado con la naturaleza, de más justicia. Esto era algo muy valioso, pero tremendamente difícil de sobrellevar porque los caracteres humanos son muy diversos y, muchas veces, caprichosos. Así, lo que unos creían justo, lo consideraban injusto otros. Se formaban, pues, constantemente altercados entre las diferentes ideologías, se organizaban manifestaciones que, en más de una ocasión llegaron a disturbar la paz. Los seres humanos son propensos a exaltarse hasta la agresividad y el crimen, por lo que la idea de los derechos humanos quedaba, a menudo, fuera de lugar. Aparte de que, hasta la fecha, quienes se habían favorecido de esos derechos humanos en la vida normal, eran exclusivamente aquellas personas que aportaban un beneficio económico a la sociedad y ahí no entraban ni los refugiados, ni los minusválidos, ni, por supuesto, los ancianos.

Aun así, las condiciones de vida, por lo menos en el continente europeo, se habían mejorado mucho en comparación a tiempos anteriores. Se vivía con más lujos, aunque, hay que decir, que también las personas trabajaban más horas por menos sueldo y, por tanto, las mujeres, a la vez de criar a sus hijos, también trabajaban de mañana a noche. Unas lo hacían por necesidad existencial, otras por vocación y sus estudios y otras para poderse costear el tren de vida que se había impuesto como norma social: viajes al extranjero en vacaciones, un par de autos para la familia, y otros lujillos.

Indudablemente, habían sido los adelantos industriales y científicos de las últimas décadas lo que había contribuido a esa mejora de vida.

La agricultura se había industrializado y la producción maximizado hasta “el no va más”, no obstante, aunque en todos los lugares del mundo había excesivos alimentos, no se repartían entre todos igualmente. Mientras en unas zonas la gente se moría de hambre y los niños crecían en el raquitismo y la falta de higiene, en la mayor parte del resto del mundo la comida sobraba de forma que los basureros municipales aumentaron porque los ciudadanos, acostumbrados al bienestar, no le daban importancia y tiraban todo lo que les sobraba o no les gustaba, aunque esos alimentos estuvieran frescos y comibles. El valor alimenticio se había desvalorado en el transcurso del tiempo y se prefería cantidad a calidad. Para conseguir esa “cantidad”, por supuesto que se seguía recurriendo a aquellos países o zonas en donde la mano de obra era más barata, pero no lo justamente barata para que los habitantes pobres de allí se pudieran alimentar, sino para la exportación y la manutención de aquellos otros que compraban y compraban y, de igual forma, tiraban y tiraban. Y estas basuras no eran solamente de residuos alimenticios, sino también de restos químicos y de textiles (ropa nueva apenas usada), de aparatos electrónicos ya sin uso, fuera por deterioro o por falta de modernidad. Porque eso sí, se llevaba muy a gala: poseer el mejor smartphone para poderse conectar digitalmente con miles de personas con las que ni se conversaba ni se apreciaba el calor de su cuerpo con un beso o un abrazo.

La llamada inteligencia artificial se había ido apoderando del mundo a la misma vez que se formaban grupos de activistas para defender metas comunes en pro de los más débiles o de la destrucción de la naturaleza que estaba alcanzando límites irrevocables.

Si miramos esta época y tratáramos de darle un nombre, se le podría llamar: La época de los experimentos. No es referido al experimento científico, no, sino al experimento de mejorar o empeorar las situaciones socioculturales, científicas, económicas, alimenticias y de todas las facetas que necesita el ser humano para su existencia sin controlar los efectos secundarios.

En la cuestión social se fundían la caridad y el amor al prójimo con el desprecio por quien ganara menos, por quien fuera diferente o por quien viniera de los países que hasta entonces llamaban de tercer mundo. El hecho de llamarlos así partía de la época colonial, pues ya, desde entonces, todo el que no fuese europeo o similar a este se consideraba persona de segunda o de tercera categoría. Una de las causas de esta ideología era que ni se habían respetado las tradiciones de estos “diferentes” ni se había tomado en cuenta si esas tradiciones daban más espacio a estar unidos al ciclo natural y, por consiguiente, tenían la capacidad de ser más felices.

Europa había dado las pautas de forma de vida, atuendo, alimentación y de todo durante muchos siglos. Norteamérica había asumido todo ello y lo había envuelto en papeles de Coca-Cola, pantalones tejanos y esnobismo, reexportándolas poco a poco a Europa y, ambos juntos, llevaron todas estas novedades al resto de los continentes. Ahora estaba China también como punto de partida de exportación, de mucha exportación unida a una producción excesiva para alimentar el capitalismo que ellos mismos no profesaban, puesto que allí regía una dictadura comunista de gran poderío. Así pues, aquellas empresas que producían para abastecer a los países occidentales -que eran los considerados como los originarios de la cultura del mundo (Europa y Norteamérica) -mantenían a sus empleados como esclavos a los que pagaban escasos sueldos y propinaban con excesivas horas de trabajo. Pero esto no estaba reducido a la nación mandarina, sino a otros países pertenecientes a los del tercer mundo como ya se ha explicado antes. La mayoría de las empresas occidentales o del “primer mundo” habían trasladado su producción a todas esas zonas pobres de otros continentes para ahorrarse sueldos dignos para con sus mismos ciudadanos. Y en aquellas zonas pobres en donde tenía lugar la producción de, prácticamente, todos los productos que necesitaban los países capitalistas no habían oído hablar de los derechos humanos y eran tratados como tales seres sin derecho.

A cambio, en Europa se luchaba por el derecho de los animales, por la defensa de la naturaleza, por conseguir un mundo mejor. Sin embargo, eran todo, en parte, utopías porque la población no se ponía de acuerdo: el valor adquisitivo tenía un papel muy importante, el desarrollo económico de un país aún más, los derechos humanos que se tenían en cuenta, por lo general, eran aquellos que no molestaban ni a la economía ni al bienestar de vida. Aun así, se habían modificado muchas costumbres. Por ejemplo, el trato a los niños. Si hasta mitad del siglo anterior era usual pegarles a los hijos con el cinturón, con una zapatilla y los maestros lo hacían con una regla, se impuso un mayor respeto por estas criaturas y aquellos que tan solo les levantaran la mano a sus hijos, podrían ser denunciados, multados, encarcelados. Esta fue una medida muy humana y surgió casi paralelamente con el reconocimiento de los valores intelectuales de la mujer.

También las mascotas humanas habían alcanzado un estado social increíblemente alto. Por un lado, la costumbre de tener pajaritos, peces, ratones, conejillos de Indias, hámster, hasta reptiles, ratas, etc. había aumentado. Los gatos y los perros seguían siendo los preferidos por eso de que se los podía acariciar y achuchar. Muchas familias se olvidaban de que también tenían que sacarlos a correr, protegerlos con vacunas, llevarlos al veterinario si estaban enfermos y, cuando se daban cuenta de todo el trabajo que esto contraía, los abandonaban. No obstante, había una gran mayoría de buenos tratos. Si bien los gatos nunca fueron doblegables, a los perros los llevaban, por lo general, a una escuela de tales a que aprendieran un comportamiento. Ese comportamiento era, en realidad, el mismo que los colonizadores les dieron a los colonizados: de sumisión absoluta y de adaptación exclusiva a la vida de sus dueños. Los perros no sufrían por eso, pues, a cambio eran tratados con todo el cariño del mundo e incluso con más dedicación que a la que se les daba a los propios niños. Los dueños hablaban con ellos como si fueran criaturas humanas, en invierno les ponían abrigos, los sacaban varias veces a jugar con sus congéneres y a que se expansionaran corriendo, muchos de ellos dormían en la cama con sus amos, en fin, un exceso de humanización que no se puede explicar por qué surgió. Lo cierto es que, al final, los perros se convirtieron en los seres vivos más fieles para con las personas que estas mismas. E incluso, cuando un matrimonio fracasaba, el decidir con quién se quedaba el perro era causa de problemas y discusiones tanto o incluso más que si se tratara de los hijos.

La mujer había sido desde el comienzo del mundo la protectora de la familia, la educadora, la reina del hogar y también la esclava del esposo. Los movimientos feministas ya habían tenido lugar en diferentes épocas anteriores, pero fue en el siglo XX cuando se hicieron leyes de libertades y de igualdad para ellas. También, poco a poco, comenzaron a abrirse sitio en la sociedad los homosexuales y diversos. Se podría decir que se estaban alcanzando todas las virtudes de una sociedad utópica y literaria, pero esos cuentos fantásticos son demasiado bellos par ser realidad.

 La realidad es que, en el momento en que la mujer se emancipa, la sociedad da un giro de 180 grados. A los niños se los mimaba para compensar la falta de contacto con sus madres ya que estas se pusieron a trabajar. Se les metía en las guarderías para que fueran educados por manos extrañas al mismo tiempo que los defensores de los animales conseguían que las gallinas ponederas abandonasen las fábricas, en las que se hallaban apelotonadas en estantes y sin posibilidad de movimiento. La emancipación de la mujer trajo consigo muchos cambios sociales y culturales. Fue un movimiento que, lógica y obviamente, tenía que suceder y que fue un beneficio para todos. No obstante, también se llegó a una histrionisa exacerbada porque cayó en las mismas faltas que habían criticado de la sociedad patriarcal y llamada machista. Había mujeres que promulgaban una especie de androfobia y que la hacían pública tratando de ridiculizar o de menospreciar toda actitud que proviniera de los hombres. Por otro lado, se les ocurrió la idea de analizar el lenguaje, igual en qué idioma, y darse cuenta de que muchas palabras genéricas eran de género gramatical masculino. Esto las hizo explotar en sus egocentrismos y comenzaron a elaborar teorías para cambiar el lenguaje, destrozando la gramática tradicional de cualquier idioma europeo. Porque ni en China, ni en África, se habían planteado ese problema. Llegó un momento en que el lenguaje era un galimatías y, lo peor era, que quien no se adaptara a esos cambios era considerado racista, discriminatorio y, casi, delincuente.

También fue el progreso femenino quien arremetió con la historia de la civilización. A través del lenguaje se quiso revisar toda la literatura, desechar novelas en las que el ser masculino hubiera ocupado un protagonismo, cuyos temas hubieran sucedido en épocas bélicas, de colonialismo o en otras épocas de represión e, igualmente, se pasó a destruir esculturas que estuvieran involucradas con esos aspectos del pasado. La razón que daban era que, con respecto a las mujeres, habían sido invisibilizadas en el lenguaje; en segundo lugar y con respecto al destrozo de esculturas y edificios, que no había que tener presente a aquellas figuras históricas que eran considerados como opresores. Este movimiento llegó todavía más lejos: se comenzó a prohibir la música del siglo XIX por haber sido este siglo, época de colonialismo; igualmente, se prohibía a etnólogos blancos dar conferencias sobre el colonialismo africano. Lo curioso es que los y las solicitantes de esta exigencia eran “las”, eran, incluso, mujeres africanas afincadas en el centro de Europa, tal vez, nacidas en este continente y que no habían vivido la época de explotación del colonialismo. Pero se creían con el derecho absoluto de hablar de una historia que solamente habían conocido de oídas y despertaban el racismo contra “la raza blanca” llamándolos: viejo sabio “blanco”. Resumiendo, usaban las mismas armas que ellos/ellas mismos/mismas criticaban. Aun así, se les otorgaba esos derechos.

Destrozaban, así pues, el trayecto cronológico de la historia del mundo, fijándose solamente en las épocas más cercanas a nuestro siglo, ignorando que la humanidad siempre tuvo los aspectos malvados y no se daban cuenta de que primero hay que cambiar la actitud para que lo demás cambie. Pero la actitud no se cambiaba, ahora eran ellas, aquellas defensoras extremas de lo femenino, del racismo las que tomaban con frecuencial el papel de opresoras y dictadoras. Y digo “ellas” porque, por lo general, el hombre es pragmático y, en gran parte, pacífico a este respecto y no solamente porque provinieran de sociedades machistas, sino porque afrontan con menos histerismo las realidades de la raza humana (por diferenciarla de la raza animal que sabe aprovechar mejor las partes positivas de nuestra corta vida sobre este planeta)

No obstante, estas ideologías, igual femeninas como masculinas, se unían cuando se trataba de defender los derechos de los animales. Estos habían sido maltratados por el exceso de producción industrial, pero también en esta época comenzaron a surgir por todas partes granjas biológicas en donde, en apariencia, los animales eran criados al aire libre y con mucho- o muy poco- espacio. Ese término “bio” o “biológico”, era la palabra que se había aprendido antaño en la asignatura de Ciencias Naturales para referirse a todo lo que tenía vida: humanos, animales y plantas, a diferencia de las piedras, metales o minerales.  Ahora “biológico” quería decir que se trataba normal a los animales domésticos. La paradoja era, en primer lugar, que no siempre acataban todas las reglas que exigían para conseguir ese sello significativo en el empaquetamiento y, en segundo lugar, que, a muchas personas, sobre todo de Europa del norte, les interesaba comprar “bio”, pero no gastarse mucho dinero. Así, las carnes bio se vendían a muy bajo precio, empaquetadas en bolsas al vacío y provenientes, la mayoría de las veces, de países lejanos donde no se respetaban los derechos humanos. Pero los ciudadanos estaban muy contentos porque pensaban que así contribuían a la mejora del trato de animales y del medio ambiente.

Otra medida en defensa de los animales fue el cambio alimenticio. Surgió, primero, el movimiento vegetariano, una dieta que excluía la ingestión de animales vivos. De ahí se radicalizó y se pasó a la alimentación vegana en la que no se admitía nada procedente del reino animal: huevos, productos lácteos, etc. Los veganos se consideraban los profetas del arreglo del mundo, pero no les importaba que, a cambio, se trajeran toda clase de productos exóticos de ultramar que eran la base alimenticia autóctona de otros continentes y que tenían el mismo valor energético que otros productos europeos, pero que, simplemente, se habían puesto de moda. La consecuencia era que los agricultores, sobre todo de la parte norte de Europa continental, tuvieron que cambiar sus campos para no arruinarse por falta de venta de productos autóctonos y, a cambio, los océanos se llenaban de la polución de los barcos que los transportaban. Era pues, un desbarajuste absoluto.

La cultura había sido también la europea la que se había expansionado y situado. Se había ignorado que sus orígenes habían sido orientales y que al correr del tiempo se había enriquecido por las influencias de países conquistados o colonizados. La cultura se trataba como un bien humano producido por Europa exclusivamente al igual que la religión cristiana. Esta iba perdiendo su fuerza entre los mismos creyentes y la oleada invasiva musulmana producía temores muy profundos, sobre todo, porque los europeos se tomaron la libertad de ridiculizarla sin acordarse de que en cierto país había tenido lugar no hacía mucho uno de los mayores genocidios en contra de los constituyentes de la religión judía. Es decir, los problemas religiosos no habían concluido, entre otras cosas, porque en el fondo, la religión cristiana se consideraba como la única verdadera religión. Aun así, las sectas religiosas crecían, las religiones orientales pacifistas ganaban en importancia o bien el ateísmo entre aquellos cuyas desilusiones religiosas los habían llevado por otros caminos espirituales.

Y ahí estaban también los avances técnicos. El mundo robótico había facilitado el trabajo corporal en las fábricas y en la agricultura. Aun así, las personas trabajaban más cantidad de horas que en siglos pasados y no por ello alcanzaban todos más calidad de vida humana. La medicina había llegado a niveles muy elevados en los que, muy frecuentemente, tocaban los límites de la ética originándose grandes polémicas a la hora de aplicar esos avances, especialmente cuando se trataba de manipulación genética.  

Todas estas innovaciones habían logrado crear una sensación de sabiduría imaginaria entre la población, de modo que todos y cada uno se consideraba apto para opinar sobre todos los temas. Los ciudadanos habían tomado conciencia de su libertad individual que, si bien se confundía con capricho, libre albedrío y, a veces, libertinaje, fraude y corrupción, podía propagarse a través de los muy rápidamente desarrollados medios digitales.

Los medios digitales se habían originados a partir de la segunda mitad del siglo XX. Antes de terminar este, sus avances habían sido enormes, pero ya comenzado el siglo XXI se asentaron como materia prima de vida, adquiriendo más valor y supremacía que la mesa del comedor, el cuarto de baño o la misma cama. Las personas luchaban por tener más amigos digitales que los demás, se pasaban el día lanzándose expresiones de cariño digital junto con chistes y peliculitas ridículas, música grabada a escondida para no tener que pagar a los artistas y pirateada entre los seguidores y, lo que era todavía peor: doctrinas en contra o a favor de cualquier ideología, fotos pornográficas o de abuso sexual a niños y mujeres, acoso de todo tipo, insultos en la red, robos en bancos digitales, etc. Y esa forma de distribución de noticias era incontrolable. Y era incontrolable porque los seres humanos todavía no habían conseguido aprender- por lo menos, la mayoría-, a pensar por sí mismos y se dejaban arrastrar por unos cuantos.

Uno de los mayores peligros de este uso de los mini-aparatos digitales era que fueron sustituyendo el roce corporal por el contacto digital. Jóvenes, y también adultos con sus niños o con sus amistades, caminaban por las calles comunicándose todo el tiempo con sus amistades digitales o riéndose de los mencionados mensajes y paquetes de chistes y cursiladas y solamente les dirigían la palabra a sus acompañantes para participarles sus envíos.

También cuando ocurrían acontecimientos políticos, esos que se consideraban de vital importancia para el transcurso de la existencia en este planeta, eran esos medios digitales el mejor medio para propagar mentiras, según lo que se deseara obtener. Había quienes creían en una versión de los hechos y, otros, que creían en la otra versión. Esto, lejos de conseguir una verdad absoluta, originaba, por el contrario, agresividad entre, incluso, hermanos. Cada versión atraía a una serie de personas que creían a pie juntillas que estaban en la verdad absoluta y que los otros eran los manipuladores y mentirosos. Se organizaban manifestaciones, ataques brutales para demostrar cuál era la verdad. Lo peor es que la verdad no estaba en ningún sitio porque, en realidad, se trataba de una pura manipulación individual sin garantía de veracidad y, como las personas no habían aprendido a analizar, seguían a un bando o a otro según sus estados de ánimo.

En realidad, se trataba de un juego de hacer guerras, de mostrar poderío político para pisar a los otros, de imponer pautas para hacer riquezas materiales y, en fin, también de cosas buenas y avances importantes que también se aniquilan cuando la naturaleza o Dios nos envía una plaga. Era, en verdad, como vivir en un teatro del mundo en el que algunos de los mismos actores decidían sin democracia cómo llevar a escena el libreto sin preguntarle al autor (¿Dios? ¿Destino? ¿Transcurso normal de la historia?) si podían cambiar el texto, olvidándose de que el transcurso de la historia era una pura interpretación individual, pero que, en el fondo, el ser humano tiene poca influencia en todo ello. Y es que la única veracidad que existe es que nacemos un día y caminamos todo el tiempo hacia la muerte.

El ser humano no es nada ni nadie, ni poderoso ni imperecedero. Es, más bien, un ente absurdo que se pasa la vida luchando por fantasmas de poca duración sin aprovechar lo que realmente tiene valor para su existencia y, por tanto, sin lograr la poca felicidad que puede ofrecer el paso por este planeta.

Es decir, esa forma de vida rápida, globalizada y tan superficial no había contribuido nada a que la mente humana siguiese un camino de desarrollo ascendente. Por el contrario, los seres humanos se reducían a seguir las doctrinas que unos cuantos propagaban, igual de qué índole, sin investigar por ellos mismos la verdad de los hechos. Tanto lo absolutamente bueno como lo absolutamente malo podía ser creíble, hasta tal punto que quien creía en una idea, automáticamente la seguía propagando en forma de doctrina.

Y he aquí que, de repente y a comienzos del año 2020, surge un virus en China. Lo llamaron COVID-19, SARS-CoV-2 o simplemente Coronavirus, por la forma que tenía.

Primero comenzaron las especulaciones de sí se había originado en un laboratorio, un hecho que no era nuevo, pues ya en otras ocasiones se habían inventado virus en los laboratorios norteamericanos y en los chinos. De China pasó a Europa y, casi simultáneamente, a todo el mundo, hasta en los rincones de menos población y de menos contactos con el exterior.

El virus, invisible como era, se divertía con su marcha a escondidas y fue enfermando a uno y a otro, llevando a muchos a la muerte. Los gobiernos se asustaron y decidieron tomar medidas, pero las únicas existentes eran medidas de protección e higiene, mientras en todos los laboratorios del mundo se trataba de encontrar el antídoto al virus, es decir, una vacuna. Mas eso no era cuestión de un día ni de un mes. Se partía de la base de que la ciencia y la medicina estaban muy avanzadas y duraría menos tiempo que durara el hallazgo de la vacuna contra la tuberculosis o contra las enfermedades que en el trascurso de la historia del mundo habían hecho tantos estragos entre la población.

Mientras sí y mientras no, se comenzó a relegar a los ciudadanos a sus viviendas, a aislarlos de todo contacto, a llevar mascarillas por las calles. De vez en cuando se cerraban todos los comercios, excepto los de primera necesidad y, también se cerraron todos los centros de cultura: colegios, universidades, escuelas de todo tipo, salas de conciertos. Al mismo tiempo que los múltiples viajes que habían ensuciado al máximo los aires y los mares también se suspendieron.

 Las consecuencias fueron bastante desastrosas ya en la primera fase u oleada infecciosa. Los independientes comenzaron a arruinarse, las tiendas pequeñas, igualmente. Las zonas o lugares que vivían casi exclusivamente del turismo tuvieron que cerrar hoteles, teniendo, por supuesto, pérdidas económicas del mismo modo que las compañías aéreas que habían ido aumentando desde los años 80 del siglo pasado en exceso, porque, naturalmente, todos tenían el derecho a ir de vacaciones al extranjero.

Las personas dedicadas a la cultura, eventos culturales de cualquier tipo, se encerraron en sus viviendas. Algunos se promocionaban gracias a los medios digitales, aunque no les proporcionara ninguna ganancia económica, pero al menos se mantenían activos.

En resumen, fueron unos meses de primavera otoñal porque la vida se paró, el silencio inundó las calles de las ciudades y todo quedó paralizado. Solamente los aparatos digitales mostraban tener vida, incluso más que antes porque ahora todo había que hacerlo vía internet: las clases de los colegios y centros de enseñanza, conferencias y reuniones de trabajo, conciertos, exposiciones, incluyendo la comunicación entre las personas que había quedado reducida al teléfono y a los móviles que. Al menos estos, dentro de la adicción que producen, servían de diversión, porque para sacar lo bueno de la mala situación, surgieron millones de chistes, peliculitas, dibujos, etc. para mofarse del virus y de sus consecuencias, de los políticos y, también para propagar ideas conspirativas y negacionistas. Porque, como ya dije anteriormente, los ciudadanos, especialmente de ciudades grandes, llevaban muy a gala sus derechos de libertad y esos se reflejaban en protestas, demostraciones agresivas y adoctrinamientos para ganarse a más partidarios de la mentira. Porque el virus era algo real, no, no era una gripe normal por la que todos los años mueren, como de otras enfermedades, un montón de personas. Este virus venía con ansias de cambiar el mundo, un mundo que se había desfasado en toda su integridad, que había llegado al exceso, a la potencia máxima de la invalidez de la bondad humana.

Cuando próximos a la temporada veraniega parecía que las infecciones habían bajado un poco, todas esas medidas de aislamientos o de evitar contactos, de no viajar para no contagiar y de todas esas cosas que podrían proteger de la infección, se guardaron en el baúl de los recuerdos y la gente salió de sus agujeros como topos que salen por la noche para alimentarse.

Sin embargo, llegó la segunda oleada, si bien más suave para aquellos lugares que la tuvieron antes, más fuerte, mucho más fuerte para los que habían pasado la primera más suavemente. Y se tuvo que volver al confinamiento, a la restricción, a cerrarlo todo y a tratar de impedir las manifestaciones de los negacionistas que gritaban por sus derechos de libertad, aclamando que todo estaba movido por un tal Bill Gate, el hombre más rico del mundo, y de otros tanto de su misma casta y que afirmaban, que todos los virólogos del mundo y los políticos se habían confabulado con esos millonarios y pretendían aniquilar a la humanidad. Para qué querían aniquilarnos a todo, ni ellos mismos lo sabían, pero los negacionistas eran agresivos y todos tenían el cerebro manipulado por unos cuantos.

La segunda oleada cogió a los ciudadanos, en general, cansados de un cambio tan brusco de vida y de sociedad, pero la mayoría acató las nuevas reglas de vida porque ya el virus no era un virus anónimo, no, porque ya se conocía cada vez a más gente que lo contraían y que, incluso morían con esa enfermedad.

Las personas ya no podían abrazarse, todo lo más, se saludaban con el codo. Las mascarillas no dejaban apreciar las sonrisas o labios de enfado y lo único que se podía ver eran los ojos, si no se llevaba gafas porque estas se empañaban fácilmente por el aliento de los portadores de ambas cosas.

Ahora es cuando aquellos que mantenían amistades primordialmente digitales se dieron cuenta de lo importante que era darse un abrazo real o visitarse mutuamente en vez de mandarse paparruchas por el smartphone. También ahora es cuando se comenzó a dar importancia a profesiones que habían sufrido en silencio los bajos sueldos- y que seguían sufriéndolos- como eran el personal sanitario, las/los vendedores de supermercados y droguerías, las educadoras de las guarderías, los independientes de la cultura, etc.

También fue una sorpresa para muchos padres el enfrentarse con sus propios hijos en sus hogares durante el confinamiento, ya que habían estado acostumbrados a dejarlos todo el día desde el primer año de vida en las guarderías. Esto contribuyó a más maltrato de niños durante esa época, entre otras cosas, porque tampoco los adultos habían aprendido a activarse en sus tiempos libres con las cosas cercanas. Una mayoría se había ido siempre de vacaciones al extranjero, muchas mujeres trabajaban fuera de casa todo el día y ya se desconocía lo que era una vida familiar tranquila y compartida. Las consecuencias fue el aumento de violencia familiar y de depresiones y, como consecuencia, los psicólogos no daban abasto.

La única esperanza que quedaba era el descubrimiento de la vacuna.

 Y la vacuna llegó. Llegó haciéndose paso por concurrencias nacionales, por fraudes, por poder demostrar que se era el país más avanzado y adinerado, pero llegó. Europa, por fin, decidió actuar como una unión y los países europeos encargaron la vacuna conjuntamente a través de su comunidad.

Ni que decir tiene que algunos de esos países, por ejemplo, Alemania, que había sido la promotora de tal descubrimiento, gritó en protesta por no ser la pionera en comenzar y su orgullo se tiñó de vergüenza al experimentar que en Inglaterra – recién salida de la Unión Europea-, E.E.U.U. e Israel, habían comenzado antes, precisamente por no esperar a todos los resultados de efectos secundarios posibles. Pero esa es la contradicción de los seres humanos, especialmente, cuando han llegado al estatus de sentirse libres para opinar, para comentar y para creer que saben más que todos los demás. Era otra vez una paradoja porque esas mismas personas que habían lanzado panfletos antes, que habían propagado ideas conspirativas y negacionistas en contra de la vacuna y no tenían confianza en ella, de pronto, se afanaron por ser los primeros en vacunarse.

No hay duda de que todos los avances científicos conllevan en sí mismos un riesgo de fracaso. Y eso era lo que les ocurría a las personas, que se habían olvidado que el vivir en una sociedad acarrea siempre un peligro: el de luchas entre ellos por avaricia, posesión de recursos y tierras, etc., el de fraude por hacerse de más dinero: inventar productos farmacéuticos que enfermen para poder vender medicinas que curen la enfermedad producida, y, por supuesto, también que los experimentos científicos conllevan riesgos en sí hasta encontrar el adecuado perfecto- si existe una perfección, etc.

Esa paradoja se extendía hasta el concepto de defensa por los animales y, por ejemplo, había grupo de personas que se manifestaban en defensa de los ratones de laboratorios, sin los que la medicina no habría podido avanzar.

Es decir, todo era criticable, todo era vulnerable, todo lo que hacían los demás y que fuera diferente a lo que uno solo pensara, era combatible. Los mismos que defendían la naturaleza y se pasaban a una alimentación vegana, no sopesaban que los productos que ellos injerían vinieran de otros continentes, o que la producción excesiva de soja, acabara con los insectos, las aves y otros animales, o que las fábricas ensuciaran el ambiente por producir materiales sintéticos que suplieran a la piel de los animales o medicamentos para suplir su falta de vitaminas. Los mismos defensores de productos biológicos no renunciaban a viajes largos a lejanos países o a cruceros en barco. Los padres, que habían mimado a sus hijos hasta el máximo cubriéndolos de juguetes y que les habían puesto en sus manos, ya en sus tiernos años, un Smartphone para tenerlos actualizados, distraídos y, por consiguiente, para no tenerlos que atender y prescindir de los propios intereses, cuando llegó el confinamiento, se dieron cuenta de que los hijos, en realidad les estorbaban.

Era todo paradójico y exagerado. La industria había crecido durante ese siglo y había producido multitud de utensilios para hacer la vida más cómoda, más ligera, más superficial: comidas prefabricadas, bolsas de plástico para todas las cosas, botellas de cristal o de plástico con toda clase de bebidas, la mayoría sintéticas y azucaradas que llevaban a la obesidad infantil y adulta, oferta de viajes baratos a todas partes del mundo, tiendas repetidas en cada esquina de las ciudades grandes y toda clase de aparatejos para poder pasar el tiempo libre sin pensar, simplemente evadido con películas de mala calidad, con juegos agresivos, por lo general, en los aparatitos digitales. Y ahí estaban los que iban en contra de cada una de estas cosas, también paradójicos porque también aquellos que vivían más naturalmente se olvidaban de que muchos avances técnicos procuraban a las personas el poderse dedicar a más actividades intelectuales o del espíritu y, como consecuencia, llevaban su naturalismo a extremos primitivos y ridículos.

 Y ahí quedaba una parte de la población en todos y cada uno de esos países que, sin llegar a exageraciones radicales y de forma bastante anónima, mantenían su forma de vida honradamente, defendían lo defendible, se preocupaban por el prójimo, hacían proyectos sociales en sus regiones y fuera de ellas, propagaban la cultura sin ánimo de lucro.

Cuando la pandemia cometió sus primeros estragos hubo un silencio global. Nadie se esperaba tener que cambiar de repente el tren de vida al que la humanidad se había acostumbrado. En realidad, las personas no habían notado todavía de la forma privilegiada en la que vive una sociedad sin guerras desde hacía más de medio siglo y, por tanto, estas incomodidades de confinamiento y de restricciones las sumió en el silencio. Poco a poco, se desentumeció de su aislamiento y comenzaron a moverse con más seguridad por todo aquello que algunos pretendían luchar: La ecología, una especie de igualdad social, y tantas utopías humanas. Algo se hizo, lentamente, pero se fue haciendo.

De pronto, el virus comenzó a mutarse, primero en Inglaterra, luego en Brasil, en África y se vino de vacaciones a Europa. Los políticos decidieron volver a encerrar a todos de nuevo, en unos países más, en otros menos, pero la vida seguía siendo una especie de posguerra silenciosa en los países donde había paz porque los bélicos seguían con sus guerras paralelamente a la guerra virácica. No obstante, llegó el momento en que ya no se podía aguantar más.

En las calles había aumentado la basura, ahora unida a múltiples mascarillas ya sucias e infectadas, envoltorios de toda clase de cosas, bolsas de plástico. Sí, bolsas de plástico porque no se habían quitado del tráfico y las personas, aburridas por no tener a donde ir, las usaban para lo que fuera y las dejaban caer por los caminos y las calles. También las defecaciones de los perros adornaban las aceras. Hay que añadir que la gente, aburrida en el silencio de sus casas, se dedicaron a comprarse mascotas, sobre todo perros que vendían por internet y que cuando llegaban a sus nuevos dueños resultaban estar enfermos porque era obvio que los vendedores solo deseaban enriquecerse a costa de los aislados.

Los centros psicológicos y psiquiátricos estaban llenos de pacientes de todas las edades: los adultos, por haber tenido que transformar sus modos de vidas, los jóvenes por no poder encontrarse con sus amistades, los niños porque tampoco se podían encontrar con sus amigos…Muchas familias, además, veían deshacerse sus negocios y se desesperaban porque los gobiernos no les daban perspectivas de cambios ni ninguna posibilidad de volver a trabajar, ya que todo seguía cerrado. El ámbito de la cultura era momentáneamente exclusivamente digital y les puedo asegurar que era un mínimo de personas quienes se distraían con ello.

Después de un año de confinamientos alternados con desescaladas, con apertura y cierre de negocios, con aprietos económicos para unos, incontrolables viajes para otros, y con una cultura que se estaba desintegrando poco a poco, llegó una tercera oleada a causa de los mutantes del viro. A estos mutantes se les quiso dar un país de origen, como ya se mencionó, tratando de ignorar que seguramente habría muchos más, pues la evolución de todas las epidemias virácicas es la de mutar su original e ir adaptándose a las reacciones del cuerpo humano para poder infectar más efectivamente.

Tanto los políticos de todo el mundo como los virólogos se encontraban en una guerra ciega en contra algo invisible e invencible. Algunas naciones se la organizaron mejor y se comenzó con un sistema de vacunación a todo riesgo. La Comunidad Europea optó por la máxima seguridad para no arriesgar a los ciudadanos a efectos secundarios desconocidos, causa por la que el sistema de vacunación se ralentizaba enormemente. Y así, con confinamientos alternados con desescaladas de estas transcurrieron años. ¿Cuántos?

Cuántos fueran no quedó en los anales de la historia. El tiempo se había hecho inmensurable y no cabía en el espacio existencial. Tal vez eso no tenga gran relevancia, sino el enorme cambio social y cultural que contrajo esta pandemia.

Ahora ya en el 2050, se les cuenta a los niños sobre aquella época. También los libros de historia pretendieron dejar crónicas o anales sobre aquella época y, seguro que resultan tan inverosímiles o extrañas como sonaban las epidemias de peste o las guerras mundiales a los alumnos que tenían estos temas en las clases de historia por aquel entonces.

Hay, sí, una cosa que es cierta: la sociedad dio un giro completo y se volvió a una especie de primitivismo positivo en muchas cosas, negativo en otras.

La ciencia siguió avanzando, pero por otros derroteros a los entonces acostumbrados. Los científicos se dieron cuenta de que organizar viajes a la Luna o a otros planetas era interesante, pero que no servía de nada si otro virus extraño volviera a aparecer. Por tanto, dedicaban su tiempo a analizar todas las enfermedades de aquellos animales que, de algún modo, pudieran estar en contacto con los seres humanos. También se fomentó la investigación y experimentos para clonar o “crear” seres humanos que pudieran reemplazar a los ancianos en un momento dado y para volver a repoblar el mundo, caso de que llegara otra pandemia. La robótica se puso en auge, además, porque podían decimarse las zonas de cultivo ya que los robots no necesitan alimentarse. Es decir, se siguió pensando en una ecología adecuada, aunque para todas esas investigaciones y trabajos se tuvo que recurrir a montar nuevas centrales nucleares. Estas, que habían sido desterradas en los años 80 del siglo anterior y que fueron cerrando hasta la fecha de la pandemia, no habían sido atacadas por el movimiento juvenil de “Friday for future”. Este movimiento se inició en pro de una ecología adecuada en contra, sobre todo, de la producción del carbón y la emisión de CO2 y, ocultamente aprobaban las centrales nucleares, pues nadie estaba dispuesto a quedarse sin electricidad. Esta cuestión había quedado muy velada. Se habían desahuciado todas las producciones de energías que provenían de fósiles y se comenzó a electrificar todo, también los vehículos, las formas de comunicación, los aparatejos necesarios para el hogar, pues poco a poco había cada vez más personas que hasta para lavarse los dientes, cortar el pan, etc.  tenían una máquina eléctrica, y, por supuesto, todas las fábricas tenían sus producciones de forma eléctrica. Nadie quiso pensar – y si lo pensaba, se callaba- que la electricidad no caía del cielo, sino que había que producirla y que para lograr esa producción se volvía a contaminar la naturaleza, se atentaba contra la ecología y muchas cosas más. Naturalmente que el ser humano no quería desprenderse de aquel bienestar que había ido consiguiendo a través de los siglos y por eso no podía renunciar a todo. El problema era que las prioridades se establecían como las modas de la ropa, de la comida y de tantos caprichos más y la masa del pueblo se dejaba entusiasmar por nuevas ideas – muchas de ellas eran puro esnobismo – y los políticos se centraban en lo que el pueblo iba dictando, siempre y cuando se ajustara a los principios de economía liberal que era la dominante en el mundo global, aunque, más tarde, las innovaciones aprobadas resultaran ser tan nocivas como las antiguas.

El tiempo transcurrió, un tiempo largo y penoso porque la producción de vacunas no avanzaba lo rápido que todos deseaban. Mientras tanto quedaba tiempo para que en algunos países siguieran con sus luchas, para que se formaran manifestaciones en contra de la política de la pandemia, para que los equipos de futbol siguieran viajando y llevando mutantes de un sitio a otro, incluso, para que se trasladara la antorcha de los juegos olímpicos en Japón.

Las ciudades, en cambio, fueron cerrando uno a uno sus comercios, los restaurantes igualmente y también los hoteles, sobre todo, en aquellos lugares que habían centrado su actividad en el turismo ya que este se había vetado para evitar más infecciones.

La cultura y los agentes de estos sucumbieron ante tanto confinamiento: las salas de conciertos y teatros se enmudecieron, las bibliotecas también se adormilaban y ya solamente quedaban abiertas las peluquerías, salones de manicura y de tatuajes.

Y así, arrastrándose o bebiendo los últimos sorbos de una cultura que se había ido formando durante tantísimos siglos y que se había desbordado en sus exigencias materiales llego el 2050.

Es la mitad del siglo XXI y, sin coincidir con un fin de siglo, el comienzo de una nueva era. Todo es diferente a antaño.

Las ciudades ya no tienen centros con comercios, sino mercadillos artesanales y de alimentos frescos de la región. En cada ciudad hay una central térmica que abastece todos los medios digitales de comunicación, la carga de baterías de los coches eléctricos y las grandes fábricas de investigación. Muchas de ellas se ubicaron en teatros que dejaron de funcionar.

Los más ecologistas se decantaron por crear campos fotovoltaicos. Para ello se invadían grandes parcelas de placas solares en donde no había posibilidad de cultivo porque las placas daban sombra a la tierra que se enmudecía y se podría. Aun así, de vez en cuando se veía a un pastorcillo que llevaba a pastar a sus ovejas, las cuales, jugaban a pasar por un laberinto entre dichas placas para encontrar algo de hierba con que alimentarse. Era como la sustitución de las monoculturas agrícolas, solo que estas solo producían electricidad y no contribuían a la alimentación de ningún ser vivo.

En cuanto a las personas, estas, cuando pasan una junto a otra por la calle se distancian dos metros entre ellas. Están ya acostumbradas y les es suficiente con conectarse vía online o por un móvil. Entre los familiares sigue el saludo dándose un codazo.  

En los colegios se sigue dando clase online y los niños de primera enseñanza se pasan las horas ante el ordenador igual que lo hacen sus hermanos en las universidades u otras escuelas profesionales y sus padres en el trabajo. La constitución física de las personas ha cambiado enormemente. Son de poca estatura y su crecimiento se para al llegar a un máximo de 1,50 metros. Las espaldas están encorvadas y los miembros del cuerpo se han acortado. Tampoco pueden girar la cabeza de derecha a izquierda.

Las calles siguen llenas de defecaciones de los perros porque las mascotas aumentaron ya que eran los únicos seres vivos a los que se podía achuchar y acariciar.

Las iglesias también se vaciaron por falta de ética y caridad y solo quedan los centros psicológicos en los que los seres, trastornados por tantos cambios, se someten a hipnotismo y otras sesiones muy cercanas al esoterismo y por la que se indaga en los antepasados del paciente, en su infancia, para  conseguir, o no, que el paciente llegue a encontrar su equilibrio.

La vida trascurre de una forma totalmente monótona. Ya no hay eventos culturales, solo pequeñas actuaciones en las fiestas de cumpleaños y en las bodas. Tampoco se viaja como antaño porque las empresas de transportes fueron arruinándose igual que los hoteles y las zonas turísticas. A cambio, aumentó el número de vehículos particulares y ya todos electrificados. Para ello se creó una buena red de cargadores de batería para coches y las centrales nucleares suplen ahora la labor de las catedrales de entonces. Se han suprimido los plásticos por envoltorios de madera o de papel y los bosques están menguando. A cambio, la mano de obra de cada país ha vuelto a encontrar trabajo y ganancias en su propia región, pues ya no se importa ni se exporta sin razones muy específicas. Esto ha contribuido a menguar el afán de enriquecimiento material globalizado y ha tranquilizado la rivalidad de las diferentes naciones por querer ser las potencias económicas

Las personas ya no tienen que llevar mascarillas, pero no por eso se les puede admirar sus sonrisas. En realidad, han perdido toda clase de expresión. Hay unos cuantos que gustan de irse a pasear por la naturaleza a donde llevan a sus perros, pues, los niños prefieren jugar con sus móviles y tablets.

Los pertenecientes a la generación medía, es decir, las personas entre 30 y 50 son personas frustradas y con escasos conocimientos de todo. Pasaron su infancia y adolescencia con pocas clases, tanto en la escuela como en las universidades o escuelas profesionales y, a duras pena, se les concedió un diploma en el que consta la terminación de sus estudios y, afortunadamente, no la calidad de sus aprendizajes. De todos modos, tampoco se diferencian tanto de los demás. Ya antes de la pandemia se había ido debilitando la cultura y supliéndola por eventos populares – que no de fidelidad a tradiciones- de poco nivel intelectual. Eso sí, la publicación de libros había alcanzado la cumbre, pero no por calidad, sino porque, de repente, a todo el mundo le dio por escribir, pero cualquier cosa, por ejemplo, cómo salió de una gripe, cómo se enfrentó al problema de haber sido abandonada por un marido, también sobre los problemas de hijos caprichosos a los que no se podían dominar, sobre terapias de risa, renunciar a las gafas, mantener la infantilidad como norma de vida, encontrarse a sí mismo, volverse ordenado, y una interminable lista de títulos que solían ir acompañados por pequeñas peliculitas que se podían bajar en los YouTube . Era una manera de pasar el tiempo, con el agravante de que había muchos lectores o espectadores de tales peliculitas que se creían todas esas cosas y les parecía que era la nueva doctrina para vivir bien. ¿Afán por buena literatura? Poca, solamente en grupos elitarios. Además, la literatura clásica se había ultrajado y todos aquellos libros que se escribieron en épocas de dominación – es, decir, toda la historia de la humanidad- habían sido o destruidos o transcritos al llamado lenguaje políticamente correcto. Aparte de que a casi nadie le interesaba la cultura del pasado.

No obstante, la humanidad no se había desintegrado, sino que gracias a las vacunas que llegaron, aunque lentamente, pudo inmunizarse a la mayor parte de la humanidad. Los que fallecieron en esa época eran, en gran parte, pacientes de las enfermedades de entonces que, a causa de la pandemia, se dejaron de tratar, se impidieron las operaciones de urgencia por motivos de contagio y falta de camas en los hospitales y la medicina se centró exclusivamente en atacar aquel virus maligno e invisible.  Bien que había algunas personas a las que les había salido un cuerno en la cabeza, a otros una segunda nariz, a otros se les había alargado una de sus extremidades o se les había puesto la cara hacia atrás por los efectos secundarios de la vacuna, pero habían sobrevivido. Esta situación de diversidades físico-corporales sirvió para combatir la discriminación ya que esas metamorfosis afectaron a todas las clases sociales de todos los países.

La vacuna consiguió, además, erigirse como una religión común para todo el mundo y por encima de todas las grandes religiones ya que era el único medio de supervivencia. Como consecuencia: se acabaron las guerras religiosas. Es decir, volvió o, mejor dicho, nació una paz inesperada: Era una paz que se había producido al reconocer que en esos momentos somos todos iguales y que un virus ataca tanto al pobre como al rico.

 Sí, en el 2040 el mundo había adquirido un estado de paz mundial nunca imaginado.

            Y ya han pasado diez años de eso. Ahí sigue la humanidad: paciente, tranquila, flemática y aburrida. No tienen estímulos para recobrar la cultura de tantos siglos y que en tan poco tiempo pudo aniquilarse. Tampoco tienen voluntad para irse a hacer negocios con otros continentes y, mucho menos, para emprender viajes a la luna. Ahí están todos, aburridos, dejando trascurrir las horas del día con la esperanza de que ocurra algo que les quite de esa abulia y de ese hastío, pero sin fuerzas para ser ellos mismos los iniciadores de un cambio.

Está bastante claro: solamente con la existencia del mal se puede valorar la existencia del bien, pero el mal ya se había mitigado.

Y ahora habrá que esperar medio siglo o más hasta que llegue otra catástrofe natural que vuelva a establecer el equilibrio entre el mal y el bien para que el ser humano cambie la desidia y el ocio por envidias, odios y guerras y, de camino, por alegría y risas.

Louis Armand de Lom d’Arce,

BARÓN DE LAHONTAN

Coloquios o diálogos habidos en América entre un salvaje y el Barón de Lahontan.

Palabras claves: Lahontan, Adario, Salvaje, Deísmo, Religión natural, Estado de naturaleza, Razón natural, Cabaña de Lahontan, Comunismo primitivo  Keywords: Lahontan, Adario, Savage, Deism, Natural Religion, State of Nature, Natural Reason, Lahontan Hut, Primitive Communism    
En este diálogo, publicado en 1704, el Barón de Lahontan (1666-1716), interpreta el papel del colonizador, compartiendo a la vez la función de los misioneros evangelizadores jesuitas, para dar la palabra a un salvaje hurón del Canadá, Adario, prototipo del hombre natural y precursor de la figura filosófica del buen salvaje de Rousseau, que desmonta con sus razones el pensamiento elaborado teológico-político de la Europa del barroco. La “cabaña de Lahontan” fue sinónimo en su época del refugio anhelado por el hombre que retorna a su supuesto “estado natural” para así librarse de los enredos y procesos de la vida civilizada, política y cortesana.  In this dialogue, published in 1704, the Baron of Lahontan (1666-1716), plays the role of the colonizer, sharing at the same time the role of the Jesuit evangelizing missionaries, to give the floor to a wild Canadian Huron (from the Wyandot people), Adario, prototype of the natural man and precursor of the philosophical figure of the good savage of Rousseau, who dismantles with his reasons the elaborate theological-political thought of the Europe of the baroque. The „cabin of Lahontan“ was synonymous in its time of the refuge longed for by man who returns to his supposed „natural state“ in order to get rid of the entanglements and processes of civilized, political and court life.  

Louis Armand de Lom d’Arce,

BARÓN DE LAHONTAN

Coloquios o diálogos habidos en América entre un salvaje y el Barón de Lahontan.

Contiene una exacta descripción de los usos y costumbres de estos pueblos salvajes,

junto a los viajes del mismo Autor a Portugal y Dinamarca.

Louis Armand de Lom d’Arce, La Hontan, (1666-1716 ; baron de). Dialogues de M. le baron de Lahontan et d’un sauvage, dans l’Amérique : contenant une description exacte des moeurs et des coutumes de ces peuples sauvages ; Avec les voyages du même en Portugal et en Danemarc… Amsterdam, Chez la Veuve de Boeteman,1704.  

Traducción de José Manuel Morales Cañadas

Contenido:

  • Diálogos o conversaciones entre un salvaje y el barón de Lahontan
  • Prefacio
  • Advertencia del autor al lector.

Prefacio

            Antes de la declaración de esta guerra, hasta tal punto me hallaba yo convencido de recuperar la gracia del Rey de Francia que, bien lejos de pensar en imprimir estas cartas y memorias, contaba con echarlas al fuego, caso de que el Monarca me hubiese honrado devolviéndome los cargos que yo poseía, con el beneplácito de los Señores de Montchartrain, padre e hijo[1]. Pero, al no verse cumplidas mis expectativas, me he determinado a desdeñar condenarlas a ese estado en el que yo mismo desearía que hubiesen terminado, ofreciéndolas por contra al lector que se tome el trabajo de leerlas.

*

Pasé la edad de quince y dieciséis años en Canadá, desde donde tuve el empeño de mantener un prolongado intercambio epistolar con un viejo pariente que me reclamaba noticias de ese país, en prenda de los servicios que él me prestó anualmente. Son esas mismas cartas las que componen este libro, y contienen todo lo sucedido allí entre los ingleses, los franceses, los iroqueses[2] y otros pueblos, desde el año 1683 hasta 1694, junto a otros muchos asuntos muy curiosos para todos aquéllos que conozcan las colonias de los ingleses o los franceses, y todo escrito con mucha fidelidad, pues, en fin, digo las cosas tal como son. Me he guardado de halagar y de ignorar a nadie. Concedo a los iroqueses la gloria de que se han hecho merecedores en diversas ocasiones, si bien deteste a esos diablos más que a los cuernos y los procesos judiciales. Atribuyo al mismo tiempo a la gente de la Iglesia (a pesar de la veneración que poseo por ellos) todos los males que los iroqueses han causado a las colonias francesas, durante una guerra que no habría tenido lugar sin el consejo de esos piadosos eclesiásticos.

            Dicho esto, advierto al lector que, por no conocer los franceses las ciudades de Nueva York si no es por su antiguo nombre, me he visto obligado a conformarme a ello, tanto en mi relación como en las cartas. Llaman ellos Nieu-York a todo el país que se extiende desde el nacimiento de su río hasta su desembocadura, es decir, hasta la isla donde se sitúa la ciudad de Manatha (así llamada desde los tiempos de los holandeses), que es la que en el presente llaman los ingleses Nieu-York. Los franceses llaman igualmente Orange a la plantación de Albania, que se encuentra río arriba. Fuera de esto, ruego al lector que no se tome a mal el que los pensamientos de los salvajes estén revestidos a la europea: la culpa es de mi pariente y corresponsal, ya que este buen hombre, tras haber puesto en ridículo la jerga metafórica de la Gran-Gula, me rogó que no le tradujese al pie de la letra un lenguaje tan lleno de ficciones e hipérboles salvajes. A ello se debe que todos los razonamientos de esos pueblos resulten aquí según la dicción y el estilo de los europeos, puesto que, para obedecer a mi pariente, me he contentado con guardar las copias de cuanto le escribí durante mi estancia en el país de esos filósofos desnudos. De paso, es bueno advertir al lector que, la gente que conoce mis faltas, rinden tan poca justicia a esos pueblos como a mí cuando afirman que yo mismo soy un salvaje, siendo esto lo que me hace hablar de manera tan favorable de mis congéneres. Harto me honran estos observadores cuando no explican a las llanas que soy justamente todo aquello los europeos relacionan con la idea que se hacen de la palabra salvaje. Pues, en diciendo que soy simplemente lo que son los salvajes, me otorgan sin pensarlo el carácter del hombre más honesto del mundo. Dado que, en fin, es un hecho incontestable que los hombres que no han sido corrompidos por la vecindad de los europeos, no poseen ni lo mío ni lo tuyo; ni Leyes, ni Jueces ni Sacerdote alguno. Nadie lo pone en duda, porque todos los viajeros que conocen aquel país son de la misma opinión. Tantos son, y de tan diferentes profesiones, los que así lo aseguran, que no podemos permitirnos dudar de ello. Ahora bien, siendo así, no ha de resultar difícil de creer que esos pueblos sean tan sabios y razonables. Creo que hay que estar ciego para no ver que la propiedad de los bienes (por no hablar de la de las mujeres) es la única fuente de todos los desórdenes que perturban la sociedad de los europeos. Es fácil pensar, basándonos en esto, que no soy yo de ninguna manera el que doy en préstamo el buen espíritu y la sabiduría que se señalan en las palabras de esos pobres americanos. Si todo el mundo estuviera tan bien provisto de libros de viajes como el Doctor Sloane[3], encontraríamos, en más de cientos de relaciones sobre Canadá, una infinidad de razonamientos salvajes incomparablemente más fuertes que aquéllos de los que se habla en mis memorias. Por lo demás, las personas que duden del instinto y el talento de los castores, no tienen más que ver el gran Plano de América del Señor de Fer, grabado en París en 1698, y allí se encontrarán con cosas sorprendentes en lo tocante a estos animales.

            Me han escrito desde París que los Señores de Pontchartrain andan buscando los medios de vengarse del ultraje que, dicen ellos, les he hecho al publicar en mi libro algunas bagatelas que debería haberme callado. Me advierten también de que tengo todos los motivos para temer el resentimiento de muchos Eclesiásticos, que pretenden que al insultar su conducta he insultado a Dios. Pero, dado que estoy bien prevenido ante el furor de unos y otros, cuando he dado a imprimir este libro he tenido la tranquilidad y el tiempo suficientes como para armarme de pies a cabeza para hacerles frente. Lo que me consuela es que no he escrito nada que no pueda probar con certidumbre, aparte de que, en lo que les atañe, no he podido decir menos de lo que he dicho. Pues, si hubiese yo pretendido apartarme de mi narración por poco que fuere, habría incurrido en disgresiones con las que la conducta de los unos y los otros habría redundado en perjuicio de la paz y el bien públicos. Razones habría tenido yo para dar ese paso: pero como mis escritos estaban dirigidos a ese viejo que es mi pariente, que no se alimenta más que de devoción, y que temía las influencias maliciosas de la Corte, él mismo me exhortó sin cesar a que no redactase nada que pudiera chocar a las gentes de la Iglesia y del Rey, por temor a que mis cartas pudieran ser interceptadas. Sea como fuere, me advierten también desde París que quieren servirse de los pedantes para que escriban en mi contra, de modo que tengo que prepararme para sufrir una tormenta de injurias que van a hacer caer sobre mí en pocos días. Pero no importa: soy un buen hechicero para rechazar todas las tempestades que vengan de París. Me burlo de ellas y les haré la guerra a golpes de pluma, ya que no puedo hacerlo con la espada. Sea esto dicho de paso en este Prefacio al lector, a quien el Cielo se digne en colmar de prosperidad, preservándolo de tener que enredarse en cualquier disputa con la mayor parte de los ministros del Estado o de la Iglesia, ya que éstos llevarán siempre la razón por mucho que yerren, hasta que se instale la anarquía entre nosotros, como entre los americanos, de los cuales el que menos se estima muy por encima de un Canciller de Francia. Felices estos pueblos, por hallarse al abrigo de las trifulcas de estos ministros, que se sienten señores de todo y por siempre. Envidio la suerte de un pobre salvaje qui leges & sceptra terit[4], y desearía pasar el resto de mi vida en su cabaña, para no verme más expuesto a doblar la rodilla ante esas gentes que sacrifican el bien público a su interés particular, y que han nacido sólo para hacer rabiar a las personas honestas. Los dos ministros de Estado con los que tengo asuntos pendientes están solicitados por la Señora Duquesa de Lude, por el Señor Cardenal de Bouillon, por el Señor Conde de Guiscar, por el Señor de Quiros, y por el Señor Conde d’Avaux: nada ha podido hacerles agachar la cabeza, aunque mi asunto no consista más que en haberme negado a soportar las afrentas de un Gobernador protegido por ellos, mientras que otros cientos de Oficiales, que han tenido asuntos mil veces más criminales que el mío, se han librado de ellos con sólo tres meses de ausencia. La razón de ello está en que se les da mucho menos cuartel a los que tienen la desgracia de disgustar a esos Señores de Pontchartrain, que a los que contravienen las órdenes del Rey. De todas formas, en medio de todas mis desdichas, encuentro el consuelo de disfrutar en Inglaterra de una especie de libertad de la que no se goza en otros sitios, pues puede decirse que es el único país, de entre todos los habitados por pueblos civilizados, donde más perfecta parece esta libertad. No hago excepción siquiera de la del corazón, convencido como estoy de que los ingleses la conservan como cosa muy preciada, tan verdad es que estos pueblos sienten horror por todo tipo de esclavitud, dando testimonio de su sabiduría por las precauciones que se toman para evitar caer en una servidumbre fatal.

ADVERTENCIA DEL AUTOR AL LECTOR.

Desde el momento en que muchos ingleses de distinguido mérito, a quienes la lengua francesa resulta tan familiar como la suya propia, así como muchos otros de mis amigos, hubieron conocido mis Cartas y Memorias del Canadá, me testimoniaron que habrían deseado una Relación más amplia de los usos y costumbres de los pueblos a los que hemos dado el nombre de salvajes. Esto es lo que me obligó a hacer partícipe al público de estas diversas conversaciones que he mantenido en ese país con un cierto hurón, a quien los franceses han dado el nombre de Rata. Cuando me encontraba en el poblado de este americano, era para mí una agradable ocupación recibir con atención todos sus razonamientos. Nada más regresar yo de mi viaje a los Lagos de Canadá, mostré mi manuscrito al Señor Conde de Frontenal, quien se mostró tan entusiasmado al leerlo, que se tomó enseguida el trabajo de poner esos diálogos en el estado en que ahora se encuentran, ya que no eran al principio más que charlas interrumpidas, sin continuidad ni relación entre sí. La solicitud de esos gentilhombres ingleses y de varios de mis amigos es la que me ha hecho hacer públicas muchas de estas curiosidades referidas a estos pueblos salvajes, que nunca antes habían sido puestas por escrito. He considerado también que no sería inoportuno añadir esas relaciones bastante curiosas de dos viajes que he realizado, uno a Portugal, a donde me dirigí para refugiarme de Terranova, y el otro a Dinamarca. Se encontrarán en ellas la descripción de Lisboa, de Copenhage, y de la Capital del Reino de Aragón, reservándome el dar a imprimir otros viajes efectuados por mí por Europa, para cuando tenga la dicha de poder revelar verdades sin riesgo ni peligro.

DIÁLOGOS O CONVERSACIONES ENTRE UN SALVAJE Y EL BARÓN DE LAHONTAN

LAHONTAN  ̶   Quiero razonar contigo con sumo placer, mi querido Adario, sobre el tema más importante del mundo, ya que se trata de descubrirte las grandes verdades del cristianismo.

ADARIO  ̶  Estoy dispuesto a escucharte, querido amigo, para aclararme con ello sobre tantas cosas que los jesuitas nos predican desde hace tiempo, y quiero que platiquemos con toda la libertad posible. Si tu creencia es parecida a la que nos predican los jesuitas, es inútil que entremos en diálogo, pues me han contado tantas fábulas, que todo lo más que puedo creer es que ellos mismos deben de poseer un exceso de espíritu para creérselas.

LAHONTAN  ̶  No sé lo que te habrán dicho, pero creo que sus palabras y las mías se acordarán muy bien. La religión cristiana es la que los hombres deben profesar para ir al Cielo. Dios ha permitido que descubramos América porque quiere que se salven todos los pueblos que sigan las leyes del cristianismo. Ha querido que se predique el Evangelio a tu nación para así mostrarle el verdadero camino al Paraíso, que es la morada feliz de las buenas almas. Es lástima que no quieras aprovechar la gracia y el talento que Dios te ha dado. La vida es breve, e ignoramos la hora de nuestra muerte. El tiempo apremia: aprende pues, y cuanto antes, a discernir las grandes verdades del cristianismo, para así abrazarlo también cuanto antes, lamentando los días que has pasado en la ignorancia, sin culto, sin religión, y privado del conocimiento del Dios verdadero.

ADARIO  ̶  ¡Cómo que sin el conocimiento del verdadero Dios! ¿Estás soñando? ¿Nos crees sin religión tras todo el tiempo que has pasado entre nosotros? Has de saber que: 1º) reconocemos a un Creador del Universo con el nombre de gran Espíritu o Señor de la vida, que creemos estar en todo aquello que no posee límites; 2º) confesamos la inmortalidad del alma; 3º) el gran Espíritu nos ha dotado de una razón capaz de discernir el bien del mal, como el cielo de la tierra, a fin de que sigamos con exactitud las verdaderas reglas de la justicia y la sabiduría; 4º) la tranquilidad del alma place al Señor de la vida, a quien, al contrario, le horroriza la perturbación del espíritu, que hace malvados a los hombres; 5º) la vida es un sueño y la muerte un despertar, tras el cual el alma ve y conoce la naturaleza y las cualidades de las cosas, tanto visibles como invisibles; 6º) por no poder extenderse el alcance de nuestro espíritu ni una pulgada por encima de la superficie de la tierra, no debemos malgastarlo ni corromperlo intentando penetrar las cosas invisibles e improbables. He aquí, mi querido amigo, en qué consisten nuestras creencias, y todo lo que seguimos con exactitud. Creemos también que vamos al País de las almas después de nuestra muerte; pero no suponemos, como hacéis vosotros, que haya lugares buenos y malos después de la vida, destinados a las almas buenas o malas, ya que no sabemos si lo que consideramos ser un mal según los hombres lo sea también según Dios. El que vuestra religión sea tan diferente de la nuestra no significa en absoluto que nosotros carezcamos de ella. Sabes bien que he estado en Francia, en Nueva York y en Quebec, donde he estudiado las costumbres y doctrinas de ingleses y franceses. Los jesuitas dicen que, de entre las quinientas o seiscientas religiones que hay sobre la Tierra, no hay más que una buena y verdadera, que es la suya, y sin la cual ningún hombre podrá escapar de un fuego que quemará su alma por toda la eternidad; y, no obstante, no son capaces de ofrecer ni una sola prueba.

LAHONTAN  ̶  Tienen mucha razón, Adario, al decir que hay malas religiones: sin ir más lejos, no tienen más que hablar de la tuya. Quien no conoce las verdades de la religión cristiana no puede tener ninguna. Todo eso que acabas de decirme no son más que espantosas ensoñaciones. El País de las almas del que hablas no es más que un terreno de caza fabuloso, frente al Paraíso del que nos hablan las Sagradas Escrituras, situado más allá de las estrellas más lejanas, y en donde se asienta actualmente Dios, rodeado de gloria y en medio de las almas de los fieles cristianos. Estas mismas Escrituras hacen mención de un Infierno, que creemos estar situado en el centro de la Tierra, en el que las almas de todos aquéllos que no han abrazado el cristianismo arderán eternamente sin consumirse, al igual que las almas de los malos cristianos. Es una verdad sobre la que deberías reflexionar.

ADARIO  ̶  Esas santas Escrituras que citas a cada momento, lo mismo que hacen los jesuitas, precisan esa gran dosis de fe con la que estos buenos padres nos atiborran los oídos. Ahora bien, esa fe no puede consistir más que en una forma de persuasión. Creer es estar persuadido, y estar persuadido de algo es ver con los propios ojos ese algo, o reconocerlo mediante pruebas claras y sólidas. ¿Cómo así iba yo a tener esa fe, dado que ni tú mismo puedes probarme, ni hacerme ver en lo más mínimo todo eso que me dices? Créeme, deja de hundir tu pensamiento en tantas oscuridades, cesa de sostener las visiones de las santas Escrituras, o bien tendremos que dejar nuestra conversación. Puesto que, según nuestros principios, es necesaria la probabilidad, y, ¿en qué apoyas tú el destino de esas buenas almas que están junto al gran Espíritu por encima de las estrellas? ¿O el de las malas, que arderán eternamente en el centro de la Tierra? Por fuerza acusas a Dios de tiranía, cuando crees que ha creado, ya sea a un solo hombre, para hacerlo eternamente desgraciado en medio del fuego del centro de esta Tierra. Dirás sin duda que las sagradas Escrituras prueban esta gran verdad: pero, si así fuera, haría falta aún que la Tierra fuera eterna. Ahora bien, los jesuitas lo niegan, así que ese lugar de llamas debe dejar de existir cuando la Tierra se haya consumido. Por lo demás, ¿cómo pretendes que el alma, que es un puro espíritu, mil veces más sutil y ligero que el humo, tienda, contra su inclinación natural, hacia el centro de esta Tierra? Más probable sería que se elevase y volase hacia el Sol, donde podrías situar más razonablemente ese lugar de fuegos y de llamas, ya que este astro es mucho mayor que la Tierra y mucho más ardiente.

LAHONTAN  ̶  Escucha, mi querido Adario: tu ceguera es extrema, y el endurecimiento de tu corazón te hace rechazar esta fe y estas sagradas Escrituras, cuya verdad se descubre fácilmente cuando procuramos desprendernos un poco de nuestros prejuicios. No hay más que examinar las profecías que contienen, que han sido incontestablemente escritas antes de producirse el acontecimiento que anuncian. Esta Historia Sagrada se confirma por los autores paganos y por los monumentos más antiguos y más incuestionables que los siglos pasados nos hayan dejado. Créeme: si reflexionaras sobre la manera en que la religión de Jesucristo se ha implantado en el mundo, y sobre el cambio que le ha procurado; si indagases en todos los rasgos de veracidad, de sinceridad y de divinidad que se señalan en estas Escrituras; en una palabra, si tomases las partes de nuestra religión al detalle, tú mismo verías y sentirías que sus dogmas, sus preceptos, sus promesas y amenazas, no tienen nada de malo ni de absurdo, nada de opuesto a las opiniones naturales, y que nada hay más acorde con la recta razón y con los sentimientos de la conciencia.

ADARIO  ̶  Son los mismos cuentos que los jesuitas me han soltado miles de veces: pretenden que, desde hace cinco o seis mil años, todo cuanto ha ocurrido ha sido escrito sin sufrir alteración. Empiezan por decirnos la manera en que fueron creados el Cielo y la Tierra; que el hombre fue hecho de tierra, y la mujer de una de sus costillas, como si Dios no los hubiese hecho del mismo material; que una serpiente tentó a este hombre en un jardín de árboles frutales para hacerle comerse una manzana, lo cual es causa de que el gran Espíritu haya hecho morir a su Hijo, expresamente para salvar a todos los hombres. Si yo dijera que es más probable que se trate de fábulas, que no de verdades, me responderías de nuevo con razones de tu misma Biblia. Ahora bien: esa invención de las Escrituras se sitúa, según tú me dijiste un día, hace tres mil años, y la de la imprenta hace cuatro o cinco siglos. Siendo así, ¿cómo estar seguros de tantos acontecimientos pasados en el transcurso de tantos siglos? Seguramente, tiene uno que ser bien crédulo para dar fe a todas esas ensoñaciones, contenidas en ese gran Libro en el que los cristianos pretenden que creamos. He podido escuchar la lectura de los libros que los jesuitas escriben sobre nuestro país, ya que los que los leen me los han explicado en mi propia lengua. Pero he encontrado en ellos gran cantidad de mentiras, una tras otra. Ahora bien, dado que vemos con nuestros propios ojos las falsedades impresas sobre cosas que difieren tanto de lo que se dice de ellas en el papel, no pretenderás que crea en la sinceridad de esas Biblias, escritas hace tantos siglos, traducidas de muchas lenguas diferentes por ignorantes que no habrán captado seguramente su verdadero sentido, o por embusteros que habrán cambiado, aumentado o disminuido las palabras que encontramos hoy en ellas. Podría añadir a ésta otras varias dificultades que, tal vez, te obligarían finalmente a reconocer de algún modo que tengo razón cuando me atengo y me someto exclusivamente a las cuestiones palpables o probables.

LAHONTAN  ̶  Mi querido Adario: te he descubierto las certidumbres y las pruebas de la religión cristiana; sin embargo, no quieres escucharlas, sino que, por el contrario, las consideras quimeras, alegando las razones más estúpidas del mundo. Me citas las falsedades que se han escrito en las relaciones que has visto sobre tu país, como si su autor, el jesuita que las ha redactado, no haya podido verse engañado por los que le hayan informado de sus memorias. Fuerza es que tengas en cuenta que esas descripciones del Canadá son bagatelas que no deben compararse con los Libros que tratan de las cosas sagradas, cuyos diferentes autores han escrito sin contradecirse.

ADARIO  ̶  ¡Cómo que sin contradecirse! ¿Acaso ese Libro de las cosas sagradas no está lleno de contradicciones? Esos Evangelios de los que nos hablan los jesuitas, ¿no son causa de los más horribles enfrentamientos entre franceses e ingleses? Empero, si hay que daros fe, todo cuanto contienen procede de la boca del gran Espíritu. Pero, de ser así, ¿resulta verosímil que haya hablado de forma harto confusa, dando a sus palabras un sentido tan ambiguo, si hubiese pretendido que se le entendiera? Una de dos: si ha nacido, muerto y predicado en esta Tierra, fuerza es que sus discursos se hayan perdido, ya que, en otro caso, habría hablado en ellos con tanta claridad, que hasta los niños habrían comprendido lo que hubiese dicho; o bien, si creéis que los Evangelios son en verdad sus palabras, y que no hay nada en ellos que no sea suyo, en ese caso es que ha venido a este mundo a traer la guerra y no la paz, lo cual resulta imposible.                                           Los ingleses me han dicho que sus Evangelios contienen las mismas palabras que los de los franceses; pero hay más diferencias entre su religión y la vuestra que entre la noche y el día. Ellos aseguran que la suya es la mejor; los jesuitas proclaman lo contrario, afirmando que la de los ingleses y las de otros miles de pueblos no poseen ningún valor. ¿Qué he de creer, pues, si no hay más que una sola religión verdadera sobre la tierra? ¿Hay alguien que no considere la suya como la más perfecta? ¿Puede el hombre ser lo suficientemente hábil como para distinguir esta única y divina religión entre tantas otras tan diferentes? Créeme, mi querido hermano: el gran Espíritu es sabio, todas sus obras son perfectas, es él quien nos ha hecho y sabe bien qué será de nosotros. A nosotros nos toca actuar libremente, sin embrollar nuestro espíritu con las cosas futuras. Él te ha hecho nacer francés para que creas en lo que no ves ni entiendes; y a mí me ha hecho nacer hurón para que no crea más que en lo que entiendo, y esto es lo que me enseña la razón.

LAHONTAN  ̶  La razón te enseña a hacerte cristiano y tú no quieres serlo. Si quisieras, entenderías las verdades de nuestro Evangelio: todo se sigue de ellas y nada las contradice. Los ingleses son cristianos como los franceses, y, si hay alguna diferencia entre estas dos naciones en lo referente a la religión, no es más que en lo relativo a ciertos pasajes de las sagradas Escrituras, que ellos explican de manera diferente. El primer punto y el principal, que es causa de tantas disputas, consiste en que los franceses creen que, ya que el Hijo de Dios dijo que su cuerpo se hallaba en un pedazo de pan, hay que creer que eso es verdad, puesto que el Hijo de Dios no puede mentir. Por eso les dice a sus discípulos que se lo coman y que ese pan es en verdad su cuerpo; y que siguieran repitiendo esa ceremonia sin cesar en conmemoración suya. Y no han dejado de hacerlo, puesto que, desde la muerte de este Dios hecho hombre, se realiza a diario el sacrificio de la Misa entre los franceses, que no dudan de la presencia real del Hijo de Dios en ese trozo de pan. En cambio, los ingleses pretenden que, por encontrarse en el Cielo, no puede estar corporalmente en la Tierra; y que las otras palabras que dijo a continuación, cuya discusión sería demasiado compleja para ti, les persuaden de que este Dios no está en el pan más que espiritualmente. He aquí la diferencia que va de ellos a nosotros, pues en cuanto a los otros puntos, son sólo menudencias sobre las cuales nos ponemos fácilmente de acuerdo.

ADARIO  ̶  Ya ves, por tanto, que existe contradicción u oscuridad en las palabras del Hijo del gran Espíritu, puesto que los ingleses y vosotros disputáis sobre su sentido con tanto ardor y animosidad que es el principal motivo del odio que se observa entre vuestras dos naciones. Pero no es eso a lo que me refiero. Escúchame bien, hermano: tenéis que estar locos los unos y los otros para creer en la encarnación de un Dios, conociendo la ambigüedad de esos discursos que menciona vuestro Evangelio. Hay en ellos montones de temas equívocos, demasiado groseros como para haber salido de labios de un Ser tan perfecto. Los jesuitas nos aseguran que ese Hijo del gran Espíritu ha dicho que, en verdad, quiere que todos los hombres sean salvados; ahora bien, si así lo quiere, es necesario que así sea; sin embargo, no todos lo son, ya que él mismo ha dicho que muchos eran los llamados y pocos los elegidos. Esto es una contradicción. Estos Padres responden que Dios no quiere salvar a los hombres sino a condición de que ellos mismos lo quieran. Sin embargo, Dios no ha añadido esta cláusula, ya que en ese caso no habría hablado como Señor. Pero, en fin, los jesuitas quieren penetrar en los secretos de Dios, y exigir algo que él mismo no ha pretendido, ya que él mismo no ha podido establecer esta condición para que uno se salve: sería igual que si el gran Capitán de los franceses hiciera decir por su Virrey que quiere que todos los esclavos del Canadá se marchen a Francia, donde él los hará ricos a todos, y que entonces los esclavos contestasen que no quieren irse allí, ya que este gran Capitán no puede quererlo si no es con la condición de que ellos lo quieran. ¿No es cierto, mi querido hermano, que nos reiríamos de ellos, y que serían obligados a continuación a trasladarse a Francia contra su voluntad? No te atreverás a decirme lo contrario. En fin, estos jesuitas me han explicado otras tantas palabras que se contradicen unas a otras, que me asombra tras ello que pueda llamárseles Escrituras Santas. Está escrito que el primer hombre, que el gran Espíritu hizo con sus propias manos, comió de un fruto prohibido, por lo que fue castigado, él y su mujer, ya que ambos habían cometido el mismo crimen. Supongamos pues que, por una manzana, el castigo haya sido como tú quieras; de lo que deberían lamentarse es de que, sabiendo el gran Espíritu que se la comerían, los hubiera creado para hacerlos desgraciados. Pasemos a sus hijos, quienes, según los jesuitas, también se vieron envueltos en este extravío. ¿Son acaso culpables de la glotonería de su padre y su madre? Si un hombre matase a uno de vuestros Reyes, ¿se castigaría también a todos sus parientes y descendientes, padres, madres, tíos, primos, hermanas, hermanos y a todo el resto de la parentela? Supongamos ahora que el gran Espíritu, cuando creó a ese hombre, no supiera lo que iba a hacer tras su creación, algo que resulta impensable; supongamos incluso que toda su posteridad fuese cómplice de su crimen, lo cual resulta injusto: ese gran Espíritu, según vuestras Escrituras, ¿no es tan clemente y misericordioso que su bondad hacia el género humano resulta inconcebible? ¿No es también tan grande y poderoso que, aun reunidos todos los espíritus de los hombres, de los que son, han sido y serán, les resultaría imposible comprender ni la mínima parte de todo ese poder? Y en ese caso, siendo tan bueno y tan misericordioso, ¿no podría perdonarlo, a él y a toda su descendencia? Y si ese Dios es tan grande y poderoso, ¿qué apariencia hay de que un Ser tan incomprensible se hiciera hombre, viviera como un miserable y muriese como un infame, y todo para expiar el crimen de una vil criatura, tan por debajo de él o más aún de lo que lo está una mosca con respecto al Sol y las estrellas? ¿Dónde está entonces ese poder infinito? ¿Para qué le serviría y qué uso le iba a dar? Por lo que a mí respecta, sostengo que creer en semejante envilecimiento es dudar de la extensión incomprensible de su omnipotencia y mantener una extravagante presunción de uno mismo al creer en semejante envilecimiento.

LAHONTAN  ̶  No te das cuenta, mi querido Adario, de que, siendo el gran Espíritu tan poderoso y tal como lo hemos descrito, el pecado de nuestro primer Padre tuvo que ser en consecuencia enorme, tan grande como nos quepa representarlo. Por ejemplo, si yo ofendiera a uno de mis soldados, quedaría en nada; mientras que, si cometiese un ultraje contra el Rey, mi ofensa sería absoluta, a la vez que imperdonable. Ahora bien, al ultrajar Adán al Rey de Reyes, todos nosotros nos convertimos en sus cómplices, puesto que somos una parte de su alma; y, por tanto, le hacía falta a Dios una satisfacción tal como la muerte de su propio Hijo. Es bien cierto que podría habernos perdonado con una sola palabra suya, pero, por razones que me costaría hacerte entender, prefirió vivir y morir por todo el género humano. Admito que es misericordioso, y que podría haber perdonado a Adán sobre la marcha, ya que su misericordia es el fundamento de toda salvación. Pero, si no hubiera alcanzado el crimen de su desobediencia hasta el fondo de su corazón, su prohibición no habría sido más que un juego. Hacía falta que no hubiera hablado en serio y, a partir de esto, todo el mundo tendría derecho a cometer todo el mal que quisiera.

ADARIO  ̶  No has probado nada hasta ahora, y cuanto más examino esa pretendida encarnación, menos verosímil la encuentro. ¡Cómo! Ese Ser inmenso e incomprensible, Creador de las tierras, los mares, y de todo el vasto firmamento, ¿habría podido rebajarse hasta el punto de permanecer prisionero durante nueve meses en las entrañas de una mujer; de exponerse a la vida miserable de sus camaradas pecadores, los mismos que escribieron vuestros libros de los Evangelios; de ser golpeado, azotado, crucificado como un desgraciado miserable? Es algo que mi espíritu no puede imaginar. Está escrito que ha venido expresamente a la Tierra para morir, y, sin embargo, ha temido la muerte. He aquí una contradicción en dos sentidos: 1) Si tenía la intención de nacer para morir, no debía tener miedo a la muerte, ya que, ¿por qué la tememos? Es porque no estamos bien seguros de lo que nos ocurrirá al perder la vida. Pero él no ignoraba el lugar a donde iba a ir, por lo que no debería haber sentido ningún temor. Sabes bien que es frecuente que nosotros y nuestras mujeres nos envenenemos, cuando alguno de los dos fallece, para ir a hacerle compañía al país de los muertos. Así que ves que la pérdida de la vida no nos espanta, aun cuando no sepamos la ruta que seguirán nuestras almas. ¿Qué me respondes a esto? 2º) Si el Hijo del gran Espíritu tenía tanto poder como su Padre, no tenía que rogarle que le salvase la vida, ya que él mismo podía guarecerse de la muerte. Por mi parte, querido hermano, no concibo nada de lo que pretendes que conciba.

LAHONTAN  ̶  Tenías razón cuando me dijiste en su momento que el alcance de tu espíritu no se extendía ni una pulgada por encima de la superficie de la Tierra. Tus razonamientos lo prueban suficientemente. Tras esto, no me extraña que a los jesuitas les cueste tanto esfuerzo predicarte y hacer que comprendas las verdades sagradas. Debo estar loco por pretender razonar con un salvaje incapaz de distinguir entre una suposición quimérica y un principio seguro, ni entre una consecuencia bien sacada y una falsa. Como, por ejemplo, cuando has dicho que Dios quería salvar a todos los hombres y que, sin embargo, habría pocos que se salvasen, considerando que había una contradicción en esto, cuando en realidad no la hay. Porque quiere salvar a todos los hombres que lo quieran por sí mismos, siguiendo su Ley y sus preceptos; a aquéllos que crean en su encarnación, en la verdad de sus Evangelios, en la recompensa de los buenos y el castigo de los malos y en la eternidad. Pero, dado que se encontrará con muy pocos de éstos, todos los demás irán a arder eternamente en ese lugar de fuego y llamas del que tú te burlas. Ten cuidado de no encontrarte entre estos últimos. Me disgustaría porque soy tu amigo, pero entonces no dirías más que el Evangelio está lleno de contradicciones y quimeras; no exigirías más pruebas groseras de todas las verdades que te he dicho; tendrías que arrepentirte de haber tratado nuestros Evangelios de fabulaciones forjadas por imbéciles. Pero será ya demasiado tarde. Piensa en todo ello y no seas obstinado. Pues, de verdad, si no te rindes a las razones incontestables que yo te ofrezco sobre nuestros misterios, no volveré a hablar más contigo en toda mi vida.

ADARIO  ̶   ¡Vaya, hermano, no te enojes! No pretendo ofenderte al oponerte mis razones. No te impido creer en tus Evangelios. Sólo te ruego que me permitas dudar de todo cuanto acabas de explicarme. Nada más natural para los cristianos que tener fe en sus santas Escrituras, porque se les habla tanto de ellas desde la infancia que, imitando a tanta gente que se ha educado en las mismas creencias, las han grabado de tal modo en su imaginación que la razón no tiene ya fuerza para actuar sobre su mente, prevenidos de antemano de la verdad de esos Evangelios. No hay nada más razonable, para gente sin prejuicio como lo son los hurones, que examinar las cosas de cerca. Pues bien, después de haber reflexionado mucho, desde hace diez años, sobre lo que nos dicen los jesuitas de la vida y la muerte del Hijo del gran Espíritu, todos mis hurones te podrán ofrecer más de veinte mil razones que probarán lo contrario. Por mi parte, he sostenido siempre que, si fue posible que tuviera la bajeza de descender a la Tierra, se habría manifestado a todos los pueblos que la habitan. Habría descendido triunfante, con esplendor y majestad, a la vista de cantidad de gente. Habría resucitado a los muertos, devuelto la vista a los ciegos, hecho andar a los cojos, curado a los enfermos por la toda la Tierra, y, en fin, habría hablado y ordenado lo que quisiera que se hiciese, habría ido de una nación a otra a realizar esos milagros para otorgar la misma ley a todo el mundo. Entonces tendríamos todos la misma religión, y esa gran uniformidad que encontraríamos por todas partes probaría a nuestros descendientes, de aquí a diez mil años, la verdad de esta religión entendida de igual manera por todos los rincones del mundo; mientras que ahora nos encontramos con más de quinientas o seiscientas diferentes las unas de las otras, entre las cuales, la de los franceses es la única buena, santa y verdadera, según su razonamiento. Y, en resumen, después de haber pensado mil veces en todos esos enigmas que llamáis misterios, he creído que habría que haber nacido más allá del gran Lago, es decir, ser inglés o francés, para comprenderlos. Pues cuando me digan que Dios, cuya figura no podemos representarnos, puede producir un Hijo con la de un hombre, responderé que una mujer no podría nunca engendrar un castor, porque en la naturaleza cada especie produce su semejante. Y si los hombres pertenecían al Diablo antes de la venida del Hijo de Dios, ¿es creíble que éste haya tomado la figura de las criaturas que proceden del Diablo? ¿No habría adoptado mejor una diferente, más bella, más fastuosa e imponente?  Y esto podía hacerse tanto mejor cuanto que la tercera Persona de esta Trinidad (tan incompatible con la unidad) tomó la forma de una paloma.

LAHONTAN  ̶  Acabas de elaborar un sistema salvaje, que nada significa, mediante una profusión de quimeras. Una vez más, resultaría en vano que intentase yo convencerte con razones sólidas, ya que no eres capaz de entenderlas. Te devuelvo a los jesuitas. Sin embargo, quiero hacerte entender algo muy fácil que está al alcance de tu genio, y esto es que, para ir a morar con el gran Espíritu, no basta con creer en esas grandes verdades del Evangelio que tú niegas: hay que observar de manera inviolable los mandamientos de la Ley que contiene, es decir: no adorar más que al gran Espíritu, no trabajar los días de la gran oración, honrar al padre y a la madre, no acostarse con muchachas y ni siquiera desearlas más que para el matrimonio, no matar ni hacer matar a nadie, no hablar mal de los hermanos ni mentir, no tocar a las mujeres casadas, no quedarse con los bienes de los hermanos, ir a Misa los días señalados por los jesuitas y ayunar ciertos días de la semana… Pues harás bien en creer en todo esto que nosotros creemos por las sagradas Escrituras, que son las que contienen estos preceptos: hay que observarlos o arder eternamente tras la muerte.

ADARIO  ̶  ¡Ajá, mi hermano querido, aquí te esperaba yo! En verdad, hace tiempo que sé bien todo lo que acabas de explicarme ahora. Esto es cuanto encuentro de razonable en ese Libro del Evangelio, nada más justo ni digno de aplauso que esas ordenanzas. Acabas de decirme que, si no se las cumple y no se siguen puntualmente estos mandamientos, la creencia y la fe en los Evangelios resulta inútil. ¿Por qué entonces los franceses creen en él y se burlan en cambio de estos preceptos? He aquí una contradicción manifiesta. Pues, I. En lo que se refiere a la adoración del gran Espíritu, no veo prueba alguna de ella en vuestras acciones, y esta adoración no consiste más que en la palabrería que usáis para engañarnos. Por ejemplo, veo a diario cómo los mercaderes dicen, cuando trafican con nuestros castores: “Bien caras me salen mis mercancías, tan verdad es como que hay un Dios”, “Verdad es que pierdo mucho contigo, como que Dios está en el Cielo.” Pero no veo que le ofrezcan en sacrificio las mejores mercancías que poseen, como hacemos nosotros cuando las adquirimos de ellos, quemándolas en su presencia. II. En cuanto a lo del trabajo en los días de la gran Oración, no entiendo que hagáis diferencia alguna entre unos días y otros, ya que he visto en ese día, cientos de veces, a los franceses traficando con las pieles y cargándolas en sus sacos, entregados al juego, peleándose, batiéndose, divirtiéndose de mil formas y haciendo todo tipo de locuras. III. En lo que se refiere a la veneración por vuestros padres, resulta ser algo extraordinario entre vosotros que sigáis sus consejos; los dejáis morir de hambre, os separáis de ellos y hacéis cabaña aparte; estáis siempre dispuestos a pedirles y jamás a darles; y, si esperáis obtener algo de ellos, les deseáis la muerte o, al menos, la esperáis con impaciencia. IV. En cuanto a la continencia del sexo, ¿quién hay entre vosotros, excepto los jesuitas, que la haya jamás guardado? ¿Acaso no vemos a diario a vuestros jóvenes perseguir a nuestras muchachas y nuestras mujeres hasta por los campos, para seducirlas con regalos, corriendo todas las noches de cabaña en cabaña en nuestro poblado para corromperlas? ¿No sabes tú mismo de todos esos procesos habidos entre tus propios soldados? V. Y, en hablando del asesinato, es algo tan común entre vosotros que echáis mano de la espada y os matáis por lo más mínimo. Estando yo en París, todas las noches se encontraba gente muerta a golpes, e incluso se me advirtió que tuviera cuidado de perder mi vida por los caminos que van de allí a La Rochelle. VI. Eso de no hablar mal de los hermanos ni mentir son dos cosas de las que os abstenéis menos que de comer y beber, y no he oído nunca a cuatro franceses hablando juntos sin decir mal de algún otro, y si supieras lo que he escuchado publicar del Virrey, del Intendente, de los jesuitas, y de miles de personas que tú conoces, tal vez de ti mismo, comprobarías lo bien que saben desgarrarse los franceses entre sí. De mentir, te he de decir que no hay un solo mercader por aquí que no diga montones de mentiras a la hora de valorar su mercancía a cambio de nuestros castores, sin contar las que sueltan a sus propios camaradas. VII. En lo referente a no tocar a las mujeres casadas, no hay más que oíros hablar cuando habéis bebido un poco de más, para conocer buena cantidad de historias sobre el tema: basta con contar el número de niños que pueden hacer las mujeres de los madereros durante la ausencia de sus maridos. VIII. No tomar los bienes de otros: ¡cuántos robos no habrás visto cometer desde que estás aquí entre los mismos madereros! ¿No han sido cogidos con las manos en la masa y castigados? ¿No es algo común en vuestras ciudades el no poder andar seguros por la noche ni dejar las puertas abiertas? IX. Lo de acudir a vuestra Misa para prestar oído a palabras dichas en una lengua que no se entiende, verdad es que eso es algo que los franceses hacen a menudo, si bien para poner el pensamiento en cualquier otra cosa que la oración. En Quebec, los hombres acuden para ver a las mujeres, y las mujeres para ver a los hombres. He visto cómo colocan sus cojines, por temor a gastar sus faldas y enaguas, se sientan alzando sus talones, sacan un libro de un gran saco y lo mantienen abierto, fijando la mirada más bien en los hombres que les placen que en las oraciones que tienen al frente. La mayor parte de los franceses toman tabaco en polvo, hablan, se ríen y cantan, más por diversión que por devoción. Y lo que es peor: sé que, mientras dura esta oración, muchas mujeres y muchachas permanecen solas en sus casas, aprovechando la ocasión para sus galanterías. X. Lo referente a vuestro ayuno resulta divertido. ¿Llamáis ayunar a atiborraros hasta reventar de toda clase de pescados, de huevos y de otras miles de cosas? En fin, querido amigo, vosotros los franceses pretendéis todos tener fe y sois unos incrédulos; queréis pasar por sabios y sois unos locos; os imagináis ser gente de espíritu y no sois más que presuntuosos ignorantes.

LAHONTAN  ̶  Esta conclusión, mi querido amigo, es propia de un hurón, al referirla a todos los franceses en general. Si así fuera, ninguno de ellos iría al Paraíso. Pero nosotros sabemos que hay millones de bienaventurados a los que llamamos Santos, y cuyas imágenes puedes ver en nuestras iglesias. Es bien cierto que pocos franceses poseen esta fe verdadera, que es el único principio para la piedad. Hay muchos que hacen profesión de creer en las verdades de nuestra religión, pero esta creencia no es lo bastante firme ni suficientemente viva para ellos. Reconozco que la mayoría, aun conociendo las verdades divinas y haciendo protesta de creer en ellas, actúan en todo contra lo que ordenan la fe y la religión. Pero hay que tener en cuenta que los hombres pecan algunas veces contra las luces de su conciencia, y que hay gente de mala vida, aunque esté bien instruida. Esto puede suceder, bien por falta de atención, o bien por la fuerza de sus pasiones, por estar sujetos a los bienes temporales: el hombre, corrompido como es, se ve empujado al mal por tantos caminos y por una inclinación tan fuerte que, a falta de una determinación absoluta, es difícil que renuncie a ello.

ADARIO  ̶  Cuando hablas del hombre, di mejor el hombre francés, pues sabes bien que entre nosotros no se conocen esas pasiones, ese interés ni esa corrupción. Pero no es a eso a lo que quiero referirme. Escucha, hermano: he hablado con frecuencia con los franceses de los vicios que reinan entre ellos, y, cuando les he hecho ver que no observan en absoluto las leyes de su religión, ellos me han reconocido que era verdad, que se daban cuenta y lo sabían perfectamente, pero que les resultaba imposible cumplirlas. Les he preguntado si acaso no creían que sus almas arderían eternamente: me han respondido que la misericordia de Dios es tan grande, que cualquiera que confíe en su bondad será perdonado; que el Evangelio es una alianza establecida por la gracia y en la cual Dios se adapta al estado y la debilidad del hombre, movido por tantas tentaciones y con tanta frecuencia que se ve obligado a sucumbir; y en fin que, por ser este mundo un lugar de corrupción, no habrá pureza en el hombre corrompido a no ser en el País de Dios. He aquí una moral menos rígida que la de los jesuitas, que nos envían al Infierno por una nimiedad. Estos franceses tienen razón al decir que es imposible observar esta Ley en tanto que subsistan entre vosotros lo mío y lo tuyo. Es un hecho fácil de probar por los salvajes del Canadá, ya que, a pesar de su pobreza, son más ricos que vosotros, a los que esos tuyo y mío os hacen cometer todo tipo de crímenes.

LAHONTAN  ̶  Reconozco que tienes razón, hermano, y no puedo dejar de admirar la inocencia de todos los pueblos salvajes. Es por ello que desearía de todo corazón que conociesen la santidad de nuestras Escrituras, es decir, de ese Evangelio del que tanto hemos hablado. No les faltaría más que eso para que sus almas se volvieran eternamente bienaventuradas. Lleváis una vida tan buena moralmente, que no tendríais más que superar una dificultad para alcanzar el Paraíso. Se trata de la libre fornicación entre la gente de uno y otro sexo y de la libertad que tienen hombres y mujeres para romper sus matrimonios, a capricho en ambos casos y copulando según su elección con nuevas parejas. Pues el gran Espíritu ha dicho que sólo la muerte o el adulterio pueden romper ese lazo indisoluble.

ADARIO  ̶  En otra ocasión hablaremos en detalle sobre ese gran obstáculo que tú consideras para nuestra salvación; pero, de momento, me contentaré con ofrecerte una sola razón para uno de esos dos puntos, el de la libertad de muchachos y muchachas. En primer lugar, un joven guerrero no querrá en ningún caso comprometerse a tomar a una mujer que no haya participado nunca en una campaña contra los iroqueses, o capturado esclavos para servir en su poblado en la caza y la pesca, o que no sepa ella misma cazar ni pescar perfectamente. Por otro lado, no deseará enervarse con la práctica frecuente del acto venéreo, durante el tiempo en que su fuerza le permita servir a su nación contra sus enemigos. Y, aparte de eso, no querrá exponer a una mujer y a sus niños al dolor de verlo muerto o capturado. Ahora bien, como resulta imposible que un hombre joven pueda contenerse totalmente en esta materia, no puede considerarse algo malo que los muchachos, una o dos veces al mes, busquen la compañía de muchachas, ni que éstas toleren la de ellos. Sin esto, nuestros jóvenes se verían incomodados en extremo, como nos lo ha demostrado el ejemplo de muchos que habían mantenido la continencia para correr mejor; y además, nuestras muchachas tendrían que recurrir a la bajeza de entregarse a nuestros esclavos.

LAHONTAN  ̶  Créeme, mi querido amigo, Dios no se paga de semejantes razones: quiere que nos casemos, o bien que evitemos cualquier contacto sexual. Pues basta un solo pensamiento amoroso, un simple deseo, una simple voluntad de contentar nuestra pasión animal, para que ardamos por la eternidad. Y si encuentras imposible la continencia, estás desmintiendo a Dios, ya que Él no nos ordena más que cosas posibles. Si se quiere, se pueden moderar los deseos: no hay más que quererlo. Todo hombre que cree en Dios debe cumplir con sus preceptos, como ya hemos dicho antes. Resistimos la tentación por el socorro de su gracia, que no nos falta jamás. Fíjate, por ejemplo, en los jesuitas: ¿acaso crees que no se sienten tentados cuando ven a esas bellas muchachas de tu poblado? Lo son, sin duda. Pero acuden a Dios en su ayuda y pasan su vida, como hacen nuestros sacerdotes, sin casarse ni tener comercio criminal con el sexo. Es una promesa solemne que hacen a Dios desde el momento en que se enfundan sus negros hábitos. Combaten durante toda su vida las tentaciones: hay que violentarse para ganarse el Cielo; hay que evitar las ocasiones por temor a caer en el pecado, y no hay un mejor modo de evitarlas que encerrarse en los claustros.

ADARIO  ̶  Ni a cambio de diez castores me vería yo obligado a guardar silencio sobre este tema. En primer lugar, esas gentes cometen un crimen al jurar la continencia, ya que Dios, al crear tanto hombres como mujeres, ha querido que los unos y las otras colaborasen en la propagación del género humano. Todas las cosas se multiplican en la naturaleza: los bosques, las plantas, los pájaros, los animales y los insectos. Es ésta una lección que nos ofrecen anualmente. Y la gente que no lo hace así son inútiles al mundo, no sirven más que a sí mismos, y roban a la tierra la semilla que ella misma les da cuando no hace ningún uso de ella según vuestros principios. Cometen un segundo crimen cuando violan su juramento (y lo hacen con mucha frecuencia), pues se burlan de la palabra y de la fe que han ofrecido al gran Espíritu. Y he aquí un tercer crimen que lleva a un cuarto, cuando tienen comercio, tanto con las jóvenes como con las mujeres. Si con las muchachas, es seguro que les arrebatan, al desflorarlas, algo que ellos nunca van a poder devolverles, es decir, esa flor que los propios franceses quieren cosechar por sí mismos cuando se casan, estimándola como un tesoro cuyo robo constituye uno de los peores crímenes que puedan cometer. Y si esto es ya un crimen, el otro es que, para precaverse de su preñez, se toman precauciones abominables, dejando el trabajo a medias. Si la cosa es con las mujeres adultas, se vuelven responsables de adulterio, así como de las malas relaciones que ellas mantengan con sus maridos. Y además, los niños que provienen de ello se convierten en ladrones que viven a expensas de sus hermanastros. El quinto crimen que cometen radica en las vías ilegítimas y profanas de que se valen para calmar sus pasiones brutales, puesto que, ya que son ellos los que predican vuestro Evangelio, ofrecen de él en privado una explicación bien diferente de la que expresan en público, y a falta de la cual no podrían autorizar su propio libertinaje, que pasa por criminal según vosotros. Bien sabes tú que no hablo por hablar, y que he visto en Francia cómo esos buenos curas negros no se cubren el rostro con sus capuchas cuando ven a las mujeres. Y te repito una vez más, mi querido hermano, que no podemos prescindir de ellas a determinada edad, y menos aún dejar de tenerlas en el pensamiento. Toda esa resistencia, esos esfuerzos de los que me hablas, no son más que cuentos para dormir. Y lo mismo es esa ocasión que pretendes que se evita encerrándose en un convento: ¿por qué entonces se soporta que los monjes o sacerdotes jóvenes confiesen a muchachas y mujeres? ¿Es esto escapar de las ocasiones? ¿No es más bien acudir a su encuentro? ¿Hay hombre alguno en todo el mundo que pueda escuchar todas esas galanterías en el confesionario sin salir de sus casillas?  Sobre todo cuando se trata de hombres sanos, jóvenes y robustos, que no trabajan y que comen buenos y nutritivos alimentos, adobados con cientos de especias que calientan lo suficientemente la sangre sin precisar de ninguna otra provocación. Por mi parte, lo que me resulta asombroso es que haya uno solo de esos eclesiásticos que vaya a ese paraíso del gran Espíritu. ¿Y tú osas mantener que esas gentes se hacen monjes y sacerdotes para evitar el pecado, cuando lo que hacen es entregarse a todo tipo de vicios? Yo sé, por boca de franceses bien avisados, que aquéllos de entre vosotros que se hacen monjes o curas, no piensan más que en vivir a su gusto, sin tener que trabajar sin inquietud ni temor a morirse de hambre o a empuñar las armas. Lo correcto sería hacer que toda esa gente se casara y permaneciera al cuidado de su hogar; o, al menos, que no se aceptasen sacerdotes ni monjes por debajo de la edad de 60 años. Sólo entonces podrían confesar, visitar sin escrúpulo a las familias y edificar a todos con su ejemplo. Sólo así, te digo, se evitaría que pudiesen seducir a jóvenes ni a adultas. Serían hombres sabios, moderados, bien considerados por su vejez y por su conducta, y la nación no perdería nada con ello, ya que a esa edad no está uno en condiciones para la guerra.

LAHONTAN  ̶  Ya te he dicho que no hay que juzgar a todo el mundo partiendo de cosas en las que sólo unos pocos tienen parte. Es cierto que algunos sólo se hacen monjes o sacerdotes para subsistir holgadamente y que, abandonando los deberes de su ministerio, se contentan con sacar todas las ventajas que les proporcionan. Reconozco que, entre ellos, los hay borrachos, violentos e irascibles, en sus palabras y en sus actos; también los encontramos movidos por una sórdida avaricia y por sus propios intereses; orgullosos y llevados por un odio implacable, sinvergüenzas y degenerados, blasfemos, hipócritas, ignorantes, mundanos, maldicientes, etcétera. Pero son los menos, ya que en la Iglesia sólo se admite a gente sabia, a hombres de los que se está bien seguro y a los que se prueba, intentando penetrar hasta el fondo de su alma antes de recibirlos. Así y todo, por muchas precauciones que se tomen, es imposible que algunas veces no resulten engañados. Resulta en esos casos una desgracia, puesto que, cuando esa conducta llena de vicios sale a la luz, deriva en el mayor de los escándalos, con toda seguridad.  Y de aquí se sigue que las palabras santas se mancillen en sus labios, se desprecien las leyes divinas, se pierda el respeto por las cosas de Dios, se envilezca el ministerio, caiga en el desprecio toda la religión, y el pueblo, una vez despojado del respeto que se debe a la religión, se entregue a todo tipo de procederes licenciosos. Pero has de saber que nos regulamos más por la doctrina que no por el ejemplo de esos indignos eclesiásticos. No hacemos como vosotros, que carecéis de la firmeza y el discernimiento necesarios para saber distinguir entre la doctrina y el ejemplo, y para no veros estremecidos por los escándalos provocados por todos ésos de los que tú has sabido en París, que contradicen sus prédicas con su propia vida. En fin, todo cuanto tengo que decirte es que el Papa, recomendando expresamente a nuestros obispos que no confieran las órdenes eclesiásticas a ningún sujeto indigno de ellas, hace que se mantengan bien en guardia frente a todo lo que hacen, intentando al mismo tiempo reconducir a sus deberes a aquéllos que se han apartado de ellos.

ADARIO  ̶  Se me hace algo raro que, en todo el tiempo que llevamos conversando tú y yo, no me respondas sino de manera superficial a todas las objeciones que te voy planteando. Observo que te buscas toda clase de circunloquios, apartándote siempre del verdadero tema de mis cuestiones. Pero, a propósito del Papa, forzoso es que sepas que un inglés me dijo un día en Nieu-Jorc que era un hombre como nosotros, pero que enviaba al Infierno a todos los que excomulgaba; que hacía salir de un segundo lugar llameante, del que te has olvidado hablar, a todos los que él quería; y que le abría las puertas del País del gran Espíritu a quien él mismo decidía, porque tenía en sus manos las llaves de ese gran País. Si eso es así, todos sus amigos deberían entonces matarse cuando él muere, para, de este modo, en su compañía, estar seguros de poder franquearlas; y, si tiene el poder de enviar a las almas al fuego eterno, resulta peligroso contarse entre sus enemigos. Este mismo inglés añadió que esta gran autoridad no se extendía en absoluto hasta su nación inglesa, y que se burlaban de él en Inglaterra. Te ruego me digas si decía la verdad.

LAHONTAN  ̶  Habría tantas cosas que decir sobre este tema, que me harían falta quince días para contártelas. Los jesuitas te las aclararán mejor que yo. Sin embargo, puedo decirte de paso que el inglés bromeaba a la vez que pronunciaba algunas verdades. Tenía razón al asegurar que las gentes de su religión no le pedían al Papa el camino del Cielo, porque esta fe viva, de la que tanto hemos hablado, les ha conducido a ello injuriando a este santo varón. El Hijo de Dios quiere salvarlos a todos por su sangre y según sus méritos: ahora bien, si así lo quiere, es preciso que así sea. De manera que puedes ver que son más agraciados que los franceses, a los que Dios exige tantas buenas acciones que ellos apenas llevan a cabo. Basándonos en esto, nosotros vamos al Infierno si contravenimos, por nuestras malas acciones, los Mandamientos de Dios de los que hemos hablado, aunque tengamos la misma fe que ellos. En lo referente a ese segundo lugar de llamas del que me hablas, y que llamamos el Purgatorio, ellos están exentos de pasar por él, ya que preferirían mucho más vivir eternamente sobre la Tierra, sin alcanzar nunca el Paraíso, antes que arder miles de años haciendo camino. Son tan delicados en lo tocante al honor, que no aceptarían jamás un obsequio a cambio de algunos bastonazos. Según ellos, no es digna gracia para un hombre obtener dinero a cambio de maltrato, sino más bien una injuria. Pero los franceses, menos escrupulosos que los ingleses, tienen en mucho valor el arder una infinidad de siglos en ese Purgatorio, porque conocen mejor el precio del Cielo.

Ahora bien, como el Papa es su arrendatario, y les reclama la restitución de sus bienes cedidos en préstamo, los ingleses tienen a mal implorarle su perdón, es decir, un pasaporte para ir al Paraíso sin pasar por el Purgatorio. Pues él se lo daría más bien para ir a ese Infierno que ellos pretenden no haber sido hecho para ellos. Mientras que nosotros, los franceses, que le otorgamos una muy buena renta, porque conocemos bien su extremo poder, así como los pecados que todos cometemos contra Dios, preciso es, necesariamente, que recurramos a las indulgencias de este hombre santo para obtener así el perdón que él tiene el poder de acordarnos. Y aquél de nosotros que estuviese condenado a cuarenta mil años de Purgatorio antes de acceder al Paraíso, puede verse exento de ellos por una sola palabra del Papa. Como ya te he dicho, los jesuitas te explicarán de maravilla el poder del Papa y el estado del Purgatorio.

ADARIO  ̶  La diferencia que encuentro entre vuestra creencia y la de los ingleses embrolla hasta tal punto mi espíritu, que, cuanto más intento aclararla, menos luz encuentro para hacerlo. Mejor haríais en decir a las claras lo que sois; que el gran Espíritu ha dado luces suficientes a todos los hombres para conocer lo que deben creer y lo que deben hacer sin engañarse. Pues he oído decir que, en medio de cada una de estas religiones diferentes, se encuentra un número de personas de opiniones diversas; como, por ejemplo, en la vuestra, cada orden religiosa sostiene algunos puntos distintos de las otras, procediendo igualmente de manera diversa, tanto en sus ropas como en sus reglas, lo cual me da en pensar que, en Europa, cada cual se hace una religión a su modo, diferente de aquélla de la que hace profesión exterior. Por mi parte, yo creo que los hombres son impotentes a la hora de conocer lo que el gran Espíritu exige de ellos, y no puedo impedirme pensar que la justicia de ese gran Espíritu, siendo él como es tan bondadoso y justo, haya podido hacer tan difícil la salvación de los hombres, de tal forma que, fuera de vuestra religión, todos resulten condenados, y que incluso muy pocos de los que la profesan irán a ese hermoso Paraíso. Hazme caso, los asuntos del otro mundo son bien diferentes de los de éste. Poca gente hay que sepa lo que ocurre allí. Lo que sabemos es que nosotros, los hurones, no somos los autores de nuestra creación; que el gran Espíritu nos ha hecho ser gente honrada, y a vosotros unos depravados que nos envía a nuestras tierras para corregir nuestros fallos y seguir nuestro ejemplo. Así pues, hermano, cree en cuanto tú quieras, ten toda la fe que te plazca, que no irás jamás al buen País de las Almas mientras no te hagas hurón. La inocencia de nuestra vida, el amor que tenemos por nuestros hermanos, la tranquilidad de alma que disfrutamos al despreciar el interés: tres cosas que el gran Espíritu exige a todos los hombres en general, y que nosotros las practicamos de forma natural y espontánea en nuestros poblados, mientras los europeos se desgarran entre sí, se roban, se difaman y se matan unos a otros en sus ciudades; ellos que, deseando llegar al País de las Almas, no piensan nunca en su creador a no ser que hablen de él con los hurones. Adiós, querido amigo, que se hace tarde. Me retiro a mi cabaña para pensar en todo lo que me has dicho, para así recordarlo mañana, que es cuando nos toca razonar con el jesuita.


[1] El uno Canciller de Francia, el otro Secretario de Estado, y ambos bien provistos y en abundancia de oro y de plata.

[2] Llamados Mahak por los ingleses de Nueva York.

[3] Doctor en Medicina de Londres.

[4] «… que arrasa con el cetro y con las leyes.» (N. del T.)

La isla de Pine

El reciente descubrimiento de una cuarta isla cerca de la Terra Australis Incognita.

Por Henry Cornelius Van Sloetten.

(Traducción de José Manuel Morales Cañadas)

Palabras clave: Henry NEVILLE, Neville, Isle of Pine, Utopía, Terra Australis Incognita, Patriarcado, Cromwell

CONTIENE una Relación verídica de unos individuos ingleses quienes, en tiempos de la Reina Elizabeth, cuando viajaban rumbo a las Indias Orientales, acabaron naufragando, yendo a encallar su nave cerca de la costa de Terra Australis Incognita. Salvo un hombre y cuatro mujeres, todos los demás perecieron ahogados.

En el ahora cumplido Año del Señor de 1667, una embarcación holandesa, que navegaba asimismo hacia las Indias Orientales, fue empujada por el mal tiempo al dicho lugar, topándose por casualidad con la posteridad, así sea dicho, de aquellos cinco, que alcanzaba, según sus cálculos, un total de diez o doce mil personas. La relación, escrita por el mencionado superviviente poco antes de su muerte, fue entregada completa por su nieto a un holandés de la tripulación de esta última nave, añadiéndosele la longitud y la latitud de la Isla y la dichosa configuración de que goza, junto con otras materias dignas de mención.

Con Licencia del 27 de Julio de 1668. Londres, impreso por Allen Banks y Charles Harper, junto a la puerta de las Tres Ardillas en Fleet-street, frente a la Iglesia de San Dunstán, 1668. Se añaden dos cartas referentes a la Isla de Pine y dirigidas a una persona de crédito en Covent Garden.

« En una carta llegada en el último correo de La Rochelle, y escrita a un mercader de esta ciudad, puede leerse que había tomado puerto una nave cuya tripulación daba noticia de que, a la altura de unas 200 o 300 millas del cabo de Finisterre, habíase topado con una isla, yendo a desembarcar en sus costas y encontrándose allí con alrededor de 2000 ingleses desprovistos de ropa, salvo un pequeño tapado que les cubría  sólo a medias; y éstos les contaron que a su primera arribada a la isla, en tiempos de la Reina Elizabeth, eran sólo cinco personas, un hombre y cuatro mujeres los cuales, tras pasar por muchos peligros y vicisitudes, se vieron arrojados a esas costas y allí habían permanecido desde entonces, sin comunicación alguna con otros pueblos ni nave que atracase en sus orillas. La historia puede resultar fabulosa, pero la carta ha llegado a un conocido mercader en Francia, y de muy buena mano, así que he tenido a bien mencionarla, ya pueda encontrarse algún error en las leguas de distancia y el punto exacto de la brújula desde Finisterre. Algunos ingleses de aquí suponen que el enclave pueda tratarse de la Isla de Brasilia, tanto tiempo buscada al Suroeste de Irlanda; si así fuera, tiempo habrá para oír hablar de ella. Vuestro amigo y hermano Abraham Keek, en Ámsterdam, a 6 de julio de 1668. »

« Se ha dicho por aquí que el barco que descubrió la Isla de que os hablé en mi última carta, había partido de La Rochelle rumbo a Zelanda, y varias personas han realizado hasta ahora diligencias para averiguar su identidad y conocer la veracidad de sus empresas. Se me prometió una copia de la carta de Ámsterdam de 29 de junio de 1668 que, procedente de Francia, informaba sobre el arriba descrito descubrimiento de la Isla; pero no ha llegado aún a mis manos. Nada más tenerla, o cualquier otra novedad sobre esta Isla, os daré cuenta de ello. Vuestro amigo y hermano, A. Keek. »

Descubierta la Isla de Pine, cerca de la costa de Terra Australis Incognita, por Henry Cornelius Van Sloetten. Tal como se describe en una carta a un amigo de Londres, en la cual se confirma la autenticidad de su viaje a las Indias Orientales:

« Señor, al punto he recibido vuestra carta en la que expresáis vuestro deseo de que os dé cuenta detallada sobre el País de Pine, al que las borrascas nos empujaron el pasado Verano. Así que he releído el libro impreso que me enviasteis sobre ello, y cuya copia me fue burlada en secreto de mis propias manos. De no ser así, os habría ofrecido mayor y más cumplida información sobre las circunstancias por las que pasamos y cómo fuimos llevados a ellas, con otros detalles dignos de mención de los que carece la narración. En cualquier caso, para satisfacer vuestros deseos, os ofreceré una breve pero completa información de todo ello, junto con una copia auténtica del susodicho relato, esperando que no tengáis a mal mi tosco lenguaje, ya que carezco de estudios, por no ser yo más que un simple marinero, que no un hombre de letras. »

El 26 de abril de 1667 largamos velas desde Ámsterdam rumbo a las Indias Orientales, no teniendo nuestra nave otro nombre que el de su lugar de procedencia, el Ámsterdam, con una carga de 250 barriles. Impulsados por un fuerte viento, el siguiente 27 de mayo divisamos la gran cumbre de Tenerife, perteneciente a las Canarias. Rozamos apenas la isla de Palma, pero, tras esforzarnos dos veces por alcanzarla, el viento giró en nuestra contra y fuimos empujados hacia las islas de Cabo Verde o Insulae Capitis Viridis. Una vez allí, en la ciudad de Santiago, hicimos acopio de agua fresca, así como de unas cuantas cabras y gallinas, en las que abunda esta isla. El 14 de junio divisamos Madagascar o Isla de San Laurencio, que posee un contorno de 4000 millas, y está situada al Sur del Trópico. Siguiendo nuestro rumbo, aprovechamos para traficar con los nativos, entregándoles navajas, cristales y todo tipo de abalorios, y recibiendo a cambio especias y plata. Partidos de allí, y durante toda una quincena, nos vino al encuentro una violenta tempestad con los vientos en nuestra contra, devolviéndonos hasta la Isla De Príncipe. Durante todo ese tiempo enfermaron muchos de nuestros hombres, muriendo algunos de ellos. Pero, finalmente, quiso Dios que el viento nos fuera favorable, y continuamos felizmente nuestra travesía por el espacio de diez días, cuando, de repente, nos vimos sorprendidos por una tempestad tan violenta, que diríase que los cuatro vientos conspiraban de consuno en nuestra destrucción, tal que hasta el más animoso de todos nosotros desfallecía, esperando a cada instante que nos engulleran las olas del inclemente líquido elemento. La tormenta continuó durante quince días seguidos, bien que no con tanta violencia como al principio, pero con un tiempo tan oscuro y un mar tan agitado, que nos resultaba imposible saber dónde nos encontrábamos. Hasta que, de repente, cesó el viento, el aire se aclaró y las nubes se dispersaron, a lo que sobrevino un cielo sereno, por el cual dimos gracias de todo corazón al Todopoderoso, puesto que estaba más allá de nuestras expectativas que pudiésemos escapar a la violencia de semejante temporal. A continuación, uno de la tripulación se subió al palo mayor y descubrió un fuego, signo evidente de la proximidad de tierra firme, que al poco pudimos alcanzar a ver más de cerca. Nada más poner rumbo a ella, divisamos a varias personas corriendo confundidas por la orilla, pareciendo asombradas y presas de estupor por lo que veían. Acercándonos más a tierra, soltamos nuestro bote mayor con diez a bordo, que se dirigieron a la orilla y les preguntaron en nuestra lengua holandesa qué isla era aquélla, a lo cual respondieron en inglés que no entendían nuestras palabras. Uno de nuestra tripulación llamado Jeremiah Henzen, quien entendía bien el inglés, al escuchar sus palabras, se dirigió a ellos en su propio lenguaje, de modo que, a poco, fuimos invitados muy cortésmente a la orilla, donde nos vimos rodeados por un gran número, admirados de las ropas que llevábamos, tanto como nosotros lo estábamos por encontrar en tan extraño lugar a tanta gente que hablase inglés, yendo en cambio todos desnudos. Cuatro de nuestros hombres regresaron a la nave, y les costó convencer al resto de la tripulación de la veracidad de cuanto habían visto y oído. Pero, una vez fondeada la nave junto a la costa, fue digno de asombro el ver cómo todos esos isleños desnudos nos rodearon en bandadas, maravillados con nuestra embarcación, como si se hallaran ante el mayor milagro de la naturaleza. Fuimos tratados con mucha cortesía, ofreciéndosenos todo tipo de alimentos que la tierra ponía a su alcance, algo que no fue en modo alguno despreciado por nuestra parte. Comimos carne, tanto de animales salvajes como de aves de caza, que habían preparado pulcramente, si bien con poca elaboración ni adobo alguno, tal vez por carecer de recursos para ello. A modo de pan, tomamos el fruto o la pulpa de una gran nuez del tamaño de una manzana, muy saludable y nutritiva para el cuerpo y de sabor muy agradable al paladar. Una vez satisfechos, nos invitaron al palacio de su Príncipe o Gobernador, que estaba a una distancia de dos millas desde el lugar en donde habíamos tomado puerto. Al llegar, nos encontramos con una construcción que no era más que un vulgar caserón, en todo semejante a los más grandes que tenemos en nuestros pueblos, sostenido por vigas de madera basta y sin pulir, y cubierto con mucho artificio por ramajes, dispuestos a fin de evitar las más fuertes lluvias.  Los laterales se veían adornados por varios tipos de flores que los fragantes campos del lugar producen en gran variedad. El Príncipe en persona (cuyo nombre era William Pine, nieto de George Pine, el primer hombre en abordar esta isla) acudió a la puerta del palacio y nos saludó muy amablemente, pues, aunque no hubiera en él ninguna muestra de majestad, poseía ese talante noble, caballeroso y galante de que vuestra Nación británica (en especial los gentilhombres) está bien dotada. A poco de saludarnos, acudió su Señora o esposa, aparentemente venida de su casa o palacio y atendida por dos doncellas. Era una mujer de exquisita belleza y llevaba en la cabeza algo así como una diadema de flores de varios colores que la hacía aún más digna de admiración. Se recubría sus vergüenzas con piezas de antiguos vestidos, retales según creo de aquellas ropas que habían llegado hasta ella, adornados también con flores, que volvían muy hermosos todos esos trapajos. Y en efecto, tanto prevalece el pudor del sexo femenino en esta isla, que, mediante hierbas y flores entrelazadas y bien sujetas con ramas jóvenes de olmos (que crecen allí en abundancia), se fabrican con qué cubrir esas partes que la sola naturaleza debería mantener ocultas. Como presente, le llevamos al Príncipe unos cuantos cuchillos, de los que pensamos estaban necesitados, así como un hacha o hachuela con que cortar madera, que fue muy bien recibida por su parte, ya que la única que poseían, ya vieja y que había sido arrojada por la borda en su primer y ya lejano desembarco, estaba demasiado roma y herrumbrosa como para poder cortar nada. Le obsequiamos con unas cuantas cosas más, que él aceptó agradecido, invitándonos a entrar a su casa o palacio y ofreciéndonos asiento junto a él. Allí volvimos a reponernos, comiendo algunas viandas más del país, que no eran otras que las que habíamos probado antes. Siendo allí el mismo el condumio del Príncipe que el del campesino, tampoco hay diferencia en lo referente a la bebida, que no es sino el agua dulce que los ríos les proporcionan en abundancia. Tras una breve pausa, aquéllos de nuestros compañeros que hablaban inglés, obedeciendo a nuestros requerimientos, desearon conocer de sus labios lo relativo a sus orígenes, y de qué manera toda esa gente, que hablaba la lengua de tan remoto país, había llegado a establecerse en esos parajes, no poseyendo, como bien constatamos, ni barco ni bote alguno que los hubiera podido trasladar desde allí. Y lo que es más, ignorando tanto lo que era una nave como el arte de navegar, único medio posible para semejante menester. Correspondiendo a nuestros interrogantes, el Príncipe nos contestó con suma cortesía:

« Amigos (ya que vuestro proceder nos prueba a las claras que lo sois, como el nuestro hará lo propio), sabed que habitamos esta Isla sin habernos establecido en ella mucho tiempo atrás, ya que mi abuelo, el primero que puso pie en sus costas, había nacido en un lugar llamado Inglaterra, según él mismo me dio a entender. Vino por las aguas desde allí en una cosa llamada nave, algo de lo que nada puedo deciros que vos no sepáis mejor que yo. Lo acompañaban varias personas más, no con la intención de llegar hasta aquí, sino, según me dijo, a un lugar llamado India, cuando un temporal los empujó a esta costa, a él y a sus compañeros. Encallándose entre las rocas, la nave acabó hecha pedazos, ahogándose en las aguas el resto de la tripulación y salvándose sólo él y cuatro mujeres. De forma que los cinco, valiéndose de una pieza desgajada de la nave y con el sufragio divino, consiguieron alcanzar tierra firme. Cuanto ocurrió después  ̶ ̶  continuó  ̶ , aún en vida de mi abuelo, os lo mostraré en una relación sobre ello, escrita de su propia mano y que le entregó a mi padre, por tratarse de su hijo mayor, encareciéndole que la cuidase con especial esmero y asegurándole que, con el tiempo, llegarían aquí otros pueblos o gentes a quienes darles cuenta de la narración, pues la verdad sobre nuestro primer establecimiento aquí no debía quedar en el olvido. Mi padre obedeció y cumplió lealmente con el encargo, pero, al no aparecer nadie por estas tierras, me encomendó que hiciera yo lo mismo a su muerte. Y en siendo vosotros las primeras personas, fuera de nosotros mismos, jamás arribadas a esta isla, y obedeciendo yo el mandato de mi abuelo y de mi padre, os ofrezco a vosotros de buen grado la dicha relación. »

Subió entonces a una especie de cuarto reservado, que supusimos tratarse de su propia cámara, y trajo consigo dos pliegos de papel primorosamente escritos en inglés, que contenían esa misma relación que vos disteis a la imprenta en Londres, dándoles él mismo lectura con mucha claridad. Por nuestra parte, le escuchamos con gran complacencia y admiración y él nos proporcionó de buena gana una copia del tratado. Esa copia, que después nos llevamos con nosotros, es la que sigue a continuación.

[Aquí comienza aquí la primera parte del tratado.]

Habiendo descubierto los portugueses poco tiempo ha una ruta marítima hacia las Indias Orientales que, rodeando el sur de África, resulta mucho más segura y ventajosa de lo que lo habían sido las otras hasta ahora, unos mercaderes ingleses pusieron su empeño en establecer allí una colonia para su aprovechamiento comercial, movidos por los grandes beneficios del intercambio con el Oriente. Y con este propósito se dotaron cuatro naves, tras de haber obtenido licencia de la Reina Elizabeth con fecha del 11 o 12 de comienzos del Anno Domini de 1569. Mi patrón fue enviado en una de ellas para establecerse allí y encargarse de tratar y negociar para ellos, llevándose consigo a toda su familia, esto es, su esposa y dos hijos, uno que contaba con unos 12 años de edad, y la otra de unos 14; a ellos se sumaban dos sirvientas, una esclava negra y yo mismo, que figuraba a sus órdenes como contable. Con esta compañía, y llevando todo cuanto fuera preciso para el uso doméstico una vez asentados allí, embarcamos un lunes, 3 de abril del mismo año, a bordo de una gran nave llamada “Mercader de Indias”, llevando una carga de alrededor de 150 toneles. Con un buen viento a nuestro favor, a los catorce días de navegación alcanzamos las Canarias, y no mucho después las Islas de Cabo Verde, donde aprovechamos para proveernos de alimentos frescos y de todo lo necesario para nuestra travesía. Continuamos rumbo a Sureste y divisamos el 1 de agosto la Isla de Santa Helena, donde hicimos acopio de agua fresca, para dirigirnos después hacia el Cabo de Buena Esperanza.  Allí quiso Dios bendecirnos con una enfermedad que se llevó a algunos de nuestra tripulación, aunque a nadie de nuestra familia, y a partir de entonces tuvimos un tiempo muy calmo gracias a Dios. Pero, cuando ya teníamos a la vista la Isla llamada de San Laurencio, una de las más grandes del mundo según afirman los marineros, fuimos arrastrados y dispersados por un temporal de viento que se mantuvo hasta 8 días, con tal violencia que llegamos a perder toda esperanza de salvarnos, sin saber si acabaríamos encallados o entre las rocas, inciertos durante la noche sin el menor consuelo de luz, presas del miedo, sólo aguardando la llegada del día, y con él la anhelada tierra firme. Por fortuna, ésta llegó cuando menos lo esperábamos, que sería en torno al 1 de octubre, pues el miedo nos había hecho perder la cuenta del tiempo transcurrido. Al romper el día, divisamos tierra que, aun sin tener idea de qué lugar podía tratarse, nos pareció empinada y rocosa, lo cual sumándose a que el mar seguía siendo borrascoso y tempestuoso, nos dejó sin esperanza alguna de salvación, más bien aguardando nuestra perdición de un momento a otro. Siendo inminente el encontronazo con la costa, y no sirviéndonos de refugio la nave, que ya veíamos pronta a quebrarse en mil pedazos, el capitán, mi patrón y algunos otros, pensando que con ello salvarían la vida, soltaron y se lanzaron al bote mayor. Justo después, todos los marineros saltaron por la borda, pensando en salvarse a nado. Sólo quedamos a bordo la hija del patrón, las dos sirvientas, la negra y yo mismo, ya que ninguno de nosotros sabíamos nadar; y bien les valiera al caso, a los que nos dejaron, haberse retardado junto a nosotros, ya que a todos o casi todos los fuimos viendo perecer, listos nosotros a correr su misma suerte. Pero, como por milagro, quiso Dios ahorrarse nuestras vidas, aunque fuese a costa de más penalidades. Ya que, cuando por fin chocamos contra las rocas, nuestra nave, tras aguantar dos o tres empellones, acabó destrozada y a medio hundir entre las aguas. Mientras que nosotros permanecíamos a duras penas sobre el bauprés quebrado, la nave, o lo que quedase de ella, fue a parar a una pequeña ensenada por la que corría un riachuelo el cual, resguardado por las rocas, quedaba a salvo de los vientos, de tal forma que tuvimos la oportunidad, los cuatro junto a la negra, de saltar a tierra, si bien medio asfixiados. Desde lo alto de una empinada roca pudimos contemplar aterrorizados la espantosa destrucción. Yo conservaba en el bolsillo una cajita de yesca que, bien cerrada que estaba, conservaba la mecha seca; también tenía la pieza de acero y el pedernal, listos para hacer fuego en cualquier momento, y ésta resultó ser la mejor ocasión. Así que, con este propósito, y sirviéndonos de todos los restos de leña seca que encontramos, hicimos fuego y pudimos secarnos. Hecho esto, dejé a mi compañía femenina y fui a ver si conseguía encontrar a alguno de nuestros compañeros de viaje que se hubiese salvado del desastre. Pero no me topé con nadie, a pesar de las voces que di, haciendo todo el ruido posible. Ni siquiera escuché las pisadas de ninguna criatura viviente, salvo de unos cuantos pájaros y aves silvestres. Entretanto, la tarde se había echado encima, así que regresé con mis compañeras, que ya estaban preocupadas por mi ausencia. Las encontré tal cual las había dejado, y empezamos entonces a temer que los pueblos salvajes del país dieran con nosotros, aunque no distinguimos pisadas de ninguno, ni nada parecido a una vereda. Los bosques de los alrededores, llenos de rosas silvestres y de zarzas, nos hicieron ahora temer la presencia de bestias salvajes, pero no advertimos el menor rastro de ellas. Aunque, ante todo, lo que más temíamos, y con razón, era acabar muriendo de hambre, al carecer de comida.  Pero Dios nos proveyó en abundancia, como veréis a continuación. Así que nos empleamos en recoger algunos restos de la embarcación destrozada, como tablas y maderamen y los jirones desgarrados de velas y jarcias que quedaron flotando en las orillas, pensando en servirnos de ellas como refugio. Yo levanté dos o tres mástiles e hice pasar entre los árboles otros tantos cordajes y sogas, colocando sobre todo ello algunos restos del velamen. Una vez provistos de leña y de tres o cuatro atuendos marineros, y ya bien secos, nos hicimos con nuestro alojamiento para esa noche. Ya que la morita era más resistente a las inclemencias, ocupamos los otros cuatro el centro del garito. Dormimos profundamente esa noche, por no haberlo podido hacer las tres o cuatro anteriores, angustiados por lo que nos esperaba. Ni nuestro incómodo alojamiento ni el temor a cualquier peligro inminente consiguieron evitar que cesáramos en nuestro estado de alerta. Al día siguiente, ya repuestos del sueño, el viento había cesado y hacía una agradable temperatura. Bajamos hasta las rocas de la orilla y allí encontramos gran parte de nuestro cargamento, depositado sobre la arena o flotando en su cercanía. Con la ayuda de mi compañía, arrastré hasta la orilla la mayor parte, que pesaba al punto de quebrarnos. Desguazamos las barricas y los zunchos y sacamos todo lo que nos pudiera sernos de utilidad, poniéndolo en lugar seguro. No precisábamos de ropa, ni de ningún otro utillaje doméstico, teniendo en cuenta que no íbamos a disponer de ninguna casa mucho mejor que la que ya teníamos; tampoco de provisiones, que, en todo caso, se habían echado a perder con las aguas. Tan sólo recuperamos de una cuba que, por ser más ligera que el resto, se había conservado seca, unos bizcochos que nos sirvieron de pan durante un tiempo. Encontramos tierra adentro un ave del tamaño aproximado de un cisne, gruesa y pesada, lo cual le impedía volar, por lo que no tuvimos dificultad alguna en darle caza y convertirla en nuestro primer alimento. Habíamos traído de Inglaterra unos cuantos gallos y gallinas para comer durante el viaje y, cuando la nave se estrelló, varios consiguieron de algún modo llegar a tierra y comenzaron enseguida a criar; así que nos habrían de resultar de gran provecho en el futuro. Encontramos además, en los márgenes de un riachuelo, un gran número de huevos con la albura y la yema parecidas a las de nuestros patos y de muy buen sabor. De modo que no necesitábamos mucho más para sobrevivir. Al día siguiente, que hacía el tercero de nuestra llegada, nada más amanecer, y en no habiendo nada que nos perturbase, fui en busca de un lugar conveniente para residir, donde pudiésemos construirnos una cabaña que nos resguardase del mal tiempo y nos permitiese sentirnos seguros frente a cualquier otro peligro o tribulación como las bestias salvajes, caso de que vinieran a nuestro encuentro. Di con el lugar adecuado junto a un gran manantial, que brotaba en los márgenes de un bosque y en lo alto de una colina elevada que miraba al mar, ofreciendo una magnífica perspectiva. Con la ayuda de un hacha y de algunos otros utensilios, ya que habíamos perdido la mayor parte de nuestras herramientas en el agua, me las avié pera cortar unos postes lo más rectos que pude, los imprescindibles para mi propósito; con la colaboración de mis compañeras, que la necesidad obliga, excavé unos hoyos en la tierra, hincando en ellos los postes a igual distancia, clavando en ellos los tablones rotos de toneles, restos del camarote y otras cosas parecidas, dejando la entrada cara al mar y cubriendo el techado con el velamen bien sujeto y tensado. Así que, en unas pocas semanas, tuvimos construida una espaciosa cabaña, lo bastante grande como para resguardar nuestros escasos enseres y a nosotros mismos. Instalé también nuestras hamacas para acomodarnos allí, siempre con la esperanza de que placiera a Dios enviar una nave por esa zona y de regresar al hogar, cosa que nunca ocurrió, por hallarse el lugar, tal como yo suponía, fuera de toda ruta. Llevábamos ya viviendo así cuatro meses, lo suficiente como para haber visto u oído alguna población salvaje, o a cualquiera de nuestra tripulación que hubiese sobrevivido. Pero salvo nosotros, ni rastro de unos ni de otros. La experiencia nos demostró que todos los demás se habían ahogado, y el lugar, por lo que supimos, era una gran isla, del todo separada y fuera de la vista de cualquier otra tierra, y por completo deshabitada, incluso de bestias dañinas que pudiesen molestarnos. Por contra, el país resultaba muy agradable, siempre cubierto de verdor, lleno de deliciosos frutos y una gran variedad de pájaros, casi siempre cálido y nunca más frío que Inglaterra en el mes de septiembre. En suma, pudimos constatar que estas tierras, sólo a falta de cultivarse por gente preparada para ello, podrían tomarse por un auténtico Paraíso. Los bosques nos proveían de una especie de nueces, del tamaño de grandes manzanas, cuyo fruto, seco y sabroso, nos sirvió a falta de pan. Contábamos también con esas bandadas de pájaros antes mencionadas, así como con una especie de aves acuáticas parecidas a los patos y sus huevos, además de un animal del tamaño de una cabra y casi igual a ella, que paría dos crías en cada camada, y ésta dos veces al año, y que abundaba en las tierras bajas y los bosques, tratándose de unas criaturas mansas e inofensivas, por lo que era fácil atraparlas y sacrificarlas. En fin, contábamos con gran cantidad de moluscos, que podíamos recoger sin dificultad. Así que, en lo referente a la comida, no precisábamos de nada. Gracias a todas esas facilidades, continuamos de tal modo durante seis meses, sin turbación alguna y sin carecer de nada. La ociosidad y la abundancia de todo lo necesario engendró en mí el deseo de gozar de las mujeres. Tras familiarizarme con ellas, persuadí a las dos sirvientas de que yacieran conmigo, lo cual hicimos al principio en privado. Pero después, la costumbre se llevó consigo el pudor, no habiendo allí más gente que nosotros, y lo hicimos más a las claras, dando vía libre a nuestros placeres. No tardó mucho la hija de mi patrón en disfrutar también de nuestras prácticas. La verdad es que todas eran mujeres bien parecidas cuando aún iban vestidas, bien formadas y dotadas. Dado que no nos faltaba la comida, y viviendo en completa ociosidad, nos sentíamos en completa libertad para hacer nuestra voluntad, sin prevenirnos de que el retorno al hogar nos hiciera avergonzarnos de nuestra licencia. La primera de mis consortes, la más guapa y espigada, concibió enseguida un niño. La segunda fue la hija de mi patrón, y la otra no tardó en verse en el mismo estado, no quedando más que mi Negra quien, aun conociendo bien lo que veníamos haciendo, se tomó su tiempo en imitarnos. Hasta que una noche, estando yo dormido, aprovechando la oscuridad y con el consentimiento de las otras, se me arrejuntó con seductores arrumacos. Yo me desperté, la sentí y supe quién era: por más que intenté notar la diferencia, me gocé con ella como con cualquiera de las otras. Aunque se tratase de la primera vez, esa misma noche resultó preñada, así que, a sólo un año de permanecer allí, todas mis mujeres tenían un niño mío. Al ir naciendo en diferentes estaciones, resultaron ser de gran ayuda entre ellos.

La primera me dio un robusto varón; la hija del patrón, que era la más joven, dio a luz una niña, y lo mismo hizo la otra sirvienta, que resultó ser más tarda en su cometido. La negra, sin sufrir dolor alguno, me trajo al mundo una hermosa niña blanca. Así que tuve un hijo y tres hijas y, encontrándose pronto las mujeres recuperadas, las dos primeras ya estaban encintas de nuevo antes de que me llevara al lecho a las dos últimas, ya que tenía por costumbre no yacer con ellas cuando estaban preñadas, esperando a que las otras se encontrasen ya bien repuestas, y en ningún caso con la negra, que se quedaba embarazada al punto de acostarme con ella, algo que hacía siempre de noche, pues me producía cierto rechazo, a pesar de que era una de las mujeres de color más hermosa que había visto, y sus hijos semejantes en todo a los demás. No teníamos ropa para ellos, así que, una vez amamantados, los poníamos a dormir en sus pesebres sin cuidarnos de ellos, porque sabíamos que, cuando se marcharan una vez crecidos, vendrían otros, no fallando en eso las mujeres, como mínimo una vez al año. Con todo, a pesar de las carencias en que los teníamos, ninguno de los niños enfermó, así que, a falta únicamente de ropa, y más por simple decencia que por cualquier otra causa, dado que el calor del país y la costumbre suplían este defecto, nos encontrábamos bien satisfechos en estas condiciones. Nuestra familia empezó a crecer y ya era numerosa nuestra descendencia, por lo cual, y en no existiendo ningún peligro que pudiera dañarnos, dejábamos muchas veces a los niños por los alrededores, en sus filas de cunas y al resguardo de algún árbol: de la misma manera (pues no había otra cosa que pudiéramos hacer) en que yo mismo me había reservado varios árboles para dormir con mis mujeres a plena luz del día, que así pasábamos el tiempo tanto ellas como yo, no queriendo ninguna alejarse ni un momento de mi compañía.

Ya que no cabía pensar siquiera en regresar a casa, determinamos y nos juramos unos a otros no partir del lugar por separado ni dejarnos a solas. Mis diversas mujeres habían ya dado a luz a 47 niños, entre varones y hembras, pero en su mayoría hembras, que crecían con gran rapidez, así que nos sentíamos tan unidos carnalmente y en un país que se comportaba de manera tan favorable, que ya no precisábamos de cosa alguna. La negra, después de parir a doce, fue la primera en dejar de engendrar, así que dejé de yacer con ella. La hija de mi patrón, con la que tuve la mayor parte de mis hijos por ser la más joven y atractiva de todas, era también la que más se placía de mí, y yo de ella. Y así vivimos durante dieciséis años, cuando nos dimos cuenta de que mi hijo mayor tenía ya en mente los mismos impulsos naturales que él mismo nos había visto practicar. Le concedí una esposa y lo mismo hice con el resto, tan pronto como iban creciendo y estaban capacitados para ello. Mis mujeres ya habían dejado de engendrar y mis hijos comenzaron a reproducirse con enorme rapidez, así que íbamos camino de convertirnos en una multitud. Mi primera esposa me había dado trece hijos, la segunda siete, la hija de mi jefe quince y doce la negra: cuarenta y siete en total. Cuando hacía ya 22 años que estábamos allí, mi negra murió de repente, sin que yo supiera qué podía haberle hecho daño. La mayoría de mis hijos habían crecido y los habíamos casado enseguida. Los fui enviando y estableciendo al otro lado del río en varias tandas y a su antojo, para no molestarnos los unos a los otros, ahora que eran adultos y andaban bien casados a nuestro modo, exceptuando a dos o tres de los más jóvenes. Siendo yo también entrado en años, no quería soportar sin motivo la presencia de su joven compañía. Ya rondaba yo los cincuenta años, y me acercaba a los cuarenta desde mi estancia en esas tierras, dándome durante todo ese tiempo más y más crías, alcanzando mi descendencia habida con mis cuatro mujeres, entre hijos, nietos y bisnietos, los quinientos cincuenta y cinco de ambos sexos. Yo escogía a los varones de una familia y los casaba con las hembras de otra, evitando que desposaran a sus hermanas, cumpliendo así con lo que se había hecho siempre desde la antigüedad. Dando gracias a Dios por su bondad y providencia, me despedí de ellos, no sin antes haberles enseñado a algunos a leer adecuadamente y, ya que conservaba una Biblia, les encomendé que leyeran una página una vez al mes, reunidos en asamblea general. Finalmente, una de mis esposas falleció a la edad de 68 años, enterrándola yo en un lugar elegido a tal efecto, y un año después falleció otra, de modo que sólo me quedó la hija de mi jefe, junto a la que viví otros doce años más hasta que murió igualmente, dándole yo mismo sepultura en un lugar en el que había previsto que se me enterrara a mí mismo; junto a mí la muchacha alta, mi primera esposa, la negra a su lado y separada de ella, y por fin la otra muchacha junto a la hija de mi patrón. Ya no tenía otra cosa en que pensar, salvo el lugar en donde iba a pasar el resto de mis días, siendo ya muy viejo, con casi ochenta años. Le entregué la cabina y el resto de equipaje que había quedado del naufragio a mi hijo mayor, para que hiciera uso de ellos tras mi deceso. Él se había casado con mi hija mayor, la que tuve con mi amada esposa, y yo lo había nombrado rey y gobernador de todos los demás. Le había dado a conocer las costumbres de Europa, encargándole que recordase la religión cristiana a su manera, y que continuasen hablando la misma lengua sin tolerar ninguna otra, caso de que en algún momento llegasen otros a descubrirlos. Por fin y de una vez por todas, los reuní y los hice acudir a mí para que pudiera contarlos uno a uno, y esto fue cuando yo ya tenía los ochenta años cumplidos, cincuenta y nueve desde mi llegada a la isla, estimando su número en unos mil setecientos ochenta y nueve entre los dos sexos. Rogando a Dios que los multiplicara y protegiera con la auténtica luz del Evangelio, me despedí de todos ellos, puesto que, siendo yo ya muy viejo y con la vista desgastada, no me cabía esperar vivir mucho más tiempo. Le entregué esta narración, escrita por mi propia mano, a mi hijo mayor, que vivía ahora conmigo, encomendándole que la guardase para que, dado el caso de que arribasen allí por casualidad algunos extranjeros, les permitiesen leerla y hacer copia de ella si así lo considerasen necesario para que nuestro nombre no se borrase de la tierra. Doté a toda esta población, mi descendencia, con el patronímico de English Pine, por ser mi nombre George Pine y el de la hija de mi patrón Sarah English. Mis otras dos esposas se llamaban, la una Mary Spark y la otra Elizabeth Trevor, por lo que sus diversos descendientes son llamados los English, los Sparks, los Trevors y los Phills, estos últimos por el nombre cristiano de la negra, llamada Philippa y sin apellidos. Y el nombre genérico de todos es el de los English Pines, que Dios bendiga con el rocío de los cielos y el fruto de la tierra. Amén.

[Aquí termina la Primera Parte.]

Después de leerla y de procurarnos una copia de la Relación, prosiguió así con su discurso:

«Cuando escribió esto, mi abuelo, como hemos oído, tenía ya ochenta años de edad, y había dejado un total de mil setecientos ochenta y dos descendientes, todos procedentes de los que engendró su bajo vientre en sus cuatro mujeres mencionadas. Concebido por su esposa Mary Spark, mi padre, llamado Henry, era el hijo mayor, y fue a él a quien nombró Gobernador y Legislador de todos los demás, otorgándole este cargo, no para que lo ejerciese con tiranía sobre el resto, sino teniendo en cuenta que sus súbditos eran sus hermanos por parte de padre (de lo cual no cabía la menor duda, no siendo posible comercio alguno con otro hombre), y exhortándolo a ejercer la justicia y la equidad entre ellos y a no dejar que la religión desapareciera con ellos, sino más bien que observasen y conservaran esos preceptos que él les había enseñado, hasta que por fin rendió su alma en paz y fue enterrado entre grandes lamentos de sus hijos. «

» Mi padre comenzó a legislar y, por haber crecido mucho la población, los envió a que fueran a descubrir el resto del país, que encontraron ser a la medida de sus necesidades, bien poblado tanto de aves como de bestias, y éstas inofensivas para el hombre. Era como si a esta tierra, sobre la cual nos había depositado la providencia sin ningún tipo de armas ni defensas para protegernos ni atacar a otros, la misma providencia la hubiese preservado tan deshabitada como para que no precisáramos de ellas para preservar nuestras vidas. Pero como es imposible que dejen de producirse desórdenes entre las multitudes, al intentar el más fuerte oprimir al más débil, y no siendo los lazos de la religión lo suficientemente fuertes como para sujetar la naturaleza depravada de la humanidad, comenzaron a surgir disputas entre ellos y bien pronto abandonaron aquellos buenos consejos que les había dejado mi abuelo. La fuente de donde brotaron los primeros disturbios fue, en mi opinión, la negativa a escuchar la Biblia que, según las prescripciones de mi abuelo, tenía que ser leída una vez al mes en asamblea general. Pero los había muchos que se habían extendido por el interior del país y bien pronto dejaron de acudir, descuidando también todas las instrucciones cristianas; por lo cual, habiendo perdido en sí mismos el sentido del pecado, cayeron enseguida en la prostitución, el incesto y el adulterio. De modo que aquello que mi abuelo se había visto obligado a hacer por necesidad, ellos lo hicieron por lascivia, no manteniéndose en los límites de lo honesto: yacieron juntos y abiertamente hermanos con hermanas, y los que no se rendían voluntariamente a sus abrazos obscenos eran violados por la fuerza, muchas veces con peligro de sus vidas. «

» Para enderezar semejantes enormidades, mi padre reunió a toda la asamblea y les denunció las perversiones de sus parientes, y todos los reunidos estuvieron de acuerdo en que fueran severamente castigados. Así que se hicieron de ramas, piedras y otras armas semejantes y marcharon contra ellos. Advertidos de su llegada y temiendo su merecido castigo, algunos de ellos corrieron a ocultarse en los bosques, y otros cruzaron un gran río que corre atravesando el centro de nuestro país, arriesgándose a ahogarse con tal de escapar al castigo. Pero fue capturado el mayor ofensor de todos, llamado John Phill, el segundo hijo de la negra que llegó a la isla con mi abuelo. Probada su culpabilidad en diversas violaciones y atrocidades cometidas por él, fue condenado a muerte y arrojado al mar desde una alta roca, pereciendo en las aguas. Una vez ejecutado éste, a los demás se les concedió el perdón por sus delitos pasados, lo cual, una vez hecho público, hizo que retornasen de esos lugares oscuros y apartados en los que habían ido a esconderse. Ahora bien, lo mismo que la semilla que se siembra en el maloliente estercolero produce en cambio un fruto salutífero para el sustento de la vida del hombre, de igual modo, las malas acciones produjeron Leyes buenas y sanas para la preservación de la sociedad humana. Poco después, mi padre, asistido por algunos otros miembros de su Consejo, ordenó y estableció estas leyes para que todos las observaran:

» 1. Cualquiera que blasfemase o usara de manera irreverente el nombre de Dios, sería llevado a la muerte.

» 2. Aquél que se ausentase, sin motivo probado y suficiente, de la asamblea mensual para escuchar la lectura de la Biblia, a la primera falta sería retenido sin comida ni bebida durante cuatro días; y, si volvía a cometerla, sería condenado a muerte.

» 3. Aquél que forzase o violase a una muchacha o una mujer, sería entregado a las llamas hasta morir, encargándose la víctima de prender fuego en la leña que debía abrasarlo.

» 4. Para aquéllos que cometiesen adulterio, tras el primer crimen, el hombre perdería sus partes pudendas, y a la mujer se le arrancaría el ojo derecho y, si volvía a ser descubierta cometiendo el mismo acto, moriría sin merced.

» 5. Aquél que dañase a su vecino en alguno de sus miembros, o le robase alguna de sus pertenencias, sufrirá en sí mismo la pérdida del miembro dañado y, por haber robado a su vecino, pasará a convertirse en su sirviente hasta en tanto le devuelva el doble de lo quitado.

» 6. Quien quiera que difame o hable mal del Gobernador, o bien se niegue a acudir a su presencia tras ser requerido, recibirá pena de azotes y después será excluido del trato con los demás habitantes.

» Una vez formuladas estas leyes, eligió a varios de sus subordinados para que velasen por su cumplimiento, y de ellos, uno pertenecía a los English, la rama procedente de Sarah English; otro de su propia tribu, los Sparks, un tercero de entre los Trevors y el cuarto de los Phills, instándolos a todos a que se presentaran ante él todos los años en determinada fecha y le ofrecieran un informe de cuanto habían hecho en pro de la ejecución de dichas leyes. Tras haber organizado así el país, mi padre vivió en paz y tranquilamente hasta la edad de 94 años y, tras su fallecimiento, lo sucedí yo mismo en su cargo, continuando en paz y sosiego hasta el presente. »

            Terminada su alocución, le dimos gracias de todo corazón por su información, asegurándole estar dispuestos a procurarle todo lo que estuviese en nuestras manos, sintiéndonos dichosos de satisfacerle en con cuanto desease. Tras lo cual, y estando ya todo preparado para nuestra partida, antes de marcharnos nos solicitó para el día siguiente, que era el previsto para su gran asamblea o encuentro mensual para la celebración de sus prácticas religiosas. De modo que al otro día acudimos a verle de nuevo, siendo recibidos con la misma gentileza. Nos produjo gran admiración el contemplar a esa gran masa de gente reunida en tan pequeño espacio. En primer lugar, se celebraron varios matrimonios siguiendo el siguiente ritual: el novio y la novia se presentaron ante él, que cumplía las funciones de Sacerdote y Lector de la Biblia, junto con los padres de cada uno de los contrayentes; caso de haber fallecido alguno de sus progenitores, lo sustituía el pariente más cercano, sin cuyo consentimiento o el de una de las partes el Sacerdote no se prestaba a unirlos. Satisfecha esta condición, tras unas breves oraciones y juntando las manos de los novios, los declaró marido y mujer, exhortándoles a que vivieran en perfecto acuerdo y amándose el uno al otro, así como en paz con sus vecinos, y concluyendo con algunas oraciones antes de despedirlos. Concluidas las bodas, cada cual ocupó su lugar para escuchar la lectura de la Palabra, los recién casados recibiendo el honor por ese día de sentarse junto al Sacerdote. Éste leyó dos o tres capítulos, pronunciando a continuación una aclaración de los pasajes más difíciles y, mientras tanto, todo el mundo permaneció muy atento. La práctica se extendió unas dos o tres horas y, una vez terminada, el Sacerdote la culminó con unas cuantas oraciones. Pero la población respetó estrictamente el resto de la jornada, absteniéndose de todo tipo de juegos y pasatiempos con los que se entretenían los demás días, por no precisar de nada que no fueran las vituallas, que obtenían en abundancia y se les ofrecían prácticamente al alcance de la mano. Terminadas sus prácticas religiosas, nosotros volvimos de nuevo a nuestra nave y, al día siguiente, llevamos con nosotros unas cuantas aves de corral y, dejando a la mitad de la tripulación resguardando el barco, los demás nos adentramos en el país para inspeccionarlo a fondo. Esa misma mañana, y durante todo el recorrido, nos fuimos encontrando con muchas pequeñas cabañas o chozas de los habitantes, construidas bajo los árboles y recubiertas con ramas, hierbas y materiales semejantes para guarecerlas del sol y de la lluvia. Cuando pasábamos junto a ellas, salían a nuestro encuentro asombrados por nuestro atuendo y manteniéndose a prudente distancia, como si nos tuvieran miedo. Pero nuestro compañero que hablaba inglés, dirigiéndose a ellos en su propia lengua con buenas palabras, consiguió que se acercasen, e incluso algunos de ellos propusieron libremente acompañarnos, lo cual aceptamos de buena gana. Pero, tras haber recorrido algunas millas, uno de nuestro grupo comenzó a ojear a un animal semejante a una cabra hasta que la tuvo a turo, la apuntó y descargó su arma, atravesándole el vientre con varias balas, que la dejaron muerta sobre el suelo. Toda esa pobre gente desnuda y desarmada, al contemplar a la bestia caída y revolcándose en su propia sangre, pusieron pies en polvorosa, corriendo de vuelta lo más deprisa posible, sin que sirvieran de nada las palabras persuasivas de nuestro compañero, asegurándoles que no tenían nada que temer; así que nos vimos obligados a continuar sin su compañía. Durante todo el recorrido estuvimos escuchando la deliciosa armonía de las aves canoras, y contemplando la tierra fértil y abundante en árboles, arbustos y todo tipo de flores, tales que sólo puede producir la naturaleza sin ayuda de cultivo. Vimos igualmente muchas clases de bestias, que no se mostraban tan fieras como en otras regiones. Que esto se deba a que, por tener el suficiente alimento con que saciarse, no necesiten masacrar a otros, o bien a que nunca habían tenido a la vista al hombre ni escuchado la explosión de sus armas mortíferas, es algo que dejo a otros decidir. Vimos árboles cargados de frutos, algunos de los cuales, que comprobamos no ser perjudiciales ni desagradables al paladar y, sin duda porque la naturaleza suple y supera al artificio, igualaban e incluso excedían a muchos de nuestros países europeos. Los valles estaban cruzados por numerosas torrenteras, y con seguridad la tierra escondía venas de minerales, sobrados para satisfacer los deseos de los más codiciosos. Nos resultó extraño el observar que un terreno tan fértil y que nunca había sido habitado nos ofreciera no obstante un paso tan despejado, sin el estorbo de matojos, abrojos y espinos que obstaculizan el tránsito en la mayoría de las islas semejantes, siendo tan sólo la altura de la hierba, siempre cubierta de flores, el único impedimento con que nos topamos. Viajamos así durante seis días seguidos, dejando varias marcas en nuestro camino para que nos guiaran a nuestro regreso, por no saber si contaríamos con la ayuda de las estrellas que guiasen nuestro retorno, como habían hecho en nuestro avance. Finalmente, fuimos a encontrarnos con el vasto océano, al otro extremo de la isla, la cual, según nuestros cálculos, tenía forma ovalada, sólo rota aquí o allá por algunos promontorios. Por lo que pude observar, contaba con pocos puertos practicables, ya que sus costas rocosas la hacían casi del todo inaccesible. Su largo debe de alcanzar unas doscientas mil millas y su anchura unas cien mil, con un perímetro en total de alrededor de quinientas. Se sitúa aproximadamente a unos 76 grados de longitud y a 20 de latitud, sometida al tercero de los climas. Su día más largo tiene una duración de trece horas y cuarenta y cinco minutos. En cuanto a su clima, como el de todos los países australes, es mucho más cálido que el nuestro de Europa, pero todo cuanto el sol seca durante el día se refresca de noche por las frías gotas del rocío. Podemos juzgar lo saludable que es su aire por la longevidad de sus habitantes actuales, que no mueren nunca antes de sobrepasar la madurez, alcanzando algunos una edad muy avanzada. Y ya que hablamos de la duración de sus vidas, considero apropiado referirme en este punto a sus entierros, que acostumbran realizarlos como sigue. Cuando muere un pariente, cubren por completo su cadáver con flores y después lo transportan al lugar previsto para su entierro; tras depositarlo allí, y tras haber pronunciado el Sacerdote algunos exordios sobre la brevedad de la vida, recogen piedras de un montón reservado para este propósito, y el familiar más cercano es el que coloca la primera piedra sobre él, siguiéndole los demás sin detenerse hasta que han cubierto por entero el cuerpo con las piedras, de forma que ninguna bestia salvaje pueda acercársele, y viéndose obligados a este pesado transporte por carecer de palas o azadones con que excavar la tumba, visto lo cual les hicimos entrega de un pico y dos palas. Tendría que añadir aquí la forma que tienen de cristianar a los niños, pero por no ser apenas diferente de la que se sigue en Inglaterra, que les fue enseñada por George Pine desde el principio y continuada después por ellos, me abstendré de referirme al tema. A nuestro regreso de la inspección del país, el viento resultaba desfavorable, así que, estando nuestra gente dispuesta a ello, llevamos todos los instrumentos cortantes a tierra y nos dedicamos a talar árboles, con los que, en poco tiempo, ya que sobraban manos para trabajo tan ligero, levantamos un palacio para William Pine, el Señor del país; un edificio que, aunque muy inferior a los caserones de vuestros gentilhombres de Inglaterra, empero no habían visto ellos nunca nada mejor, resultándoles un lugar auténticamente señorial. El Señor Pine no cabía en sí de gozo ante nuestra obra, agradeciéndonos un regalo al cual no sería nunca capaz de corresponder. En fin, procedimos a despedirnos, ya que estábamos decididos a marcharnos de la Isla en cuanto se presentase la ocasión favorable, y lo hicimos casi como si fuésemos sus vecinos de Inglaterra, de donde procedían sus ancestros. Él pareció disgustarse con la noticia de que lo abandonábamos, e insistió en que podíamos acomodarnos y permanecer más tiempo con él. Pero, al ver que no podía disuadirnos de nuestra marcha, nos invitó a cenar con él al día siguiente y así se lo prometimos. Luchando contra el tiempo, lo dispuso todo suntuosamente en nuestro honor, de acuerdo con su estado, esta vez atendido de una forma auténticamente real como nunca lo habíamos visto antes, tanto en lo referente al número de sirvientes como a la variedad de carnes que nos ofreció, de las cuales dimos buena cuenta. En cambio, no disponiendo de otra bebida para nosotros que no fuera agua, nos trajimos de nuestra nave un barril de aguardiente, invitándolo a que lo probara. Pero, nada más degustarlo, no pudimos persuadirlo de que volviera a catarlo, afirmando él que nunca lo convenceríamos de que lo saborease de nuevo, ya que prefería con mucho el agua de su país antes que cualquier otro licor del tipo que fuere. Transcurrida la cena, fuimos invitados a los campos a contemplar sus bailes tradicionales, que realizaron con gran agilidad de sus cuerpos y, aunque no tenían como acompañamiento más que su música vocal con la que algunos de ellos acompañaban las danzas, bailaron con mucho esmero, agradando bastante a todos los que los contemplamos. Al siguiente día invitamos al Príncipe William Pine a bordo de nuestra nave, donde no faltó nada en nuestras manos que pudiésemos ofrecerle para su divertimento. Se llevó consigo a una docena de servidores y quedó admirado por todos los aparejos de nuestro barco. Pero, cuando nos decidimos a efectuar una descarga con una o dos piezas de armamento, fue presa de tal asombro que se quedó estupefacto cuando contempló los extraños efectos de la pólvora. Más convencido que nunca de su dieta, no consintió en que indujéramos a ninguno de sus acompañantes a beber otra cosa que no fuera agua. Le ofrecimos varias otras cosas, de todas aquéllas que teníamos recambio, y que pensó que podían serles útiles de algún modo, recibiéndolas agradecido y asegurándonos su afecto sincero y su buena voluntad en caso de que regresáramos alguna vez por allí. Nosotros estábamos por fin decididos a desplegar velas al día siguiente, con una buena ventolera de Sureste. Pero, cuando estábamos izando el velamen y levando anclas, nos vimos sorprendidos de repente por un ruido desde la orilla: era el Príncipe W. Pine, que imploraba nuestro socorro para enfrentarse a una insurrección que había estallado entre ellos, y cuyo causante era Henry Phil, el jefe de la tribu o familia de los Phils, descendiente del que George Pine había tenido con la mujer negra. El hombre había violado a la esposa de uno de los principales de la familia de los Trevors, quienes habían reunido a todos los de su tribu para entregar al culpable a la Justicia. Pero sabiendo él que el delito era tan grave como para merecer la pérdida de su vida, había tratado de defenderse por la fuerza ante tamaño e ilícito atentado, lo cual había llevado a toda la isla a un gran tumulto, por ser tan potentes las facciones en liza, y estando las diversas banderías tan enfrentadas las unas a las otras, que amenazaban con llevar al estado a su completa ruina. El Gobernador, William Pine, había mediado en el asunto, pero había encontrado ser su autoridad demasiado débil como para reprimir semejante desorden. Puesto que, toda vez quebrado el muro del Gobierno, cuanto peor es el criminal más poderoso se vuelve. Por todo ello requirió él nuestra asistencia, a lo que asentimos rápidamente y, armados doce de nosotros, bajamos a la orilla para sorprenderlos antes de luchar, pues poco podía hacer su desnudez frente a nuestras armas. Él mismo nos condujo hasta nuestro enemigo, comenzando por parlamentar e intentando ganárselo antes con buenas maneras que por la fuerza. Pero, al no conseguirlo, nos vimos obligados a hacer uso de la violencia. De aquí que Henry Phil, sin amilanarse, hiciera que los suyos se armasen de palos y piedras, sembrando tal revuelo entre nosotros que nos hizo dar en principio marcha atrás, lo cual les dio coraje para perseguirnos con gran violencia. Pero nosotros descargamos tres o cuatro fusiles y, cuando vieron heridos a algunos de los suyos, y en escuchando las terribles explosiones producidas, corrieron más deprisa de lo que habían venido. El bando de los Trevors que se había unido a nosotros los persiguió con arrojo, capturando a su capitán y regresando triunfantes para entregarlo al Gobernador, que se sentó para someterlo a Juicio, condenándolo a muerte, lo cual se ejecutó arrojándolo al mar desde una empinada roca, el único método que seguían, a excepción de la hoguera, para castigar a alguno con la muerte. Y entonces ya, por fin, pudimos despedirnos solemnemente del Gobernador y partir de allí, donde habíamos permanecido por espacio de un total de tres semanas y dos días. Nos llevamos con nosotros una buena provisión de carne de un animal que ellos llaman Reval, de un sabor algo diferente de la carne de cerdo o de ternera, pero muy agradable al paladar y extremadamente nutritiva. Nos llevamos con nosotros también unas aves que ellos llaman Mardes, del tamaño aproximado de un pollo y no muy diferente sabor. Tienen un vuelo ligero, pero son tan confiadas que se quedan en su sitio cuando vais a agarrarlas. El Gobernador nos envió también dos [bushels: medida de áridos] de huevos que conjeturo eran huevos de [Mards], de sabor muy jugoso y reconstituyentes [ftrenthening to the body]. El 8 de Junio divisamos Cambaia, una parte de las Indias Orientales, pero bajo el gobierno del gran Kan de Tartaria. Allí nuestra nave sufrió una vía, dañando gran parte de nuestras vituallas [Commodities] y nos vimos obligados a repararla [to put to Chore], poniendo en marcha la bomba [de achique] durante dieciocho días, lo cual, de habernos extraviado, nos habría llevado inevitablemente a la muerte. Estuvimos otros cinco días reparando nuestra nave y secando algunos de nuestros aparejos hasta que, por fin, izando velas, tardamos algo más de cuatro días en llegar a Calcuta. Es esta ciudad el principal centro de mercancías y aprovisionamiento de todo el tráfico con las Indias, siendo muy poblada y frecuentada por mercantes de todas las naciones. Descargamos aquí gran parte de nuestras provisiones y adquirimos nuevas, lo que nos llevó un mes entero. Durante todo este tiempo, aprovechando los momentos de ocio, pude pasear para visitar la ciudad, que encontré ser bien grande y populosa, extendiéndose unas tres millas a lo largo de la orilla del mar. Hay en ella muchas de esas personas llamadas por ellos Bramanes, sus sacerdotes o maestros, a los cuales tienen en gran reverencia. Es allí costumbre que el rey ofrezca a algunos de estos bramanes el disfrute de su lecho nupcial, debido a lo cual, no son los hijos del rey, sino los de sus hermanas los que lo suceden en el reino, al considerárseles con más certeza poseedores de sangre real. Y estas hermanas eligen al caballero al que gustan de entregar su virginidad y si comprueban que, pasado cierto tiempo, no les ha dado un hijo, ellas mismas se buscan a uno de estos bramanes, que nunca fallan en su tarea de sementales. La población es tan civilizada como ingeniosa, y tanto los hombres como las mujeres afectan una majestad en sus maneras y atavíos, que endulzan con ungüentos y perfumes, ornándose con joyas y otros adornos que sirven de signo de su rango y cualidad. Mantienen entre ellos muchas costumbres peculiares que observan escrupulosamente: por ejemplo, y en primer lugar, la de no reconocer a sus esposas hasta no haber tenido dos hijos de ellas; la segunda consiste en no abandonar su compañía si, pasados cinco años de cohabitación, no han obtenido descendencia de ellas, llevándose a cambio a otras a su lecho. En tercer lugar, no son en ningún caso recompensados por una hazaña militar si no aportan en sus propias manos la cabeza de un enemigo. Pero la más extraña, e incluso la más bárbara de todas consiste en que, cuando cae enfermo algún amigo, prefieren matarlo antes que verlo marchitarse con la enfermedad. De modo que, como vemos, hay poco empleo aquí para los médicos, ya que enfermar no dignifica otra cosa que marchitarse hasta que llega la muerte; o bien sea porque aquí la gente piense que es preferible matarse uno a sí mismo antes que dejarlo en manos de los doctores.

            Tras haber despachado nuestros negocios y reparado nuestra nave, dejamos Calcuta y pusimos rumbo al mar, costeando varias de las islas pertenecientes a la India. En Camboya, me encontré con mi viejo amigo Mr. David Prire, que se alegró mucho de verme y al que di cuenta de nuestro descubrimiento de la Isla de Pine, en los mismos términos que he empleado en el relato que acabo de ofrecer. Se estaba él recuperando de una fiebre, ya que el aire del lugar no le resultaba saludable. Nos hicimos allí con una buena carga de aloes y otras vituallas, preparando la nave para nuestro regreso a casa. Tras cuatro días de navegación, nos encontramos con dos barcos portugueses procedentes de Lisboa, uno de los cuales había perdido su palo mayor en una tormenta, viéndose forzado a ser remolcado en parte por el otro. Tuvimos un buen tiempo durante once días, pero entonces, una tormenta de viento repentina dañó sobremanera nuestro equipo, llevándose consigo a uno de nuestros marinos desde el castillo de proa. El 5 de Noviembre estuvo a punto de resultar fatal para nosotros, chocando por dos veces nuestra nave contra una roca y, por la noche, a poco de ser presa de las llamas, debido a la negligencia de un muchacho que dejó por descuido un candil encendido en el depósito de armas. Al día siguiente nos vimos acosados por un pirata argelino, pero la ligereza de nuestras velas nos permitió escapar de él. El primer día de Diciembre regresamos a Madagascar, donde pudimos hacernos de provisiones frescas y de agua. Durante nuestra estancia allí tuvo lugar un fuerte terremoto que derribó muchas casas. Las gentes del lugar son poco hospitalarias y trapaceras, y resulta bien difícil instarlas a traficar con otros pueblos. Y en esta ocasión, por haberles sobrevenido semejante catástrofe, se enfurecieron de tal modo contra los cristianos, a quienes imputaban ser causa de la calamidad, que atacaron a algunos portugueses, dejándolos malheridos. Nosotros, a la vista de su ominoso proceder, corrimos que nos las pelábamos y nos apresuramos todo lo posible por volver a alta mar. Navegamos hasta alcanzar la isla de Santa Helena y allí pasamos los días de Navidad, que fue muy celebrada por el Gobernador, súbdito del Rey de España. Y allí mismo nos aprovisionamos a voluntad de todo cuanto precisábamos. Pero, cuando ya estábamos a punto de partir, se dirigió a nosotros en un esquife desde Isla de Príncipe nuestro antiguo socio, el Señor Petrus Ramazina, que nos retuvo allí durante dos días más. Puesto que, tanto yo mismo como nuestro sobrecargo teníamos negocios urgentes que tratar con él, concernientes a esos asuntos de que os di noticia el pasado mes de Abril. No tuvimos sino que vernos reconocidos por su cortesía hacia nosotros, algo en lo que vos mismo bien sabéis que no escasea. El primero de Junio volvimos a largar velas con un viento agradable y propicio. Rozamos las Canarias, pero no nos retardamos en ellas, deseosos como estábamos de divisar nuestro país nativo. Pero los vientos se nos volvieron en contra durante una semana, hasta que nos vimos por fin favorecidos por una suave galerna que nos resultó muy provechosa, si bien nos vimos sorprendidos de nuevo por una posible amenaza: un marinero oteó desde el palo mayor a cinco naves que nos infundieron gran temor debido a nuestro rico cargamento, ya que no estábamos preparados para defendernos. Pero al abordarnos resultaron ser amistosos zelandeses. Tras otras muchas incidencias no dignas de notarse, llegamos por fin sanos y salvos a casa el 26 de Mayo de 1668. Y así, Señor, le he ofrecido una breve pero verídica relación de nuestro viaje, que yo mismo era el primero en desear realizar para así prevenir falsas copias que pudieran difundirse extenderse sobre sus circunstancias. En cuanto a la propia Isla de Pine, que fue la que me determinó a redactar esta relación, supongo que es materia tan extraña como para que algunos, aun siendo gente de conocimiento, y especialmente en una era como la nuestra, tan llena de descubrimientos, se resistan fuertemente a dar crédito a que tal lugar haya quedado ignorado durante tanto tiempo. Y más aún para muchos que yo conozco, tan incrédulos como para no dar fe a nada que no vean con sus propios ojos, haciendo uso de esa frase, proverbial entre nosotros, de que los viajeros deben mentir por ley y obligación. Pero al escribirle, Señor, no pido más que se me otorgue crédito, conociendo como bien sabéis mi disposición, que me hace odiar toda divulgación de falsedades. He de rogarle que comunique esta relación al Señor W. W. y al Señor P. L., recordándoles amablemente mi agradecimiento hacia ellos, sin olvidar a mis antiguos conocidos, el Señor J. P. y el Señor J. B. Y sin nada más por el presente, salvo mi profundo respeto, quedando su seguro servidor y dignándome en la más preciada amistad que os profeso, Henry Cornelius Van Sloetten. A 22 de julio de 1668.

Postdata.

Tan sólo un detalle más concerniente a la Isla de Pine: me había casi olvidado de mencionar que llevábamos con nosotros a un irlandés llamado Dermot Conelly, que había residido anteriormente en Inglaterra y allí había aprendido el arte de tocar la zanfoña escocesa; y aun no siendo inglés y habiendo casi olvidado vuestra lengua, conservaba en cambio toda su habilidad con el instrumento, que llevaba consigo en el mar y con el que se deleitaba sobremanera. Estando un día en la Isla, comenzó a tocarla; pero habría provocado vuestra admiración el advertir el asombro de esas gentes desnudas, así como el largo tiempo que empleamos antes de convencerles de que no se trataba de una criatura viviente, a pesar de que pudieron palparla y hacerla sonar. Y todo eso tratándose de gente inteligente que conserva gran parte de la llaneza y las buenas maneras de la nación inglesa, aunque hayan tenido pocas ocasiones para desarrollarlas. En este respecto hemos de considerarlos afortunados, en que, poseyendo poco, disfrutan de todas las cosas contentándose con lo que tienen, convirtiendo en broma pesada esa fascinación por las riquezas que encontramos en los países europeos. Y no voy a extenderme más, que, con el tiempo, el mundo conocerá esta Isla más y mejor que todo cuanto yo pueda referir de ella. Sólo he de decir que se trata de un lugar enriquecido por la abundancia de la naturaleza, que no carece de nada de cuanto se precise para el humano sustento, tal que, si fuere trabajada por la agricultura y la jardinería como lo son otros de nuestros países europeos, sin duda los igualara, si no los excediera, sobrepasando a muchos que ahora damos por dignos de admiración.

FINIS

El género humano

Esther Morales-Cañadas

Palabras claves: género humano, cumbre de la creación, primates

Busca, busca y observa: ¡OBSERVA!!!!

Observa el género humano en su diversidad genética, de comportamiento, de físico, de transformación.  Obsérvalo y compáralo con los otros mamíferos. ¿Podrías distinguir a primera vista a una leona de entre diez? ¿O a un mono de entre quince? Sin embargo, ¿a que podrías distinguir a una persona que hayas visto una sola vez de entre cincuenta?

¿Es por esa cualidad por lo que nos dejamos llamar la “cumbre de la creación”? Y dime: ¿Qué cumbre hemos alcanzado?

Nuestra evolución genética consiguió que nos deshiciéramos de los vellos que nos resguardaban del frío. La piel se nos esclareció y ya no pudimos soportar bien los rayos solares. El cerebro creció y ya nuestras crías dejaron de nacer completas como las de los otros mamíferos. El cuerpo ya no crece tanto en el vientre materno porque con un cerebro mayor la masa corporal no cabría por la pelvis femenina a la hora de nacer. Como consecuencia, las criaturas nacen absolutamente indefensas: no pueden caminar, ni nadar, solo llorar, comer y defecar.

Me dirás que, a cambio, ese cerebro humano ha sido capaz de descubrir máquinas, de escribir libros y componer música, de hacer esculturas, de pintar con toda clase de materiales, de construir puentes, aviones, vehículos de todas clases e, incluso, de llegar a la Luna. Y yo te respondo con otra pregunta: ¿Qué humano ha sido capaz de todo eso? ¿Acaso tú o yo? ¿Tal vez tu vecino o la chica del kiosco de periódicos? ¿Han sido los europeos del norte, los africanos del sur, los australianos, los americanos del norte o del sur, o los pingüinos de la Antártida?  ¿Cualquier humano, me dices? ¿Uno o unos que tú ni yo conocemos?

Pues vamos a buscar entre el género humano para encontrar a esos genios y te aseguro que los encontraremos, pues, si no ¿quién iba a haber podido hacer todas esas cosas? Pero antes de encontrarlos vamos a ir pasando revista a todos los otros coetáneos humanos.

Comencemos por la clase media, por esa sociedad en la que estamos tú y yo incluidas. Y mira: cada uno de nosotros y cada una de nosotras vive más o menos de la misma forma: No descubrimos nada; nos dejamos, simplemente, abastecer por los descubrimientos de los otros. Eso sí, como nos han dado una educación – otro invento humano que aplicamos, incluso, a los animales domésticos- nos hemos adaptado a las reglas establecidas. Vamos aseados y limpios, compramos las cosas en el supermercado, ponemos atención a la alimentación y a la ecología, solemos tener buenas maneras para con los otros, aprendemos un poco de la cultura de nuestro país y también otro poquito de los otros países. Aun así, somos de diferente constitución y fisionomía. Los hay de belleza increíble y cuerpos bien formados, pero la mayoría carece de estas cualidades: delgados, gordos, vastos de fisonomía y de movimientos, poco finos de comportamiento, simples, cultivados. Los que nos consideramos cultivados atendemos más nuestro aspecto físico, no obstante, a la hora de procrear somos tan animales como los demás. Hay un grupo muy diverso que nos llama la atención por la simplicidad de sus comportamientos, por sus vestimentas que consideramos poco escogidas o refinadas, por sus movimientos y por la forma un tanto ordinaria del tono de sus voces y de sus palabras. Nos recuerdan un poco a los otros mamíferos… pero sin razón lógica.

En el mundo de los mamíferos, por ejemplo, de tigres o de leones, los cuerpos de estos son gráciles, elegantes, igual de cuál se trate. Si se trata de elefantes, o de lobos u otras especies caninas, ocurre lo mismo: todos tienen en común un cuerpo bien equilibrado sin que haya grandes diferencias entre ellos.  ¿De dónde viene, pues que entre los seres humanos haya tantas diferencias? ¿Por qué hay un grupo de personas que nos da la impresión de que sean primitivos y escasos de inteligencia hasta el punto de considerarlos seres de peor clase?  Solamente si aceptamos la teoría de que procedemos de los monos, podría explicarse nuestro comportamiento y nuestra variedad.  Los primates, especie de mamíferos en la que se considera incluida al llamado ser humano, son tal vez una de las especies más rica en variedades. Si pasamos lista a todas sus clases y subespecies, veremos muchas caras que nos recuerdan a los humanoides. Caras impertinentes, de miradas vanas, narices de todos los tamaños y toda clase de tamaños de cuerpos. Unos más grandes, como los gorilas, otros pequeñísimos. Unos con ojos saltones, otros con ojos “de animales” y otros con ojos como personas. Cuerpos esbeltos y ágiles, otros corpulentos y más sosegados. Unas especies son más silenciosas, otras más sociables, pero escandalosamente gritonas y ruidosas. Creo que no hay duda: El ser humano es un primate más. No es ninguna “cumbre de la creación”. Al menos, por ahora, precisamente porque los llamados grandes genios no se encuentran al alcance de nuestras manos. Están ahí, no hay duda, pero no tan visibles. También ocurre que esos “genios” no son un individuo, sino un grupo que, igual que ocurre con los otros primates, aúnen sus fuerzas y sus inventivas para facilitarse su propia vida y, de camino, a los demás.

Podríamos decir que el género humano pertenece al grupo de primates-mamíferos y que hasta la presente no ha terminado de evolucionar ni mucho menos. Tenemos grupos desde los más primitivos- incluso más que muchos otros mamíferos- y con una inteligencia aún incipiente, pasando por la masa variada que da color a la llamada clase media de todo el mundo, siguiendo por otro grupo que consiguió “disfrazarse” de cumbre sin serlo (gobernantes y dirigentes políticos o profesionales) y terminando con unos cuantos genios que mueven el desarrollo hacia delante de forma anónima y silenciosa. Gracias y por culpa de estos últimos se ha considerado el género humano lo más superior de nuestro planeta. Pero eso es una utopía. En la tierra hay muchos más primates humanoides que seres humanos desarrollados.

Así pues, queda otra pregunta fundamental:


¿Crees que los que vivimos en una sociedad algo cultivada, en la que las formas de comportamientos y las apariencias externas están sujetas a una pauta, estamos en la verdad? ¿O son quizá aquellos cuyas maneras nos parecen ordinarias, los que viven en la verdad y más cerca del ciclo natural? ¿aquellos cuyos horizontes culturales no divisan ni la luz solar, aquellos cuyas vidas las reducen a trabajar en lo que sea, comprar comida y atuendos baratos, procrear cuanto se antoje y un poco más?

Ya sé, no te atreves a decir que si…yo tampoco, pero tampoco diría que no.

La evolución del género humano es en sí ya un problema porque nunca ocurrió de forma paralela sino selectiva, produciendo concurrencias y, por consiguiente, envidias y olvidándose que tanto los que consideramos primitivos, catetos, incultos, personas de segunda clase como los genios se rigen por la ley de sostenibilidad humana a través del proceso de reproducción genética, es decir, del acto sexual. Este acto y sus formas de llevarlo a cabo es igual entre todos los mamíferos y primates. Por otro lado, aquellos pueblos que siguieron los ciclos naturales y que no participaron apenas en el desarrollo intelectual de nuestras sociedades, tienen un porcentaje de dicha y armonía mucho más elevado que esas últimas. Por consiguiente: ¿Dónde está la meta de la felicidad? ¿En llegar a ser la cumbre de la creación intelectualmente, pero sin razón específica o en decir que no a la evolución del cerebro y seguir viviendo como nuestros hermanos los monos, los gorilas, chimpancés, orangutanes, y demás parientes?

Gabriel Foigny: La Tierra Austral descubierta

José Manuel Morales Cañadas: Traducción y comentarios

Resumen: Esta única novela de Gabriel Foigny, obra de segunda fila si la situamos en el Grand Siècle de la literatura francesa, ha sido ubicada, tras haber caído en el olvido durante mucho tiempo, en diversas categorías, según los diversos especialistas que se han referido a ella. Como crónica de viajes típica de la era de los descubrimientos, representa la incertidumbre entre realidad y ficción característica del pensamiento moderno. Su núcleo narrativo lo ocupa la descripción de una sociedad utópica localizada en el inmenso continente austral ignoto, que los cosmógrafos dibujaron sin sombra de sospecha hasta el s. XIX. Por otro lado, su inclusión en la magna colección de reediciones de obras libertinas francesas realizada por Frédéric Lachèvre, la sitúa dentro de la difusa denominación de literatura libertina, lo cual la inserta a su vez en la lista de textos literarios y filosóficos derivados de la corriente heterodoxa de pensamiento sometida a la influencia spinozista. En fin, sobre todo si nos detenemos en los debates centrales entre sus dos protagonistas, el relato nos ofrece una incursión en la polémica teológica característica del siglo XVII, posible eco de la biografía de su autor, un monje franciscano renegado y refugiado en la Ginebra calvinista.  Abstract: This unique novel by Gabriel Foigny (1630-1692), a second-rate work if we place it in the Grand Siècle of French literature, has been placed, after having fallen into oblivion for a long time, in various categories, according to the various specialists who have referred to her. As a typical travel chronicle of the Age of Discovery, it represents the uncertainty between fact and fiction characteristic of modern thought. Its narrative core is occupied by the description of an utopian society located in the immense, unknown southern continent, which the cosmographers drew without a shadow of suspicion until the nineteenth century. On the other hand, its inclusion in the great collection of reissues of french libertine works by Frédéric Lachèvre, places it within the diffuse denomination of libertine literature, which in turn inserts it in the list of literary and philosophical texts derived from the heterodox current of thought subjected to Spinozist influence. In short, especially if we stop at the central debates between its two protagonists, the story offers us a foray into the theological controversy characteristic of the seventeenth century, a possible echo of the biography of its author, a renegade Franciscan monk who took refuge in calvinistic Geneva.  
Palabras claves: Foigny, Sadeur, Andrógino, Utopía, Terra Australis Incognita, Monstruo, Hugonotes  Keywords: Foigny, Sadeur, Androgyne, Utopia, Terra Australis Incognita, Monster, Huguenots

Índice:

Al lector

Capítulo I. Sobre el nacimiento y la educación de Sadeur

Capítulo II. El viaje de Sadeur al Reino del Congo

Capítulo III. Los accidentes que condujeron a Sadeur a la Tierra Austral

Capítulo IV. Descripción y carta geográfica de la Tierra Austral

Capítulo V. De la complexión de los australianos y sus costumbres

Capítulo VI. Sobre la religión de los australianos

Capítulo VII. Se refieren las opiniones de los australianos sobre esta vida

Capítulo VIII. Sobre las actividades de los australianos

Capítulo IX. Sobre la lengua y los conocimientos de los australianos

Capítulo X. Los animales de la Tierra Austral

Capítulo XI. Las rarezas útiles a Europa que se encuentran en la Tierra Austral

Capítulo XII. Sobre las guerras frecuentes entre los australianos

Capítulo XIII. Sobre el retorno de Sadeur a la Isla de Madagascar

Capítulo XIV. De la estancia de Sadeur en la Isla de Madagascar

Al lector

            Nada caracteriza mejor la naturaleza del hombre que su deseo de penetrar en todo aquello que considera difícil y de comprender lo que a muchos les resulta inaccesible. Nace con esta pasión y da tantas pruebas de ella, que no deja nunca de proponerse nuevas metas. Quiere incluso escalar los cielos y, no contento con razonar y discurrir sobre las cualidades de las estrellas, se esfuerza por profundizar en los secretos de la Divinidad. Teniendo en cuenta estas consideraciones, habrá muchos que se asombren de que, si bien no se ha dejado de hablar, desde hace ya cuatrocientos o quinientos años, sobre la existencia de una Tierra Austral desconocida, no haya habido nadie hasta ahora que haya demostrado el coraje ni el esfuerzo requeridos para encontrarla.

            Verdad es que Magallanes ha conservado algún tiempo la gloria de haberla descubierto, en el año de 1520, con el nombre de Tierra del Fuego. Pero los holandeses lo han despojado de esta honra, al asegurarnos que no había contemplado más que algunas islas dependientes más bien del Continente americano que de la Tierra Austral. Muchos creen que el Señor François de Gonneville podría con justicia atribuirse esta hazaña, ya que, con una nave equipada en Honfleur y tras levar anclas el 12 de Junio de 1603, arribó felizmente al Cabo de Buena Esperanza, donde, tras perder el rumbo a causa de una furiosa tempestad, se vio lanzado a un mar desconocido y, más adelante, se topó con las costas australes. Tras permanecer allí durante seis meses, decidió volver a Francia, llevándose con él a un joven que, según afirmó, se trataba del hijo de un rey de esos parajes. Esas son sus palabras, pero, ya que no nos aporta ningún detalle sobre su estancia ni sobre la extensión de esas tierras, no podemos emitir ningún juicio sólido sobre su informe. Más hizo el veneciano Marco Polo mucho tiempo antes si nos atenemos a su relación, ya que descubrió, frente a la Gran Java, la provincia de Barach, que nos dice estar llena de riquezas; el Reino de Malatar, abundante en especias; la Isla de Pesán, poblada de árboles aromáticos; y aún otra isla, que él llamó Pequeña Java. Pero los holandeses, que mantienen un comercio regular en la Gran Java, nos aseguran que todo este descubrimiento se reduce a un gran número de islas, y no al Continente de la Tierra Austral. Esto es aún más admisible cuanto que Fernández Gallego escribe que, habiendo recorrido todo este vasto mar desde el Estrecho de Magallanes hasta las Molucas, encontró tal cantidad de islas, que él mismo las contó hasta en mil y setenta.

            Todas estas disputas y contradicciones entre gentes empero muy célebres dan bastante solidez a lo que nos propone el Señor de Renty en su obra El introductor a la Cosmografía, cuando afirma que “nadie hasta ahora ha sabido decirnos qué era la Tierra Austral, ni tampoco si estaba habitada.”

            Es cierto que al comparar la relación del portugués Fernandes de Queirós con la descripción que sigue, nos vemos obligados a reconocer que, si alguien ha estado cerca de ella, es a él a quien le corresponde exclusivamente este honor, más que a todos sus predecesores. Encontramos en su Octavo Informe a Su Majestad Católica que, en los descubrimientos que realizó el año 1610, vio países en la tierra Austral que superan a España en fertilidad, con un gran número de habitantes de humor alegre, afable y cordial, de natural muy agradecido, porte grave, un cuerpo mayor y más alto que el nuestro, de salud firme y larga vida y dotados de una admirable destreza para todo tipo de obras, en especial parterres, barcos y paños. Luis Váez de Torres, Almirante de la misma flota, confirma al Consejo de España la relación de Queirós, añadiendo que estos parajes disfrutan de un aire tan sano y conforme a la complexión del hombre, que los nativos se acuestan directamente sobre la tierra sin ninguna incomodidad, y que él mismo y sus soldados dormían con placer indistintamente al Sol y a la Luna; que los frutos son allí tan nutritivos y excelentes, que bastan solos para alimentarse; que acostumbran beber un licor más sabroso que nuestros vinos; que no se sabe lo que es el uso de vestidos, y que las ciencias naturales son tenidas allí en alta estima. He aquí en resumen los informes de estos personajes, cuya memoria ha de resultar gloriosa; y lo que viene a continuación nos hará ver que, si acaso no hayan recorrido esos vastos parajes, han estado muy cerca de ellos. Sin embargo, se trata sólo de un pequeño esbozo que altera más que satisface, ya que no entra en ninguna particularidad.

            El amanecer de estas sombras estaba reservado a Louis el Temible y Triunfante, con el fin de que, por si no bastasen dos tierras firmes a sus conquistas, obtuviera el beneficio de conocer una tercera, mejor situada e incomparablemente mejor conformada que las otras. Tal vez se disputará sobre el país al que debemos sentirnos reconocidos por estos felices descubrimientos, y España pretenderá atribuírselos porque nuestro autor debe su educación a Portugal. Pero, ya que el fruto pertenece al árbol que lo ha cargado, en siendo franceses su padre y su madre, podemos asegurar que este privilegio corresponde a Francia.

            Y ciertamente, los conocimientos tan singulares y asombrosos que nos aporta no han de tener otro origen que una nación que deslumbra más que ninguna otra lo ha hecho jamás sobre la tierra. He de reconocer que, de no encontrarme yo en Livorgne el año 1661, sus memorias habrían caído en manos extranjeras, que le habrían arrebatado sin duda esta gloria. Pero la dicha que siempre la acompaña, unida a la generosidad, no pudiendo sufrir semejante injusticia, me condujeron de una manera muy singular a impedir tal inconveniente.

            Estaba yo en el puerto cuando echó anclas la nave que había traído al viajero desde Madagascar. Desembarcaron con alguna precipitación, algo común tras tan largo viaje, y ello hizo que nuestro autor, debilitado sin duda por las incomodidades causadas tras una ruta de tres o cuatro mil leguas, cuando iba por la pasarela, se resbaló y cayó al agua, junto con una pequeña valija que llevaba consigo. El buen hombre se hundía en el puerto, sin que se hiciera ninguna diligencia para salvarlo. Movido a compasión, corrí y me las arreglé para tenderle una pértiga, gracias a la cual evitó ahogarse. Una vez fuera del agua y tras testimoniarme su agradecimiento, más mediante gestos que con palabras, me dio a entender que se encontraba en este mundo desprovisto de cualquier tipo de sustento, y que le gustaría disponer del tiempo necesario para ofrecerme el relato de su fortuna.

La dulzura de su rostro y sus maneras agraciadas me hicieron sentir ternura hacia él y, aunque yo fuera extranjero, lo conduje a mi alojamiento, haciendo lo que debe hacer un buen cristiano en una ocasión como ésta. Apenas se hubo cambiado de ropa y tomado algún alimento, cuando me abordaron dos marineros y me pidieron doce doblones, tanto por su traslado como por su manutención desde Madagascar. Yo quise satisfacerlos con palabras, pero, al ver que no avanzaba nada, fui en busca del Capitán de la nave, que me recibió con cierta cortesía, ya que se trataba de un francés, y que sintió piedad por este pobre viajero, asegurándome que, durante el viaje, le había aportado mucha información sobre la Tierra Austral. De vuelta a mi alojamiento, me encontré al desdichado inundado en lágrimas e hice todo lo posible por consolarlo. Él me repitió muchas veces que me consideraba como a su ángel protector, y que Dios me había enviado para socorrerlo. Le rogué enseguida que cumpliera su promesa, así que él comenzó con el relato de sus aventuras, con una franqueza que me resultó admirable. Habló durante casi dos horas enteras en latín, obteniendo yo tanta satisfacción al escucharle, que el tiempo se me fue volando. Sin embargo, me di cuenta de que él comenzaba a fatigarse, así que, anteponiendo su salud a mi propio deleite, le rogué que interrumpiera su historia. «Preferiría =añadió él= poder concluir ahora lo que deseo comunicaros. No creo que podamos encontrar otra ocasión. Bien siento que mis fuegos de artificio, que en verdad han sido largos y desgraciados, están a punto de apagarse.» Le tomé el pulso advirtiéndoselo muy alterado, lo cual me obligó a insistir en que dejara de hablar, rogándole que se entregara al reposo. Al día siguiente, me di cuenta de que estaba realmente enfermo. Mandé llamar al médico, y éste le mandó hacerse una sangría que él no quiso aceptar, afirmando que se trataba de un remedio inútil y que se encontraba al final de su vida. Al doblársele la fiebre esa tarde, hizo lo que debe hacer un cristiano cuando ha de prepararse para el gran viaje a la eternidad. Al día siguiente, que era el 25 de marzo, día de la encarnación del Hijo de Dios, me llamó hacia las tres de la madrugada y me dijo que estaba a punto de abandonar este mundo. Agradeció afectuosamente mis esmeros, pidiéndome que abriera su valija, en la que encontré una especie de libro compuesto de hojas de medio pie de ancho por seis dedos de altura y dos de grosor: se trataba de una recopilación de sus aventuras redactada en latín; una parte había sido escrita con muy mala letra en la Tierra Austral, siéndolo la otra en Madagascar. Había también cuatro pequeños rollos, cada uno de dos varas de largo y un pie de anchura, de una factura muy delicada y que habrían resultado de mucho valor si el agua no los hubiese empapado.

Esto es cuanto me ofreció resueltamente, en presencia de nuestro hospedero, y rogándome a cambio que me tomara el trabajo de satisfacerle ocupándome de los gastos de su sepultura. Apenas dichas estas palabras, me extendió la mano, apretándome con fuerza la mía, y me di cuenta de que daba los últimos suspiros. Enseguida se hizo saber al Gobernador que acababa de morir un extranjero, dejando piezas raras y preciosas al expirar. Me vi obligado a llevárselas y, ya que amenazaba con confiscarlas para entregárselas a Su Alteza, las tuve que dejar, reservándome para mí el libro, en pago por los gastos del difunto. Lo he leído, bien que con mucho esfuerzo, a causa de las manchas producidas por el agua de mar, y lo he guardado durante quince años como un inestimable tesoro. En fin, me he determinado a hacerlo público, ya que, a la vez que descubrimos en él muchas pruebas de la sabiduría divina, obligándonos a reconocer su voluntad, produce confusión a los que, al mismo tiempo que se dicen cristianos y asistidos por la Gracia, viven en cambio peor que las bestias; mientras que unos paganos, basándose únicamente en sus luces naturales, muestran más virtudes de las que aun los más reformados hacen profesión de cumplir. Bien sé que aquéllos que pretenden medir la Omnipotencia con los límites de su imaginación no verán en esta obra más que una ficción, hecha por puro deleite: pero no es justo premiar su vanidad, ahorrándoles verdades que deberían edificar a toda Europa. No hace falta tener más que una ligera huella de razón para persuadirse de que, no hallándose nada de imposible en esta obra, nos vemos al menos obligados a suspender el juicio sobre lo que trata en efecto. Por lo demás, me he atenido a la marcha del discurso de nuestro autor, en la medida en que sus frases así lo han permitido. Solamente he borrado la mayor parte de las materias puramente filosóficas, para así hacer su historia más simple y agradable. No es que yo pretenda negárselas al público; pero he pensado para mí que, si hiciera con ellas un tratado particular, se juzgarían mejor las grandes luces de que gozan los Australianos, en comparación con las tinieblas que envuelven nuestro espíritu.

Capítulo I. Sobre el nacimiento y la educación de Sadeur

Como me es imposible reflexionar sobre todas las aventuras de mi vida sin admirar a la vez la divina Voluntad que dirige a sus criaturas, he considerado que debía hacer un resumen, señalando en él las particularidades más importantes. Y si bien no conozco medio alguno para poder edificar con ellas a mi país, ya que no veo posible regresar a él, creo a propósito resumirlas por escrito para mi propia y privada satisfacción, a fin de repasarlas más a menudo con la memoria, para bendecir a mi adorado Guía y rendirle continua acción de gracias. Me encontraba yo en Villafranca, Portugal, cuando recibí unas memorias de un Padre jesuita de Lisboa que referían mi nacimiento y la continuación de mi vida, tal como voy a describirlos. Mi padre se llamaba Jacques Sadeur y mi madre Guillemette Ottin, ambos de Châtillon sur Bar, de la jurisdicción de Champagne, provincia de Francia. Mi padre era muy versado en numerosos secretos de las Matemáticas, que debía más a su propio natural que a los estudios o a la frecuentación de maestro alguno. Sobresalía particularmente en las invenciones para transportar grandes y pesadas cargas. Entabló conocimiento con un tal Señor De Vanre, quien poseía por aquel entonces una intendencia en la Marina, y que se lo llevó con él a Burdeos, y de Burdeos a las Indias Occidentales, mediante promesas que resultaron hasta tal punto efectivas que consideró oportuno tomarlo a su servicio.

Tras nueve o diez meses de estancia en Port Royal, mi madre, que lo había seguido en su viaje, lo apremió con el regreso, así que partieron el 25 de abril de 1603, y me trajo al mundo a los quince días de embarcar. El capitán del navío, Señor de Sare, quiso ser mi padrino, y se consideró a propósito llamarme Nicolás por haber yo nacido sobre las aguas, un elemento en el que este santo es especialmente invocado. De modo que fui concebido en las Américas y nací en medio del Océano, presagio demasiado certero de lo que iba a ser de mí algún día. El viaje resultó ser feliz por todas las rutas que se tienen por peligrosas, hasta que, ya a la vista de las costas de Aquitania, una tempestad imprevista sacudió con tal furia la nave, que acabó por lanzarla contra las costas de España, haciéndola encallar cerca del Cabo Finisterre, en la provincia de Galicia, y causando la muerte de mi padre y de mi madre. Las mismas memorias cuentan cómo mi madre, viendo que la nave hacía aguas por todos sitios, me sacó de la cuna y, abrazándome con extrema ternura, exclamó entre torrentes de lágrimas: «¡Ay, querido hijo mío! ¡Te he dado la vida sobre las aguas, para verte tragado por ellas! ¡Si al menos obtuviera el consuelo de morir contigo!» Apenas pronunciado este lamento, una ola más impetuosa que las otras y que inundó el navío, la lanzó bien lejos de mi padre. Es en estas situaciones extremas cuando nos damos cuenta de que nada estimamos más que la conservación de la propia vida: sólo estaban allí mis padres para anteponerme a sus personas, exponiéndose al peligro evidente de la muerte con tal de intentar salvarme. El amor de mi madre hizo que no me abandonara, llevándome agarrado y levantándome por cima de las aguas hasta que se ahogó. El coraje de mi padre resultó singular en esta ocasión, ya que, olvidándose de sí mismo, en lugar de dirigirse a los botes como los demás, acudió a nosotros a merced de las olas y, abrazando a mi madre, que aún me sostenía, nos llevó hasta la orilla y nos depositó sobre la arena. Pero, bien porque hubiese agotado todas sus fuerzas con esta acción, bien que creyera vernos a los dos sin vida, cayó extenuado teniéndome en sus brazos. Aunque todos los nativos del país estuvieran en esos momentos muy atareados, no hubo ninguno que dejase de admirarse ante tamaño espectáculo, y fueron muchos los que corrieron a socorrernos. Dado que se advirtió que yo conservaba aún un soplo de vida, me arrancaron de los brazos de mi padre y me tendieron junto a un fuego compasivo que habían encendido los lugareños. No encontraron señal de vida en mi madre, de modo que, tras exponerla algunos momentos al fuego, se vieron persuadidos de que no requería más que la tierra. Aquéllos que habían conocido más de cerca a mi padre, deploraron su muerte con gritos que provocaron las lágrimas a los naturales: «¡Hombre de eterna memoria  ̶ decían unos ̶ , con un corazón en extremo generoso! ¡Has tenido que morir por haber querido salvar a tu familia!» «¿Se ha oído hablar jamás de tamaña tragedia?  ̶ decían los otros ̶  ¡Una madre que expone su vida por su hijo, y un padre que se arriesga por ella, y semejante bravura termina por hacernos verlos muertos a ambos!» No sé si fueron los gritos los que hicieron que mi pobre padre recuperase algo de sensibilidad; pero lo cierto es que se comprobó que abría débilmente los ojos, y pudieron escucharle estas frágiles y lánguidas palabras: «¿Dónde estás, amada mía?» Esta frase inesperada sorprendió a los allí reunidos y, como no pudieron responderle de inmediato, el buen hombre añadió: «Muramos pues, los tres juntos.» Fueron las últimas palabras que pronunció, antes de cerrar los ojos a esta vida. Ya se había dicho de qué manera se había señalado en muchas cosas durante la travesía, pero este extremo provocó la admiración de todo el mundo. Mientras que él lanzaba sus últimos suspiros, yo daba muchas señales de vida, y me han dicho que a algunos de la compañía les costaba verme sin sentir cierta indignación: «¡Pobre retoño!  ̶ decían ̶ ¿Qué va a ser de ti? ¿Podrás alcanzar alguna felicidad en este mundo, siendo tú mismo la causa funesta de la muerte de aquéllos que te dieron la vida?» Algunos pensaron que yo no podría sobrevivir, dado que mi padre me había llamado con él al morir. Pero no eran más que palabras, sin más fundamento que una vana imaginación. No hacía yo otra cosa que dar comienzo a una tragedia, que dura ya más de cincuenta y cinco años, poblada de tantas y tan extrañas catástrofes, que resultarían difíciles de creer si alcanzara a narrarlas todas ellas. El calor del fuego me aportó el vigor suficiente para romper a quejarme y a llorar, con un acento que dio a conocer que ya me encontraba libre del abrazo de la muerte.

Un natural del país sabía el suficiente francés como para entender lo que allí ocurría, y el recuerdo de un hijo único que le había muerto hacía poco, al que yo me parecía de alguna forma, lo llevó a pedirme en adopción. Consideró el Señor de Sare tratarse de una ocasión muy favorable, que no podía rechazar sin perturbarse a sí mismo y ponerme a mí en un peligro evidente. Así que, más que por cualquier otra consideración, consintió en cederme constreñido por la necesidad. El otro me acogió enseguida en el lugar de su hijo, y su mujer, después de oír el relato de todo lo que había sucedido, me recibió con extrema ternura. El Señor De Sare, junto a algunos de los más cualificados de la nave, sabiendo que se encontraban muy cerca de Santiago, resolvieron ir a visitarlo, con la buena fortuna de encontrar a mercaderes de confianza que los equiparon y les dieron los medios para regresar después decentemente a Oleron. Nada más allí de vuelta, no tardó en contar al detalle sus aventuras, describiendo el naufragio del que había escapado. Pero su mujer tardó en reaccionar, ya que la alegría de volver a ver a su esposo librado de los peligros de tan largo y fatigoso viaje la distrajo, antes de mostrar por mí todo el afecto que dedicó enseguida hacia mi persona. En efecto, poco después rogó a su marido que le repitiera la historia de su naufragio, y no pudo dejar de admirar el amor conyugal y paternal de mis padres, que los había reducido a una muerte voluntaria. En lugar de concebir indignación hacia mi maldita existencia, me tomó tal cariño, sobre todo cuando supo que su esposo era mi padrino, que insistió sin cesar en que diera con los medios de retenerme. Y así, se embarcó él alrededor de 22 semanas después de su regreso y llegó en quince días a Camarinas, encontrándome en muy buen estado, con una edad de unos treinta meses, querido igualmente por un padre y una madre que yo tenía por propios. Después de aclarar abiertamente las razones de su venida y el propósito que tenía de compensarles por el tiempo que me habían acogido, estas buenas gentes se sintieron en extremo ofendidas, decididas a no abandonarme. El Señor De Sare hizo valer sus derechos de padrino, pero el español insistió en la cesión y en conservarme con él. Se llevó la causa ante la Justicia de Camarinas que falló a favor de mis mantenedores, por lo cual, El Señor De Sare, que tenía más de soldado que de letrado, temiendo haber hecho un viaje en balde, resolvió huir llevándome consigo, aprovechando un viento que entonces le era favorable. Entró en la casa bruscamente, acompañado de un ayudante y, al no encontrarse más que con una sirvienta que me llevaba en sus brazos, me arrancó de ellos y ganó el barco, que estaba dispuesto a hacer velas.

El miedo, sumado a la fuerza de mis gritos, me causó un espasmo, produciéndome una fiebre que parecía ser mortal. Mi mantenedor, enterado y justamente irritado por la afrenta, corrió al puerto junto a algunos de sus amigos y, una vez allí, viendo que nos encontrábamos a salvo de su ataque, hizo soltar una descarga, que fue ocasión para que un navío portugués que se dirigía al Sur descargase otra ristra de cañonazos, con la fatalidad de que una bala hizo trizas la tabla de flotación de nuestra nave, que terminó hundiéndose, no sin pesar para los que habían causado la muerte de personas desconocidas. Los de la playa, al ser testigos del hecho, emprendieron la huida, y los portugueses enviaron dos chalupas por ver si conseguían recuperar algún náufrago. Pero, por más que lo intentaron, no consiguieron salvar más que al criado, que sabía nadar mejor que los demás. Como yo flotaba en el agua gracias a la paja que llevaba en mi cuna, pude ser también rescatado. Tiemblo al escribir sobre algo que no podrá leerse sin que se me considere como una especie de víbora, que no parece vivir si no es causando la muerte de aquéllos que más contribuyen a su conservación. Los portugueses, temiéndose un justo reproche por un crimen tan desatinado, se dirigieron rápidamente hacia alta mar. Tras de haberme encontrado con vida, aunque fuertemente alterado, se apiadaron de mí y me confiaron al cuidado de una matrona portuguesa que viajaba con ellos en la nave. Ella manifestó un gran deseo de ayudarme, hasta que descubrió que yo poseía dos sexos; quiero decir que era hermafrodita. De forma que, una vez que lo descubrió, me tomó tal aversión que apenas podía ni mirarme. Como mi fiebre aumentaba, mi muerte habría sido inevitable si no es gracias a los cuidados especiales que me dedicó el criado del Señor de Sare. Poco provecho iba a sacar de mí, así que bien podría creerse que Dios no lo había conservado con vida más que para que se ocupara de mi persona, si es que acaso yo le iba a servir de alguna utilidad. Una vez llegados a Leiría, me fue llevando de puerta en puerta, encomendándome con tanta ternura como si yo fuera su propio hijo. Los portugueses se alegraron de librarse de nosotros por sobradas razones, así que zarparon sin su conocimiento. Él se enteró de que encontraría más asistencia en el gran Hospital de Lisboa que en Leiría, por lo que decidió llevarme allí. Fue recibido con toda la humanidad que les había demostrado el propio criado, François, quien, nada más llegar, cayó enfermo con una fiebre mortal que acabó llevándoselo en siete días, yendo a morir en brazos de un jesuita, al cual relató todos los detalles que acabo de contar y de los que supe, como ya dije arriba, por una memoria que este mismo jesuita me entregó quince años después. El pobre moribundo, en lugar de lamentarse de su enfermedad y detestarme por ser yo la causa, me encomendó a los que lo asistían con más empeño que si hubiera sido hijo suyo. He sabido que los padres jesuitas sufrieron todos también la enfermedad que yo mismo les había contagiado. Advertidos de todos los males de los que yo había sido ocasión hasta entonces, deliberaron seriamente sobre el tema de mi sexo y decidieron que tendrían que observar con cuidado mis inclinaciones, para así determinarse a dirigir mi formación. Nada más cumplidos los cinco años, ya conocían lo suficiente como para juzgar que no padecía ninguna mala inclinación y que, más bien que a mi naturaleza, había que atribuir al azar los desórdenes por los que había pasado desde mi nacimiento. Observaron en mí cierta tendencia a la devoción y pensaron que, si se cultivaba bien mi espíritu, prometía sobrepasar la medianía. Cumplidos los ocho años, me presentaron a la Condesa de Villafranca, después de haberle referido todas mis desdichadas aventuras. Esta dama, que bien podía equipararse a las más ilustres de cuantas la precedieron, me recibió con tanto afecto, que quiso que se me tratase y educase como a su hijo el Conde, que tenía entonces una edad de unos nueve años. Durante otros ocho no hice en realidad otra cosa que seguirle en sus estudios. Así que aprendí con él las lenguas latina, griega, francesa e italiana y los principios de la africana, así como Geometría, Geografía, Filosofía, Historia de España y Cronología. La Condesa, que me manifestaba el mismo cariño tal si yo fuese uno de los suyos, al darse cuenta de que yo ayudaba mucho a los progresos del Conde, quiso que dejase de seguir los pasos de su hijo, para iniciarme en Filosofía. Una vez terminados sus estudios, se vio la conveniencia de que el Conde se preparase para las tesis públicas de la Universidad de Coímbra, y yo me vi obligado a realizar una arenga en su honor, de modo que tuve que ocuparme en preparar la introducción de la disputa. Algo más de quince días antes de nuestra partida, mi espíritu estaba tan agitado que adelgacé a ojos vista. Unas veces se me helaba la sangre, y a continuación me sentía como si estuviera a las puertas del último suplicio, y el corazón me latía como si estuviese a punto de caer en un precipicio; tan pronto me veían palidecer, como enrojecer de inmediato. Lo que me resultaba más enojoso de toda esta serie de incidentes, era que todos creyeran que se debían al miedo a aparecer en público. Y no diré nada de las pesadillas, los espectros y otras miles de cosas semejantes que se me venían encima, dejándome en un estado de extrema desolación. Tan pronto como supe que el Conde había decidido ir por mar, me vinieron a la mente todas las desgracias que me habían contado haberme sucedido en ese elemento, torturando mi espíritu de una manera tan viva que llegué a pensar que embarcarme significaba necesariamente encontrar la muerte. Tuve la suerte de que se me concediera hacer el viaje por tierra, junto con un grupo del séquito. Pero, ¡de qué poco sirven las precauciones para esquivar nuestro destino! Lo que intenté con tanto empeño para evitar el mal, fue justamente lo que me lo hizo inevitable. Me despedí tantas veces durante algunos días previos a mi partida, que acabaron por verme ridículo, y la Condesa, viéndome llorar a sus pies, me trataba de débil y afeminado. El Conde, con el que yo estaba familiarizado como si fuese mi hermano, me dijo un día: «Sadeur, ¿acaso vamos a abandonaros? Ya no sois vos mismo. ¿Qué es lo que os atormenta? Creo que dais vueltas en vuestra mente a un propósito particular; el temor de aparecer en público no es capaz de produciros tanta agitación como para perder el juicio.» «Señor, ̶ le dije ̶  si Dios me concede la gracia de volver, me ocuparé en reconocer la debilidad de mi espíritu; pero os ruego que suspendáis el juicio sobre mi comportamiento hasta el regreso.» Esta respuesta sorprendió tanto al joven Señor, que protestó, afirmando que no me abandonaría, o que yo no emprendería el viaje. «En cuanto al viaje, ̶ le respondí ̶  dado que se trata de vuestra felicidad, lo haría aunque perdiese la vida en el camino; pero acompañaros por mar… si se tratase sólo de mi propia vida, la abandonaría con placer; pero sufrir que la vuestra se exponga, me llevaría a comportarme con extrema violencia antes que obedeceros.» Este discurso, unido al afecto que sentía por mí, le hizo no decir nada más, y partimos al día siguiente.

Hay que recordar que Felipe II, Rey de Castilla, habiendo tomado posesión del Reino de Portugal en el año 1561, estableció allí a diversas familias para mantener esta conquista con más facilidad. Una de las que adquirió más poder fue la del Señorío de Villafranca, provocando los celos de otras muchas que se tenían en mucho más que ésta. Como es más fácil conquistar tierras que corazones, muchos portugueses continuaron siendo tan fieles a la familia de Braganza, que no buscaban más que el medio de librarse del yugo de los castellanos para así coronar al Duque de esta Casa. Aunque el país estaba por completo sometido a los Reyes de España, eran muy frecuentes las revueltas secretas de los paisanos, y no faltaban en el mar piratas que demostraban en todos sus encontronazos la aversión que sentían por el dominio español y que no podían tolerar a los súbditos del Rey de España. Se supo del embarco del Conde, que tuvo lugar el 15 de Mayo de 1623, y dos naves de partidarios de Braganza se hicieron a la mar con intención de atacarle. Así que embistieron con este propósito a los dos veleros que le servían de escolta y que se dirigían hacia las costas de Ternais. Pero sus tripulantes se enfrentaron al choque con tanto coraje, que no sirvió más que para confundir a los asaltantes, acrecentando la gloria del Conde. Yo lo seguía de lejos junto a su séquito, que viajaba por tierra, y no me enteré de nada de lo que estaba ocurriendo hasta que los enemigos, distinguiendo los brillantes colores de las enseñas del Conde, enviaron a tierra a una treintena de mosqueteros que lanzaron su descarga en una emboscada, matando a un paje, a un sirviente, y al caballo que yo mismo montaba.

Los demás, incapaces de defenderse, emprendieron la fuga a galope, y yo me encontré solo y abandonado a voluntad de los piratas, quienes, después de llevarme a su nave, se hicieron a alta mar.

Capítulo II. Del viaje de Saudeur al Reino de Congo

Bien cierto es eso que se dice de que el hombre propone y Dios dispone. Creía yo que evitaría los peligros del mar yendo por tierra, y se puede decir que el mar vino en mi busca, sometiéndome a todas las desdichas de las que yo me esforzaba por librarme. No llevaban mucho tiempo los piratas en alta mar, cuando ésta empezó a dejarse sentir terriblemente, volviéndose tan tormentosa que los maestres pilotos desesperaban de poder escapar. El mástil de nuestra nave no tardó en quebrarse, el gobernalle se hendió, y el barco hacía agua por doquier. Estuvimos veinticuatro horas a merced de las olas y achicando día y noche con seis grandes bombas, hasta que, derrotados por el esfuerzo, el agua ganó la borda y la nave acabó por irse a pique. Ni yo mismo sé bien qué suerte de tropiezos me llevaron sin pensarlo frente a la puerta del camarote del Capitán, justo cuando se desprendía de sus goznes, soltándose y empezando a flotar. Como me estaba ahogando, me agarré a ella, más por un esfuerzo espontáneo y natural que por razonamiento o deliberación. No puedo saber el tiempo que pasé de esta forma, porque me hallaba aturdido y sin juicio alguno. Diré tan sólo que, gracias a la luz de la luna, atisbé una embarcación que navegaba hacia el Sur y que soltó una chalupa para averiguar qué diantre era yo. Cuando consiguieron distinguir que se trataba de un hombre a punto de ahogarse, me sacaron y me llevaron a bordo. Apenas vuelto en mí, me tuvieron por portugués, y no tardaron en saber que provenía de Lisboa y que estaba al servicio de la Casa de Villafranca. El Capitán de la nave ordenó que se cuidara de mi persona con especial atención, ya que se sentía fuertemente obligado a esta ilustre familia. No tardé mucho en recobrar la salud por completo, y enseguida imploré a la tripulación que velaran por mí al precio que fuese. Hice el relato de todas las desgracias que me habían sucedido en las aguas, no omitiendo nada que pudiese hacerles comprender hasta qué punto este elemento me resultaba fatal en extremo. Pero cuantas más razones encontraba para convencerles, más ridículo me hacían aparecer ante ellos, así que consideré que lo más oportuno era no seguir insistiendo, y abandonarme por entero a la divina providencia y a las consecuencias de su adorable disposición. El Capitán me dijo que el respeto y el gran reconocimiento que sentía por la Casa que siempre me había acogido lo obligaban a protegerme hasta que pudiese devolverme a la Condesa, añadiendo que consideraba este encuentro más feliz que toda la fortuna que pudiese hacer en el viaje. Supe en su momento que la nave en la que nos encontrábamos formaba parte de una flota de cuatro mercantes que se dirigían a las Indias Orientales. Ocurrió poco después que el primer secretario de la nave cayó gravemente enfermo y, debido a ello. se me ofreció ocupar su puesto.

El viento nos fue tan favorable, que todos decían que era yo el que les había traído la buena suerte. Alcanzamos sanos y salvos el ecuador el 15 de julio, y el 1 de septiembre llegamos al Reino del Congo, echando anclas el día 6 en Maninga. No teníamos a bordo a ningún otro enfermo salvo a nuestro secretario, cuya indisposición aumentaba día a día, por lo que el médico consideró oportuno concederle algún reposo en tierra. Todos los capitanes y pilotos estimaron que no había que arriesgarse a doblar el Cabo de Buena Esperanza durante la proximidad del equinoccio. Esto hizo que se decidiera permanecer en este puerto hasta diciembre, tanto para evitar el peligro como para que nuestro enfermo se restableciese. Encontramos en Maninga a tres portugueses que entendían la lengua del país, y que nos contaron tantas singularidades de este Reino, que no salíamos de nuestro asombro. Al escucharlos, se diría que se trataba de un verdadero Paraíso terrenal, lleno de todo lo que el hombre pudiera desear para preservar su salud, sentirse cómodo y obtener todos los placeres de la vida, sin ninguna necesidad de cultivar la tierra, que allí se comporta en ese respecto de forma bien diferente a la nuestra, la cual, después de miles de trabajos, se muestra ingrata y siempre expuesta a los rigores de los vientos y los calores excesivos.

La inclinación natural que siempre tuve por conocer las maravillas de la naturaleza, hizo que experimentase un placer especial en escuchándoles, y que me alejase algunas veces de los mercaderes para ir a comprobar sobre el terreno la veracidad de cuanto nos contaban. Y he aquí un resumen de lo que descubrí.

El país está poco poblado en comparación con Portugal, y no sé si esto procede de la poca inclinación por engendrar o de las dificultades que puedan tener para ello. Los hombres van completamente desnudos, salvo desde hace algunos años en que se pueden encontrar a algunos que comienzan a imitar la costumbre europea, cubriéndose esas partes que se dicen vergonzosas. Está claro que la abundancia de sus campos los vuelve negligentes, perezosos, simples y estúpidos. Tras de haberlos observado un tiempo considerable, me vi forzado a reconocer que el hombre deviene naturalmente perezoso cuando no carece de nada; que la ociosidad lo hace semejante a las bestias; que resulta necesario que se ejercite, que pretenda y aspire a algo; y que, tan pronto como no precisa de nada, se vuelve indolente e insensible como una piedra. En esta zona, sobre todo entre los ríos Zaire y Cariza, la tierra, sin que haya que esforzarse en trabajarla, produce frutos en abundancia, tan sabrosos y alimenticios que sacian plenamente a los que los comen. Incluso el agua de algunas fuentes posee algo de delicioso y agradable al gusto, que satisface al beberla. Permanecimos allí una larga temporada sin gasto alguno, ya que el pueblo desdeña la ganancia y la campiña nos ofrecía en abundancia todo lo que precisábamos. Las casas son tan poco necesarias en este país, que no se entra casi nunca en ellas; y ya que las noches son tan serenas como cabría desear, se duerme mucho mejor a cielo raso que a cubierto. Además, no tienen la costumbre de utilizar lecho alguno y, salvo algunos colchones para los menos robustos, no hay nadie que no duerma sobre el suelo. Todas estas consideraciones me hicieron concebir un pueblo que, por no verse obligado a trabajar, vive con justicia en una ociosidad que lo vuelve perezoso, negligente, adormecido e indiferente, sin afán alguno de perfeccionarse, ya que todo perfeccionamiento requiere de la actividad, el trabajo y el esfuerzo. Así que, bien lejos de la beatitud, que consiste en poseer lo que se desea, aunque no deseemos nada que no sea bueno, debemos estar ciertos de que un hombre que no anhela nada más en este mundo se vuelve estúpido y no merece vivir, ya que es incapaz de actuar.

Nuestro Capitán nos propuso, a otros tres tripulantes y a mí, que remontásemos el Zaire hasta llegar al lago del mismo nombre. Y no sería digno de crédito si pudiera relatar todos los divertimentos y satisfacciones que obtuvimos con este viaje. He aquí una parte de las observaciones más señaladas que realicé durante la ocasión, en la medida en que me las pueda devolver mi memoria. Llegamos en veinticuatro horas a la embocadura del lago, lo recorrimos durante diez horas, y en otras veinte volvimos a la flotilla. El río Zaire no es rápido, y como teníamos a cuatro buenos remeros, podríamos haber alcanzado sin esfuerzo hasta quince o dieciocho leguas cada día. Me consta sin embargo que no recorrimos más de ocho río arriba, por lo cual resulta fácil de reseñar hasta qué punto se engañan los geógrafos cuando sitúan el lago Zaire a trescientas leguas del mar. Lo que nos obligaba a tan pequeños recorridos era la cantidad de curiosidades que se ofrecían a nuestra vista: todo tipo de frutos, flores, peces y animales singulares. No pudimos contemplar casi un solo rincón de estas vastas praderas, de hasta sesenta y ochenta leguas de longitud, que no se viera enriquecido por una maravillosa tapicería de flores, que pasarían por sorprendentes en los más bellos jardines de Europa. Yo no podía dejar de sentirme humillado cuando contemplaba a mis pies hasta embriagarme tantos milagros de la naturaleza, y en tal abundancia que nos obligaba a despreciar nuestros campos de margaritas silvestres. Apenas hay árbol que no cargue con algunos frutos preciosos, incomparablemente mejores que todos los que conocíamos, y la naturaleza los ha puesto tan al alcance de los habitantes, que se los puede recoger sin peligro ni esfuerzo. No vivíamos de otro alimento que no fuera éste, y no apetecíamos ningún otro. Nuestro maestre piloto, Sebastiano Dêles, hombre de larga experiencia, previendo que nos asombraríamos de todo lo que pudiéramos encontrar hasta llegar a las Indias, queriendo transportarlo como delicadezas y curiosidades que no se comparaban ni de cerca con las que pudiéramos observar en ese país, nos dijo que existían frutos como manjares, bien maduros y aliñados, que no podían conservar su gusto original más de cuatro días. Esto me movió a comprobarlo por experiencia, contemplando en efecto que no se los podía conservar mucho tiempo sin que se pudrieran. Es verdad que, al comerlos, se comprueba que están completamente maduros, resultando así muy alimenticios y bien adecuados a nuestro estómago: lejos en este aspecto de los que nos causan a diario más daño que provecho, y que producen como mínimo tanto amargor al corazón cuanta dulzura al paladar.

A esto se debe que estos últimos puedan conservarse estando crudos, ya que con ello combaten el calor natural, frente a estas frutas de Manicongo, las cuales, aun estando completamente crudas, se corrompen rápidamente. La naturaleza ha previsto así que perezcan en poco tiempo, y que los árboles estén siempre llenos de flores, botones y frutos, de los que unos están aún verdes, otros ya caducos, y otros en fin en su punto para comerse.

De la gran cantidad de peces que pude ver en el Zaire, encontré dos tipos que llamaron mi atención. Entre ellos había unos que bien podría llamarlos anfibios, parecidos a nuestros salmonetes, pero que se acercaban a poca distancia y salían con mucha facilidad del agua, saltando casi como las ranas. Con la diferencia de que sus patas son largas como las de nuestros canarios, siendo las delanteras dos o tres veces más cortas que las traseras. Tienen tanta inclinación por el hombre, que lo buscan y se le ofrecen como víctimas, ocurriendo algunas veces que se los veía saltar dentro de la embarcación hasta los pies de los marineros para que se les acariciara, lo mismo que los perros. Esto lo vi con mis propios ojos, y reproché a uno de los marineros que cogiera uno y lo pusiera a mis pies. Los nativos los llaman Cadzeich, y su carne recuerda a la de las nutrias europeas.

Los otros peces que me produjeron admiración son los voladores, a los que podríamos llamar pavos reales marinos, pero que son mucho más bellos, y de un color mucho más brillante que estas aves. Raramente nadan hasta el fondo de las aguas, y se los ve casi siempre entre las flores. Sus plumas resultan casi idénticas a las escamas de los peces, pero con una diversidad de verdes, azules, amarillos y rojos moteados, que llaman grandemente la atención de los que los descubren. Los que pude ver fuera del agua me parecieron como águilas, con cada una de sus dos alas de unos cinco o seis pies de longitud. Podría pensarse que gustan de hacerse ver y admirar, por lo mucho que caracoleaban alrededor del barco, parándose frente a frente de los que los observaban, girando y revolviéndose de mil maneras, y salpicándonos los ojos con sus colas. Las riberas estaban llenas de muchos tipos de animales, pero los más frecuentes y encantadores eran parecidos a nuestros corderos de Leiría, salvo que los encontramos de casi todos los colores, es decir, de un rojo, un azul, un amarillo y un verde tan brillantes, que nuestras púrpuras y sedas mejor elaboradas no pueden comparárseles. Me informé del porqué no se aprovechaban esas brillantes rarezas, y me explicaron que los colores naturales se desvanecían con la muerte del animal.

Una vez llegados al lago, nos dedicamos durante diez horas a recorrerlo, comprobando que su longitud era de unas sesenta leguas, y su anchura de otras cuarenta. Vimos el nacimiento del Níger, que es hermoso y ancho, y lo bastante espacioso y profundo como para navegar. Pero se pierde enseguida entre las montañas de Benín. Nos detuvimos sobre el Nilo, que no desmerece en nada al nacimiento del Níger, y cuyo descenso, si continúa con la misma calma con la que comienza y prosigue durante unas tres leguas, no plantea ninguna dificultad hasta el Mediterráneo; así que la comunicación entre los dos mares se hace muy fácil por esta vía. Me empeñé en informarme sobre dónde se encontraban los cocodrilos, que los historiadores sitúan en gran cantidad en estos parajes. Pero ni siquiera pudieron adivinar lo que les quería decir, lo cual me hizo pensar que no se trata más que de cuentos inventados por gusto, hechos a placer para asombrar a los simples y dar lugar a los oradores para realizar comparaciones a su antojo. Si bien es cierto que se permite, a quienes han realizado grandes viajes, hacer creer a los demás que no conocen más que el lugar de su propio nacimiento, más cierto es asegurar que se valen tanto de esta licencia, que parecen no contar más que ficciones. La razón consiste en que, como ocurre muy a menudo, efectúan largos recorridos sin ver otra cosa que no sean algunos puertos, en los que se detienen sólo poco tiempo, y donde las fastidiosas incomodidades producen tanto cansancio y abandono, que no piensan más que en procurarse algún alivio. Sin embargo, por estar convencidos de que hemos de contar alguna novedad cuando venimos de lejos, cuanto más sutiles son las mentes, tanto más inventan, y como no encontramos quien pueda contradecirnos, se reciben con placer y se despachan con éxito nuestras invenciones, como si se tratase de verdades que ninguno osaría contradecir sin pasar por temerario.

Llegamos a continuación a un islote en medio del lago, que pertenece al Rey de Jassaller, a quien se conoce también como Rey del lago. Los naturales llaman a este islote Zasta, y el Rey posee allí una fortaleza muy apreciada en el país, aunque a decir verdad resulta muy poca cosa en comparación con nuestros fuertes de Europa. Nos sentimos encantados cuando pusimos pie en tierra sobre la planicie, y no cabe pensarse nada mejor para el deleite de todos los sentidos, a no ser que el aroma de las plantas aromáticas hubiese sido un poco menos fuerte, ya que acaba por afectar fuertemente al cerebro. Los frutos son tan bellos y delicados, y los hay en tan gran cantidad, que su belleza, unida a su abundancia, acabó por aturdirnos. Pero lo que más nos sorprendió, algo de lo que yo no había oído nunca hablar y que dejó en suspenso nuestro espíritu, fue una fuente que encontramos, más dulce que nuestro hipocrás, y que alegra y fortifica más que nuestro vino de España. Razonamos durante un buen rato sobre las causas que pudieran producir este agradable licor, y concluimos que, dado que todo lo que hay en la superficie de esta campiña es como un bálsamo, también debía de serlo el interior de la tierra; y que, del mismo modo que encontramos fuentes de sabor muy desagradable, se seguía necesariamente que se las encontrara de un sabor tan dulce y suave. Bebimos con tal placer, que ni yo mismo puedo explicar, que todos habríamos querido permanecer allí, cuando un nativo acudió con urgencia a advertirnos de que esta bebida causaba la muerte de los que la tomaban en exceso. No tardamos mucho en comprobar la veracidad de lo que nos decía, ya que caímos en tal estado de sopor, que tuvimos que tumbarnos en el suelo, quedando adormecidos durante más de quince horas. Sin embargo, el sueño no nos trajo más problemas, y nos levantamos tan contentos y sanos como lo estábamos antes. Unos atribuyeron este largo sueño a la gran cantidad de olores que nos habían aturdido la cabeza. Pero otros concluyeron que la causa era esa deliciosa bebida que habíamos tragado. Desde esa isla quisimos ir a ver las fuentes del río Cuama, que comprobamos ser tan estrecho que era incapaz de dar cabida a ningún barco. Poco después encontramos las fuentes del lago, contando más de doscientos arroyos, que vienen todos a desembocar en él desde las montañas que están hacia el Mediodía, a las que los españoles llamaron Montañas de la Luna, porque Vasco de Gama, que fue el primero en doblar el Cabo de Buena Esperanza el año 1497, en su camino hacia las Indias Orientales, al observar que la Luna se encontraba del lado de estas montañas, le pareció como si tocara sus cimas, otorgándoles este nombre. Los nativos las llaman Montañas de Ors, es decir, ‘de aguas’, debido a la abundante agua que fluye de ellas continuamente. Los que confunden el lago Zembre con el Zaire, hablan a partir de informes muy defectuosos. Nos aseguraron que aquél se encontraba al otro lado de las montañas, a más de cincuenta leguas del Zaire.

La mayoría de los historiadores sitúan a muchos monstruos en esta zona. Pero esto no tiene más fundamento que el relato de aquéllos que los han inventado. Todas nuestras investigaciones no sirvieron sino para encontrar el origen de una nación vecina, que los europeos llaman Cafres y los nativos Tordi. Supimos que un nativo de este país había criado a una hembra de tigre, y había tomado tal familiaridad con el animal, que el hombre acabó amándola carnalmente, cometiendo un crimen infame con ella del que nació un hombre-monstruo, mitad hombre y mitad bestia, el cual dio origen a este pueblo, al que no se puede civilizar. Una prueba muy verosímil de esta historia es que la cabeza y los pies de estos seres son muy parecidos a los de los tigres, e incluso sus cuerpos tienen en algunos lugares manchas semejantes a las de estos animales.

Volvimos por la ribera del Cariza, y empleamos más de veinte días en la ruta, con los mismos entretenimientos que habíamos obtenido en el río Zaire, sólo que todo cuanto veíamos excitaba menos nuestro asombro, al resultarnos ya conocido y común.

Capítulo III. De los accidentes que condujeron a Sadeur a la Tierra Austral

Nada más regresar, largamos velas con un viento y un mar tan favorables como cabía desear, y llegamos en ocho días al Cabo de Buena Esperanza, donde no quisimos detenernos por temor a perder la ocasión del buen tiempo, algo raro en este paraje, hasta que tuvimos a la vista el puerto de Danambolo, en la isla de Madagascar. Allí nos detuvo una calma chicha que nos inmovilizó durante más de cuarenta y seis horas.  Tras esta bonanza, saltó el viento del Este, algo inusual y que agitó de tal manera la mar, empujándonos con tanto ímpetu, que acabó rompiendo nuestros cordajes y nos lanzó a más de mil leguas de la costa Oeste. Algunos vieron unas islas a la derecha y hacia el Norte, tomándolas por aquéllas llamadas de Trinidad. Fue entonces cuando una roca a flor de agua partió la nave en dos, dejándonos a todos expuestos a merced del más despiadado de todos los elementos. No llegué a saber nunca qué fue de las otras naves, ni cuál fue la fortuna de mis compañeros de naufragio, ya que era noche cerrada, y yo no pensaba más que en los medios de salvarme. Mi primer naufragio me había dado experiencia y confianza, así que cogí un tablón fácil de manejar y lo estuve preparando durante los acosos de la tempestad, de manera que me facilitara escapar a ella. He de reconocer que, sin saber por qué, cuando me he sentido lejos de la amenaza de la muerte, he aparentado en gran medida indiferencia por la vida; en cambio, en los peligros evidentes no he sido capaz de pensar más que en salvarme. Gracias a mi tablón, estuve flotando durante muchas horas, tan agitado y perturbado, que no puedo pensar en ello sin echarme a temblar. Tan pronto me hundía el ímpetu de las olas, cuando de repente la gran masa de oleaje me empinaba a lo más alto de sus crestas. Mi naturaleza resistió sin embargo todo lo que pudo a semejante agitación, hasta que, habiendo ya perdido el conocimiento y el sentido, no sé de veras qué fue de mí en ese tiempo, ni cómo llegué a salvarme de la muerte. Lo único que recuerdo es que, una vez recuperada la conciencia, abrí los ojos y me encontré con la mar en calma. Divisé una isla muy cercana, y sentí mis manos tan asidas a la tabla, que apenas podía separarlas, y mis dedos tan retorcidos que me costó trabajo enderezarlos. La visión de la isla me dio suficiente fuerza y, una vez alcanzada su orilla, me arrastré hasta un árbol, con más pesar que consuelo por seguir vivo: pensé en que iba a continuar viviendo únicamente para languidecer, prolongando así inútilmente mi agonía. Encontré al pie del árbol dos frutos del tamaño y casi el color de nuestras granadas, sólo que su sabor me pareció más delicado, más sustancioso y nutritivo. Tras comerme el primero, mi corazón se fortificó y alegró, y con el segundo me encontré por completo restablecido. Pero como me sentía tan destrozado que apenas si podía mantenerme en pie, me tumbé y caí en un sueño tan profundo que tardé casi veinticuatro horas en despertar. Fue entonces cuando me sentí por completo abandonado. Pero mis ropas estaban secas, y el hermoso Sol que lucía me infundió un nuevo vigor que me llenó de esperanza. Me comí otros dos frutos que encontré, y me dediqué a observar la elevación del Sol, calculando que podía encontrarme a 33 grados de latitud austral; pero no pude determinar la altitud. Después de descansar un poco, decidí adentrarme en la isla para averiguar si estaba habitada. Observé en efecto ciertas huellas que parecían ser caminos, pero que conducían a espesos matorrales que no se podían atravesar sin agacharse, lo que me dio lugar a malos pensamientos. Me topé con un árbol más alto que los otros, y se me ocurrió que si me subía a él podría descubrir algo. Pero, una vez arriba, escuché un fuerte ruido y vi al mismo tiempo dos prodigiosas bestias voladoras que se acercaban a la copa del árbol, obligándome a bajar mucho más deprisa de lo que lo había escalado. Que no resulte extraño al lector el nombre de ‘bestias’ que he utilizado para esos pájaros: me sentí horrorizado ante su desmesurado tamaño, y hablo tal como lo pensé en aquel momento. Así que me lancé a tierra a gran velocidad, sobre los arbustos cercanos, con el espíritu en suspenso y a la espera de cuanto pudiera suceder a continuación. No tardé mucho en volver a escuchar los prodigiosos y temibles chillidos de los pájaros, pensando en todo momento en que iba a ser devorado por ellos. Por fin recuperé la cordura, y al considerar la situación miserable a la que me veía reducido, me planteé que más valía morir cuanto antes, que no intentar prolongar mi agonía. “Después de todo =pensé=, es necesario que muera de una u otra forma, y no puedo evitar un peligro sin caer en otro aún mayor.” Así que dirigí los ojos al cielo, con el corazón oprimido y contrito, diciendo: “Señor, os doy las gracias por haberos dignado a darme a conocer que sois el Dueño de mi vida, como sois su Autor. Bien sé también, Dios mío, que es muy justo que os glorifique de la forma que más gustéis, y que los favores que he recibido hasta ahora de vuestro divino proceder superan todo cuanto pueda pensarse. Cierto es, mi Salvador, que no puedo ni debo, sin temeridad, esperar más de Vos. Y en verdad, el estado al que me veo reducido me persuade de que el más señalado favor que puedo recibir de vuestra Bondad paternal, es no tardar en morir. Misericordia, Redentor mío, misericordia para esta pobre criatura que os habéis dignado a crear y a rescatar con vuestra preciosa sangre, y concededme que los extremos a los que estoy reducido sean el camino de la felicidad de la que habéis querido hacerme merecedor.

Terminada mi plegaria, me levanté completamente resuelto a morir, y el recuerdo de que mi padre y mi madre habían expirado en alta mar me llevó a retornar a sus aguas, acercándome al tablón. Apenas me hube apartado, cuando vi que me seguía una multitud tal de animales, que me resultó imposible distinguirlos a todos. Sin embargo, mantenía el espíritu tranquilo y el juicio lo bastante entero como cabe esperarse en semejante situación. Me parece que vi una especie de caballos, pero con la cabeza puntiaguda y las patas terminadas en garras. No puedo decir si fueron estas bestias las que se abalanzaron contra el árbol, pero creo que tenían plumas y alas. Vi también algo parecido a grandes perros, y muchos otros tipos de animales, en nada semejantes a los que vemos en Europa, con un aire alegre, por lo que me pareció, y como si estuvieran sorprendidos al ver algo que, sin duda, no habían visto nunca. Por decirlo en lengua castellana: Dios nos guarde de los amigos[1]. Daban al mismo tiempo gritos de gozo y alegría. Añadí para mí: “Muy agradecidos debéis estarme, ya que he venido de tan lejos para serviros de diversión y convertirme en vuestra víctima.”A medida que redoblaban sus gritos, yo me resolví a vender cara mi vida, antes que entregarla con dejadez y abandono. Cogí la tabla y me puse a darle vueltas y más vueltas hacia arriba y hacia abajo, lo que los mantuvo atentos hasta que dos de las bestias más grandes se aproximaron para atraparme. Aguardé a una y le golpeé con tal rudeza que la hice volver con los otros animales. Cuando los alcanzó, cesaron sus gritos de alegría y no hubo más que alaridos. Apenas retirarse algunos pasos, yo me sentí presa de pánico al escuchar multiplicarse los espantosos gritos. Cogí rápidamente tres frutos del árbol del que hablé antes, y me lancé al agua con mi tablón. Después de haber nadado una distancia suficiente como para sentirme fuera de peligro, volví la mirada hacia la isla, y pude contemplar en la orilla toda esa masa de animales de los que intentaba escapar. No esperaron muchos de ellos para lanzarse a nado, persiguiéndome con tanto encono y rapidez que no tardaron en aproximarse, dando vuelcos mientras nadaban. Como vi que me iban a atrapar inevitablemente, me volví contra ellos, haciéndoles frente con el extremo del tablón con bastante éxito, pues, a medida que ellos intentaban agarrarlo y darle mordidas, lo empujaban a la vez, haciéndome avanzar tanto como ellos. Continuamos de esta guisa hasta que llegué a una especie de islote casi a ras del agua y que parecía flotar sobre ella, llevándome a más velocidad y librándome así del alcance de mis enemigos. Sin embargo, continuaban persiguiéndome con empeño, e incluso con una rabia que iba en aumento a medida que me iban viendo fuera de su alcance. Por fin, mi islote dejó de moverse, dándoles el tiempo suficiente para acercarse. Yo ya no sabía dónde me encontraba, y hacía inútiles reflexiones para adivinar la causa de la inmovilidad del islote, cuyo movimiento me había sido tan favorable. Vi entonces a cuatro de esos grandes animales voladores de los que he hablado, que venían en ayuda de los otros. Cuando los vi prestos a lanzarse sobre mí, tuve la suficiente destreza para cubrirme con el tablón, evitando sus primeros ataques, que fueron tan brutales que consiguieron perforarlo de un solo picotazo. Fue en ese momento cuando, de pronto, el islote se alzó con tanto ímpetu que me sacudió hasta lanzarme a más de cincuenta pasos. Creo que se trataba de una especie de ballena, de la que algunos naturalistas hacen mención; y uno de esos pájaros monstruosos, agarrándose a su lomo, le hundió sus garras en la carne. La ballena se levantó, según calculo, más de cien codos fuera del agua, produciendo un ruido tan terrible como el de nuestros truenos.

Tanto me perturbó la sacudida, que no sé qué fue de mí en adelante. Mis dedos estaban tan crispados que me mantuvieron agarrado a la tabla sin darme cuenta. Una vez recuperado en parte el juicio, volví a ver a la bestia, que silbaba y lanzaba agua por tantas patas o cabezas, que conté más de cien, y que tenían poco más o menos el aspecto de las de nuestras arañas de Portugal. Por fin se sumergió del todo en el mar. Los pájaros que me perseguían se habían retirado, así que me encontré solo en medio de las aguas, sin poder distinguir otra cosa que los cuatro puntos cardinales del mundo, gracias a un sol que era el único espectador de esta tragedia: su visión habría sido la de un pobre hombre expuesto a merced de las olas, sin más auxilio que un trozo de madera, y sin otro pensamiento que el del tiempo que le quedaba para terminar de morir; habría visto a un hombre agotado de tantas fatigas y de toda el agua salada que se había tenido que tragar; en un estado tal que nadie pensaría jamás que un hombre pudiera sufrir; en fin, a un hombre que, pese a tantas penalidades, mantenía el espíritu sereno, a un hombre sometido a la voluntad de Dios y por completo resignado a sus órdenes. Aun abatido por todos los males, y no contemplando la menor posibilidad de escapar a ellos, no dejaba yo de esperar, ni podía convencerme a mí mismo de que tenía que perecer en medio de esa multitud de muertos que había dejado tras de mí y que me acosaban con su recuerdo. Me acordé de los frutos, y me comí dos de ellos con gran ansia y apetito, tras lo cual me venció por completo el sueño, viéndome obligado a tumbarme boca arriba sobre mi tabla, con el rostro hacia el cielo, evitando así de algún modo que el agua acabara sofocándome. En tal estado, cerré los ojos, y no sé cuánto tiempo permanecí en esta postura. Me desperté excitado por los rayos que un sol muy ardiente disparaba sobre mi rostro, y comprobé que estaba siendo empujado con mucha velocidad por un viento Noroeste, aunque el mar no se viera agitado. Sentí mi corazón tan alegre, mi espíritu en un estado tan dulce, que no pude impedirme cantar, y entoné el salmo Dominus illuminatio mea et salus mea[2], con un contento interior que hizo que mezclara mis lágrimas de gozo con el agua del mar. Me consideraba feliz por entregarme por entero a mi Dios, y no depender más que de su providencia. Dediqué tres horas a esta meditación, con un placer que superaba todas las recreaciones que hubiera escuchado jamás. Al poco, sin más complicaciones, me encontré con que el viento me había empujado hasta acercarme a tierra. Mis dedos encogidos estaban de tal modo pegados a la tabla, que me costó separarlos para pasar a la orilla; y mis ropas, impregnadas de agua, pesaban tanto que apenas si podía cargar con ellas. Todo el tiempo que había durado mi agitación y desconcierto, unido a toda el agua salada que había tragado, me cargaban tanto la cabeza que apenas podía sostenerme. Me sentía como un hombre aturdido y vencido por el exceso de vino o por haber girado vertiginosamente. Lo único que pude hacer fue arrastrarme a cuatro patas sobre la orilla, para después tumbarme, esperando de la voluntad de Dios todo cuanto ordenase para su pobre criatura. Me quedé dormido enseguida, y mi sueño, que duró unas dieciséis horas, en la medida en que pude calcularlas, restableció en algo mi cerebro y secó mis ropas, que sacudí para que me resultasen más llevaderas. Recordé que conservaba todavía uno de esos frutos que he mencionado. Después de comérmelo, comprobé que la falta de alimento era la causa principal de mi extrema debilidad. Me adentré pues en la isla en busca de algo para comer y, tras haber marchado alrededor de doscientos pasos, encontré muchos árboles, pero no vi fruto alguno, ya sea que en efecto carecieran de ellos, bien porque mi vista alterada me impidiese distinguirlos. Me prosterné cara a tierra, y solté estas palabras desde el fondo de mi corazón: “¡Oh Señor! ¿Me has querido conservar en medio de tantos peligros sobre las aguas, para dejarme en tierra y dejarme en ella morir de hambre? Señor, hágase tu voluntad, moriré satisfecho, ya que muero siguiendo vuestras órdenes.” Apenas terminada mi plegaria, volviéndome para ver donde podría acostarme y esperar el fin de mi desdichada vida, encontré dos frutos cubiertos de algunas hojas. Los recogí como un regalo del cielo, una señal segura de que Dios no quería mi muerte. Después de comerme uno, sentí algo de fuerza que me dio coraje para avanzar camino y aclararme sobre el lugar donde podía encontrarme, que resultó ser a unos 35 grados australes. Muchas fueron las pistas que me hicieron pensar que la tierra firme no podía hallarse muy lejos: el agua era ahora bastante más dulce, el viento soplaba del Sur y muy racheado, y sentí incluso unos vapores extraordinarios que consideré que flotaban a ras de tierra. En una palabra, me convencí de que todo daba pruebas de encontrarme cerca de tierra firme. Avanzando, me topé con un árbol cargado de gruesos frutos y cuyas ramas caían hasta llegar al suelo. El lugar estaba tapizado de diversos tipos de flores muy bellas y de un olor muy agradable. Nada más comerme uno de esos frutos, me inundó un profundo sopor. Más que dormir, me quedé de tal forma abatido que percibía y distinguía todo lo que pasaba a mi alrededor, sin que nada me moviera ni afectase.

Lo primero que oí fueron muchas voces confusas, que me divirtieron de algún modo. Vi después siete bestias del tamaño y el color de nuestros grandes osos, salvo que cada una de sus patas semejaba ser tan grande como todo el animal. Me pareció que se me acercaban y se alejaban sin llegar a tocarme, repitiéndose el gesto varias veces. Finalmente, me atacaron dispuestos a devorarme, y ya estaba yo todo ensangrentado, cuando se les abalanzaron dos de esos grandes pájaros de los que hablé antes, forzándolos a escapar y esconderse en unas grutas cercanas. Los recién venidos hicieron varios intentos por atraparlos. Pero como no lo conseguían, vinieron a por mí, y, después de darme varios zarpazos, uno de ellos me atrapó con sus garras y me levantó por los aires. El cinturón de varias vueltas que yo llevaba a mitad del cuerpo me salvó la vida, ya que impidió que me atravesara hasta las entrañas. Vuelto del todo a la conciencia, sufrí dolores difíciles de expresar.

Tras un largo recorrido, los dos animales fueron a posarse sobre una roca, donde mi portador me descargó, sólo para que el otro me sujetara de la misma manera. El dolor que me causaba era insoportable y me provocó una especie de furor, que hizo que me lanzase bruscamente a su cuello, encontrando en mi desesperación fuerzas suficientes para arrancarle los ojos a dentelladas. Su ceguera lo obligó a caer al agua, prefiriendo dejarme antes que seguir agarrándome, así que me vi libre para subirme a sus espaldas. Su compañero, que había tomado la delantera para lanzarse hacia lo alto, advertido de que el otro no lo seguía, rehízo el camino para lanzarse sobre mí con un ímpetu increíble. Se encaramó a mi espalda y me lanzó golpes que habrían sido mortales si hubiese acertado de lleno. Yo llevaba siempre conmigo un puñal a la cintura, que le clavé en el vientre a fuerza de empujar y hundírselo lo más que pude. Pero, como veremos a continuación, resulta sorprendente que estos pájaros son casi impenetrables: podríamos compararlos a nuestras tortugas, por los dos caparazones que los rodean y protegen. Mientras yo combatía contra este segundo enemigo, el primero se escurrió por debajo de mis muslos y me soltó. Esto me permitió agarrarme fuertemente a una de sus patas, y como seguía elevándome cada vez más alto, tuve que sujetarme con firmeza por miedo a caer. Él seguía desgañitándose como un animal asustado. Una vez elevado a lo más alto, se precipitó en el mar, y gracias a este elemento tuve la libertad de lanzarme a su cola, subiéndome a continuación a su espalda. El animal daba alaridos a medida que se iba desangrando, y me atormentaba con tanto empeño como podrían haberlo hecho muchos hombres de consuno, bien fuese para acabar de sumergirme, bien para forzarme al menos a que lo soltara.

Daba vueltas y se contoneaba de mil maneras para sacudirme y conseguir deshacerse de mí. Yo no pensaba en otra cosa más que en mantenerme sujeto firmemente para impedirle que tuviera éxito en su empeño, ya que, por haber perdido mi tablón, que era mi único recurso, no me esperaba sino la muerte en caso de que me soltase. Por fin se posó sobre el agua, sin más movimiento que el de un buey degollado y moribundo, y demostrando con su pasividad que se daba por vencido. Esto me concedió tiempo para respirar y sentir mis heridas, así que no pude encontrar en todo mi cuerpo parte alguna que no se viera dañada por algún golpe y cubierta de sangre. Mis ropas estaban desgarradas, sin que me quedase ninguna entera. El agua del mar, aunque bastante dulce en esta zona, tenía sin embargo la suficiente sal como para causarme un dolor tan intenso que hizo que perdiera por completo el sentido.

Supe poco tiempo después que algunos de los llamados Guardianes del Mar vieron una parte del combate, acudiendo cuatro de ellos en una chalupa para averiguar quién era yo. Creyéndome sin vida, me llevaron en su barco como a un muerto que había expirado tras su victoria. Tan pronto como comprobaron que mi corazón latía, derramaron en mi boca, mi nariz, mis orejas y mi trasero, un licor que me hizo abrir los ojos enseguida y contemplar a mis benefactores. Me dieron a beber una especie de agua que me dio nuevas fuerzas y reanimó mi corazón. Me lavaron el cuerpo con un agua odorífera, ungieron mis llagas y me las vendaron cuidadosamente, dejándome así fuera de peligro. Persiguieron a mis enemigos, y tras abatir al último sobre la barca, lo pusieron a mis pies. El otro conservaba aún algo de movimiento, y como yo les expliqué mediante gestos que le había arrancado los ojos, lo persiguieron, lo acometieron y lo tumbaron sobre el otro con pruebas de un gran regocijo difícil de expresar. Volvieron a tierra, de donde nos habíamos alejado cerca de tres horas, llevándome a bordo y colocando los dos pájaros a mis pies con una especie de letrero, escrito en su lengua, que decía: Victoria milagrosa del vencedor.

Capítulo IV. Descripción y carta geográfica de la Tierra Austral

Si hay algo que puede darnos a conocer y admirar la divina providencia, es la historia que acabo de describir, en la que no hay ni un solo detalle que no contribuya a sus designios de conducirme a este país. Fueron precisos mis numerosos naufragios para que me acostumbrara a sobrellevarlos. Como se verá a continuación, los dos sexos me resultaron necesarios, bajo pena de encontrarme perdido a mi llegada. Fue también preciso que me hallara por completo desnudo, pues de otro modo habría sido descubierto y atacado. Sin ese combate, que me señaló y me otorgó reputación, me habría visto obligado a sufrir un interrogatorio que habría concluido inevitablemente con mi ruina. En fin, cuanto más se consideren todas las circunstancias de mi viaje y mis peligros, más resplandecerá la mano de Dios, que sabe disponer de sus criaturas para hacerles alcanzar infaliblemente el fin al que las ha destinado, por contrarios que puedan parecer sus caminos.

Según la costumbre de estos hombres, para tolerar a alguien en su vecindario, antes han de realizar averiguaciones sobre su nacimiento, su país de origen y su carácter. Pero el combate que tuvieron ocasión de admirar hizo que, sin necesidad de interrogatorio, fuese yo admitido en el asentamiento más próximo, y que todos acudiesen a besarme las manos y mis partes. Quisieron también empinarme sobre sus cabezas, que es la mayor de las marcas de alta estima que dedican a una persona. Pero como se dieron cuenta de que esto no podía hacerse sin hacerme daño, omitieron la ceremonia. Una vez concluida mi recepción, los que me habían llevado y ayudado me condujeron hasta la mansión del Heb, lo que podría verterse en nuestro idioma como Casa de Educación. Se habían preparado mi alojamiento y mi alimentación con tanta diligencia y pulcritud, que sobrepasaban en esmero los de los europeos más refinados. Nada más llegar, acudió un grupo de doscientos jóvenes australes para saludarme de una manera muy alegre y cortés. Como ya me encontraba mejor, el deseo que yo tenía de hablarles hizo que me vinieran a la mente algunas palabras que había escuchado en el Congo, y les dije entre otras aquélla de rimlem, que significa ‘soy vuestro servidor’, y que ellos entendieron como la prueba de que había recuperado el habla para decirles: “vengo del país superior”. Esto hizo que exclamaran, dando grandes muestras de alegría: le cle, le cle, es decir, “¡nuestro hermano, nuestro hermano!”. Al mismo tiempo, me ofrecieron dos frutos de color rojo mezclado de azul, y me comí uno que me animó y reconfortó. Me entregaron después una especie de bolsa amarillenta envolviendo un vaso, que yo bebí con un placer que nunca había sentido. Me encontraba en ese país y entre esos rostros como un hombre caído de las nubes, y apenas podía creerme verdaderamente lo que estaba viendo. Algunas veces me imaginaba para mis adentros que tal vez estaba muerto, o al menos con el espíritu enajenado, y cuando me convencía con buenas razones de que efectivamente estaba vivo y de que gozaba de buen sentido, no podía llegar a persuadirme de que me encontraba en la misma Tierra, ni junto a hombres de la misma naturaleza que los europeos. Me encontré completamente curado al cabo de quince días, aprendiendo en cinco meses su lengua, lo suficiente como para entenderlos y explicarme. He aquí pues los límites de la tierra Austral, tal como los pude concebir tras los muchos informes que me dieron, y que me ayudaron también a describirla, siguiendo los meridianos de Ptolomeo.

Comienza esta tierra en el meridiano 340, hacia el 62 de latitud austral, y avanza hacia la línea ecuatorial en 40 meridianos, hasta el grado 40. Toda esta tierra se denomina Huff. La tierra que continúa en esta latitud alrededor de 15 grados, se la conoce como Hub. Pasado el meridiano 15, el mar va ganando terreno y va poco a poco inundándolo todo en 25 meridianos, hasta el grado 51, y toda esta costa occidental se conoce como Hump. El mar forma allí un gran golfo, llamado Slab. La tierra se extiende después hacia el ecuador en cuatro meridianos, avanzando hasta 42 grados y medio; esta costa oriental es llamada Hued. Continúa la tierra en esta elevación, alrededor de 36 meridianos, y es llamada Huod. Tras esta gran extensión, el mar vuelve a ganar terreno y avanza hasta el grado 49 en tres meridianos; tras formar una especie de semicírculo durante cinco meridianos, vuelve la tierra hasta alcanzar una treintena de grados, abarcando seis meridianos. La costa que está a Occidente se llama Hug; la cuenca del golfo Pug, y la otra costa Pur. Continúa la tierra cerca de 34 meridianos con casi la misma elevación: se trata del país de Sub. Tras esto, la mar se agranda, hasta parecer más poderosa que lo común, ganando por entero la tierra, que va cediendo poco a poco hasta quedar hundida hacia el Polo, en el meridiano 160. En estas costas se encuentran los países de Sug, Pulg y Mulg. A 54 grados de altitud nos encontramos con la desembocadura del río Sulm, que forma un golfo muy considerable. Es en los bordes de este río donde se asienta un pueblo parecido a los europeos y que vive sometido a la obediencia de varios reyes.

Esto es lo que he podido saber de cierto sobre las costas de la tierra Austral que miran al ecuador. En cuanto a los límites cercanos al Polo, se trata de unas montañas prodigiosas, mucho más altas e inaccesibles que los Pirineos que separan Francia de España. Se las conoce como Iuads, comienzan hacia el grado 50, y avanzan poco a poco durante 65 meridianos, hasta el grado 60; después remontan hasta el 48 y vuelven a continuación hasta el 55; tras ello, avanzan hasta el 43 y terminan en el mar.

A los pies de estas montañas se encuentran los siguientes territorios: en primer lugar, el Hurf, que se extiende desde las montañas hasta el Huff; lo sigue el Curd, después el Gurf, el Durf, el Iurf, y el Sur, que termina en el mar. A mitad del país, entre las montañas y las costas australes, se encuentran el Hum, el Sum, el Burd, el Purd, el Rurf, el Furf, el Iurf y el Pulg, que llega hasta el mar. Suman todos ellos un total de 27 territorios muy extensos, que alcanzan alrededor de tres mil leguas de largo y entre cuatrocientas y quinientas de ancho.

El valle que está allende las montañas se extiende entre los veinte grados de altitud y sólo unos diez grados de longitud. Está dividido por dos ríos muy amplios en sus desembocaduras, discurriendo uno hacia occidente, el llamado Sulms, y el otro, de nombre Sulm, hacia oriente. La extensión de esta zona es de ochocientas leguas, y su anchura de hasta seiscientas en algunos parajes, siéndolo de trescientas en su mayor parte. Toda esta vasta tierra se llama Fund, y está sometida a doce o trece Soberanos, que se hacen con frecuencia crueles guerras entre sí, y que no buscan sino los medios de establecerse en los territorios Australes.

Lo que asombra sobremanera es que en todo el país Austral no hay ninguna montaña: he sabido de buena fuente que los australianos se han encargado de allanarlo por entero. A este milagro del artificio o de la naturaleza, hemos de añadir la uniformidad admirable de sus lenguas, costumbres, construcciones, y de la cultura de las tierras que se encuentran en este gran país. Basta con conocer un asentamiento para juzgar de todos los demás. Lo cual proviene del natural de todos sus individuos, que nacen ya con esa inclinación, que consiste en no querer en absoluto más que los otros, de donde se sigue que, si alguno quisiera cualquier cosa distinta de lo que poseen en común, le sería imposible valerse de ella.

Se cuentan sesenta mil asentamientos en la prodigiosa extensión de este país. Cada asentamiento cuenta con seis barrios, aparte del Hab y los cuatro Hebs. En cada barrio hay veinticinco casas, cada una de ellas con cuatro departamentos, uno para cada cuatro personas. Hay por lo tanto cuatrocientas casas en cada asentamiento, que contienen cada uno seis mil cuatrocientas personas, multiplicadas las cuales por quince mil asentamientos, nos dará la cantidad de habitantes de la Tierra Austral: alrededor de ciento sesenta y seis millones, sin contar con los jóvenes y maestros que están en los Hebs, que cuentan cada uno de ellos con un total de unas ochocientas personas. Así que, si calculamos los sesenta mil Hebs que encontramos en otros tantos quince mil asentamientos, daremos con cuarenta y ocho millones, entre los jóvenes y los maestros que están a cargo de su enseñanza.

La gran casa del asentamiento que llaman Hab, es decir, Casa de Formación, está por entero construida de piedras diáfanas y transparentes, que podríamos comparar con nuestro más fino cristal de roca, pero añadiéndole unas formas naturales incomparables, de color azul, rojo, verde y amarillo dorado, que se mezclan figurando tanto seres humanos como paisajes; algunas veces soles y otras diversas representaciones, con una apariencia de vida que resultaría imposible describir. Los cimientos están construidos sin más adorno que la talla muy pulida de esta piedra, con bancos a todo su alrededor, junto a seis grandes mesas de un rojo que supera nuestra púrpura.

Cada Hab cuenta con cuatro entradas muy amplias, que corresponden a las cuatro grandes avenidas sobre las que está situado. Todo su exterior tiene forma de graderío, construido con un ingenio superior al que aparenta a primera vista. Se puede subir hasta su cima por unas mil gradas, ganadas las cuales nos hallamos sobre una especie de plataforma capaz de contener fácilmente hasta cuarenta personas. El pavimento de esta soberbia casa no es muy diferente de nuestro jaspe, sólo que con colores mucho más vivos, con vetas de color azul muy rico y un amarillo que supera el brillo del oro. Nadie tiene en ella su residencia habitual, pero cada asentamiento, por turno, tiene que ocuparse de componer todos los días su mesa para doce personas, para que los que van de paso encuentren allí sustento sin ningún problema. Está situada en medio del asentamiento, y tiene alrededor de cien pasos de diámetro y trescientos trece pasos de circunferencia.

La casa de los cuatro asentamientos a la que llaman Heb, es decir, Casa de Educación, está por entero construida del mismo material que el pavimento del Hab, salvo la parte de arriba, que es de piedras transparentes, para así iluminarla dejando que penetre la luz del día. La solería tiene alguna semejanza con nuestro mármol blanco, pero mezclado con muchos trazos de un rojo y un verde preciosos. Esta bella construcción está dividida en cuatro partes, mediante dos muros cruzados que tienen alrededor de cuatro diámetros y medio. Está situada en el cruce de los cuatro asentamientos. Tiene cincuenta pasos de diámetro y alrededor de ciento cincuenta y tres pasos de circunferencia, siendo el paso de cinco pies y medio y conteniendo trece pulgadas reales el pie. Cada una de sus partes se destina a los jóvenes del asentamiento al que mira su fachada. Allí se educan con esmero al menos doscientos jóvenes, y también se instalan en la Casa las madres junto a sus pequeños, desde su concepción hasta que sus retoños tienen unos dos años. El conjunto de jóvenes se divide en cinco niveles. El primero posee seis maestros que se ocupan del perfeccionamiento de los príncipes. El segundo consta de aquéllos a los que se les explican los razonamientos comunes de las cosas naturales, y cuenta con cuatro maestros. El tercero, de aquéllos a los que se les permite razonar, y tiene dos maestros. El cuarto, de los que pueden discutir, con un maestro. El quinto, de los que esperan llegar a ser tenientes, es decir, ocupar el lugar de un hermano que haya abandonado este mundo, tal como habré de explicar.

La alimentación de toda esta población se saca de los particulares de cada asentamiento, los cuales, cuando acuden a la conferencia de la mañana, aportan regularmente todo lo necesario para el sustento de esta numerosa familia.

Las casas comunes que ellos llaman Hiebs, es decir, ‘residencias de hombres’, se cuentan en veinticinco para cada asentamiento, cada una de otros tantos pasos de diámetro y alrededor de seiscientos pasos de circunferencia. Están divididas como los Hebs por dos muros maestros que forman cuatro separaciones, componiendo cada una de ellas un departamento. Están todas construidas del mismo mármol blanco de la solería de los Hebs, salvo los huecos de las ventanas que son del mismo cristal de los Habs para que entre la luz del día. Cada departamento está habitado por cuatro personas, a las que llaman cle, que podríamos traducir en nuestra lengua como ‘hermanos’. No se encuentran en estas construcciones más que cuatro lechos que sirven para su descanso, y siete u ocho tipos de asientos.

Las estancias que ellos llaman huids tienen alrededor de trescientos pasos de circunferencia y setenta y cinco de diámetro. Su figura es un cuadrado perfecto y doce grandes corredores rodean cada uno de los departamentos, con una plaza cuadrada en medio, de seis pasos de diámetro. Los tres primeros pisos, los más grandes, se ven adornados por árboles cada cinco pasos, que dan unos frutos que ellos estiman menos finos. Son grandes como nuestras calabazas de Portugal, de unas siete u ocho pulgadas de diámetro. Su pulpa es roja como la de los pomelos, y de un sabor que supera a nuestros más delicados manjares, mezclado de un jugo de naranja de lo más puro y desprovisto de acidez. Un solo fruto puede saciar a cuatro hombres, aunque se tratase de grandes comilones. Los otros cinco pisos están plantados con arbolillos con unas pequeñas bolsas de un hermoso color amarillo, llenas de un jugo muy sustancioso y refrescante, relajante y delicioso. El contenido de una bolsa basta para calmar la sed, y lo común es consumir tres de ellas en cada comida.

Los cuatro últimos pisos están llenos de arbustos con un fruto del tamaño de las manzanas reinetas, de un color más brillante que la púrpura, con un olor exquisito y un sabor que no se puede ni comparar con los mejores frutos de Europa. Tienen la propiedad de producir sueño a medida que se los va comiendo, y por ello es costumbre comerlos a la caída de la tarde, y uno solo invita a dormir tres horas.

Cada avenida está cruzada por unos surcos de mediana profundidad, en los que mantienen unas raíces que producen tres tipos de frutos, uno de ellos no muy diferente de nuestros melones. Los otros son del tamaño de las peras, pero de un color azul maravilloso; y los terceros se asemejan a los cardillos de España. Pero su color y su sabor son completamente diferentes.

Hasta aquí todo lo que es común en la alimentación de los hombres en este vasto país. No tienen ni hornos ni marmitas para cocer la comida: no saben qué es una cocina ni qué significa cocinar. Sus frutos les proporcionan tan grande satisfacción, que dan contento a su paladar sin tener que perjudicar ni dañar su estómago en forma alguna, y les proporcionan todo el vigor sin provocarles pesadez ni una mala digestión. Esto se debe a que están perfectamente maduros, sin faltarles en cambio nada de frescura. En todo el cuadrado central no se ve más que un árbol más alto que los demás, con un fruto del tamaño de nuestras aceitunas, pero de color rojizo; lo llaman Balf, o ‘árbol de la beatitud’. Con sólo comer cuatro de estos frutos se alcanza una enorme alegría, y si se comen seis puede uno dormir durante veinticuatro horas; pero si alguien se excede, puede caer en un sueño sin despertar; y este sueño se ve precedido por tanto contento y tanto gozo, que, al ver a quien lo come, lejos de pensarse que va a morir, se diría que va a disfrutar la mayor felicidad del mundo. Rara vez cantan en toda su vida, y nunca bailan: pero este fruto les hace cantar y brincar hasta la tumba. No he de omitir que todos estos árboles están siempre repletos de frutos maduros y en maduración, de flores y brotes nuevos. Tenemos algo comparable en nuestros naranjos, pero con la diferencia de que el rigor de nuestros inviernos y los ardores del estío los estropean con frecuencia, mientras que en este país no se nota prácticamente esa mudanza.

Por lo que llevo dicho, es fácil imaginarse que este gran país es llano, sin bosques ni marismas, sin desiertos, y habitado en todas partes de manera homogénea. Resulta fácil darse cuenta que pierde altura hacia el ecuador, y que se eleva imperceptiblemente hacia el Polo; pero esta elevación, en una extensión de cuatrocientas o quinientas leguas, no llega a más de trescientas leguas.

Un gran caudal de agua fluye de los montes Iuads, y los australianos han sabido encauzarlo con tanta perfección que rodea todos los barrios, asentamientos y viviendas, haciendo fluir sus aguas donde y cuando quieren, lo cual contribuye en mucho a la fertilidad de la tierra.

La poca pendiente antes descrita de esta tierra Austral, no sólo se observa en el continente, sino también en el mar, que tiene muy poco calado en un espacio de más de tres leguas, de forma que apenas si puede fondear un barco, ya que no alcanza más de un pie de profundidad. Se sigue de ello que, con la excepción de algunos canales de sobra conocidos por las gentes del país, es imposible acercarse a sus costas por el mar. Esta misma suave inclinación hace que esta tierra prodigiosa esté expuesta continuamente al sol, recibiendo su influencia con tanta generosidad que resulta por entero casi igual de fértil. Se diría fácilmente que sus montañas, que se alzan hacia el Polo, han sido erguidas por la naturaleza para resguardarla de sus rigores y para otorgarles el agua necesaria y útil en abundancia. Además, estas grandes avenidas de agua sirven para contener los rayos de sol y reflejarlos por todos los extremos del país, algo de lo que se ven privados los países septentrionales, de forma que no sufren ni demasiado frío en invierno ni demasiado calor en verano; digamos más bien que no tienen en estas tierras ni invierno ni verano.

No dudo de que esta afirmación ha de sorprender a los geógrafos, que han dividido la tierra por la línea que llaman equinoccial, atribuyendo tanto el frío como el calor a ambos lados, basándose en el principio de que el frío se debe al alejamiento del sol y el verano a su proximidad. Hay, sin embargo, quienes han corregido este error, y que, sin conocer la tierra Austral, han observado esta otra proposición: Guinea, Abisinia y las Molucas recibirían siempre y necesariamente mucho más calor que Portugal e Italia, por no estar el sol tan alejado. Lo cual se contradice con la experiencia obtenida por todos los que han viajado y permanecido en estas zonas, quienes aseguran que el tiempo de los calores coincide exactamente con la canícula, y que los fríos son más frecuentes bajo los signos de Acuario y de Piscis que en el de Capricornio, aunque el sol se encuentre más alejado en esta época. Es pues seguro que el verano tiene lugar al mismo tiempo en toda la Tierra, y que el invierno es igualmente universal, aunque con grandes diferencias según la distintas situaciones de cada país. La cercanía del Sol contribuye tan poco que, si observamos con precaución, nos veremos obligados a concluir que, en el mismo momento en que se halla más próximo, se comprueba que hace menos calor que cuando está alejado. Sabemos que en Europa los calores de Mayo y de Junio no se asemejan a los de Julio y Agosto: los ardores de estos dos últimos meses lo prueban sin ningún tipo de discusión. Ha helado muchas veces en Junio, cuando el Sol está en su máxima elevación, y nos hemos abrasado en Julio, cuando se retira. Es preciso por tanto otra cosa que su presencia para que nos caliente. Ocurre a menudo que, aun faltando el Sol, durante la noche, hace más calor que cuando está presente. Cuando el Sol nos abrasa, es a causa de lo que lo acompaña, y lo mismo ocurre cuando hiela.

De estos principios evidentes podemos concluir cuál es la situación de esta Tierra Austral. Mientras el Sol se aproxima a Europa, las ardientes estrellas que lo acompañan hacen que produzca un excesivo calor; como es éste el tiempo en que se aleja de la Tierra Austral, su alejamiento disminuye su exceso, calentando sólo de forma moderada. Cuando se retira de Europa, se separa de sus ardientes compañeras, de lo que se sigue un riguroso invierno. Pero como es entonces cuando se aproxima a la Tierra Austral, su cercanía impide los rigores del frío; pero su alejamiento de los signos ardientes hace que el calor sea muy moderado. En verano, el Sol está demasiado lejos como para abrasarla, mientras que en invierno está lo suficientemente cerca como para calentar lo bastante la tierra y hacer madurar sus frutos. Esta disposición causa una especie de estío perpetuo en este rico país, haciendo que todo fructifique de continuo, si bien es verdad que se nota un aire más seco durante los meses de Julio y Agosto, y más fresco en Enero y Febrero, con una maduración más lenta.

No se sabe por estos pagos lo que es la lluvia del cielo, al igual que ocurre en África: nunca hay tormentas, y sólo raramente se ven algunas nubes ligeras. No se ven moscas ni orugas, ni ningún tipo de insectos, y no saben qué son las arañas ni las serpientes, ni ningún otro tipo de animales venenosos. En una palabra, es un país de bendición, que contiene todas las maravillas y delicadezas imaginables, careciendo en cambio de todas las molestias que nos rodean a nosotros los europeos.

Capítulo V. De la complexión de los australianos y de sus costumbres.

Todos los australianos poseen ambos sexos, ocurriendo que, si alguno nace con uno solo, lo ahogan como a un monstruo. Sus cuerpos son fuertes, bien dispuestos y muy activos, de un color que tira más al rojo que al bermellón; de una altura por lo común de unos ocho pies; con un rostro medianamente alargado, con grandes ojos y una boca pequeña bordeada por labios más rojos que el coral. La barba y la cabellera siempre negras, y nunca se las cortan, ya que les crece muy poco. Tienen el mentón hundido y redondeado, un cuello delgado y las espaldas grandes y altas; los pezones redondos y llamativos, esta vez de un color más cercano al bermellón que al rojo. Sus brazos son nervudos y sus manos grandes y largas, con seis dedos. El pecho muy alto y un vientre plano que no se nota que aumente apenas durante su embarazo. Las caderas altas y los muslos largos, así como las piernas, con seis dedos en los pies. En algunos lugares se los encuentra que tienen una especie de brazo en la cadera, estrecho, pero de la misma longitud que los otros, que extienden a voluntad y con el que aprietan con más fuerza que los normales.

La desnudez de todo el cuerpo es para ellos del todo natural, hasta el punto de que no toleran que alguien hable de cubrírselo sin considerarlo enemigo de la naturaleza y contrario a la razón.

Están obligados a entregar al menos un hijo al Heb, pero lo producen de una manera tan secreta, que es para ellos un crimen hablar de la copulación de unos con otros para tales efectos, y no conseguí jamás averiguar cómo se realizaba la generación. Se quieren entre sí con un amor cordial, y este amor es igual para todos. Puedo asegurar que, durante los treinta años que permanecí junto a ellos, no observé ni una disputa ni altercado alguno. No saben lo que significa lo mío ni lo tuyo: todo es común entre ellos, con una confianza más completa y perfecta de la que podrían alcanzar nunca un hombre y su mujer en Europa. Siempre me sentí lo bastante libre como para expresar mis opiniones, pero me excedí a la hora de manifestar mi asombro a algunos de los hermanos, ya que tenía que proveerme de buenos argumentos cuando lo hacía manifiesto. Me referí a su desnudez en términos de rechazo, quise acariciar a un hermano para excitar en él lo que llamamos placer, pregunté con cierta insistencia dónde estaban los padres de los niños que venían al mundo… y me atreví en fin a decir que no me gustaba el silencio que reinaba sobre ello. Estos discursos y otros parecidos no tardaron en producir horror a los australianos, y muchos llegaron a la conclusión de que yo era un semi-hombre, diciendo en voz alta que tenían que deshacerse de mí. Y así habría ocurrido si no llega a ser por la protección y los buenos consejos de un venerable anciano llamado Suain, maestro del tercer nivel del Heb. Sólo porque había sido testigo ocular del combate que he descrito antes, me sentí honrado por él en muchas ocasiones, cuando se encargó de defender mi causa ante los reunidos del Hab. Dado que vio que yo continuaba con mis discursos que escandalizaban a los hermanos, me llevó un día aparte y me dijo en un tono muy grave: «No cabe duda de que eres un monstruo. Tu espíritu maligno y tus malas palabras te han descubierto, haciendo que los nuestros te detesten. Nunca hemos visto a un maquinador de crímenes como tú. Hace tiempo que piensan en deshacerse de ti, y si no es por la hazaña que realizaste ante nosotros, habrías sido destruido poco tiempo después de tu llegada. Dime si puedes, con franqueza, quién eres y cómo has llegado hasta aquí.» El espanto que estas palabras me causaron, unido a la obligación que sentía hacia él, hizo que le hablara con toda sinceridad acerca de mi país y de las aventuras que me habían llevado a esos parajes.

El anciano dio pruebas de sentirse compadecido de mí, y me aseguró que, siempre que me contuviera en mis discursos y en mis actos, olvidarían lo pasado. Añadió que iba a vivir todavía dos años para protegerme y que, como su teniente era joven, éste me acogería en su lugar. «Sé bien – dijo – que al haber llegado a un país en el que ves tantas cosas contrarias a las que se practican en el tuyo, tienes razones para sentirte asombrado y sorprendido. Pero, dado que es una costumbre inviolable entre nosotros el no admitir a un semi-hombre, y que los reconocemos tanto por el sexo como por sus actos, aunque tus dos sexos te salven, tu forma de actuar te condena, y es preciso que la corrijas para salvar tu vida. No es más que una condición la que te propongo para tu consuelo y para que puedas sentirte protegido y sin temor: que acudas a mí a consultarme tus dudas con toda libertad; yo te daré toda la satisfacción que puedas desear, siempre que seas discreto y que no provoques más a los hermanos hasta el punto de que se decidan a destruirte.» Yo le prometí una inviolable fidelidad, me entregué por completo a él, y le aseguré que me mantendría en guardia para no enfrentarme más a nadie. Él aceptó todas mis propuestas y dijo que sería para mí como una madre, durante todo el tiempo que pudiese tenerme a su cargo. «Para empezar con confianza nuestras conversaciones – continuó – has de saber que, tras observar tu combate, ni siquiera yo mismo pude persuadirme de que fueras un semi-hombre: primero, porque entendí que tenías un corazón fuerte; en segundo lugar, te vi sin las prendas con las que te cubres, y comprobé también que tenías las marcas de un hombre completo. Observé que tenías una frente amplia y un rostro como los nuestros. Por último, porque me di cuenta después de que razonas sobre muchas cosas. Has conseguido salvarte gracias a todos estos motivos, a pesar de haberte manifestado como alguien malicioso. Explícame: primero, cómo se vive en tu país; segundo, si todos sus hombres tienen el cuerpo y el espíritu como tú; en tercer lugar, si las cosas superfluas que hemos observado en muchos de los semi-hombres que han llegado accidentalmente a estos parajes han sido prohibidas; cuarto, si la avaricia y la ambición que hemos comprobado entre ellos se han suprimido; en fin, y por último, explícame las maneras de comportarse de los tuyos, sin ningún tapujo. Es parte de la fidelidad que te he exigido y que tú has prometido otorgarme.»

Persuadido yo del estado a que me veía reducido, y de que disimular significaba exponerme a la pérdida del amparo de este anciano y de mi propia vida, pensé que me veía obligado a responderle abiertamente, sin darle ocasión para desconfiar en ningún momento. Le describí mi país al detalle, siguiendo las reglas de la Geografía: le hice comprender el gran continente en el que vivíamos, que recibe los nombres de Europa, Asia y África. Me extendí mucho sobre las distintas especies de animales de todo tipo que pueblan nuestras tierras. Y lo que más admiraba este buen hombre era todo aquello que nosotros más despreciamos, como las moscas, los piojos o las pulgas, no pudiendo entender cómo unos seres tan pequeños disfrutaran de la vida y del movimiento espontáneo. Le detallé los diversos alimentos de los que nos servíamos, y concluyó con razonamientos algo que nuestros médicos no ignoran: que no era posible que viviéramos mucho tiempo, ya que, al no verse obligado el estómago a seguir ninguna regla ni ningún hábito en la digestión, ocurre que la sangre queda forzosamente sin sujeción alguna, no pudiendo vivir un animal de tal modo, si no es con muchas alteraciones y muchas enfermedades que acaban por conducirlo a la muerte tras padecer muchos males. Yo estuve de acuerdo, y le aseguré que una persona septentrional raramente alcanzaba la edad de ochenta años. Pero que la naturaleza parecía precaverse con la abundancia de generaciones, tal que uno solo podía producir a menudo hasta diez o doce hijos. Pasó ligeramente de este tema, impaciente como estaba por oírme hablar de otros asuntos. Le reconocí que los dos sexos en un solo individuo era algo tan raro en nuestras tierras que pasaba por monstruoso. Mediante razonamientos, lo convencí de que había mucha gente cultivada y que se ofrecían lecciones públicas sobre muchos temas. Me interrumpió diciéndome: «Avanzas demasiado en muy poco tiempo: ten cuidado y no vayas a tener que detenerte por caer en contradicciones. Nunca podrás acordar la razón con la exclusión de los dos sexos; y eso que añades sobre que muchos de los vuestros son capaces de razonar, y que se dan lecciones de raciocinio en muchos lugares, prueba precisamente que el razonamiento está excluido entre vosotros. El primer fruto del razonamiento es conocerse a sí mismo, y este conocimiento conlleva necesariamente dos cosas: la primera, que para hacer a un hombre es necesario que éste sea entero; la otra, que él mismo razone o pueda hacerlo libremente y cuando le plazca. Faltáis a lo primero, ya que vuestros hombres son todos incompletos; y a lo segundo porque tenéis pocas personas que sean capaces de razonar. Puedes discutirme estas respuestas.» Yo le contesté que era un principio racional llamar una cosa perfecta si posee todo lo requerido para su existencia, y que pretender añadirle todo lo imaginable era producir un efecto monstruoso. Por ejemplo, no se puede decir que un hombre carezca de perfección porque no esté solo. De otro modo, se originaría una confusión en la naturaleza y no habría nada perfecto. Hay pues que conocer lo que se requiere para establecer la perfección de un hombre, y una vez de acuerdo, podremos juzgar sin género de duda quiénes son defectuosos y quiénes perfectos.

«Dices maravillas, – replicó – pues debes de saber seguramente que el hombre contiene dos cosas que lo caracterizan: un cuerpo más perfecto que el de los animales y un espíritu más alumbrado. La perfección del cuerpo nos aclara sobre todo lo que este cuerpo puede y debe contener sin caer en la deformidad; y la del espíritu abarca sus conocimientos de todo lo que puede ser efectivamente conocido, o al menos una cierta capacidad de razonar para encaminarse a conocerlo. Ahora bien, me otorgarás que es más perfecto el que posee todo lo que se requiere para considerar un cuerpo perfecto, que quien tiene que compartirlo con otro. Para que un hombre sea completo, necesita los dos sexos: ¿por qué quieres dos hombres para representarme uno solo? ¿No tenemos derecho a decir que es imperfecto aquél que no pueda mostrar más que la mitad?»

Yo le contesté que, en lo relativo a su cuerpo, debíamos considerar al hombre como a las otras especies animales y, ya que un animal no deja de pertenecer a su especie por no tener más que un sexo, del mismo modo, tampoco se puede decir razonablemente que el hombre sea imperfecto por no poseer los dos sexos. Al contrario: la mezcla de los dos sexos en una misma persona debería más bien pasar por defectuosa y monstruosa, antes que por un grado de perfección.

«Tu razonamiento – respondió – supone lo que nosotros pensamos de vosotros, es decir, que sois bestias; y si no se os puede llamar razonablemente tales sin algunos límites, ya que tenéis muchas señas de humanidad, puesto que os encontráis entre la bestia y el hombre, lo más que se os puede acordar, para no faltar a la verdad, es llamaros semi-hombres. Es un error eso que dices de que compartimos con las bestias el tener un cuerpo; y distinguir el espíritu del hombre de su cuerpo, como se separa una pieza de otra, es un error aún más burdo. La unión de estas dos partes es tal que la una está absorbida en la otra, y todas las operaciones imaginables no conseguirán separar una parte del hombre que no sea humana y que no lo distinga de la bestia; es decir, que  pueda pertenecer lo mismo al hombre que a la bestia. En consecuencia, hay que afirmar que el hombre se distingue de la bestia en todo lo que es propio de él, y que no hay nada privativo de él que le convenga a la bestia.» Vio que yo tenía muchos deseos de conversar, ya que dio pruebas de satisfacerme. «¿Podemos negar – dije yo – que el hombre tiene en común con la bestia la carne, los huesos y los sentidos? ¿No decimos acaso de ambos que tienen carne, que ven, que oyen? ¿No se comprueba por tanto que son capaces de reflexión?» «Sí, – respondió – se puede negar formalmente, y el hombre no posee nada de humano que pueda convenir a las bestias. Todas esas concepciones quiméricas de que tratas no son más que debilidades de tu razonamiento, que junta lo que no puede unirse, y que distingue a la vez lo que no puede separarse. Por ejemplo, cuando se dice que la carne en general es común a las bestias y al hombre, entendemos que la misma palabra ‘carne’ puede aplicarse a ambos, debido a una analogía que les es común. Pero sólo un cerebro débil puede concebir que la carne de uno sea la misma que la del otro, lo cual es una contradicción manifiesta, pues es imposible que una y otra cosa sean lo mismo, cualquiera que sea el sentido en que se la tome. Debemos, pues, acordar que la bestia es bestia, y que tiene semejanza con otra bestia en que en ambos casos poseen sexos separados, y en que los dos sexos tienen que unirse para producir a un semejante. En la práctica, a partir de esta división no se puede conseguir una unión tan perfecta como para que alcance a producir una identidad: es por ello tal vez por lo que su producto no puede lograrse si no es con muchos defectos, y la naturaleza, que los necesita a los dos para producirlo, los obliga a buscarse, haciendo que cada uno se encuentre apesadumbrado todo el tiempo en que el otro está ausente. Nosotros en cambio somos hombres completos, y ninguno de nosotros deja de manifestar todas las partes de su naturaleza con todas sus perfecciones. Esto hace que vivamos sin todos esos ardores animales de los unos por los otros, algo de lo que no podemos ni siquiera oír hablar. También gracias a esto podemos vivir solos, sin necesitar ninguna otra cosa. Y en fin, esto hace que nos demos por satisfechos, sin que nuestro amor tenga nada de carnal.»

No podía yo escuchar las palabras de este hombre sin pararme a pensar en lo que nuestra Teología nos enseña sobre la producción de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así como de todos los efectos que se siguen de la Divinidad. Repasaba continuamente ese gran principio de nuestra Filosofía: que un ser es tanto más perfecto cuanta menos necesidad tiene de actuar. Que una criatura puede alcanzar a imitar a su Creador en la medida en que puede actuar ella sola para producir algo. Que la concurrencia de dos para actuar y hacer la misma cosa no se da si no es a cambio de grandes defectos, dado que, al necesitarse que dos acciones se unan para el mismo efecto, apenas si pueden conjuntarse de manera perfecta. Y por seguirse una de la otra, o imponerse con mayor fuerza, se precisa un combate, un enfrentamiento, así como un lazo de unión para alcanzarse; lo cual es causa de las muchas debilidades de lo que se produce. Él se dio cuenta, por la suspensión de mi espíritu, de que empezaban a satisfacerme sus razonamientos. Y es por ello por lo que, cambiando sus pruebas, o más bien dejándolas de lado, me preguntó: «Suponiendo la concurrencia de dos en la producción de un hijo, ¿a cuál de ellos pertenecería por derecho?» Le contesté que correspondía a los dos a la vez, de forma indivisa, alegando el ejemplo de muchos animales, que nos dan a conocer, por sus cuidados recíprocos, que sus frutos les pertenecen indivisiblemente. Pero rechazó, no sin indignación, el ejemplo de los animales, y no quiso que volviera a emplearlo, a no ser que yo desease detener la disputa; ya que con ello confirmaba lo que él mismo quería demostrar: que nuestros procedimientos tenían más de animal que de humano, siendo por esto justo que nos considerasen semi-hombres. Añadió que ese nuevo individuo tendría que pasar por grandes dificultades, porque las voluntades de dos no podían ordenarse hasta el punto de que una no quisiera una cosa y la otra una distinta, de todo lo cual surgían muchas disputas. Yo le contesté que había gran parte de subordinación en este tipo de posesión, y que la madre y el hijo estaban sometidos al padre. Pero, ya que la palabra ‘padre’ es desconocida para los australianos, y que yo mismo tuve que fabricarla de alguna forma para explicarme, me la hizo repetir hasta tres veces, por temor a equivocarse, y me explicó lo que había entendido por ella. Tras lo cual se confirmó por entero en la opinión común de todos los Australianos: que no podíamos ser hombres. «¡Vaya! ¿Dónde está el entendimiento?, ¿dónde la razón? ¿Dónde está el hombre, el hombre?», me repitió hasta tres veces. Le dije que las leyes del país así lo contemplaban, y que no era sin fundamento: ya que debía anteponerse la causa primera, y que de esta forma debía de considerarse al padre, por tratarse del primer principio de la generación.

«Hablemos ordenadamente sobre este tema», me dijo. «Has convenido en que actúan juntos para engendrar. Me has dado a entender que la acción se realiza en la madre. ¿De dónde puedes sacar que el padre actúa antes que la madre? Si actúan juntos, ¿dónde está el primero? Si hay alguna primacía, ¿con qué fundamento se le atribuye al padre? Si todo se efectúa en la madre, ¿por qué se la excluye de ser la primera? ¿No sería más razonable que se considerase al pretendido padre como una condición extraña, en tanto que la madre, que es en la que todo se realiza, y sin la cual todo sería imposible, se considerarse como la verdadera causa? Pero dime, por favor, ¿tan sujeta está esta madre a ese padre como para que no pueda unirse a cualquier otro?» Yo le objeté cándidamente que no había que dudar de ello, y que era algo por lo que muchos tenían que pasar, no teniendo para ello más libertad que la que la madre quisiera acordarles. «Otra razón más del extremo absurdo en el que caéis»  ̶  replicó él. «¿Con qué certeza se puede sostener el fundamento de este supuesto primer principio en el que queréis confiar? Es necesario remitirse al segundo, así que éste se convierte en el primero, y no podríamos negarle esta categoría sin cometer mucha injusticia.»

Podéis imaginaros lo sorprendido que me sentía ante el discurso de este anciano. Aunque no podía aceptar sus razones, que subvertían todas nuestras leyes, no podía dejar de hacerme miles de reflexiones, llegando a pensar que se trataba con excesiva severidad a ese sexo al que toda la naturaleza tanto le debe. Mi pensamiento me colmaba ahora de razones en apoyo del anciano filósofo, viéndome forzado a creer que ese gran imperio que el macho tenía sobre la hembra consistía más bien en una especie de tiranía, y no en una conducta justa.

Una vez desmontada la primera parte de mi planteamiento, pasamos a la segunda, la que se refería a la capacidad de razonar de los hombres septentrionales. Pero él daba por sentado que, por haberme llevado al extremo de la primera, nosotros no podíamos considerarnos seres humanos. «Lo que me había hecho dudar de lo que podrías ser ya se ha aclarado.»  ̶  me dijo. «Sin embargo, ya que no se puede negar que posees en apariencia algo de extraordinario, es preciso que sepa de dónde puede provenir eso, bien nos refiramos a tu valentía, a tus razonamientos, o a tu propio nacimiento.» Yo le aseguré que lo que había visto en mis recientes acciones era mucho más el efecto de la desesperación que de una valentía habitual. Que no tenemos que luchar con pájaros en nuestras tierras, y que los combates son entre iguales, con esfuerzos, destrezas y carnicerías muy crueles. «Exactamente como ocurre con los Fondinos», añadió. Y como estuve de acuerdo, continuó: «Ya hace bastante tiempo que te encuentras entre nosotros como para que nos conozcas y estés convencido de nuestra conducta. Esa palabra, ‘hombre’, que trae consigo necesariamente la razón y la humanidad, nos obliga a tal unión que resulta imposible la división y la discordia entre nosotros. Es necesario que te convenzas de que no somos más que hombres, o bien de que vosotros sois menos que hombres, dado que estáis tan lejos de nuestras perfecciones.» Dije que no me podía negar que la diversidad de los territorios contribuyeran en mucho a las diferentes inclinaciones de sus habitantes, de lo cual resultaba que unos fueran menos biliosos y los otros más activos, los unos más pesados y los otros más ligeros; siendo ésta la causa principal de las divisiones, discordias, guerras, y de todos los males que se siguen de ello. Pero él rechazó con fuerza esta afirmación, al sostener que el hombre seguía siendo hombre, era siempre hombre, es decir, humano, razonable, bondadoso, desapasionado, porque en todo esto consiste la naturaleza del hombre. «Al igual que el Sol no puede ser Sol si no ilumina, o que el agua no puede serlo si no es húmeda, del mismo modo el hombre no puede ser hombre si no difiere de las bestias en lo que éstas tienen de pasiones y defectos, de los que el hombre ha de estar exento. La prueba infalible de que en caso contrario no se trata de un hombre, sino sólo de su imagen vana y engañosa, se reconoce en que se ve empujado a convertirse en pendenciero, glotón, lujurioso o defectuoso de cualquier otro modo. Ya que el ser humano consiste en la privación de todos estos defectos que son naturales en las bestias, las cuales se acercan más o menos a los hombres en la medida en que son más o menos viciosas.»

Reconozco que no podía escuchar yo este discurso sin sentirme admirado. Así hubiera leído un libro muy espiritual, o hubiese escuchado a un imponente predicador, no me habría sentido más edificado de lo que lo estaba entonces. Me acordé de ese hermoso pasaje del Eclesiastés que nos da a entender que todo en el hombre consiste en el cumplimiento de los Mandamientos de Dios[3], faltando el cual el hombre deja de serlo, para convertirse en una falsa imagen del ser humano.

Me interrogó sobre el razonamiento que yo parecía estar haciendo y le respondí que, efectivamente, yo me había cultivado con el estudio, y que no había prescindido de nada que me iluminase el espíritu. Me preguntó si estos esfuerzos eran iguales para todos. Y al saber que eran bastante desiguales, llegó fácilmente a la conclusión de que esta desigualdad era necesariamente la causa de muchas divisiones, de las que se seguían desgracias, desórdenes, conflictos y opresión, ya que el que menos sabe, viéndose por debajo de los que más saben, se considera tanto más desdichado cuanto que su nacimiento los ha hecho a todos semejantes. «En lo que se refiere a nosotros, –  añadió – hacemos profesión de ser iguales en todo: nuestra gloria consiste en parecernos en todo a nosotros mismos y en cultivarnos todos hasta el mismo grado. Siempre que buscamos diferencias entre nosotros, lo hacemos en el ejercicio común, para así encontrar alguna sutileza o algún secreto útil para la comunidad.» De aquí pasó a mi nacimiento, sobre el cual me extendí bien poco, puesto que ya le había dicho que, más que otorgarme alguna ventaja sobre los demás, era más bien el efecto de una naturaleza debilitada, antes que una virtud particular.

Entendí que se refería a las ropas con las que se cubren los europeos como a cosas del todo superfluas, y yo admití que causaba tal horror el ver a una persona sin vestido en nuestras tierras, como el que produce verla vestida entre los Australianos. Aduje por razones la costumbre, el clima del país, y el pudor. No tuvo dificultad en reconocer que la costumbre tenía tal fuerza en nuestros espíritus que se consideraba como algo obligatorio lo que se practicaba desde el nacimiento, y que no se la podía cambiar sin ejercer una violencia tan grande como para cambiarse uno a sí mismo. Añadí yo que los países europeos padecían un frío insoportable para unos cuerpos que eran mucho más delicados que los de los Australianos, llevándoles incluso a la muerte, por lo que era imposible sobrevivir sin algún tapado. Y en fin, le dije que la debilidad natural de uno y otro sexo hacía que no pudiesen ir desnudos sin provocar turbación y emociones que el pudor exigía mantener en silencio.

«Es consecuente con todo lo que acabas de decir, – me respondió – pero ¿de dónde puede provenir esta costumbre? ¿Cómo se puede conseguir que todo el mundo adopte algo que es contrario a la naturaleza? Nacemos como somos, y no se nos puede cubrir sin hacernos creer que somos indignos de ser vistos. En cuanto a darle fe al rigor del clima de que me hablas, es algo que no puedo ni debo consentir. Si el país es tan insoportable, nada impide a los que pueden razonar el abandonarlo, y hay que ser peor que una bestia para establecerse en un lugar que sólo nos procura males, sobre todo si éstos son mortales. La propia naturaleza, cuando produce un animal, le da libertad de movimiento, tanto para ir en busca de su bienestar como para huir de sus males. Cuando se obceca en permanecer en un lugar donde se ve amenazado por todos lados, o donde tiene que estar prevenido continuamente para sobrevivir, entonces no entiendo en absoluto que permanezca allí ni un segundo. En lo que se refiere a la debilidad de que me has hablado, no tengo nada que decir, ya que tú mismo reconoces con tanta sinceridad lo que yo pretendo hacerte entender a fuerza de razones. Hace falta sufrir una debilidad que os rebaja incluso frente a las mismas bestias, para que no podáis miraros unos a otros sin caer en esos ardores de los que me has hablado. Las bestias se miran entre sí, y esta visión no las altera en absoluto. ¿Cómo es posible que vosotros, que os creéis más que ellas, seáis más frágiles que las más débiles? ¿O es que acaso tenéis tan poca vista que no podéis ver a través de un agujero lo que se oculta detrás? Las bestias tienen mejores sentidos, y un frágil velo no les impide nunca fijar su mirada. Por lo que me dices, conociendo a los tuyos, parece que tienen algunas luces racionales, pero que se apagan tan pronto como aparentan encenderse. Si es cierto que su país resulta inhabitable, es evidente que sólo se ocupan de razonar para encontrar miles de lenitivos. Y si es verdad que los ropajes los pueden conservar en un estado razonable y sin ardores, son como un niño pequeño que no reconoce ya un objeto cuando está cubierto. La razón funciona de mejor manera: penetra en las profundidades y no hay obstáculo que la detenga. El razonamiento no está sujeto a las circunstancias más que cuando no puede ya evitar algo que se le impone. Cuando la naturaleza de este algo es mortal, no se dedica a investigar paliativos sino los medios de escapar. Y si está persuadido de ello como para emprender la fuga, una sombra o un velo no lo detienen: solamente lo imposible es el origen y la única causa de sus barreras. Creo que es la deformidad la causa de los ropajes en vuestra tierra, la que los ha conservado y autorizado. No hay nada más hermoso para el hombre que el propio hombre, y él mismo no es bello más que por la belleza de sus partes. Tan pronto como se las oculta, está declarando que no son dignas de ser miradas. En fin, no seré nunca capaz de entender que se pueda ocultar con justicia algo que se juzga como bello y agradable.»

Más que como a un filósofo, yo escuchaba a este hombre como a un oráculo. Todas las afirmaciones que hacía me llenaban de razonamientos que consideraba invencibles. ¡Dios mío!, me dije, ¡qué cerca están las luces de este hombre de las creencias de nuestra fe! ¡Y qué fácilmente se las puede relacionar! Hemos venido desnudos al mundo y, durante todo el tiempo en que somos inocentes, nuestra desnudez nos resulta agradable. No es más que el pecado el que nos ha hecho sentir horror por nosotros mismos; el pecado es el que, habiendo ensuciado nuestra alma ante Dios, nos ha hecho insoportables a nuestros propios ojos. Al ver a esta gente, se diría que Adán no ha pecado para ellos, y que son lo que nosotros habríamos sido sin nuestra fatal caída. Lejos de sentir pudor ni vergüenza por mostrarse desnudos, hacen de ello su principal gloria. No pueden ni siquiera concebir cómo es posible soportar el menor tapado sin reconocer alguna deformidad. La ropa equivale para ellos, referida a todo el cuerpo, a lo que hacemos nosotros para disimular alguna fealdad del rostro. Los que la padecen, ocultan esa parte con esmero, porque se sienten avergonzados de parecer deformes. Los Australianos no ocultan nada, por temor a que se considere que poseen algo sucio y bajuno que quieren esconder. Para excusar nuestra forma de proceder, alegamos el pudor y los ardores que provocan la desnudez. Pero no me cabe duda, reflexionando correctamente, de que esta razón resulta bien débil. Es algo propio de nuestra naturaleza el comportarnos con ardor ante lo que no podemos ver, a la vez que despreciar aquello de lo que disfrutaríamos libremente siguiendo nuestra naturaleza. Un hombre casado puede mirar a su mujer desnuda y acostarse con ella sin conmoverse, sólo porque la ve a menudo; mientras que cuando ve a alguna otra, sentirá una conmoción que no podrá resistir si no es violentándose a sí mismo. Es algo proverbial que aquello a lo que estamos habituados no nos emociona, mientras que aquello que no es habitual, lo sorprendente, nos excita y nos conmueve. Desde el momento en que me vi desnudo en esas tierras me sentí avergonzado, y estuve algún tiempo sin poder mirar a los otros inocentemente. Pero finalmente me acostumbré, y me volví tan indiferente que no dejé de reflexionar en ello. Ahora el solo pensamiento del ropaje me turba, y no lo podría soportar sin horrorizarme. Ya que Dios nos hizo desnudos, esto es una prueba infalible de que no nos cubriríamos si no fuera por algún defecto. Y ya que nos dio la ropa como marca de nuestra desobediencia, no la podemos usar si no es declarándonos criminales, ni disfrutar de ella si no es ensalzando la marca de nuestra servidumbre y nuestro pecado, que es su causa.

Pasamos a continuación al capítulo de la avaricia, y comprobé muy bien que no la conocía sino de nombre, ya que, al rogarle que me explicara lo que quería decir con ella, me dio a entender que se trataba de una debilidad del espíritu, consistente en acumular cosas singulares y sin provecho. Todos los Australianos poseen en abundancia cuanto precisan para su mantenimiento: no saben lo que significa acumular, ni siquiera lo que significa guardar algo para el día siguiente. De aquí que su vida pueda considerarse como una imagen verdadera de la felicidad natural, ya que, en realidad, la visión anticipada del futuro es la que nos hace desdichados.

En cuanto a la ambición, no poseían más que un concepto burdo de ella, que se detenía al considerar que pudiera haber hombres por encima de los demás. Yo le dije que, en nuestro país, estábamos convencidos de que una multitud tiene que estar ordenada si no quiere caer en tumulto. Y que este orden suponía necesariamente que existiera un primero, al que los demás estaban obligados a someterse. El anciano, sin adentrarse en las diversas formas de superioridad que existen en nuestro país, puso su empeño en explicarme una doctrina cuyo sentido he llegado a comprender, pero que no sabría explicar con la fuerza con la que él la despachó. Me hizo entender que era algo propio de la naturaleza humana el nacer libre; que no se podía someter al hombre sin hacerle renunciar a sí mismo; que al someterse a otro se convertía en algo peor que una bestia, ya que, para las bestias, por no existir más que para el servicio del hombre, la cautividad era de algún modo natural. Pero el hombre no puede nacer para ponerse al servicio de otro hombre, ya que el fin ha de ser siempre algo más noble que sus efectos. Se extendió en enunciados dignos de admiración, para hacerme entender que someter un hombre a otro hombre era como someterlo a su propia naturaleza, haciéndolo de alguna manera esclavo de sí mismo, lo que resulta una contradicción y una extrema violencia. Me explicó que la esencia del hombre consiste en su libertad, y que pretender arrebatársela sin destruirlo era como querer que subsistiera sin su esencia. Que si ocurre que se lo sujeta y esclaviza, pierde del todo el movimiento exterior de su libertad, pero en su interior no disminuye en absoluto, al igual que la piedra no pierde su gravedad aunque se la levante o se la impida caer, ya que sigue pesando y conserva todo su peso, puesto que cae nada más dejamos de violentarla. Del mismo modo, el hombre no tolera la cautividad si no es sometido a tormento. Tan pronto como cesa la fuerza, vuelve a aparecer tal cual es, y su gloria consiste en morir antes que dejarse oprimir. No es que no haga a veces lo que los otros quieren; pero no actúa porque otros se lo dicten o lo obliguen. La mera palabra de mandato le resulta odiosa. El hombre sólo hace lo que su razón le dicta: la razón es su ley, su regla, su única guía. En esto radica la diferencia entre los verdaderos hombres y los semi-hombres: en que los pensamientos y la voluntad de los primeros van siempre unidos, son lo mismo, sin diferencia. Basta con explicarles algo para que lo acepten sin oponerse. Así es como las personas razonables siguen de grado el buen camino tan pronto como se les ha señalado. Pero, dado que los semi-hombres no poseen más que indicios de conocimiento y luces muy débiles, sucede necesariamente que uno piense una cosa y el otro otra contraria, y que a uno le plazca una vía mientras que otro huya de ella, oponiéndose entre sí con repugnancia y rechazo casi continuos. La prueba de todo esto es bien clara, ya que aquél que no alcanza más que a entrever no puede evitar el peligro de engañarse, tomando una cosa por otra.

La plática había durado ya más de cuatro horas, y sólo tuvimos que interrumpirla por ser la hora de una asamblea pública, ya que en otro caso habríamos estado dispuestos a prolongarla mucho más tiempo. Entré en el Hab con la mente llena de los razonamientos que acababa de escuchar, admirándome de los conocimientos y las grandes luces de que está dotado este pueblo. La fuerza de las razones de este hombre suspendió mis sentidos, y estuve durante todo el tiempo que duró la congregación en un estado de estupor. Me parecía que se me habían desprendido muchas escamas de los ojos, y veía las cosas de una forma distinta a como las veía antes. Me sentí forzado durante más de ocho días a hacer comparaciones entre nosotros y lo que veía a mi alrededor. Me era imposible no admirar su conducta frente a nuestros errores, y me avergonzaba por sentirme forzado a reconocer por mí mismo hasta qué punto estábamos lejos de sus perfecciones. ¡Vaya!, me dije, ¿será verdad que no somos hombres más que a medias? Y cuando rechazaba este pensamiento por los principios de nuestra fe, continuaba pensando: “Sus máximas son superiores, no sólo a nuestros actos, sino incluso a toda nuestra moral natural. No se puede concebir nada más razonable ni correcto que lo que ellos ponen en práctica sin fallo alguno.” Esta unión inviolable entre todos ellos, tal que no pueden ni concebir qué significa la división; esa indiferencia ante todos los bienes, sin que entiendan siquiera cómo se los puede desear; esa pureza inquebrantable entre ellos, sin que se pueda saber cómo se hacen los niños; y en fin, ese apego tan estrecho a la razón, que los une a todos, que los conduce a todo lo que es bueno y necesario, todo ello es el fruto de personas consumadas en todo lo que podemos concebir naturalmente de perfecto. Si Dios se dignase además a iluminarlos con su gracia, este pueblo constituiría un Paraíso en la tierra.

Pero cuando empezaba a dar paso a todas nuestras imperfecciones frente a sus virtudes; cuando ponía ante mis ojos nuestras continuas disputas, nuestros enfrentamientos y espantosas matanzas entre hermanos; cuando me representaba ese afán de poseer a toda costa y arriesgándolo todo; cuando me sentía confundido por los vergonzosos desórdenes de nuestra lascivia; cuando me veía en fin obligado a reconocer que la pasión era lo que nos guiaba, mucho más que la razón… lo admito, admiraba entonces a ese pueblo, y anhelaba que el ejemplo de uno solo de esos hombres pudiera servir para confundir la vanidad de muchos que, enorgulleciéndose por creerse alumbrados por luces sobrenaturales, viven como las bestias; mientras que éstos, que se conducen solamente por su propia humanidad, acaban apareciendo como ejemplos de virtud.

Capítulo VI. Sobre la Religión de los Australianos.

No hay un tema más delicado y reservado para los Australianos que el que se refiere a la religión. Es un crimen inaudito hablar de ella, bien sea para disputar, bien para explicarla. Las madres son las encargadas de instruirlos en las primeras nociones e inspirarles el Haab, es decir, ‘lo incomprensible’. Se lo supone y se lo honra con todos los respetos imaginables, pero se enseña a la juventud a adorarlo sin hablar de él, convenciéndola de que no se puede discurrir sobre sus perfecciones sin ofenderlo. De aquí que podamos decir que su gran Religión consiste en no poder hablar de religión.

Ya que siempre he conservado un gran respeto por la religión, me sentí durante mucho tiempo inquieto por no observar ninguna ceremonia y no escuchar que se hablara en ningún momento de Dios. Compartí mis cuitas con el anciano filósofo, quien, tras escucharme, me tomó de la mano y me llevó a una avenida diciéndome en buen tono: «¿Será posible que os comportéis de modo más humano en lo que se refiere al conocimiento del Haab que en el resto de vuestros actos? Ábreme tu corazón y yo no te ocultaré nada de mis pensamientos.» Me sentí excitado al encontrar una ocasión tan propicia para aclarar mis creencias, vanagloriándome de que Dios podía haberme enviado a ese país para servirse de mí con el objetivo de iluminar a ese pueblo, que no carece de nada en el mundo salvo de su conocimiento más perfecto.

Le dije lo mejor que pude que en nuestras tierras existían dos tipos de conocimiento de Dios: uno natural, y el otro que sobrepasaba la naturaleza. La naturaleza nos enseña que hay un Ser Soberano, que es el autor y el conservador de todas las cosas. Esta verdad salta a mi vista, tanto cuando considero lo que es la Tierra o elevo los ojos al cielo, como cuando reflexiono sobre mí mismo. Tan pronto como reconozco las obras que no han podido ser hechas más que por una causa superior, me veo obligado a reconocer y a adorar a un Ser que no ha podido ser creado, siendo Él mismo el que ha creado todo lo demás. Y cuando pienso en mí mismo, ya que estoy seguro de que no puedo existir sin haber tenido un comienzo, se sigue de ahí que ninguna otra persona semejante a mí haya podido existir sin tener algún comienzo. En consecuencia, hay que llegar a un primer ser que, no habiendo tenido principio, sea el origen de todos los demás. Una vez que mi razón me ha llevado a este ser primero, concluyo sin dificultad que no puede ser limitado, ya que todo límite conlleva necesariamente una producción y una dependencia.

El anciano no aguantó que yo siguiera adelante con mi discurso, interrumpiéndolo y dando muchas señas de satisfacción, diciéndome que, si mi nación podía formar este razonamiento, es porque no estaba privada de los más sólidos conocimientos. «Yo he meditado siempre – añadió – del mismo modo que tú me acabas de explicar; y aunque el camino que hay que hacer para sostener esta meditación sea extremadamente largo, estoy persuadido de que se puede realizar. Reconozco sin embargo que las grandes revoluciones, operadas durante muchos miles de siglos, pueden haber causado numerosos cambios en todo lo que vemos. Pero mi mente no me permite concebir una eternidad, ni comprender una producción total, sin la acción de un Soberano, que sea a la vez el gran Arquitecto y el supremo Moderador.«

«Cuando dejamos vagar nuestra imaginación por todas estas miríadas de revoluciones, y tenemos en cuenta todos los casos fortuitos que observamos, que no tienen más principio que un simple movimiento local y el encuentro de muchos corpúsculos, corremos el peligro de hacerla incurrir en una blasfemia execrable: consiste en conceder a la criatura lo que sólo pertenece al Creador, pagando en consecuencia con una insufrible ingratitud a Aquél a quien debemos todo lo que somos, al negar que sea el principio de todos los seres, y queriéndolo negar aunque sea bien visible en todos sus efectos. Aun acordando que fuera posible la eternidad de todos esos cuerpos minúsculos, dado que esta otra opinión es, como mínimo, tan probable, e incluso mucho más que la otra, admitirla es empero exponernos a un crimen voluntario, favoreciendo a cuerpos insensibles e indignos de cualquier tipo de reconocimiento. Quiero decir que, cuando disputamos para destruir al Ser de los seres, nos merecemos su disgusto y no debemos escapar a su justa venganza. Al contrario, poniéndonos de su lado, no hacemos sino ser dignos de su deber para con nosotros: no podemos arrepentirnos de ello y, de este modo, nos ganamos el reconocimiento de este Infinito. En definitiva, esta proposición es muy probable, y hacemos bien en seguirla, mientras que la otra resulta peligrosa y no podemos estar de acuerdo con ella sin declararnos culpables. Esta consideración fue la que nos hizo adoptar, hace alrededor de cuarenta y cinco revoluciones, el supuesto de este primer Ser de todos los seres, y enseñarlo como fundamento de todos nuestros principios, sin que se tolere ninguna opinión contraria.»

Yo escuchaba los oráculos de este hombre con una atención especial. La dulzura con la que hablaba, junto a las bases en las que apoyaba sus palabras, atraían tanto mi corazón como mis oídos. En cuanto vi que estaba a punto de hacerme otra pregunta, añadí que, incluso en el caso de que estuviéramos de acuerdo con que la existencia de esos corpúsculos fuera eterna, no conseguiríamos probar nunca con eso que hubieran podido separar y diversificar este mundo tal como lo conocemos en la actualidad. Siguiendo ese principio incuestionable, según el cual las mismas cosas no pueden producir sino lo mismo, al no poseer esos átomos ninguna diferencia entre sí más que el número y la pluralidad, no habrían podido producir más que masas cualitativamente idénticas. «Lo que causa una gran dificultad a ciertos espíritus – replicó él – es la gran abstracción de ese Ser de seres, que no se manifiesta más que como si no existiera. Pero yo considero que este razonamiento tiene poca fuerza, ya que podemos plantearnos muchos otros que nos obligan a creer que hay muchas otras cosas por encima de nosotros que no pueden hacerse manifiestas más que por sus efectos. Si su manera de comportarse fuera particular, me resultaría difícil considerar que fuese la suya, ya que un Ser universal no puede actuar más que universalmente, y no de forma particular.»

«Pero, – contesté yo – siendo así que no ponéis en duda la existencia de ese gran Soberano, ¿cómo es que no establecéis ninguna religión para honrarlo? Nosotros, que así lo reconocemos, tenemos señaladas las horas para adorarlo, nuestras oraciones para invocarlo, las alabanzas para glorificarlo y sus mandamientos para obedecerlo.»

«¿Habláis pues libremente del Haab?»  ̶ me dijo. «Sí, por supuesto, y ésos son nuestros discursos más bellos y justos ̶ le contesté. Los más bellos, porque no debemos tener nada más hermoso que Aquél del que depende nuestra vida y nuestra muerte. Y los más justos porque esta conversación ha de preferirse a todas las demás, por movernos al respeto y al reconocimiento.» «Nada mejor ̶ respondió. Pero vuestras opiniones sobre este Ser Incomprensible, ¿son todas idénticas?» «Pocos hay – le contesté – que no le reconozcan sus soberanas perfecciones de la misma forma.  «Háblame con más concreción y con sinceridad ̶ me dijo presionando. ¿Pensáis todos por igual cuando razonáis sobre este Primer Principio?» Tuve que reconocerle que, efectivamente, los espíritus estaban muy divididos en sus conclusiones, lo que era causa de muchos desprecios y odios. De aquí se seguían guerras, muertes y otras consecuencias desastrosas.

El viejo anciano replicó con mucha ingenuidad que, si yo hubiera contestado de otro modo, habría dado por terminado mi discurso, y habría sentido desprecio por mí; ya que es una consecuencia necesaria que, al hablar de algo incomprensible, se haga con mucha diversidad de opiniones. «Resulta peligroso pretender ignorar este primer principio: pero habría que ser infinito como lo es Él para hablar del mismo modo, ya que damos por supuesto que es incomprensible. De lo cual se sigue que, desde el momento en que nos atrevemos a plantear el tema, y dado que no podemos hablar de ello si no es mediante conjeturas, lo más que alcanzamos es a dar satisfacción a nuestro espíritu, sin acercarnos más a la verdad. Y ya que no somos más que ciegos en estas consideraciones, es excusable que uno piense de una manera y otro de otra. Es la propia razón la que nos obliga a no hablar, ya que estamos convencidos de que no podríamos hablar de este tema sin equivocarnos. Las asambleas que celebramos en el Hab son para rendirle reconocimiento y adorarlo, pero algo que se cumple de forma inviolable en estas ocasiones es el no pronunciar ni una sola palabra, dejando que cada cual piense libremente lo que le sugiera su espíritu. Esta forma de proceder es la causa de que estemos siempre unidos y en actitud respetuosa cuando pronunciamos su nombre, todo lo cual resultaría imposible si nos tomáramos la libertad de discutir, lo mismo que aquél que se dirige a un precipicio se expone necesariamente a la muerte.»

«Subrayo –añadió– lo que me has avanzado sobre las disensiones y las funestas consecuencias que se siguen de vuestras diversas doctrinas, y habrás de concluir necesariamente que el nuestro es un procedimiento inexcusable. La doctrina común sobre esta primera causa debe ser el principio de nuestra unión, como lo es de todo lo que hacemos. Y hay que admitir que no se podría hablar de ella mucho tiempo sin caer en divergencias, por lo que se debe concluir que, cuando éstas dan lugar a disputas y guerras, estamos abusando de nuestro Padre común, precisamente en aquello que debería unirnos. ¿Cómo cabe pensar que sea de su agrado que nos destruyamos los unos a los otros con el pretexto de agradarle? No se lo puede concebir correctamente más que como una causa universal, a la que pertenece todo de la misma forma; que da el impulso y la cadencia a todos los seres particulares y dispone de todo únicamente según su voluntad. ¿No es por lo tanto abusar de su bondad el destrozarnos los unos a los otros, sólo porque unos imaginan que lo conocen mejor que los demás?»

Yo le respondí que se podía excusar esa conducta por el celo con que cada partido defiende su manera de entender la religión, que cada uno considera tan correcta que la apoya con revelaciones particulares y la confirma mediante milagros de los que toma a Dios por autor. Este discurso lo sorprendió más allá de lo imaginable y, dado que ya que no podía ponerlo de acuerdo con el aparente razonamiento que había observado antes en mí, me dijo con acento grave: «No puede ser que, para complacerme, intentes embaucarme con lo que tú atribuyes a tu nación, ¿Cómo pueden concordar esas revelaciones con la lucidez que tú mismo has manifestado aparentemente?» Yo protesté de mi sinceridad y de que, por muy movido que estuviera por complacerle, no sería a costa de la verdad. Añadí que no era el mismo pueblo el que mantenía opiniones diferentes, sino que ocurría como ocurre con las banderías, cuando unas piensan de una manera y otras de otra; de aquí se sigue que se desprecien entre sí, disputen, se odien y acaben por enfrentarse muy a menudo.

«¿Pero no son capaces – dijo él – de reflexionar sobre su procedimiento y, siguiendo el conocimiento que poseen, según tú afirmas, de la infinita bondad y sabiduría de este Ser divino, pensar que no hay lugar para contradicciones? ¿No deben temer que, al creer que sus hermanos piensan lo que no piensan ellos, estén ambos equivocados? ¿Qué seguridad tienen para sentirse exentos de este justo temor?» Le contesté que estaban fuertemente persuadidos de que Dios se había mostrado a sí mismo a algunos individuos de los suyos, y que había ordenado que se les otorgara fe como a Él mismo, no forzando en cambio a ninguno, sino aguardando la muerte de todos para obtener la recompensa los que habían creído correctamente, así como el castigo para todos los que se habían mostrado incrédulos.

«¿Cómo es posible creer que el Haab haya hablado más a unos que a otros? ¿De dónde puede nadie sacar que prefiera a unos antes que a otros para iluminarlos?»

Le respondí que las maravillas que habían operado los primeros eran pruebas seguras de ello, de que Dios era dueño de sus voluntades para realizar lo que le placía, y que correspondía a las demás criaturas sometérseles y adorarlos.

Me preguntó que cómo se explicaba que hubieran realizado esas maravillas, dado que los que tenían una creencia opuesta no las admitían. Le dije que era algo que pasaba de padres a hijos. «Si es así, – replicó – la religión que observan no está fundada ni en la palabra de Dios, ya que disputan entre ellos si lo es verdaderamente o no; ni en ninguna maravilla autorizada por Él, ya que ninguno de los que creen en ellas puede vanagloriarse de haber sido testigo, mientras que los que no las creen las rechazan como supuestas. En consecuencia, no tiene más fundamento que la credulidad de aquéllos que se dejan convencer más fácilmente.»

Respondí que había muy pocos que no creyeran en las mismas revelaciones, y que la diversidad de religiones provenía de las distintas explicaciones que se les daban. «Dejemos el tema – dijo – ya que te enredas y caes de un error en otro por querer explicarte demasiado. Si todo lo que planteas pudiera sostenerse, harías parecer a tu nación como a una gente sin más luces que para enfrentarse a precipicios inevitables y hacerse necesariamente desdichados. Lo que cuentas prueba que son capaces de algo más que sospechar la existencia de un primer Ser; pero este conocimiento no les sirve más que para dividirse, atormentarse, aceptar miles de prejuicios sobre este Soberano, convirtiéndolo en un ser parcial, tomando sus revelaciones como algo oscuro que necesita explicarse, considerándolo indiferente a todas las disputas que surgen para glorificarlo y tratándolo así de cruel, ya que se dedica a perder a aquéllos que con más ardor trabajan para agradarle, caso de que no hayan entendido bien su voluntad. Todos esos procederes no son más que burlas, indignas de plantearse cuando se trata de un Ser supremo, que no puede actuar si no es con la mayor prudencia y la mayor sabiduría. En cambio, nosotros reconocemos la primacía y la alta soberanía de esta primera Causa. Admitimos mediante razonamientos que, por ser todas las criaturas igualmente suyas, las contempla a todas por igual y con el mismo afecto. Y en fin, estamos persuadidos de que somos tan poca cosa a su mirada, que no merecemos que nos señale en ningún aspecto, ni que nos distinga en nada. Lo que has añadido sobre el fin de todos y cada uno de nosotros es una prueba de algo oscuro por otra cosa aún más oscura. Nos queda preguntarnos si hay alguna diferencia entre un hombre muerto y cualquier otro animal, ya que lo que se sigue en ambos casos es lo mismo, sin diferencia alguna. Al no poder basarnos en ninguna diferencia, no podemos hablar más que mediante conjeturas muy débiles. Es verdad que observamos que un hombre vivo parece tener más lucidez que un bruto, pero esto es demasiado poco para persuadirnos de que quede algo más de él tras su muerte. Ya que los brutos, que poseen diversos grados de perfección entre ellos, son todos iguales en este extremo, no me es posible formarme ningún juicio positivo sobre la preeminencia del hombre tras su muerte, sólo a partir de su superioridad durante la vida. Hay sin embargo entre nosotros quienes consideran demasiado opuestos al hombre y a los brutos, no pudiendo tolerar que el primero muera por completo como los segundos. Pero cuando intentamos forzarlos a explicarnos esa diferencia, comienzan a dudar y se extravían en sus pensamientos, sin darnos ninguna satisfacción. Pues afirmar que ese algo de más se queda junto al cuerpo en la tierra es considerarlo algo del todo superfluo; si se dice que se retira, no podemos asignarle un lugar para ello, a no ser que entre en otro cuerpo. Pero todos estos pensamientos están envueltos en tales dificultades que no podemos aspirar a resolverlas.»

La hora del Hab nos obigó a marcharnos, y yo la ocupé por completo en repasar con la memoria todo lo que se me había explicado; y dado que me encontré ante problemas que sobrepasaban el alcance de mi espíritu, tuve que adorar a la divina Providencia por haberme dotado de otras luces más claras y seguras, y haberme hecho entender que, por tratarse de mi Salvador del mismo modo que era mi Creador, me había dotado de un alma inmortal que debía gozar de su gloria. Dudé a continuación si debía decidirme a descubrirle al anciano la fe que tenemos nosotros en un Dios muerto y resucitado por nuestra salvación; tras debatirme de mil maneras, llegué a la conclusión de que plantearle ese discurso era como mostrarle piedras preciosas a un ciego. Conociendo su talante y su genio, estaba seguro de que me plantearía cientos de dificultades y que acabaría por tratarnos de ridículos según su costumbre. Me acordé de las palabras del Apóstol, que la doctrina del Evangelio era opuesta a la vana sabiduría mundana; que es una locura para los mortales y que Dios no se da a conocer a los orgullosos de este mundo[4]. Y ciertamente, todo lo que conocía de esta nación me aseguraba que era tanto más incapaz de conocimientos sobrenaturales, cuanto que consideraba como imposible o inconcebible todo aquello que no podía comprender. Es verdad que están muy capacitados, y que la razón que los guía los haría incomparables si Dios se dignara a iluminarla; pero esta misma razón, que los sitúa por encima de los demás en lo que se refiere a los conocimientos naturales, los sitúa por debajo al no poder concebir su salvación. Podemos pues afirmar que la ciencia no les sirve más que para engañarlos, y que la destreza de su espíritu, unida a su docilidad natural para obedecer con gusto a la razón hasta el punto de convertirla en un milagro en la tierra, será la causa de su desdicha en la eternidad.

Que los sabios juzguen sobre su proceder de no hablar de Dios de manera alguna, y se ocupen de encontrar trazas de ello en la Antigüedad. Lo que yo puedo decir es que esta conducta los mantiene en una actitud de respeto y una admirable cohesión con respecto a las cosas divinas.

Me sorprendieron muchas veces arrodillado en el suelo, las manos juntadas y los ojos puestos en lo alto hacia el cielo, y ya que se asombraban de esta postura, el anciano me preguntó un día qué es lo que yo pretendía con ello. Tras responderle que estaba rezando a Dios, añadió que no se le podía rogar sin ofenderlo, y éste es más o menos el razonamiento que me ofreció: «Para rezar e invocar al Haab es necesario que se le atribuya una ignorancia de lo que nosotros precisamos, o bien que, aun sabiéndolo, no lo desea; o, por último, que pretendamos doblegarlo con nuestras impertinencias, a menos que sea indiferente y queramos atraerlo a favor nuestro. Creer lo primero es blasfemar; pretender lo segundo es una impiedad; y lo tercero es un sacrilegio. Es una blasfemia creer que el que todo lo sabe ignora algo; no podemos, sin incurrir en impiedad, imaginar que podamos forzarlo a querer lo que antes no quería, ya que equivale a creer que se lo puede mudar, moviéndolo a querer algo que no sea lo mejor. Nosotros concebimos a ese Ser soberano como incapaz de cambio y queriendo siempre lo más perfecto. Y no podemos pensar de otro modo sin faltar al primer principio del razonamiento, que nos enseña que el Haab no puede equivocarse, ni querer otra cosa que no sea lo mejor. Esta verdad nos resulta tan clara, que la tenemos como una de las primeras reglas de nuestra razón. Y digo más: no se podría pedir nada al Haab si no es por temeridad o ignorancia. La temeridad es evidente, ya que nos atribuiríamos mejores sentimientos que los suyos, queriendo reformar el curso ordinario de su conducta al forzarlo a conceder aquello que no tenía previsto otorgarnos. Pues, o bien pedimos lo mejor, o aquello que, aun no siendo lo mejor, nos resulta más conveniente. Si lo primero, pedírselo resulta una temeridad y un esfuerzo inútil, ya que esta Causa no puede obrar sino lo mejor. Si sabemos que lo que le pedimos no es lo mejor, atrevernos a pedírselo se trata también de una temeridad. Y, en fin, es una ignorancia insostenible rogar sin reflexionar previamente si lo que se pide es o no lo mejor. Estas consideraciones nos fuerzan a esperarlo todo sin rogar nada, así como a aceptar todo lo que nos acaece sin ningún tipo de rechazo, estando plenamente convencidos de que es así como debe suceder, aunque nos resulte contrario y perjudicial.»

Yo le contesté que nosotros creíamos que Él nos mandaba rogarle, y que, al menos a la hora de la muerte y de abandonar el mundo, debíamos implorar su misericordia. Se lo expresé intencionadamente para conocer sus opiniones. Con su proceder ordinario, me contestó de inmediato que mi respuesta planteaba tantas dificultades, que no alcanzaba a entenderla, así que me pidió explicaciones. Le hice saber que al morir cambiamos de mundo, y que nos vemos situados en el otro según la voluntad de Dios.

«Cambiar de mundo – me dijo – supone que hay dos mundos, y realizar ese traslado significa necesariamente emprender un gran viaje. Tú planteas que morimos, es decir, que dejamos de poder movernos, y a la vez pretendes que realizamos este viaje, es decir, que nos trasladamos más deprisa de lo que vinimos. Pretendes dos cosas por completo opuestas: un ser vivo que no puede viajar al otro mundo y uno muerto que puede realizar ese viaje. Otorgas más movilidad a los muertos que a los vivos. Reflexiona al menos sobre lo que estás diciendo.» Le repliqué que no había hecho uso de esa forma de hablar, ‘cambiar de mundo’, para referirme a una estancia en un lugar alejado de este universo, sino para dar a entender una forma de encontrarse completamente diferente de la actual. Que cuando decía que cambiábamos de mundo no había supuesto nunca que se interpretara mi proposición como referida a nosotros mismos por entero, ni como un viaje material. Añadí que estábamos acostumbrados a servirnos de esta manera de hablar para dar a conocer la separación de nuestra parte principal que llamamos nuestra alma, que nos hace razonables distinguiéndonos de las bestias. Que había que ser peor que estúpidos para imaginarse que el cuerpo no se transformaba en tierra, y que de lo que estábamos persuadidos era de que aquello que nos hace razonables, al librarse de los lazos que lo unen al cuerpo, se vuelve libre y se transporta en un instante al lugar que Dios le tiene destinado, según el valor de sus actos.

«Así que crees – me dijo – que nos convertimos en Habis, es decir, en ángeles, después de la muerte; y que al dejar de ser somos más perfectos de lo que somos mientras estamos vivos, y por eso te confundes tanto a la hora de explicarlo. Dado que nuestra vida no es más que una consecuencia del movimiento, se sigue de ello que el cese de nuestra vida no es más que el cese del movimiento. Y así, lejos de poder actuar más perfectamente estando muertos, somos incapaces de actuar, puesto que ya no somos susceptibles de movimiento.»

Le rogué que se adaptara a mi forma de pensar para así responderme de una manera más positiva, ya que lo que yo pretendía era establecer una diferencia considerable entre nosotros mismos y nuestra alma, que no es más que una parte de nosotros. «Pero cuando afirmas que esa parte se mueve y actúa, ya sea feliz o desgraciada, o bien es la misma o bien no es la misma de antes  ̶ contestó. Si es la misma, no puedes condenar mi razonamiento. Si no lo es, entonces has hablado mal al afirmar que cuando muere es situada según sus obras.» Yo le dije que era en parte la misma. «Muy bien, – continuó – esa parte que es la más noble y que tomas por el todo.» «De acuerdo», le contesté. «Así que tengo razón – dijo – al haber presupuesto lo que tú querías afirmar. Pretendes que mueres y, al mismo tiempo, crees que, en lugar de morir, vivirás mucho más perfectamente que antes de la muerte. Los pensamientos que has querido explicar te representan como una pieza muy valiosa encerrada en una materia basta, y a la que la muerte, en lugar de dañar, le sirve maravillosamente, ya que no hace sino separaros de ella y libraros de la corrupción. De aquí se sigue que llamáis muerte a vuestra perfección, y no a vuestra destrucción. O más bien, morir, según tu forma de hablar, no es morir, sino dejar de morir, algo que no puede acordarse, ya que se trata a la vez de morir y no morir: dejar de ser y ser más perfectamente; ser destruido y subsistir de una manera más perfecta que antes.»

Me di cuenta de que no podía seguir avanzando con los fallos de nuestra creencia, que escandalizaban a este hombre y le producían aversión. Así que le rogué que excusara mis debilidades y que me explicara sus opiniones, lo cual cumplió de una manera tan elevada, que no pude retener todo lo que me dijo, aunque comprendí en cierto modo todas sus proposiciones. Por lo que puedo recordar, pasó a la doctrina de un genio universal que se comunica por partes a cada ser particular, y que posee la virtud, cuando muere un animal, de conservarse hasta que se le comunica a otro, como habré de explicar más ampliamente en su filosofía. De tal modo, ese genio se extingue con la muerte, sin destruirse sin embargo. Después, sólo aguarda la ocasión de una nueva disposición para volver a encenderse, alumbrándose según la cualidad del fuego que le es comunicado.

Capítulo VII. De las opiniones de los australianos sobre esta vida.

He de subrayar tres cuestiones relativas a las opiniones de los australianos sobre la vida: la manera de darla, la de conservarla y, en tercer lugar, la de acabarla.

Ya he hablado de la forma en que los niños vienen al mundo. Pero como se trata de una de las cuestiones principales de esta historia y es sobremanera digna de admiración, creo muy a propósito insistir en el tema, si acaso con mi descripción podemos alcanzar algo de verdad sobre el mismo. Sienten tal aversión al oír hablar de estos comienzos, que alrededor de un año después de mi llegada, al haber yo empezado a discurrir sobre esta materia en compañía de dos hermanos, se apartaron de mí mostrando tales señas de horror como si hubiera cometido un crimen. Un día se lo referí a mi anciano quien, tras censurarme por lo que había hecho, me dedicó un largo discurso y me ofreció diversas pruebas que me hicieron sospechar que los niños proceden de sus entrañas como los frutos de los árboles. Pero como vio que sus razones no me impresionaban y que no podía evitar que yo reaccionase con una sonrisa, me dejó sin terminar, declarándome que mi incredulidad provenía de la debilidad de mi espíritu. Durante los seis primeros meses de mi estancia allí, ocurrió que las excesivas caricias de mis hermanos me provocaron cierto movimiento de rechazo que fue advertido por algunos, que se sintieron tan escandalizados que se retiraron. Ello me acarreó el odio de todos, y me habría perdido con toda seguridad sin la especial asistencia del anciano. He de decir que, durante los treinta años que permanecí entre ellos, no pude conocer ni cuándo ni dónde se realizaba la generación. Sus partes son muy pequeñas, y no se percibe ni una de las descargas naturales que son comunes en las mujeres que no están encintas. Sus hijos desconocen la tiña, la rubeola, la viruela y otras tantas afecciones a las que se ven sometidos los niños europeos.

En cuanto un australiano concibe, deja su apartamento y se traslada al Heb, donde es recibido con especiales felicitaciones, y allí recibe su sustento sin trabajar. Tienen un lugar elevado para dar a luz a su fruto, y allí extienden las piernas, y el niño cae sobre las hojas del Balf; la madre lo recoge, lo frota con las hojas y lo amamanta, sin derramar sangre ni dar señas de haber sufrido ningún dolor. No hacen uso de sábanas, ni de pañales ni cunas. La leche de la madre es tan sustanciosa que al niño le basta con ella durante dos años, y la cantidad de deposiciones del recién nacido son tan pocas que casi se diría que no las producen. Empiezan a hablar por lo común a los ocho meses, al año ya caminan, y los destetan a los dos años. A los tres empiezan a razonar, con una destreza inexplicable. Nada más dejarlos la madre, el Maestro del primer nivel les enseña las cosas elementales y permanecen tres años bajo su tutela. Pasan a continuación bajo la disciplina del segundo Maestro, quien les enseña a escribir y se encarga de ellos durante cuatro años. Y así gradualmente con los demás y hasta la edad de treinta y cinco años, cuando ya todos son expertos conocedores de las ciencias naturales, no distinguiéndose entre ellos ninguna diferencia de capacidad. Una vez terminada su formación, quedan a la espera para convertirse en tenientes, es decir, para ocupar el puesto de aquéllos que deciden abandonar la vida.

Ya he hablado de su constitución física en el Capítulo V; en cuanto a su carácter, a decir verdad, manifiestan una dulzura mezclada de gravedad que no tiene comparación en Europa. Poseen una salud inquebrantable y no conocen siquiera lo que significa una enfermedad. Creo que la bondad de su naturaleza proviene de su nacimiento y de la alimentación, que los nutre sin caer en excesos. Nuestros males tienen un origen opuesto, a saber, haber sido concebidos por unos padres sometidos a las pasiones y una alimentación nada saludable y tomada a menudo sin medida. Nuestros padres nos transmiten con frecuencia tantos defectos cuantos han contraído por sus vidas desordenadas. Cuando la glotonería ha colmado sus humores, nos transmiten tantas necesidades superfluas, que hemos de purgarnos si no queremos morir. Si exceden en ardor, se siguen de ello ebulliciones de la sangre junto a infecciones que afectan necesariamente a nuestros cuerpos. En una palabra: nos hacen tal cual son ellos mismos, ya que no pueden darnos más que lo que poseen. Su ardor hace que seamos como perros concupiscentes y su bilis nos inflama de cólera.

Los australianos están exentos de estas pasiones, ya que, al no tenerlas sus padres, no se las pueden transmitir. Dado que no sufren ningún principio de alteración, viven en una especie de estado de indiferencia, sin otro movimiento que el que la razón les imprime. Lo mismo podemos decir de la alimentación, pues si bien los europeos son a veces muy miserables y tienen que ingerir malos alimentos, les ocurre también a menudo que devoran el doble o el triple de lo que necesitan para su sustento. De esto se siguen fiebres, catarros y debilidades estomacales, y otras muchas afecciones semejantes, desconocidas entre los australianos. Lo sustancioso de sus frutos, así como su templanza a la hora de comerlos, que los lleva a no tomar más que lo que la naturaleza precisa para subsistir, los libra de todos nuestros males. Lejos de vanagloriarse con los manjares y de organizar suntuosos festines, comen más bien en secreto y como a escondidas. No tienen una hora fija para sus comidas, ya que consideran que es una acción animal, de la que el hombre debería abstenerse si pudiese. De aquí les viene el que apenas manifiesten esas necesidades que nosotros llamamos comunes: apenas producen excrementos en menos de ocho horas.

Están todos de acuerdo en que la vida no es más que una agitación, una turbación y un tormento. Están persuadidos de que lo que nosotros llamamos muerte no es más que un descanso, y de que el mayor bien para una criatura es retornar a él cuanto antes. Este pensamiento no sólo les hace sentir una gran indiferencia por la vida, sino incluso poseer un gran deseo de morir. En cuanto se dieron cuenta de que yo manifestaba cierta aprensión ante la muerte, se confirmaron en la idea de que no podía ser un hombre, ya que no respetaba los verdaderos principios del razonamiento. Mi anciano me habló de ello en muchas ocasiones, y he aquí más o menos las razones que me ofreció: «Somos diferentes de las bestias en la medida en que ellas, por no penetrar con el conocimiento en el fondo de las cosas, no extraen consecuencias más que de lo más aparente. De aquí se sigue el que huyan de su destrucción como de la mayor de las desgracias, y que se esfuercen por su conservación como si se tratara del mayor de los bienes, no considerando que se trata de un esfuerzo vano y que, por ser algo necesario que mueran, el temor a morir no es más que un agravamiento de sus males. Si razonamos a fondo =continuó=, tenemos que considerar nuestro estado como algo miserable. Dado que nuestras acciones están sujetas a un cuerpo pesado, tanto más sufrimos cuanto más actuamos, y no dejamos de sufrir más que cuando dejamos de actuar. De tal forma que, hablando con sinceridad, desear vivir es querer seguir sufriendo, mientras que anhelar la muerte es aspirar al reposo y al cese de los sufrimientos. Esto es tanto más cierto cuanto que es algo necesario que muramos, y que retardar la muerte no sirve más que para aumentar nuestros males. Esa creencia de que no poseemos nada más valioso que nosotros mismos hace que, al no podernos considerar sino como objetos mortales, más que vivir, acabemos por languidecer; y al conocer que bien pronto no seremos nada, admitimos que mejor valdría no ser que ser. Los esfuerzos por conservarnos son inútiles, ya que en fin hemos de perecer, y el retraso no sirve más que para aumentar nuestras desdichas. La visión de nuestras perfecciones se convierte en otro tormento, ya que no podemos considerarlas más que como bienes pasajeros, que nos cuesta mucho conseguir para perderlos enseguida. Y en fin, todo lo que consideramos dentro o fuera de nosotros mismos no sirve sino a acarrearnos desdicha e indignación.»

Le dije que estos razonamientos me resultaban excesivos, y que para otorgarles toda su fuerza tendría que sentir tristeza por conocer cualquier cosa que me sobrepasase. Lo cual resulta tanto más deplorable en la medida en que la bondad de un juicio consiste en su capacidad para rendirnos satisfechos con nuestra condición, y en alejar todas las reflexiones que sólo nos llevan a afligirnos, sobre todo si no podemos encontrarles remedio.

«Hay algo sólido en tu respuesta =replicó=, pero tiene dos puntos débiles: en primer lugar, que podamos suspender el juicio; el segundo, que uno pueda quererse a sí mismo sin detestar su disolución. Alcanzar lo primero es como tener una buena vista y sin embargo poder estar sin ver lo que pasa ante nuestros ojos. Lo segundo consistiría en quererse a uno a sí mismo sin odiar en cambio su propia destrucción.«

»Es un gran error pensar que podemos vivir sin vernos continuamente agobiados por nuestra destrucción. Y lo es aún mayor temer que ocurra lo que tendrá que llegarnos infaliblemente. Pero el mayor de todos consiste en buscarnos paliativos para evitar algo que concebimos como inevitable. Poder existir sin conocer la muerte no es sino vivir sin conocerse a sí mismo. Ya que la muerte es inseparable de nosotros, y cuando pensamos en todas nuestras partes no vemos nada que no sea mortal. Temer la muerte es admitir dos cosas contradictorias, ya que el temor supone una duda sobre lo que va a ocurrir, y sabemos que la muerte nos va a llegar sin dudarlo. Y aún peor es buscarse medios para detenerla, ya que sabemos con seguridad que eso es imposible.»

Le contesté que podíamos en justicia temer, no la muerte, sino su cercanía, y que las precauciones eran útiles, al menos para alejarla de nosotros durante algún tiempo.

«De acuerdo =continuó=, pero admitirás que, por ser un hecho que tenemos que morir, retardarlo es causa de toda una serie de penas, tristezas y desdichas, y no consiste más que en sufrir para aumentar el propio sufrimiento.» Yo añadí que esas razones tendrían mucho mayor fundamento entre los europeos que en su propia tierra, en la que se desconoce el sufrimiento, mientras que la vida de los europeos no es más que una cadena de miserias. «¡Cómo! =me dijo= ¿Tenéis otras debilidades aparte de la de ser y saberos mortales?» Le aseguré que moríamos a menudo muchas veces aun antes de acabar de morir, y que la muerte no les llegaba a los europeos más que a fuerza de enfermedades que los abatían primero hasta conseguir por fin aniquilarlos. Esta respuesta constituyó para él un misterio, y la malinterpretó al creer que se refería a los combates de unos contra otros de los que habíamos hablado antes. Cuando me esforcé por hacerle comprender lo que eran la gota, nuestras migrañas y cólicos, me di cuenta de que no entendía lo que yo le quería decir. Para que comprendiera mi afirmación fue necesario que le explicara en detalle algunos de los males que sufríamos. Y cuando por fin lo entendió, me dijo: «¿Y es posible que se pueda amar semejante vida?»

Le contesté que, no sólo amábamos la vida, sino que no había medio que no nos procurásemos para prolongarla. De esto sacó un nuevo motivo para acusarnos, o bien de insensibilidad, o de un desvarío insoportable, ya que, toda vez que estamos seguros de la muerte, ir muriendo a golpes de sufrimiento, no poder prolongar la vida si no es a costa de desdichas continuas e intentar, así y todo, no terminar de morir cuanto antes, son conductas impensables para un ser dotado de razón. «Nuestros planteamientos están bien lejos de esa manera de proceder =añadió. Desde el momento en que somos capaces de conocernos, nos sentimos obligados a querernos a nosotros mismos, y a consideramos víctimas de una causa superior que se place en destruirnos, por lo que contemplamos con extremo desprecio nuestra vida, no entendiéndola más que como un bien ajeno, que no podemos poseer si no es huyendo de él. Todo el tiempo que la conservamos lo sentimos como una carga, ya que no nos sirve más que para hacernos rechazar un bien que se nos arrebata más fácilmente que se nos concede. Y en fin, nos lamentamos de vivir porque no nos atrevemos a atarnos a todos los bienes que podríamos tener. Es como aquél que posee algún objeto muy valioso solamente durante un tiempo: temería entregarle todo su aprecio por el miedo a sufrir demasiado cuando tuviera que perderlo.»

Yo le dije que la naturaleza nos enseñaba que el ser era preferible a la nada, y que era mejor vivir, aunque sólo fuera un día, que no vivir. Pero él me contestó con la misma fuerza que voy a explicar. «Hemos de distinguir dos sentidos en ese ser: uno es la existencia en general, que no cesa; el otro es esta existencia particular, que deja de ser. La primera es mejor que su privación, y esto es lo que debemos entender en absoluto cuando decimos que el ser es mejor que el no-ser. La segunda es a menudo peor que su privación, sobre todo si conlleva un conocimiento que nos hace sentirnos aún más desgraciados.» Yo le objeté que si el ser en general era mejor que el no-ser, se seguía de ello que el ser en particular valía más que su negación. Pero él dio satisfacción a mi planteamiento, proponiéndome como ejemplo la situación en la que yo mismo me había encontrado: «Dime, por favor =me replicó=, cuando te sentías solo, en esos lugares de los que me has hablado, rodeado por todos lados de la muerte, ¿podías pensar en esos momentos que tu vida era un bien, y la estimabas más que su privación? ¿No es cierto que tus pensamientos te hacían sentir aún más miserable, y que habrías preferido ser insensible al conocimiento que tú mismo tenías de tu propia miseria? No sirve pues de nada el empeñarse en que el saber es un bien: dado que el conocimiento me aflige, no sólo no es un bien, sino que incluso se trata de un mal que debo evitar. De este principio es del que se sigue nuestra verdadera miseria en este mundo, así como el gran disgusto que sentimos por permanecer en él. Nos consideramos tal que somos y como deberíamos ser; sabemos que somos algo noble, perfecto y digno de toda una eternidad. Vemos sin embargo que, a pesar de todas esas excelencias, estamos obligados a depender de miles de elementos que están fuera de nuestro alcance, y que estamos sometidos al arbitrio de un Soberano que no nos ha hecho sino para cambiarnos cuando y como le place, y cuya omnipotencia consiste en destruirnos, a la vez que nos hace destacar sobre las demás criaturas. Esto es lo que nos entristece y nos causa dolor, haciendo que tendamos más bien al no-ser que al ser, aunque éste lo tengamos en tan alto grado: el vernos tan maltratados como las criaturas más viles y abyectas, o incluso más aún que ellas. Nos sentimos como personas a las que se educa sólo para volverlas más desgraciadas, por lo que se nos trata peor que a las bestias, y tendría uno que ser más insensible que las bestias para no estar convencido de ello.«

            »Tan convencidos estaban nuestros ancestros de esta verdad, que intentaban morir por todos los medios y cuanto antes. Y tanto es así, que nuestro país comenzó a estar desierto, por lo que se buscaron razones para convencer a los que aún sobrevivían de que permanecieran con vida durante algún tiempo. Los convencieron de que una tierra tan hermosa y grande no debía convertirse en algo inútil. Que constituíamos un ornato de este universo y que debíamos complacer al primer Soberano de todas las maneras posibles. Poco después, para reemplazar todos los huecos vacantes, los individuos se obligaron a entregar al menos tres hijos a los Hebs. Una vez repoblado el país, hace unos ciento cincuenta años, se volvió más estricta la obligación, decidiéndose que no se permitiría el descanso eterno a ninguno que no hubiera entregado al menos un teniente al país. Quien no tiene ningún hijo natural, está obligado a sustituirlo por el hijo de otro. Hace sólo veintinueve años que se decidió en la asamblea del Hab que no se podía solicitar el permiso para dejar de existir si no se contaba con cien años como mínimo, a menos que se probase sufrir alguna herida que debilitara o dañase el cuerpo de forma notable.»

            Se nos unieron entonces otros dos hermanos, con gran pena por mi parte, ya que hasta ahora nunca se había mostrado el filósofo tan dispuesto a satisfacer mi interés. Reflexioné mucho sobre el discurso que me había dirigido, encontrando motivos que me sirvieron de mucho consuelo. Consideré que si esta nación gozara de las luces que nuestra fe nos enseña, sería mucho más feliz que a falta de ella. Su desdicha por verse obligados a dejar de existir se cambiaría en un gozo inaudito si estuvieran iluminados como nosotros sobre nuestra muerte, que no tiene como fin nuestra destrucción, sino más bien librarnos de morir, elevándonos a una plena y eterna beatitud. Si la desdicha de morir pronto los fuerza a anhelar dejar de existir, o incluso a desear no haber existido nunca, la certeza que obtendrían de ser para siempre, o de que su deceso no era sino el medio de llevarlos a la gloria, colmaría su felicidad.

            Para expresar mi opinión sobre esa manera de proceder de los australianos con respecto a la vida, no sé si hay que atribuirla a un desdén por la existencia por vivir tan poco tiempo, unido al gran apego que tienen por sí mismos, o más bien a esa rectitud espiritual que pretenden demostrar continuamente. He observado que ponen tanto ardor en que se valore su capacidad de razonamiento, que se esfuerzan por todos los medios en sobresalir en ello. De aquí el que se molesten cuando tienen que admitir todo lo que se les proponga como más acorde con la razón. Toda vez que han oído tal vez que el más alto grado de un espíritu generoso está en despreciar la vida y enfrentar la muerte con un valor inquebrantable, acogen y abrazan esta razón como un principio.

            Apenas hay asamblea del Hab en la que veinte o treinta no soliciten permiso para retornar al reposo; y apenas hay una en que no se les otorgue a algunos, una vez que se han aprobado sus razones. Una vez otorgado el permiso, el solicitante presenta a su teniente, que ha de tener como mínimo treintaicinco años. El grupo lo recibe con alegría y se le otorga el mismo nombre del anciano que quiere perecer. Hecho esto, se le describen las buenas acciones de aquél cuyo lugar va a ocupar, y le dicen al que lo sustituye que están seguros de que no va a corromperse. Terminada la ceremonia, el anciano acude alegremente a la mesa de los frutos del reposo, y allí se come hasta ocho frutos, con semblante sereno y alegre. Tras haberse comido los cuatro primeros, su corazón se dilata más de lo común y comete muchas extravagancias, tales como saltar, bailar y decir todo tipo de tonterías, a las que los hermanos no hacen ningún caso, por provenir de un espíritu que está perdiendo la razón. Le ofrecen dos frutos más, y esto altera ya por completo su cerebro. A continuación, su teniente, acompañado por otro hermano, lo conduce al lugar que él hubiera elegido y acondicionado para ello previamente. Una vez allí, le dan a comer los otros dos frutos y se adormece profundamente. Después de cerrar adecuadamente el lugar, vuelven testimoniando que desean ardientemente disfrutar de su misma felicidad. Y así es como viven y mueren los australianos.

Capítulo VIII. De las actividades de los australianos

Los australianos cuentan los años partiendo del cénit del solsticio de Capricornio, hasta su revolución completa al mismo lugar. Lo calculan con exactitud mediante una punta fijada en un muro y opuesta directamente a mediodía. Una vez alcanzado el punto más bajo, que está marcado en todas sus dependencias, dan el año por concluido y comienza el nuevo año. Desde este solsticio hasta el equinoccio de Marzo cuentan un mes o Sueb; desde el equinoccio hasta el solsticio de Cáncer cuentan otro mes; y desde este momento hasta el otro equinoccio, un tercer mes. El cuarto mes transcurre a partir de este último hasta el solsticio de Capricornio. No cuentan por lo tanto más que cuatro meses al año. Llaman Suem a lo que nosotros llamamos semanas, contándolas por ciclos lunares y ni una más: la semana termina cuando termina el ciclo lunar. Dividen el día, llamado Suec, en tres partes: Sluec, el comienzo del día; Suecz, el día ya avanzado; y Spuec, el declinar del día. No dedican más que un término para toda la noche, ya que la pasan en un profundo sueño, gracias a los frutos que comen para ello. No se mantienen más que los guardias de las avenidas, que velan hasta que vienen otros hermanos a ocupar su puesto; esto lo hacen cuando se despiertan, y se despiertan según la cantidad de frutos que se hayan comido.

Comienzan el Sluec a las cinco de la mañana, y dura hasta las diez. Le sigue el Suecz, que se extiende hasta las tres de la tarde, tras el cual viene el Spuec, que termina a las ocho. La primera parte de la jornada la dedican al Hab y a las ciencias; la segunda al trabajo y la tercera a los ejercicios públicos. Acuden al Hab cada cinco días, siguiendo este orden: el primer asentamiento acude allí durante el Sluec, el segundo asentamiento el Suecz, y el tercero el Spuec. En el segundo día, el cuarto asentamiento acude durante el Sluec, el quinto para el Suecz, y el sexto en el Spuec. El tercer día acude el séptimo asentamiento, después lo hacen el octavo y el noveno, y así en adelante. De forma que al sexto día el primer asentamiento vuelve a comenzar, no durante el Sluec, por la mañana, sino en el Suecz. Así que se encuentran continuamente en el Hab al menos cuatrocientas personas, sin contar los de los Hebs que acompañan a los de su asentamiento. Pasan por tanto la tercera parte del día en el Hab, sin pronunciar palabra, alejados un paso unos de otros, y tan atentos a sus pensamientos que nada puede distraerlos. He sabido que, en tiempos pasados, realizaban algunos signos exteriores, acompañados de gesticulaciones y contorsiones de miembros. Pero se consideró conveniente suprimirlos por completo, ya que eran indignos del espíritu humano. Los días que no van al Hab tienen que reunirse en el Heb para tratar de ciencias. Y esto lo hacen siguiendo un orden tan escrupuloso que yo mismo me quedaba extasiado al comprobar el empeño que ponen en emplear provechosamente el tiempo. Se proponen unos a otros sus problemas, que apoyan con fuertes razones, y responden a continuación a todas las cuestiones que se les plantean. Terminada la disputa, si ha surgido algún punto importante, se escribe en el libro público y todos lo consideran en particular con gran empeño. Si alguno sabe de algo que le disguste, o que juzgue necesario para el bien común, lo propone a sus hermanos. Y se concluye con lo que se considera más razonable, sin tener en cuenta más que lo que aprovecha al interés del país.

La otra tercera parte del día la emplean en sus parterres, que cultivan con una dedicación desconocida en Europa. Saben cómo dotar a sus frutos de una dulzura tan agradable, gracias a unas ciertas mixturas que aportan a las raíces, que pasarían por milagrosas en nuestras tierras. No hay cámara ni salón real tan correcta y ricamente dispuestos de lo que lo están sus avenidas. El arte va de la mano de la naturaleza, para representar en ellas un gran número de retratos tan vivos que sobrepasan las habilidades de nuestros mejores pintores. Lo que resulta más que admirable es que todo parece homogéneo, pero cuanto más fijamos la vista, más detalles diferentes comprobamos. Podríamos describirlo aproximadamente como una semejanza de continuas diferencias, y si una obra resulta hermosa, la siguiente nos deja extasiados. Lo que llega al culmen de toda perfección imaginable, es que estas imágenes no son efímeras, o para durar sólo dos o tres días, como observamos algunas veces en Europa, sino que permanecen años enteros y, lejos de deteriorarse tras un largo tiempo, se vuelven más vivas, más ricas, y con texturas más firmes y considerables.

El último tercio del día se dedica a tres tipos de actividades muy amenas. La primera consiste en simular que han inventado algo nuevo, o en repetir lo que ya se había hecho antes. Pero es raro que transcurra sin que se presente alguna rareza inaudita hasta el momento. Los que lo consiguen, se ganan el honor de verse inscritos junto a su invento en el libro de curiosidades públicas, lo cual equivale para ellos a la alta estima que significa, entre los europeos, alcanzar una alta dignidad. En los treintaidós años que he permanecido en el país, he sido testigo de más de cinco mil, que pasarían por prodigios ante nuestros mejores intelectos. He aquí algunas de las más recientes de las que tengo memoria.

  1. Llegó un hermano con un trozo de madera muy dura en las manos, comunicó el secreto de ablandarla como si fuera cera caliente y licuarla a continuación. Una vez líquida, la mezcló con agua de mar de un peso de una onza, y pudimos ver cómo se transformaba, pasadas tres horas, en un tronco cargado con una hermosa flor encarnada. Petrificada la flor y mezclada con una especie de vitriolo, vimos cómo surgía de ella, tres horas después, un animal del tamaño de un gato.
  2. A partir de una porción de tierra cogida al azar, tras regarla y añadirle sal de vitriolo, mezclándola con una cocción del fruto del reposo, soplándola con una determinada inclinación y exponiéndola al Sol cubierta de algunas hojas, surgió en dos horas un bello pájaro, como un ángel. Pero me di cuenta de que no sobrevivió mucho tiempo.
  3. Otro cogió un gusano de agua marina, lo mezcló con unas seis onzas de tierra aproximadamente, derramando en ella fruto del reposo a medio madurar, y lo introdujo todo, cubierto de follaje, en la dicha sal durante dos horas. De allí salió una especie de perro pequeño y maravilloso.
  4. Otro recogió media onza de rocío, la mezcló con el jugo de una flor que ellos poseen de un rojo fuerte, y la dejó cocerse al Sol un día entero. Justo al amanecer brotó una hermosa flor encarnada sin igual.
  5. Recogiendo una onza de rocío y añadiéndole dos gotas de agua de mar, se sopla bajo el sol con un pequeño tubo y se forma una pequeña botella de un cristal inestimable.
  6. Una hoja de un árbol cualquiera, lavada por la mañana con el jugo del fruto del árbol del reposo, se vuelve firme y mucho más dura que nuestro hierro. Vuelta a lavar con la misma agua, se blanquea y ablanda como nuestro papel más fino. Es de esto de lo que me he servido para escribir estas líneas.
  7. En un fruto grande como nuestras calabazas, cortado por la mitad y vaciado de su corazón, se introduce un vaso de agua de mar con media onza de agua de vitriolo y unas gotas del fruto del árbol del reposo. Se vuelven a juntar sus mitades y se lo expone al Sol dos veces seguidas, un total de veinticuatro horas. Sale de allí un animal con la apariencia de nuestros galgos, corriendo asombrado y con las orejas estiradas. Pero no vive más de tres horas, por no ser capaz de desarrollarse del todo.
  8. Un cierto aceite, obtenido de las hojas de las raíces de los parterres, mezclado con agua de mar y removido por el movimiento de una ruedecilla, se ilumina como una potente llama, pero sin producir calor. Se utiliza habitualmente para alumbrar los asentamientos.
  9. Una caña redonda, frotada con una hierba igual que nuestro perifollo, impide que el agua caiga a tierra; o más bien, el agua se le pega, como le ocurre al hierro con el imán en Europa.
  10. Una rueda con cuatro dientes y cuatro bolas que se contraen y se extienden, producen un movimiento perpetuo. He podido observar que ello depende de un madero colgado que mueve la bola hacia la derecha y la lanza a la izquierda.
  11. Unas hojas cosidas entre sí y frotadas dos veces con el jugo del fruto del reposo, mezcladas con algunas gotas exprimidas de las hojas del mismo árbol, forman una tela más brillante y fina que nuestros tejidos de púrpura.
  12. Tras frotarse uno con agua de mar mezclada con jugo de los frutos de los parterres, se vuelve de un rojo como escarlata, y frotándose después con la misma agua se vuelve invisible durante dos horas.

El libro de semejantes maravillas es tan grueso como un Santoral, y está casi lleno.

La segunda actividad consiste en ejercitarse con dos tipos de armas, de las cuales, unas son muy semejantes a nuestras alabardas, y las otras a los tubos de nuestros órganos. Las manejan con mucha habilidad, aunque no con toda la destreza que he observado en Europa. Sus alabardas son tan grandes y fuertes, que pueden atravesar fácilmente hasta seis hombres de una vez. Se trata de piezas de madera modeladas y templadas unas cuantas horas con agua de mar mezclada con jugo del árbol del reposo, que las endurece y las hace muy ligeras a la vez.

Llamaré órganos a unos diez, doce o quince tubos, que llevan un resorte en sus extremos, el cual, una vez soltado, impulsa las balas con tal ímpetu que atraviesan a cinco o seis hombres de un solo tiro. La agilidad con la que las disparan hace casi imposible salvarse, y no da tiempo a pensar ni en replegarse ni en protegerse cuando ya se ve uno alcanzado por ellas. Tiran con sus alabardas a una distancia de treinta o cuarenta pasos, con tanta destreza, que aciertan diez o quince veces en el mismo punto de una sola tirada. Pero su fuerza es aún más considerable, ya que cargan sin dificultad hasta seis y siete quintales, y arrancan fácilmente árboles que nosotros no podríamos ni remover. Recuerdo haber visto a uno que, después de haber atravesado con su alabarda a cuatro medio-hombres, como ellos nos llaman, se los cargó a la espalda, suspendidos de la misma alabarda, dos delante y los otros dos detrás.

El tercer ejercicio consiste en lanzar con la mano unas bolas de tres o cuatro grosores. Lanzan unas al aire, otras contra un objetivo, y a veces una contra otra. Cuando las lanzan al aire, tiran cuatro, cinco y hasta seis seguidas, que van a chocar en un punto marcado si están bien lanzadas. Los que las lanzan hacia una meta, tienen que hacerlas pasar por un agujero perforado en ella, y consiguen acertar dos y tres veces seguidas.

Lo más digno de destacar es que realizan estos ejercicios manteniendo un aire alegre a la vez que grave y majestuoso, ordenado y sin alterarse en absoluto. Las bolas que se lanzan unas contra otras son algo parecido a nuestro juego de pelota, si bien el ejercicio es más dulce y menos peligroso. La destreza del lanzador consiste en alcanzar a su adversario, quien pone a prueba su agilidad esquivando los golpes. Resulta tan divertido verlos jugar, que se deja de lado cualquier asunto, por importante que sea. Unas veces saltan haciendo cabriolas para dejar pasar la pelota; otras se curvan y contorsionan con tantas posturas que no hay comediante en nuestras tierras que pueda comparárseles en elegancia. Cuando el adversario lanza las dos, tres o cuatro pelotas, una tras otra y acometiendo al contrario, provoca un inmenso regocijo. Se retuerce con la primera, se dobla ante la segunda, y alcanza y rechaza con las manos la tercera y la cuarta, a veces usando los pies, y todo ello casi al mismo tiempo. Dado que el agresor efectúa sus lanzamientos de una manera completamente directa, es preciso que, o bien los golpes alcancen a su oponente, o bien que éste demuestre una extrema destreza para esquivarlos y devolverlos. Yo era estimado como muy diestro y hábil en Portugal; pero es cierto que parecía torpe entre los australianos, y si no hubiera disimulado mi torpeza ante los fallos, causada por el gran número de heridas que había recibido, habría dejado a mi nación y a mí mismo por torpes y estúpidos.

Capítulo IX. De la lengua australiana y de los estudios de este país

Se sirven de tres medios para expresar su pensamiento, que son de uso también en Europa: las señas, la voz y las letras escritas. Están muy familiarizados con las señas, y pude observar que pasan juntos muchas horas sin hablarse de otro modo, ya que siguen este principio: es inútil valerse de varios medios para actuar cuando se puede actuar con pocos.

Así que no hablan a menos que tengan que ligar un discurso o realizar una larga serie de enunciados. Todas sus palabras son monosílabas, y sus conjugaciones siguen siempre el mismo método. Por ejemplo, af significa ‘amar’, y su Presente es la, pa, ma: ‘amo’, ‘amas’, ‘ama’; lla, ppa, mma: ‘amamos’, ‘amáis’, ‘aman’. No poseen más que el Pretérito que nosotros llamamos perfecto; en este caso, lga, pga, mga: ‘he amado’, etcétera; llga, ppga, mmga: ‘hemos amado’, etcétera. El Futuro es lda, pda, mda, ‘amaré’, etcétera; llda, ppda, mmda: ‘amaremos’, etcétera. ‘Trabajar’, en lengua australiana, es uf: lu, pu, mu: ‘trabajo’, etcétera; lgu, pgu, mgu: ‘he trabajado’, etcétera.

No poseen ninguna declinación ni artículos, y muy pocos nombres. Expresan las cosas no compuestas con una sola vocal, y las compuestas mediante las vocales que significan las principales cosas simples que las componen. No reconocen más que cinco cuerpos simples, de los cuales el primero y más noble es el fuego, que llaman a. El siguiente es el aire, significado por la e. El tercero la sal, expresado por la i. El cuarto es el agua, a la que llaman o. Y el quinto la tierra, que ellos llaman u.

Para hacer las distinciones individuales aplican las consonantes, que poseen en mucho mayor número que los europeos. Cada consonante significa un atributo que se añade a las cosas significadas por las vocales. Así, b significa ‘claro’; ç, ‘caliente’; c, desagradable; f, ‘seco’; etcétera. Mediante estas determinaciones forman los nombres de una manera tan completa, que al escucharlos se entienden de inmediato tanto la explicación como la definición de lo que están nombrando. Llaman a las estrellas aeb, palabra que explica su composición de fuego y de aire, unida a la claridad. Al Sol lo llaman aab; a los pájaros oef, signo a la vez de su materia sólida, aérea y húmeda. El hombre es uel, lo cual se refiere a su sustancia, en parte aérea y en parte terrestre, unidas a la humedad. Y así todas las demás. La ventaja de esta forma de hablar es que los convierte en filósofos sólo con conocer los elementos primeros, y que no se puede nombrar ninguna cosa en este país sin explicar a la vez su naturaleza, todo lo cual pasaría por milagroso ante los que no estén advertidos del secreto del que se valen para tal efecto.

Si ya su manera de hablar resulta admirable, más aún lo es su escritura. No utilizan más que puntos para escribir las vocales, y no se distinguen entre ellos más que por su posición. Tienen cinco posiciones: la superior significa la a, la siguiente la e, etcétera. De este modo:

a .

 e  .

  i  .

o .

 u  .

Aunque nos parezca que el distinguirlos entre sí puede resultar complicado, el hábito que poseen lo hace muy fácil. Poseen treintaiséis consonantes, de las cuales hay veinticuatro muy dignas de señalarse. Se trata de pequeños trazos que rodean los puntos, y cuyo significado depende del lugar que ocupan. Por ejemplo:

eb ¡ ‘aire claro’; oc •―‘agua caliente’; ix―• ‘agua fría; ul ¡ ‘tierra húmeda’; af  ! ‘fuego seco’; es ; ‘aire blanco’; n !; t ¡; d !; p ∟; q ┐; r └; m ┐•; g ˩•; v └• ; j ˂; l ∟.ﬨ.

Hay todavía dieciocho o diecinueve más, pero no tenemos ninguna consonante en Europa que pueda representarlas. Cuanto más consideramos esta forma de escribir, tantos más secretos nos ofrece dignos de admiración. La b significa ‘claro’; la c, ‘caliente’; la x, ‘frío’; l, ‘húmedo’; f, ‘seco’; s, ‘blanco; n, ‘negro’; t, ‘verde’; d, ‘desagradable’; p, ‘dulce’; q, ‘placentero’; r, ‘amargo’; m, ‘amable’; g, ‘malo’; z, ‘alto’; h, ‘bajo’; i consonántica, ‘rojo’; ai, ‘pacífico’. Nada más pronunciar una palabra, reconocen la naturaleza de su significado. Así, para expresar una manzana dulce y apetitosa utilizan ipm; mientras que para significar una fruta mala y desagradable dicen ird. No puedo explicar todos los otros secretos que contienen y explican sus letras.

Los verbos son incluso más misteriosos que los nombres. Por ejemplo, escriben y pronuncian af para ‘amar’: a significa el fuego y f significa la sequedad que causa el amor. Dicen la para significar ‘amo’, signo de la humedad presente en el amor; pa, ‘amas’, señal de la dulzura del amante. Lla, ‘amamos’, representando la doble l un número de personas. Oz significa ‘hablar’: la letra o es la marca del gusto con que debemos sazonar nuestros discursos; la z, la elevación y compresión de los pulmones que se requieren para formar palabras.

Cuando se enseña a hablar a un niño, se le explica a la vez el significado de todos los elementos, de modo que, al unirlos, aprende al mismo tiempo la esencia y la naturaleza de las cosas que expresa. Todo ello supone una magnífica ventaja, tanto para los individuos como para la población en general, ya que, tan pronto como aprenden a leer, algo que alcanzan aproximadamente a los tres años de edad, comprenden a la vez todo cuanto es atribuible a todos y cada uno de los seres. Saben ya leer correctamente a los diez años, y conocen todas las sutilezas del lenguaje escrito con catorce años de edad, alcanzando todas las dificultades de la Filosofía con veinte años. A partir de esa edad, hasta llegar a los veinticinco, se dedican a la contemplación de los astros, dividiendo este estudio en tres partes: la primera se refiere a las revoluciones de los astros que dan lugar a sus años; la segunda, a la forma de distinguirlos; la tercera se ocupa de sus cualidades, con unos razonamientos que son del todo diferentes de los que empleamos nosotros en Europa sobre esta materia. Pero como se trata de un tema puramente filosófico, no es el momento ni el lugar para entrar en detalles sobre él.

A partir de los veinticinco y hasta los veintiocho se entregan al estudio de los volúmenes de su historia. Pero creo que es éste su punto más débil y en el que más extravagancias demuestran. Cuentan alrededor de doce mil revoluciones del solsticio. Dicen tener su origen en el Haab o en otra divinidad, que insufló otras tres a las que llaman por su nombre, y de las cuales proceden todas las demás. Poseen antiguos documentos de cortezas de árbol que estiman en ocho mil revoluciones. Y distinguen año tras año en estos anales a partir de muchos detalles que resultan del todo increíbles. Hace falta tener un ingenio especial y sutil para poder leer y explicar las primeras cinco mil de las revoluciones, y nunca conseguí entender nada de ellas. Componen cuarenta y ocho volúmenes de enorme grosor, que conservan en el Hab como si se tratara de algo sagrado, que hay que contemplar con respeto. La única razón que dan para autorizar la veracidad de cuanto contienen es que fueron escritas por hombres incapaces de mentir, por lo que, en consecuencia, señalaron exactamente lo que ocurrió en esos tiempos. Si fuera verdad todo cuanto nos enseñan, las estrellas se habrían multiplicado en dos terceras partes, el Sol habría aumentado de tamaño y la Luna habría disminuido, el mar habría cambiado de posición, y otras miles de cosas semejantes, y en todo punto inverosímiles.

Datan nuestro comienzo después de cinco mil revoluciones, relatándolo en unos términos absolutamente ridículos. Se dice en sus escritos que una serpiente de naturaleza anfibia y de enorme tamaño llamada Ams se lanzó sobre un hombre mientras dormía, y, después de gozar de él sin causarle ningún daño, el hombre se despertó una vez concluida la acción, sintiéndose tan afligido que se precipitó en el mar. La serpiente, al contemplar semejante desesperación, se lanzó tras él al agua, para cuidarlo y aliviarlo, hasta que lo llevó a una isla vecina que ya no existe. Una vez allí, conmovió su corazón mediante caricias y dándole muestras de amistad, y se ocupó de alimentarlo. Pasados unos meses, la serpiente redobló sus cuidados al descubrir que el hombre llevaba su fruto en su interior. Cuando parió, dio a luz a dos hijos con los dos sexos, lo que hizo que la serpiente se viera obligada a brindarle cuidados especiales al recién parido, con un incesante ir y venir en busca de lo necesario para mantenerlo. Cuando escaseaban los frutos comunes, capturaba peces y pequeños animales, y se los llevaba y hacía comérselos a las dos criaturas. A medida que iban creciendo, los niños empezaron a dar signos de malicia y de una gran brutalidad, lo cual causó tanto dolor y tristeza al hombre que se sintió desconsolado. La serpiente se dio cuenta de su desdicha, y después de hacer todo lo posible por animarlo sin éxito, pensó que él añoraba su país, por lo que le dio a entender mediante signos que, caso de que quisiera volver con los suyos, estaba dispuesta a ayudarlo en su regreso, lo mismo que lo había asistido en su venida. El hombre se lanzó al agua, más para poner a prueba la voluntad de la serpiente que por cualquier otra consideración. Pero la serpiente se echó a nadar, colocándose bajo su estómago, y lo devolvió en pocas horas a su país. Hecho esto, volvió recoger a sus dos hijos, que ya eran mayores, habían copulado y se habían multiplicado en gran cantidad, alimentándose sólo de la caza y de la pesca, como bestias carnívoras. La isla se había poblado demasiado como para mantenerlos a todos, por lo que habían encontrado los medios para trasladarse a otras tierras, llenándolas con su progenie y con todos los desórdenes que conocemos. Y este es el origen que nos dan.

Cuando llegan a la edad de treinta años pueden ya discurrir sobre todo tipo de temas salvo sobre el Haab y los Habes, es decir, sobre la divinidad y sus anales. Cuando tienen alrededor de treinta y cinco años, pueden convertirse en tenientes de los Hebs y formar un grupo familiar con los demás hermanos de su departamento. Antes, pasados los veinticinco años, pueden volver al Heb para ocuparse de la instrucción de la juventud. Pero normalmente conservan el rango de la antigüedad a estos efectos, a no ser que algún anciano se lo ceda voluntariamente a otro.

Capítulo X. De los animales de la Tierra Austral

No hay nadie, por poco versado que esté en el conocimiento de un país, que no sepa que los animales son tan diferentes como las tierras que los acogen. Inglaterra no tiene lobos, y ejerce su dominio en muchas islas en las que no pueden sobrevivir las serpientes, que mueren si se las transporta a otras tierras. Los árboles de los bosques de Irlanda no toleran los gusanos ni las arañas. En las islas Orcadas no hay moscas, y el Trondenus de Noruega no conoce lo que son los gusanos. En La Candie no hay ningún animal venenoso; y el mismo veneno, transportado a las Islas Trinidad, deja de ser mortal.

Es algo bien cierto que los grandes animales no son siempre los más perjudiciales. Las diminutas pulgas, que son algo que los australianos no llegan a comprender, aunque lo único extraordinario para ellos es que se trate de seres vivos, producen tales estragos en muchos rincones de Europa que a menudo son la causa de esterilidades, enfermedades y mortandad universal, como lo prueban infinidad de experiencias. Es por esto por lo que considero que una de las mayores dichas de los australianos es el verse libres de todos estos insectos, hasta el punto de que rechazan como cuentos divertidos todo lo que se les cuenta sobre ellos, porque están persuadidos de que la vida precisa necesariamente de órganos proporcionados que posean su justa capacidad. No se encuentra, en toda la extensión de sus territorios, ninguna bestia inmunda, ni venenosa ni dañina, y estoy convencido de que la solidez de los frutos que allí se encuentran proviene de la ausencia de sus excrementos. Es por ello por lo que los cuerpos están siempre sanos, vigorosos y menos sometidos a la putrefacción, y no producen esas exhalaciones hediondas e insoportables que sufrimos en Europa. Ésta es la razón de que se acuesten y duerman sin dificultad sobre la tierra desnuda, sin ningún tipo de incomodidad e incluso de forma sana y placentera.

Durante mucho tiempo mantuvieron con ellos a cuatro tipos de cuadrúpedos, y aún los conservan en muchos asentamientos. Los más pequeños podríamos compararlos con nuestros monos, salvo que no tienen el rostro velludo, tienen los ojos despejados, las orejas muy largas, la boca y la nariz de apariencia humana, y las patas más largas, con cinco dedos con los que sujetan y transportan todo lo que quieren con la misma facilidad que los hombres. Son muy activos y manifiestan ciertos gestos amables que causan gran asombro y admiración. Es tal la amistad que demuestran hacia los hombres, que pueden morir de hambre y de pena cuando se ven obligados a alejarse de ellos. Cuando están en presencia de alguien, no pueden contenerse sin ofrecerle diversión con sus saltos, sus giros y contorsiones, y otras miles de piruetas. Está comprobado que viven más de la compañía del hombre que de cualquier otro alimento, y no comen más que cuando están junto a él. Los han echado de algunos asentamientos porque eran demasiado revoltosos, especialmente en el Hab. Aunque que no podían impedirles acudir, y si los mantenían encerrados los encontraban moribundos al regreso, tampoco pueden dejarlos ir y venir ni permitirles la entrada sin exponerse a una distracción continua, que profanaría ese santo lugar.

Hay un segundo tipo de animales que tienen algún parecido con cerdos de mediano tamaño. Pero sus pelos son suaves como la seda, y tienen el hocico más alargado. Los llaman Lums. Tienen la habilidad de escarbar y remover la tierra en línea recta, con tan grande y aun mayor artificio que nuestros mejores labradores con sus carros, sus caballos y bueyes. Pero lo que tienen de más ventajoso es que no necesitan que nadie los dirija para trabajar sus surcos, desde el principio hasta el final. Sin embargo, los han exterminado en la mayoría de los asentamientos a causa de la suciedad que producen, y porque no resultan útiles más que siete u ocho días al año. Tienen que mantenerlos encerrados el resto del tiempo si no quieren sufrir los molestos destrozos que ocasionan, tanto para su supervivencia como por simple diversión.

Un tercer tipo de animales se asemeja a los dromedarios, salvo que su cabeza es más parecida a la de los caballos. En su lomo, el espinazo está completamente hundido, y las costillas, que se elevan hacia arriba, forman una especie de hueco, y en la parte más hundida pueden acomodarse perfectamente dos hombres. Los llaman fuefs y cargan con los hombres de dos formas: la primera es la más simple y sin aparejos, sin silla ni montura. Pueden cargar así hasta ocho hombres sin dificultad, lo que equivale al peso de doce europeos como mínimo. La segunda, que es la más cómoda, consiste en una especie de montura redonda que da cabida a cuatro hombres. La forma de conducirlos consiste en dirigirlos con una pequeña fusta, para advertirles cuando tienen que girar. Se decidió prescindir de ellos en nuestro asentamiento, porque los pájaros carnívoros los acosan con avidez, y además porque hay que emplear mucho tiempo en mantenerlos, alojarlos y conducirlos, tareas que se consideran indignas para un hombre, que sólo debe ocuparse de asuntos conformes a su naturaleza.

Aparte de estos animales, se ven cuatro tipos de pájaros que merecen nuestra atención. Los primeros, llamados effs, revolotean como nuestras gallinas domésticas, tienen aproximadamente su mismo tamaño y son de un llamativo color encarnado. Habían empezado a expulsarlas de los asentamientos, porque causan grandes desperfectos en los jardines. De los otros dos tipos, unos son parecidos a nuestros verderones y los segundos a los carboneros, pero un poco más grandes en ambos casos. Son tan dóciles que muchas veces hay que echarlos, porque se cuelan entre los pies. Su canto es tan dulce que supera en justicia a nuestros conciertos de música. Revolotean junto a los hermanos y los siguen por todas partes. Penetran incluso en el Hab, y producen en el espíritu un estado de dulzura gracias a sus trinos, al que llaman pacd, es decir, distracción de la beatitud. Sólo se alimentan junto a los hermanos, y no descansan hasta que se posan sobre ellos. Tienen la capacidad de percibir a los pájaros carnívoros desde muy lejos, picoteando a los hermanos para advertirles de su presencia. Son, en una palabra, uno de los entretenimientos más útiles y agradables de este pueblo.

Los pájaros del cuarto tipo tienen el tamaño de un buey, con una cabeza alargada y terminada en punta, y con un pico del tamaño de un pie, más duro y agudo que el acero afilado. Tienen auténticos ojos de buey que sobresalen de su cabeza, dos grandes orejas con plumas rojizas y blancas, un cuello fino pero muy largo, el cuerpo de 12 pies de largo y 4 de ancho, con una cola de plumas grandes y retorcidas, bajo las cuales se oculta un estómago a prueba de golpes y duro como el hierro. Tienen las patas más bien cortas y terminadas en cinco espantosas garras, capaces de levantar un peso de trescientas libras. Estas horribles bestias se llaman urgs, y viven sólo de la rapiña del mar y de la tierra. Algunas veces entablan una guerra tan cruel con los Australianos, que han llegado a matar a diez, doce y hasta quince en un solo día. Desde el momento en que prueban la carne humana su avidez por devorarla va en aumento, y son capaces de inventar todo tipo de estratagemas y tretas para obtenerla: tan pronto reposan emboscadas como se quedan suspendidas a media altura doce o quince juntas para lanzarse en picado, y no se marchan hasta que consiguen atrapar a un hombre como mínimo.

A decir verdad, son los únicos enemigos que tienen que soportar los australianos, los únicos que impiden que su estado natural de beatitud alcance la perfección. Y ciertamente han hecho y siguen haciendo lo impensable para destruirlos. Para echarlos, han llegado a arrasar islas enteras de hasta treinta y cinco leguas de diámetro, y montañas de una legua de altura. Pero por más que lo han intentado y continúan haciéndolo, no veo que sea posible que consigan su propósito. Hay tal cantidad de islas en estos contornos, a distancias que van desde las tres hasta las diez leguas, y aún más allá, y con rocas tan altas, que resulta imposible arrasarlas todas. Y aunque pudieran destruir las más próximas, hay muchas otras más alejadas, y querer destruir todos los lugares donde pueden habitar esos pájaros sería como proponerse aplanar toda la tierra, tal como ellos la conciben. Pero hablaremos con más extensión de estos animales en el siguiente capítulo.

Aparte de los animales mencionados, los australianos poseen miles de secretos para producirlos de muchos tipos, pero tienen una corta vida, porque no pueden alimentarse.

No puedo dejar en silencio que los australianos, no sólo no prueban la carne, sino que no pueden ni siquiera imaginarse que un hombre pueda comerla. Éstas son sus razones: 1º, este alimento no es compatible con el hombre, que es ajeno a todo tipo de crueldad; 2º, el alimento de los animales tiene mucho en común con el de los seres humanos, por lo que alguien que comiera la carne de un animal estaría fácilmente comiéndose su propia carne humana; 3º, piensan que su digestión es muy peligrosa, y que no se puede comer la carne de un animal sin adquirir sus inclinaciones; 4º, están convencidos de que la carne de un bruto está tan adaptada a él que no puede servir para la composición de otro diferente, y que uno mismo se convierte en bruto en la medida en que se une a la carne de la bestia; 5º, sienten tanto rechazo ante la misma palabra ‘bestia’, que preferirían dejar de existir antes que tener cualquier tipo de relación con ellas; 6º, no saben lo que es encender el fuego para cocinar; 7º, en fin, es tanta la antipatía que tienen por las bestias, que si un australiano se comiese la carne de una de ellas pensaría que acabaría convirtiéndose en bestia.

Igual que sienten horror por la carne de los animales terrestres, detestan la de los peces. Cierto es que éstos son escasos en esa zona, ya que las aves de presa de que he hablado les hacen una guerra sin cuartel. En treinta y dos años, no recuerdo haber visto más que algunos tipos de anguilas de tres o cuatro varas de longitud y ciertos atunes gruesos y de pequeño tamaño, parecidos a nuestros puercoespines y de un color negro resplandeciente como el ébano.

Capítulo XI. De las rarezas útiles para Europa que se encuentran en el país Austral

Los que se imaginan que Europa es un país que se basta a sí mismo y no tiene necesidad de sus vecinos se comportan como ciegos sin experiencia. Las nuevas comodidades que el comercio con América y Asia ha descubierto desde hace cien años, son la prueba fehaciente de este error. Si Europa pudiera entrar en contacto con los Australianos, no cabe duda de que sería muy diferente a como es en la actualidad. No hablaré de la naturaleza de este pueblo, ni de las virtudes morales que manifiestan sus individuos, algo que debe considerarse como un tesoro incomparable, que serviría de ejemplo y de modelo para todos ésos que, después de treinta y cuarenta años de mortificaciones, no sacan ningún provecho de su perfeccionamiento. Sólo mencionaré cuatro beneficios admirables, que sin duda servirían de mucho provecho.

Entre los animales de los que he hablado, los hums prestarían un servicio increíble, puesto que librarían a los hombres de todos esos esfuerzos añadidos que hay que realizar para labrar la tierra. Pero mayor sería el beneficio que obtendríamos de los suefs. Se trata de bestias tan mansas, que superan a los bueyes más domesticados, y son tan fáciles de mantener que dos libras de forraje les bastan para alimentarse más de tres días. Es más, pasan días enteros sin comer, por lo que, cuando se los lleva de viaje, no hay que detenerse antes de diez o doce horas de camino para que se repongan. Y a cambio, sus pasos son largos y rápidos, pudiendo recorrer hasta dieciocho o veinte leguas sin problema. Es inconcebible el fruto que sacarían de ellos mercaderes y Señores: no emplearían ni la décima parte de los gastos a que están obligados para viajar y transportar las mercancías. Sólo dos de esos animales pueden transportar una carga para la que nosotros necesitamos un gran carro tirado por seis caballos. Es normal que los Australianos, que no ejercen ningún tipo de comercio, puedan pasar sin ellos. Pero los europeos deberían arriesgarse a buscarlos por las increíbles ventajas que podrían obtener de ellos.

Pero la utilidad que se puede obtener de los pájaros carnívoros que mencioné antes, es lo que realmente supera cualquier beneficio que los europeos hayan podido nunca imaginar. Estos animales, que son muy crueles en estado salvaje, se capturan fácilmente y, una vez en cautividad, se vuelven tan domésticos y amigos del hombre, que ni siquiera nuestros perros pueden comparárseles. Los que mantenían aún en el asentamiento de Burd cuando llegué a la tierra Austral, cargaban a un hombre con más facilidad que un caballo español. Puede uno montarlos en el hueco de sus alas, y su lomo resulta un confortable capacho. No hay más que sujetarles un pequeño cordel en el pico para dirigirlos, como y a donde uno quiera, y se pueden hacer hasta quince o dieciséis horas de una vez y sin cansancio. Se pueden recorrer treinta y cinco leguas sin problema, sin temor ni peligro alguno, y en línea recta, sin tener que preocuparse por toparnos con obstáculos imprevistos como arroyos, ríos, bosques y montañas. En pocas palabras, nos ofrecen increíbles comodidades y un indescriptible y placentero medio de viajar. Las dos razones que han hecho que los australianos prescindan de ellos no han lugar en Europa: una es que son extremadamente fogosos en sus cópulas, lo que puede provocar que un macho se lleve a su jinete a cualquier isla donde olfatee una hembra, y en Australia más de uno acabó así devorado por los pájaros salvajes. La segunda es que los australianos se convencieron de que los pájaros domesticados atraían a los demás carnívoros a su tierra, provocando las grandes catástrofes que tuvieron que soportar. Estas precauciones no son dignas de tenerse en cuenta en los países septentrionales, ya que sólo se tendrían pájaros domésticos, de los que sólo se obtendrían beneficios. Es cierto que son carnívoros, pero no son antropófagos a no ser que se los atraiga y seduzca para serlo, como ya he explicado.

Esto en cuanto a lo que considero más interesante en lo referente a los animales de Australia. En cuanto a los frutos que se dan allí, superan todo lo imaginable en belleza y delicadeza, y las mesas de los Reyes se verían enriquecidas con su consumo. Aparte de su belleza y delicado sabor, el fruto del reposo tiene propiedades que pasarían por milagrosas entre nosotros. El sueño reparador que produce, siempre que queramos dormir sin ninguna dificultad, y todas las heridas que se curan con su jugo en muy poco tiempo, me hacen creer que serviría de remedio seguro para cualquier enfermedad en Europa. He sabido que éste fue el único medio de que se sirvieron para curar mis heridas a mi llegada. Y después, siempre que recibí diversos golpes en los numerosos combates, produciéndome contusiones, heridas y fracturas, me encontré completamente restablecido en tres días. Siendo así, podríamos curar muchos males prescindiendo de una gran cantidad de drogas y remedios y sin gastos, viviendo sin el peligro de sufrir todos esos tipos graves de invalidez que afectan a muchas personas en nuestros pagos. Me vi sometido a muchas debilidades durante mi estancia en Portugal, y las espantosas sacudidas que sufrí en el mar tuvieron por fuerza que debilitarme más aún. En cambio, desde que estoy en este país, viviendo de los frutos que les sirven de alimento, he de decir que no he sufrido ninguna incapacidad corporal del tipo que sea; y aunque mis propios defectos me hayan causado muchos contratiempos muy considerables, y que la lejanía de mi país, unida a las costumbres del todo extraordinarias que me he visto obligado a seguir, me han producido muchos males, tan pronto como me como un fruto del reposo, mis afecciones se alivian, se alegra mi corazón, y vuelvo a encontrarme de muy buen humor. Todo esto se estimaría a precio de oro en los países septentrionales, en los que mucha gente acaba muriendo de tristeza, y las penas producen un sentimiento de abandono peor que la muerte.

¿Podemos imaginarnos algo más deseable que vivir de manera espléndida y confortable, sin gastos y sin precisar de cocina ni cocineros, sin todos los enredos que se siguen de ello? ¿Podemos pensar en algo más delicioso que disfrutar de una bebida cordial, más alimenticia y fortificante que todas las bebidas tanto naturales como artificiales de Europa, gozando de ella sin trabajo ni esfuerzos? ¡Qué tranquilidad de espíritu para las almas religiosas, poder vivir casi sin comer ni beber, es decir, con naturalidad y sin verse obligadas a perder su tiempo y su dinero! Además, no necesitaríamos más que dos o tres trozos de un fruto más apetitoso que nuestras comidas más sustanciosas y elaboradas, bebiendo esa especie de néctar natural, de una exquisitez desconocida en nuestras tierras, sin más esfuerzo que recibirla de la naturaleza tras un mediano cultivo.

Aparte de esto, dado que los europeos son extremadamente ávidos de novedades, podrían realizar con el jugo del fruto del reposo, añadiéndole en diversas mezclas algunas cocciones de agua salada, todo tipo de invenciones útiles, necesarias y admirables. Se puede producir cualquier color que se desee; se puede transformar algo blando en una materia más dura que el acero, sin necesidad de fundido ni golpes de martillo. Se puede cambiar lo que es duro en materia maleable y trabajable como la cera fundida. En fin, no hay ni habrá mago alguno ni embaucador de triquitraque que se haya aproximado siquiera a los encantos y maravillas que se obtienen de estas mezclas, que se fabrican tan fácilmente que no hay nadie, por poco experimentado que sea, que no pueda descubrirnos efectos que tendríamos por milagrosos.

He comprobado con admiración cientos de veces que en este país la naturaleza nos regala en abundancia, y como si se tratara de un juego, todo aquello para lo que se muestra avara en nuestra tierra. Todo lo que nosotros consideramos singular, llamativo y excitante, es por aquí algo tan común que se ve sin que llame la atención. Y en fin, todo lo que los europeos no alcanzan si no es tras largos y penosos trabajos, no precisa en estas tierras más que de un ligero esfuerzo momentáneo. No puedo pasar por alto la abundancia que poseen del más fino cristal, que ellos saben muy bien cómo labrar y encajar uno sobre otro, con tanta precisión y artificio que resulta imposible distinguir la juntura. Este cristal es tan transparente, que no podríamos descubrir las puertas fabricadas con él si la naturaleza no lo hubiera enriquecido con figuras de diversos colores entrelazados que nos permiten distinguirlo. Considero una prueba infalible de que este país ha sido allanado el que veamos, en el asentamiento de Huff, un Hab que está hecho probablemente de una sola pieza, algo imposible si no es a fuerza de picar y tallar una roca de esta naturaleza. Es una pieza inimaginable, tan rica y prodigiosa que supera milagrosamente a cualquiera otra, tanto en altura como en grosor: unos cien pies de alto por dos mil de largo. Las figuras entremezcladas con el cristal son más singulares de lo común, y puede distinguirse bien que son de todos los tamaños sin ningún corte. Me aseguraron que se había propuesto muchas veces en las asambleas si acaso no sería mejor destruirla que conservarla, en primer lugar, porque llama demasiado la atención; en segundo lugar, porque es motivo de distracción; y por último, porque se trata de una rareza excesiva. No sé a qué conclusión habrán llegado. Los cristianos europeos, que buscan con tanto ahínco el enriquecimiento y la decoración de sus iglesias, encontrarían aquí todo lo que pudieran desear para hacer admirar y producir asombro ante sus santos lugares.

La mayor dificultad radica en encontrar el medio de poder comunicarse con este pueblo. Tras haber realizado todas las reflexiones posibles, considero que existe un obstáculo insuperable. Dado que ellos no precisan de nada, no parece probable que se les pueda atraer con promesa de ganancias, recompensas o placeres. Por otro lado, la inexplicable aversión que mantienen y alimentan por nuestra nación, es causa de que no puedan vernos sin sentir horror. Sienten más odio hacia nosotros del que nosotros podamos tener frente a los lobos o las serpientes. No pueden ni siquiera oír hablar de nuestra naturaleza sin dar testimonio de la pasión que tienen por destruirnos. Todo aquello que aportamos a las tierras que consideramos nuevas, y que nos ha facilitado el acceso y el buen recibimiento entre sus habitantes, se considera entre ellos como estupideces o juegos de niños, cosas indignas de la estima de un ser humano. Ven nuestros tejidos como nosotros vemos las telarañas. No saben lo que significan las palabras ‘oro’ y ‘plata’. En una palabra, todo lo que nosotros consideramos precioso, es juzgado por ellos como ridículo y como un empeño de bestias. Pero lo que más me desanima en todas las indagaciones que pueda hacer para dar con el medio de comunicarnos con ellos, es la enorme ventaja que tienen con las aguas tan poco profunda de sus mares, que no pueden dar calado a una nave a dos o tres leguas de sus orillas, ni siquiera a una chalupa a menos de quinientos o seiscientos pasos, si no es por algunos contornos específicos que no se pueden intentar sin mucha experiencia. Además, montan una guardia tan escrupulosa en sus orillas, que resulta imposible cogerlos desprevenidos ni atacarlos con alguna esperanza de éxito, como veremos a continuación.

Capítulo XII. Sobre las guerras frecuentes entre los australianos

Es una regla inviolable de este mundo que el hombre no pueda poseer un bien sin esfuerzo, ni mantenerlo sin dificultad. Los australianos, que serían felices en sus territorios, repletos de todos los dones de que la naturaleza es capaz, no dejan de tener enemigos con los que se ven obligados a enfrentarse y a declararles la guerra para defenderse de ellos. Las guerras más habituales son, en primer lugar, contra los Fondinos; en segundo lugar, contra los monstruos marinos; y en tercer lugar, contra los pájaros salvajes y carnívoros. Las dos primeras los obligan a mantener a miles de hombres continuamente de guardia en las estribaciones de los montes Iuads, y muchos más en las costas: a saber, un total de unos veinte mil hombres a lo largo de sesenta leguas del país. La tercera guerra los fuerza a no alejarse unos de otros algunas veces, tomándose grandes y muy molestas precauciones.

La forma en que se regula el envío de los guardianes no supone ninguna dificultad. Ha estado desde siempre tan bien ordenada, tanto en lo que se refiere a su envío como a la permanencia y el sustento de los guardianes, que todo se realiza sin siquiera hablar de ello. Se eligen alrededor de seis millones de personas de todo el país para la guardia de las avenidas. Se disponen de tal manera que haya alrededor de trescientos treinta hombres por cada legua, más de cien mil por cada trescientas leguas.

Los que descubren alguna presencia del enemigo, lanzan una señal que estalla como una brillante llama, produciendo además un ruido como el de una tromba de agua impetuosa, que se escucha fácilmente a una distancia de dos leguas. Enseguida, los otros, a derecha e izquierda, lanzan la misma señal, de modo que en 24 horas toda la costa está advertida. La mitad de los guardias corren al lugar de la alarma, con tanta prontitud que en seis horas hay en el lugar tres o cuatro mil hombres. Cuando consideran que hay suficiente gente para enfrentarse y destruir al enemigo, se anula la primera señal, y a continuación todas las siguientes, para que no aumenten los refuerzos.

Lo que resulta más admirable es observar cómo saben comportarse con tanta exactitud y destreza, sin nadie que los dirija, sin más advertencia e incluso sin hablarse: jamás se ha visto a un soldado, por bien dirigido e instruido que esté, mejor adiestrado ni más escrupuloso en su cometido que estos hombres. Los que están en vanguardia, avanzan de frente según lo consideren necesario. Todos y cada uno de ellos llevan la razón como guía y a la misma razón se someten todos, con tal empeño que se diría que no forman sino un solo hombre, o que todos ellos son admirables dirigentes, con el mismo objetivo y los mismos medios para ejecutarlo.

He sido testigo de dos incursiones de los Fondinos en el país. La primera tuvo lugar unos diecisiete años después de mi llegada, y la otra ocurrió el año pasado. Alrededor de cien mil Fondinos se habían aglomerado para abrirse camino por un pasaje donde no se les esperaba. Más de treinta mil se habían apostado en un recodo, desde el cual sólo había que descender cincuenta pasos para introducirse en el país. Iban desfilando aprovechando la noche, y si no hubiese sido por el ruido de algunos descuidados, habrían entrado más de diez mil antes de poder lanzarse la señal. Cuando se vio que se trataba de un gran peligro inminente se repitió la señal, aviso incuestionable de que todos los asentamientos debían apresurarse para ponerse en marcha.

Los Fondinos, que entraron en masa, no se toparon al principio con más de trescientos australianos, que se mantenían firmes con tanta fuerza que detuvieron su paso. Pero después, los que ya habían conseguido entrar los rodearon, no dejando a nadie con vida. Sin embargo, la vendieron bien cara, combatiendo durante más de dos horas, de modo que los dos asentamientos vecinos tuvieron tiempo de acudir y, mientras los otros combatían, se fue formando un grupo de unos mil quinientos hombres. Pasando sobre los cadáveres de los primeros, los Fondinos avanzaron más de sesenta millas gritando ham, ham, ‘¡victoria, victoria!’. Los quinientos hombres les hicieron frente como una sólida roca, oponiéndoles resistencia por todos lados. Pero los Fondinos los rodearon fácilmente, causando una carnicería.

Al rayar el alba, una parte de los Fondinos que se obcecaban en mantener el combate contra los mil quinientos, prendieron fuego por todos lados, bien sea para abrasarlos o bien para impedir su huida. Los australianos se reunieron en un grupo de alrededor de dos mil quinientos hombres, entre los cuales me encontraba yo. Formaron tres cuerpos, y el menos numeroso pequeño, que contaba con unos cinco o seis mil hombres, intentó ganar el pasaje por el que habían entrado los Fondinos. Éstos, prevenidos de su proceder, habían dejado a veinte mil de los suyos emboscados para defender los accesos, y chocaron tan brutalmente con los australianos durante cinco horas seguidas, que habrían acabado con todos ellos si no hubiera sido por la llegada de un refuerzo de tres mil hombres, que mantuvieron el combate otras cinco horas más, produciéndose una matanza en ambos bandos difícil de describir. Los dos cuerpos de australianos combatieron con el mismo coraje y consiguieron aplastar por entero a los Fondinos. La carnicería fue tan grande que el escenario del combate se convirtió en un mortero repleto de sangre y cadáveres, por el que caminábamos hundiéndonos hasta las rodillas. Ya comenzaban los Fondinos a replegarse cuando acudió otro refuerzo de veinte mil australianos que, tras acabar con los Fondinos sin dificultad, vinieron hasta nosotros para traernos alimento. Hecho esto, se destacaron diez mil hombres para ir a socorrer a los hermanos que se encontraban en el pasaje y que lo estaban pasando realmente mal, porque los Fondinos, con sus continuas emboscadas, no les permitían defenderse. Se redobló el combate contra los que habían quedado en el interior, pero estaban tan agotados que comenzaron a abandonar el terreno dispuestos a emprender la huida. En cuanto vieron que las vías de escape estaban cerradas y que su derrota era inevitable, defendiéndose a la desesperada, se volvieron contra los australianos que les seguían los talones, consiguiendo pasar a cuchillo a más de veinte mil que no pudieron defenderse. Los Fondinos, encontrando vía libre para hacerse con el terreno, se dispersaron por todos sitios. El combate continuó hasta la medianoche, sin que dejaran de acudir australianos de todas partes para socorrernos. Cada vez que encontraban a Fondinos fugitivos, no dejaban escapar a ninguno con vida. Corrimos después al pasaje, donde los Fondinos se defendían aún con mucha fuerza. Pero cuando vieron acudir a tantos refuerzos, pusieron pies en polvorosa e intentaron emprender la retirada. Concluido el combate, los australianos que habían participado recogieron las enseñas y se entregaron a refrescarse y descansar, mientras que iban llegando otros que se dedicaron a buscar a todos los hermanos caídos en la batalla. Encontraron en el escenario a más de diecinueve mil australianos muertos, y se contaron doce mil heridos, entre los cuales me encontraba yo, que tenía un brazo fracturado y un muslo desgarrado. Fueron reconociendo uno a uno a todos sus caídos, y de los combatientes de los asentamientos más cercanos a la batalla no quedaron más que veintisiete con vida. Se dieron las órdenes oportunas para transportar los cadáveres a sus departamentos y amontonar los cuerpos de los Fondinos en el mismo lugar de su irrupción. Tuvieron que cargar con cerca de noventa mil, que fueron colocando uno sobre otro, en una extensión de casi una legua y media.

Así fue el primer combate con los Fondinos, que he podido describir como testigo ocular y como combatiente. No pude constatar por nuestra parte más que una consigna: la de mantenernos firmes e inquebrantables hasta la muerte. Los de primera línea se ocupan en estos casos de frenar los golpes, mientras que los de retaguardia cargan contra los asaltantes con tal ímpetu y rapidez que cincuenta australianos son capaces de enfrentarse y contener a diez mil hombres. Todos llevan para el combate una pequeña coraza, ligera y fina como nuestro papel, pero tan dura e impenetrable que es preciso un golpe extraordinariamente fuerte para atravesarla. En cuanto al alimento, cada cual lo toma de su departamento con el mayor escrúpulo, para que afecte lo menos posible. Los hermanos lo llevan a su Hab por la mañana, los del Hab vecino lo transportan al suyo, y así los demás, hasta que llegan al lugar destinado para recoger todos los frutos, que son vigilados por los guardianes. Cuando la distancia de los lugares de origen provoca algún deterioro en los frutos, los cambian en un Hab por otros más frescos.

El segundo combate tuvo lugar seis años después. Los Fondinos se habían adueñado de una gran isla a doce leguas del asentamiento de Puls. Estaba a nueve horas de distancia y como era una buena tierra, se habían hecho fuertes y se habían ido multiplicando. Su buen clima y su abundancia atraían a diario a nuevas colonias. Habían encontrado incluso el medio de realizar desde allí incursiones en el continente de los australianos.

Decidieron expulsarlos, pero no se consideró prudente lanzar ningún aviso. Se limitaron a informar por escrito a los quinientos asentamientos vecinos, cada uno de los cuales formó un destacamento de cuatrocientas personas, formándose así un ejército de doscientos mil hombres. Se construyó una especie de plataforma flotante que daba cabida a mil doscientos hombres en orden de batalla: trescientos en su frente y cuatrocientos en cada lado. Los hombres iban por el agua hasta que necesitaban subirse a la plataforma, que llegó a cargar con ciento veinte mil, ordenados en hileras de combate. Equiparon además seiscientas pequeñas embarcaciones, cada una de ellas con cabida para cien hombres junto con todas las provisiones necesarias para ocho horas; otras cuatrocientas cargaban con los víveres de los hombres de la plataforma, más doscientas más que iban y venían, según surgieran las necesidades de todo el ejército. Se prepararon además tres máquinas que se transportaron con doscientas de las seiscientas naves mencionadas. La primera tenía una especie de órganos de mil tubos que efectuaban mil disparos diferentes de una vez. La segunda la formaban por entero unas escaleras mecánicas, y la tercera unas ruedas artificiales con puntas que se introducían en los muros y, una vez dentro, se alargaban en forma de gancho; después, al girar las ruedas, tiraban de los muros hasta echarlos abajo. Yo me encontraba sobre la plataforma cuando este prodigioso armatoste empezó a dirigirse contra los Fondinos, que se habían preparado desde hacía tres meses para defenderse con gran coraje. Por lo que recuerdo, era ésta la primera vez que los australianos iban al encuentro de los Fondinos, quienes no los consideraban capaces de salir de su territorio, ni siquiera de defenderse fuera de él. Se habían guarnecido con todo tipo de precauciones, construyendo grandes fosas a alrededor de toda la isla, así como una doble muralla. Y en fin, contaban con más de trescientos mil combatientes, dejando fuera las mujeres y los niños, que los doblaban en número: todos dispuestos a vencer o a morir. Una vez llegadas las máquinas a las puertas de los Fondinos, los australianos se detuvieron mucho tiempo para deliberar de qué manera podían forzarlos. Tras una seria deliberación, se llegó a la conclusión de que, durante la noche, diez mil hombres bajarían desde la plataforma a las pequeñas embarcaciones para rodear la isla y provocar a los Fondinos, mientras que otros diez mil se dirigirían a nado con los instrumentos necesarios para atravesar las murallas. Todo se ejecutó con una diligencia extrema, sin que los Fondinos tuvieran tiempo para precaverse, ni siquiera para advertirlo. Los diez mil treparon sin desfallecer por la primera muralla y, tras perforarla, dos mil de ellos cruzaron el foso a nado, encaramándose al segundo muro. Nada más comenzar a abrirle una brecha, los centinelas Fondinos oyeron el ruido e hicieron todo lo posible por localizarlos. Pero, dado que la noche era de las más oscuras, y que los australianos se movían por el agua con mayor agilidad de la que podamos tener nosotros para correr, consiguieron pasar desapercibidos sin peligro de sus vidas. Habían entrado más de veinticinco mil en los fosos, guardando un absoluto silencio mientras que los Fondinos se dedicaban a tapar los dos agujeros. Mientras, otros australianos comenzaban a acosar a los Fondinos por diez o doce lugares distintos, y otros muchos escalaban ya el muro, exponiendo su vida a merced de los enemigos, que habían descubierto por fin, aunque demasiado tarde, el gran número de australianos preparados tanto para atacar como para defenderse. Los australianos que estaban en el foso, tras respirar unos segundos, empezaron a escalar la segunda muralla. Unos quinientos saltaron al interior en forma compacta para resistir firmes y ayudar a los demás, que escalaban con tal ímpetu, que en una hora veinte mil de ellos se unieron a la avanzadilla, pese a todos los esfuerzos que hacían los Fondinos por contenerlos. El Rey de los Fondinos, informado en su momento de que los australianos estaban ocupando la isla, sacó a sesenta mil hombres de un cuerpo de reservistas y acudió al frente para comprobarlo y sorprenderlos.

Los australianos empezaron a lanzar sus gritos habituales para asegurar a los demás que se hallaban en el interior, y enseguida se entabló una batalla tan enconada por ambos bandos, que los muertos y heridos caían como los frutos de un árbol con una fuerte sacudida. Conociendo los hermanos el coraje de sus enemigos y el peligro inevitable que corrían los de la avanzadilla, saltaban de todas partes, y a pesar de la resistencia de los Fondinos, que se entregaban de forma indescriptible, más de cincuenta mil consiguieron escalar, en parte para socorrer a sus hermanos, y en parte para apoderarse de la isla. Al rayar el alba, comenzaron a aliviar a sus compañeros, que ya empezaban a sucumbir. Redoblaron sus gritos, y tras apoderarse de un lado de la muralla, las embarcaciones la alcanzaron enseguida, y gracias a sus escaleras, en dos horas consiguieron subir más de veinte mil hombres. Por su parte, los Fondinos organizaron otro cuerpo del ejército, dispuestos a arriesgar el todo por el todo, y embistiendo con tanta fuerza contra cincuenta mil hombres, que los habrían aniquilado si no hubiera sido por otro cuerpo de australianos que acudió a reforzarlos, tras haber derribado más de doscientos paños de muralla. Se trataba de un destacamento de sesenta mil hombres de refresco de la plataforma, bien ordenados y que consiguieron pisarles los talones a los Fondinos, realizando tal masacre que apenas dejaron vivos a dos mil, que huyeron para refugiarse en una fortaleza cercana. Hacia las tres de la tarde la isla había sido por fin ganada, y antes de destruir todos los fuertes, que eran unos dieciocho en toda la isla, los australianos se apoderaron del exterior y de todas las embarcaciones que los rodeaban. Su objetivo era impedir por todos los medios que los Fondinos pudieran huir y escapárseles. Se dieron como plazo dos días para llevarlo a cabo, y otros tantos para identificar los cuerpos de los hermanos muertos, que se contaban en más de cuarenta y dos mil. Los cargaron en la plataforma y los llevaron a tierra para darles sepultura. Se contaron también los Fondinos caídos, que se elevaban a sesenta mil. Acudió después un refuerzo de cincuenta mil hombres procedentes del continente. Hecho esto, recorrimos todas las villas y ciudadelas de la isla, irrumpiendo en cinco de ellas y ocasionando una terrible carnicería con todos los que encontrábamos. Es difícil imaginar criaturas tan bellas como las que me encontré entonces. No podía presenciar cómo las degollaban sin sentir compasión, aunque no era éste un sentimiento desconocido para muchos australianos. Entré en una casa que parecía ser mayor que las otras, y me encontré con una venerable matrona, con dos hijas de unos veinticinco o veintiséis años que se lanzaron enseguida a mis pies. En ese momento me sentí conmovido de amor, y los encantos de sus rostros y sus senos desnudos me hicieron perder la razón y el juicio. Las levanté y, tras abrazarlas, tomé conmigo a una que consintió en ello. Pero justo en ese momento entraron dos australianos, pillándome desprevenido. Pude entender por su gesto que me encontraba perdido. Se contentaron de momento con degollar a las damas en mi presencia. Yo no sabía qué iba a ser de mí, ni qué decidir, no pudiendo a partir de ese instante mirar a ningún australiano sin sentir vergüenza. Cuando se me acercaban la turbación me obligaba a bajar la cabeza. Volví a una de las embarcaciones, dando pruebas de estar herido y fuera de combate: en efecto, me sentía tan hundido, abatido y derrotado por la tristeza, que apenas si podía mantenerme en pie.

Una vez saqueadas toda la extensión de la isla y sus ciudades, se resolvió atacar sus plazas fuertes. Se rodearon tres de golpe. Su asedio consistió en primer lugar en remover la tierra de los alrededores. Treinta mil hombres se encargaban de cavar alrededor de un fuerte, mientras los demás los protegían. En tres días alcanzaron las murallas, y a pesar de las contraminas de los Fondinos y de las diversas escapadas que hacían, tanto por tierra como por el subsuelo, consiguieron socavar todos sus muros, desmantelando las ciudadelas ante el espanto y la profunda consternación de sus habitantes. Se lanzaron de inmediato al asalto general, y todo el ardor de los Fondinos, que se defendieron con total entrega, no pudo impedir que se tomaran las tres plazas en sólo cuatro horas. Si fuera capaz de describir la masacre que se hizo, haría temblar al más resuelto. Podían contemplarse a los padres, las madres y cinco o seis hijos degollados y amontonados unos sobre otros, y ríos de sangre que corrían en medio de las calles. Y en fin, no tuvieron compasión por nadie, de cualquier edad y condición.

Los otros fuertes, prevenidos del asedio de los australianos, los evacuaron la noche antes de que los invadiesen. Pudimos ver a más de cincuenta mil personas de todo tipo al borde del mar: unas se precipitaron al agua, otras se entregaron a merced de sus enemigos, y aún hubo muchas que aguardaron, mientras elevaban las manos al cielo, una muerte que ya sabían que era inevitable.

Y así fue como fue despoblada esta hermosa isla. Una vez hecho el recuento de muertos, resultaron ser trescientos noventa y ocho mil novecientos cincuenta y seis, de todas las condiciones, que los australianos amontonaron en cuatro pilas al borde del mar, dejándolos a merced de los pájaros carnívoros. Aparte de los australianos muertos durante el asalto, de los que ya hemos hablado, encontramos dieciocho mil más, que fueron transportados a su tierra en diversas embarcaciones. Los heridos de los dos ataques sumaban más de treinta mil, que fueron de igual modo transportados.

Hay que señalar que los australianos celebran las asambleas del Hab y del Heb tanto dentro como fuera de su territorio, con la única diferencia de que en este último caso no se respeta tan escrupulosamente el horario. Así que, una vez en paz y en posesión de la isla, se reunieron para dar alabanzas a Dios, así como para deliberar sobre los acontecimientos, entre los cuales estaban, como asuntos principales, cómo iban a disponer de mi persona y cómo se iba a proceder para arrasar por completo la isla. Fui acusado por cinco jefes, todos los cuales consideraban que merecía la muerte. Me devolvieron a mi asentamiento tras ser escuchado, y decidieron destruir la isla entre dos tropas, cada una formada por cincuenta mil hombres: toda esa prodigiosa masa de tierra fue arrasada hasta quedar cubierta de agua en sólo diez de sus meses. Semejante obra no sólo resultaría imposible de realizar en diez años en Europa, sino que se consideraría como algo inconcebible y desmesurado. Y hasta aquí lo referente a los combates de los australianos con los Fondinos, de los que fui testigo.

Los segundos enemigos que los australianos tienen que combatir son los monstruos marinos. Y por lo que pude comprobar, se trata de europeos, a los que sólo distinguen de los Fondinos porque conocen el territorio de donde proceden estos últimos, mientras que no saben de dónde vienen los otros, y se refieren a ello con conocimientos muy inexactos. No pueden negar que sean también semi-hombres. Pero por sus diversas formas de hablar y de vestir, que son completamente diferentes entre sí, y no pudiendo así distinguir de dónde vienen en cada caso, los llaman en general monstruos marinos, monstruos desconocidos, o semi-hombres marinos. Antes de que mi buen amigo decidiera abandonar este mundo, me preguntó muchas veces sobre nuestros países, y aunque no me otorgaba todo el crédito que yo le brindaba, vi con claridad que le agradaba especialmente informarse sobre el tema. Me describió a personas semejantes a aquéllas de las que yo le hablaba, y que no dejaba de a admirar por la construcción de sus naves y la buena fábrica de ciertos objetos, de los que me mostró algunos fragmentos. Añadió que siempre había deseado alguna aclaración sobre los países de estos semi-hombres, y que encontraba mucho parecido entre lo que yo le contaba y sus propias experiencias. Me dijo que los había encontrado muy valientes a unos y a otros. Me contó que en cierta ocasión los australianos habían tenido que habérselas con poderosos guerreros, que se encontraban a bordo de siete grandes naves que se defendieron durante tres días enteros. Pude ver estas naves y otras quinientas más, que están en la arena desde tiempo inmemorial, ya que nunca las destruyen. Cuando yo llegué, hacía menos de seis meses que habían deshecho una flota, y todavía estaban colgados los cadáveres de los mástiles de las naves. Descubrí fácilmente que se trataba de una flota, o más bien de dos flotas juntas, de portugueses y franceses. La nave capitana francesa tenía una divisa de color uniforme, con el escudo de armas de Francia rodeado de lambrequines. La flota de Portugal, más grande, llevaba el escudo de armas de la Casa de Portugal, enmarcado por las de Braganza. Mi anciano, que había sido testigo del combate, me aseguró sin embargo que no había sido nada comparado con mi pelea con los pájaros. La destreza del piloto, que había reconocido los canales entre los bancos de arena, les permitió fondear a media hora de la costa. Como había medio pie de profundidad, enviaron a mil hombres a tierra a reconocer el país. Lo abordaron con una audacia extraordinaria, forzando fácilmente a los guardianes del mar. Se ordenó enarbolar la señal, y después de que los recién llegados arremetieran con violencia contra el primer barrio de un asentamiento de la región de Puls, los australianos se juntaron en tal número, que antes de que los europeos consiguieran hacerse con el botín que buscaban, aparecieron más de ocho mil al borde del mar. El cañón de las naves tronó terriblemente, pero la distancia era demasiado grande como para acertar el tiro. Rodearon a unos mil europeos que habían ocupado una casa, desde la cual se defendían como podían. Pero al fin tuvieron que sucumbir al gran número de australianos, que los asaltaban por todas partes, hasta tal punto que ninguno pudo volver a informar a las naves. A continuación, los australianos efectuaron un largo rodeo para obstaculizar el paso a la flota, algo que saben hacer muy bien: amontonando tierra con la que taponan los canales, de forma que no hay manera de romper el bloqueo. Hecho esto, se prepararon para abordarlos. Pero la matanza que sufrieron sorprendió realmente a toda esta gente, que se considera incapaz de sentir temor. De ocho mil que se acercaron, seis mil fueron derribados por una sola descarga de todas las naves al unísono, y el anciano me reconoció que nunca habían visto nada semejante. Pero acudieron refuerzos de todas partes, suficientes para sustituir e incluso sobrepasar a los caídos, emprendiéndose un segundo ataque con doce mil hombres, que fueron tratados con mucha rudeza, aunque sin sufrir tantas pérdidas como en el primer ataque. Alcanzaron las naves con coraje, a la desesperada. Y cuando iban escalándolas, a pesar de la espantosa carnicería que los europeos hacían con ellos, los atacaron a quemarropa, por así decirlo, matando a más de siete mil. Este ataque duró casi dos horas, y enseguida acudieron veinte mil australianos más, que se encontraron con unos enemigos agotados por una increíble fatiga, e incluso sin municiones por lo que pude entender, lo que los forzó a sucumbir. Había tres mil soldados en las naves, y otros tantos marineros, y los australianos los degollaron a todos y los colgaron de sus embarcaciones. Al hacer el recuento de los australianos caídos, se contaron diez mil seiscientos quince muertos y seis mil heridos.

Mucho más les preocupan los combates habituales que emprenden contra los pájaros de los que hemos hablado, dado que, como van y vienen por el aire, no hay modo alguno de destruirlos ni de enfrentarlos.

Se combate a estas espantosas bestias de tres maneras: las dos primeras cuando son ellas las que atacan, y la tercera cuando son los hombres los que emprenden el ataque. El primer ataque es por sorpresa: unas veces, los pájaros se esconden al resguardo de los árboles; otras, se elevan por el aire hasta perderse de vista, y después se lanzan en picado en un instante sobre sus víctimas. Los pequeños pájaros a los que antes me referí, los perciben desde muy lejos, y se ponen a gritar en un tono triste y acuciante, dándoles incluso fuertes picotazos a los australianos, para obligarlos a ponerse en guardia. Sin embargo, y pese a todas las precauciones, estos enemigos son tan diestros y mañosos, que apenas se les puede prevenir. Un día en que acudí al Hab en compañía de mi filósofo y de otros tres hombres, portando nuestras armas habituales, es decir, nuestras alabardas, nuestros cascos y corazas, apenas hecha la mitad de camino, nuestros pajarillos comenzaron a gritar desaforadamente, dando mil volteretas inesperadas, para avisarnos del peligro que nos acechaba. Y de repente, allí estaban seis de esas bestias, que nos atacaron con furia. Nos agrupamos juntando las espaldas, cubriéndonos con nuestras armas y disponiéndonos a parar las embestidas de las bestias. Una de ellas se apoderó de mi alabarda, arrancándomela de las manos por el mango de manera asombrosa. Los otros obstaculizaban de tal modo a mis compañeros, que apenas si les daban lugar a defenderse. No hice más que volver la cabeza por ver si podía ayudarles, cuando me vi agarrado hacia arriba, y me habría perdido seguramente si no hubieran corrido mis hermanos a socorrerme, hasta que consiguieron arrancarme de las garras. Tan grande es su destreza que, cuando los hombres son poco numerosos, apenas si sufren daño alguno sin que consigan llevarse por los aires al menos a uno de ellos. En estos casos, los más sensatos no hacen nada por enfrentarlos, ya que significa ponerse en un peligro evidente sin sacar provecho alguno, entre otras cosas porque el estómago de las bestias es como una coraza, a prueba de golpes.

Aparte de estos ataques por sorpresa, algunas veces aparecen en número de cuatrocientas y hasta quinientas juntas, formando un ruido que espanta al más valiente. Se puede juzgar fácilmente que ésa es la conducta más habitual entre ellas, que forman así una especie de cuerpo armado para asaltar a los australianos. Campan sin respeto por todas partes donde puedan encontrar con qué alimentarse, destrozando para dos o tres meses los jardines que eligen para instalarse. En esos casos, los australianos del barrio invadido se acantonan en sus casas, y nadie se atreve a salir. Se lanza la señal para que los demás sepan de la presencia del enemigo, y desde los asentamientos vecinos reúnen a cinco o seis mil hombres para socorrer a sus hermanos. El orden que guardan para combatirlos es mucho más estricto si cabe que el que mantienen con los Fondinos. Se presentan en grupos bien apretados, formando un cuadrado bastante regular, que ofrece sus frentes por todos sus lados, con la ayuda de los órganos o cañones a los que hice referencia. Y en fin, portan también sus alabardas y machetes. Desde el momento en que los pájaros perciben al ejército que acude contra ellos, se separan con una destreza que podría pasar por una estrategia meditada. Unos tiran por un lado, otros por otro, y la mayoría se eleva hasta perderse de vista. Pero lo hacen sólo para reunirse enseguida y caer todos a la vez sobre los australianos, quienes, a pesar de todas sus precauciones y defensas, acaban perdiendo siempre a alguno de su grupo. Yo mismo me he visto en medio de estos combates en tres ocasiones. Perdimos en el primero a seis hombres, en el segundo a ocho, y a tres en el último; y en todos ellos no conseguimos matar más que a siete pájaros. Resulta difícil dar una idea del ímpetu con que se lanzan en medio de los golpes, de la violencia y la fuerza de los movimientos con que los devuelven. Durante el último de los combates que presencié, fui testigo de una acción que bien merece la pena relatarse. Un Urg le arrancó la alabarda a mi compañero, y a continuación otro Urg lo agarró para llevárselo por los aires. Quise defenderlo con mi alabarda, pero un tercer Urg me la arrebató. Mi compañero se agarró como pudo al segundo pájaro, que se esforzaba por subirlos a los dos, cuando un tercero llegó para apoderarse también de él. Y aún acudió otro más, que consiguió arrebatárselo a los otros. Cuando lo elevaba, me agarré a él para retenerlo, y ya estábamos irremisiblemente perdidos si no la hubiésemos emprendido a golpes. Conseguimos estrangular al primero y dejarlo por muerto

El combate con los demás continuó hasta la noche, con tanta violencia que no tuvimos ni un momento de respiro, y no podíamos quitarles el ojo de encima ni un momento so pena de vernos atacados. Una pequeña distracción significaba la muerte segura. No sé si lo que los impulsa es el hambre, el amor o la rabia, pero lo cierto es que se muestran desesperados en estos encontronazos, y si este humor les durase mucho tiempo, todo el país resultaría destrozado e inhabitable. Según dicen, cuando la mar se mantiene tormentosa cinco o seis días seguidos es cuando muestran esta conducta, bien sea porque no pueden pescar lo necesario para alimentarse, bien porque el mal estado de la mar perturba sus cerebros.

Como ya he dicho, los australianos han hecho y siguen haciendo todos los años grandes esfuerzos por destruir a estos espantosos enemigos. En treinta años llegaron a allanar tres grandes islas de dos leguas de largo, y en la actualidad trabajan en la destrucción de otra, a seis horas de distancia del país. Ahora son ellos los atacantes, y el orden que observan para este efecto consiste en elegir el momento apropiado y transportarse allí en número de treinta mil hombres, a los que suplen cuatro mil cada mes. La época más apropiada para esto es el trópico de Capricornio, porque en esta estación los pájaros se muestran algo tímidos, lo que hace que se retiren sin mucha resistencia tras realizar tres o cuatro rodeos en torno a la isla. Nada más llegar a la isla, los australianos ponen en marcha unas máquinas que producen un gran ruido, que da la señal de alarma a los enemigos. A continuación, prenden fuego por todas partes, lo cual infunde gran temor a estos animales. Después se ocupan con tranquilidad en la demolición de la isla, hasta la llegada del equinoccio de Marzo, época en que los pájaros comienzan a entrar en calor y suponen una gran amenaza, aunque no resulte plenamente efectiva hasta que el Sol entra en el signo de Tauro. Es entonces cuando acuden en tropel a atacar a los australianos, con tanto ímpetu y tanta rabia que, por más que hagan para resistírseles, tienen que resignarse a perder a muchos de sus hombres y gran cantidad de útiles. El ardor de este terrible combate dura a veces hasta diez horas seguidas, y no se calma en treinta días. Pasado este tiempo, van retirándose poco a poco hasta el mes de Octubre, cuando vuelven a combatir con la misma energía que en Abril.

Capítulo XIII. Del retorno de Sadeur a la isla de Madagascar

Lo que sigue lo escribo desde la isla de Madagascar, y empiezo a sentirme satisfecho porque esta historia pueda servir de provecho a mi país.

Resulta fácil juzgar que mi propia naturaleza, así como la educación contraria que he recibido, tan opuesta a la suya, me hacían incompatible con los australianos. Es seguro también que no debo la conservación de mi vida más que a la proeza que les mostré a mi llegada, que en realidad no era más que fruto de la desesperación y del azar. También a la violencia ejercida continuamente sobre mí mismo para conformarme a su modo de actuar, tras las advertencias del anciano que me sirvió de protector. Sin embargo, como no podemos destruir nuestra propia naturaleza, me vi siempre forzado, a pesar de todas mis precauciones, a manifestarme tal como soy realmente. Mientras vivió mi anciano filósofo, recurrió a cientos de arengas para frenar las intenciones de los hermanos de deshacerse de mí. Describía mi combate como un prodigio inaudito, que tenía que congraciarme con ellos pese a todos mis defectos. Les decía que, toda vez que me habían concedido la vida, aun a sabiendas de que yo no era de su naturaleza, no debían quitármela en justicia a causa de los defectos que provenían de la mía propia. Después de todo, añadía, al ser yo extranjero, no podían condenarme sin haber estado yo antes advertido, ni sin antes estar seguros de que mi carácter era incorregible. Cuando quiso retirarse de esta vida, dobló sus ruegos y razones para obligarlos a que me conservaran. Tras una exhortación auténticamente paternal, me nombró para que ocupara su puesto, y todos mis hermanos lo aceptaron de común acuerdo.  Y en fin, me toleraron hasta que tuvo lugar la guerra contra los Fondinos de que he hablado: fue entonces cuando se decidió mi muerte.

Las claves de la acusación que se hizo contra mí pueden reducirse a las cinco principales: 1º, que no había combatido, prueba de lo cual era que no había aportado ninguna oreja de los Fondinos; 2º, que había dado testimonio de dolor por la destrucción de los enemigos; 3º, que me había unido a una Fondina; 4º, que había comido alimentos de los Fondinos; 5º, que había actuado maliciosamente. Para comprender todas estas quejas, hay que saber que es costumbre entre los australianos cortar las orejas de aquéllos que matan en combate, haciéndose con ellas un cinturón. Aquél que aporta más orejas es considerado como el más generoso: ése fue el caso de uno que, tras la toma de la isla, entregó casi doscientas. Lejos de haber matado, yo había dado pruebas de rechazo ante la sangrienta carnicería de esos desdichados. He hablado de mi concupiscencia en el Capítulo IV. La unión carnal con los Fondinos la consideran los australianos como algo equivalente a lo que en Europa significa el crimen de bestialismo. Nada más conocido este hecho, no volvieron a dignarse a mirarme ni a dirigirme la palabra. Detestan asimismo los aprestos de los Fondinos para vivir, de modo que consideran que comer sus alimentos significa rebajarse. Las cuestiones de las que me acusaban eran, entre otras, que yo había dicho que se podían preservar al menos a ciertos Fondinos, aunque fuera para tenerlos como esclavos, y que habría preferido vivir junto a uno de ellos a todo lo demás.

Una vez escuchadas las quejas, se me propuso tomar el fruto del reposo con palabras nada corteses, así que lo acepté libremente. Dado que se mantuvo un gran silencio, según costumbre, a la espera de que yo acudiese a la mesa para comerme el fruto, aproveché para decir que me sentía muy agradecido a los hermanos, que sentía abandonarlos sin antes comunicarles un medio secreto que conocía para destruir fácilmente a los Urgs. No obtuve respuesta: añadí que me consideraba efectivamente culpable de todo lo que se me había acusado, pero que como el origen de todos esos crímenes no era otro que mi propia naturaleza, que todos ellos conocían como igual a la de los Fondinos; que ponía a prueba sus razones si, habiéndome conservado con ellos aun siendo Fondino, consideraban que no debían tolerar unos defectos que estaban inseparablemente unidos a mi propia naturaleza. Es cierto, añadí, que he dado muestras de ternura debido a mi naturaleza, así como que no pude decidirme a degollar a mis semejantes. Es por ello por lo que he dado pruebas de compasión por los otros, por considerarlos como a mí mismo. Si no hubiera actuado así habría pasado por desnaturalizado, y vuestra razón clarividente me habría considerado justamente cruel. Si por desgracia un australiano se viera reducido a vivir entre los Fondinos, sé bien que se me dirá que se destruiría a sí mismo; pero suponiendo que no lo hiciese, no tendría excusas si, declarada una guerra contra su propia nación, no se comportase como un ser humano, manteniendo cierta inclinación hacia sus hermanos. No es que implore por prolongar mi vida: estoy deseoso de abandonarla. Pero para dejaros un buen recuerdo de este pobre extranjero que habéis querido mantener entre vosotros, os suplico una breve demora.

Salimos del Hab según lo habitual, sin haber recibido ninguna respuesta; así que enseguida todo mi pensamiento se centró en arriesgarme a buscar alguna forma de regresar. Todas las aventuras de mi llegada ocuparon de golpe mi mente, y tomar el camino de vuelta por el mar me pareció mucho más fácil que peligroso. Tenía ante mis ojos la plancha, y me dije a mí mismo que la mano de Dios no había menguado, y que Aquél que me había conducido hasta allí, podía igualmente guiarme en mi regreso. Rogué, supliqué, recé desde lo más profundo de mi alma para que iluminara mi razón para poder escapar. Pensé que si conseguía ocultarme de la vista de los australianos estaba asegurado mi retorno. Tras mucho pensar y darle vueltas a miles de proyectos que sólo me servían para atormentarme, ésta fue finalmente la resolución que tomé y que llevé a cabo. Me fabriqué una cuerda con la corteza del árbol del Schueb, y la froté con jugo del fruto del reposo mezclado con un poco de agua de mar, de forma que se endureció como si fuera de hierro. La froté con otro jugo y se volvió flexible, y la anudé formando un gran lazo, extendiéndola después sobre un árbol al que acuden habitualmente a posarse los Urgs. Ante la impaciencia de que surtiese el efecto esperado, no dejaba de ir y venir, cuando los pajarillos me avisaron para que me apartase: dos pájaros vinieron a posarse sobre el árbol, y a uno de ellos se le enredó una de las patas.

Los hermanos, que descubrieron la argucia, corrieron a cargarse al prisionero, pero yo les rogué que tuvieran paciencia, asegurándoles que muy pronto comprobarían unos mejores resultados dignos de su aprobación. La bestia, atrapada durante dos días, dio pruebas de toda su maldad cada vez que intentábamos aproximarnos a ella. Pero finalmente, cuando el hambre la acució, y comprobando que no tenía forma de soltarse, comenzó a calmarse, permitiéndonos que nos acercásemos a ofrecerle comida. Y como yo era el único que se la presentaba, no tardó en darme muestras de agradecimiento. Conseguí sujetarla y me subí a su lomo. Le levanté las dos gruesas patas, observé sus garras, e incluso le abrí el pico, hasta que por fin me sentí libre y sin miedo en su compañía. Me repetí varias veces mientras la manejaba: “¿No podría ocurrir que, del mismo modo que llegué a este país por la crueldad de estos animales, pudiera escapar gracias a su amistad?” Lo esperaba todo, y mi esperanza se fortalecía a medida que aumentaba la docilidad del animal.

Se habló en el Hab de mi conducta, y yo respondí afirmando que me consideraba ya al borde de la muerte, siendo costumbre en mi país que alguien a punto de morir se comportase con resignación. Así que no podía plantearme seguir siendo el mismo, cuando ya casi no me quedaba tiempo, por lo que quería ocupar los pocos momentos que me quedaban en meditar una nueva acción que apreciarían mucho más que la última. Mis razones convencieron por completo a la asamblea, y determinaron dejarme acabar mis días como a mí me placiera, dejando de hablar de mí ni de mis actos, como si se me considerase ya entre los muertos. Se eligió incluso a mi sustituto y empezaron a verme poco más que como a un moribundo, libre tan sólo para acabar sus días según su deseo. Tanto me consoló esta orden, que estuve seguro de que significaba el paso a mi liberación. Pasaba casi todo el tiempo junto a mi pájaro, haciendo todo lo posible por darle muestras de mi benevolencia. Un día me di cuenta de que casi no podía mantenerse en pie, y advertí que la cuerda que lo sujetaba le apretaba tanto que le había desgarrado la piel, comenzando a penetrarle la carne. La herida era profunda y estuve bastante tiempo buscando el medio de aliviársela. Le apliqué un ungüento y se la vendé adecuadamente, con tal acierto que en ocho horas estaba curada por completo. Tanto aumentó su inclinación hacia mí, que no podía soportar que me alejase sin quejarse, y yo mismo no estaba tranquilo más que cuando estaba a su lado. Poco a poco fui dejándolo libre de moverse solo. Pero, en lugar de plantearse la huida, ponía todo su empeño en seguirme por todas partes. Intenté comprobar si podría cargarme volando, y observé que, no sólo lo hacía con gusto, sino con una docilidad que me produjo gran admiración. Me preparé entonces un cinturón de hojas, que froté con jugo del fruto del reposo para volverlas impermeables. Me hice también una especie de bolsa, que llené con frutos de diversos tipos de entre los más alimenticios del país, así como con frascos llenos de sus licores, y entre todo ello coloqué este manuscrito. Tapé después la entrada de la bolsa y me la ceñí al cinturón ajustadamente. Preparé también otra pequeña valija, que llené con alimento para mi animal, atándosela a su lomo, y me dispuse a salir la noche siguiente, que era el día 15 del Solsticio de Capricornio, es decir, treinta y cinco años y algunos meses desde mi llegada, y cumplidos mis cincuenta y siete años de edad. Todos los espantosos peligros a los que me había expuesto en mi primer viaje, lejos de amilanarme, aumentaban mi esperanza.

Para que mi montura pudiera emprender el vuelo más fácilmente, la hice subirse a la copa de un árbol y, tras ajustarme y sujetarla bien por debajo de las alas, emprendí mi largo viaje de retorno, lleno de deseos y de esperanza. Por temor a ser descubierto por los guardianes del mar, me elevé muy alto en el aire, pero el frío de esa zona intermedia me obligó pronto a descender. Cuando llevábamos cerca de seis horas de camino, me di cuenta de que mi bestia, bien sea que la herida todavía se le resintiese, bien porque su prolongada inmovilidad la hubiera vuelto pesada, empezó a mostrarse cansada en extremo, hasta no poder más. Así que la conduje a que se posara sobre el agua, y como se hundía demasiado, la desmonté para aliviarla, confiando en que mi cinturón me sujetaría sin peligro. El animal empezó a contonearse, dando gritos y quejidos, temiendo por mi vida o porque yo intentase abandonarlo, acercándoseme para acariciarme. Yo apoyé mi cabeza contra sus plumas, y después de darle unos frutos de la bolsa para reponerlo, me venció el sueño. Cuando me desperté, el día era claro y luminoso. Le di otra vez de comer, y tras tomar mi tentempié, trepé suavemente sobre su espalda con la intención de reemprender el camino. Pero por desgracia no fue capaz de remontar el vuelo, ya que el peso de mi cuerpo hizo que se sumergiera aún más. Por más que hice y él mismo se esforzó, no pudo moverse del mismo sitio pese a su buena voluntad, lo que me causó gran preocupación. Pasado un rato, me di cuenta de que mi bestia se movía con facilidad y rapidez por el agua, así que me agarré a su cola, dejándome arrastrar por ella un buen trecho, hasta que atisbé una isla que me pareció muy lejana. Como se acercaba la noche y mi pájaro estaba muy fatigado, me detuve para reponer sus fuerzas, haciendo yo lo propio. Hecho esto, bien porque no quería abandonar su reposo, bien porque empezaba a notar el cambio de aire al que estaba aclimatado, o por sentirse afectado al verme en ese estado, lo cierto es que no quiso ya moverse si no es para volver a toda costa, llegando a empujarme con su pico para obligarme a seguirlo. Al darse cuenta de que yo no consentía en ello, empezó a dar señales de cólera, no calmándose más que cuando yo di señales de regresar. Por fin llegó la noche y cayó rendido en un profundo sueño. Persuadido de que Dios no quería que dependiese más que de su providencia para mi regreso, lo mismo que lo había querido para mi llegada, solté con cuidado mi saco del lomo del animal, y me alejé de él con la intención de abandonarlo para siempre, aunque con gran pesar. “Señor”, dije desde lo más profundo de mi alma, “queréis que dependa por entero de Vos, y que me someta por entero a los designios de vuestra providencia. Así lo quiero, y acato vuestra voluntad como única guía de mi vida. Me siento humillado y perplejo ante el gran empeño que parece que os dignáis poner en un sujeto tan miserable como yo. Es excesivo, Padre misericordioso: vuestros esfuerzos resultan excesivos para un miserable aborto como yo. Me habría gustado volver para anunciar vuestras maravillas y grandezas a un pueblo que habéis elegido particularmente frente a otros, para daros a conocer, bendeciros y gozar de vuestra gloria; pero ante el temor de pedir demasiado, me abandono y someto a vuestra voluntad. Moriré al menos con la satisfacción de no haber sido mi propio homicida contra vuestra voluntad.” Estos son, aproximadamente, los términos de que me serví, y que inundé con mis lágrimas. Después de esto, viendo que mi cinturón y mi bolsa me servían para mantenerme a flote, y ésta última para sujetarme y empujar haciendo camino, empecé a alejarme poco a poco de mi bestia, movido a favor de un viento austral que me ayudaba sin problema. Llegué por fin al rayar el día a un cabo de la isla que había divisado de lejos, y conseguí poner pie en tierra sin apenas dificultad. Me comí algunos frutos, con un gozo interior que me hizo lanzar muchos suspiros de acción de gracias a un Dios que tan bondadoso se mostraba conmigo. El sueño me venció de inmediato, y dormí durante unas seis horas. Cuando desperté, decidí emprender camino, tirando más bien hacia el nordeste antes que hacia el norte, por temor al peligro de continuar en el vasto mar que separa el viejo mundo del nuevo. Mientras avanzaba por el agua, empecé a escuchar el ruido del vuelo de los grandes pájaros, que revolvieron mis entrañas, sintiéndome perdido. Pero mi miedo se cambió pronto en alegría cuando me di cuenta de que era mi bestia la que me buscaba, y que vino a lanzarse a mis pies, haciéndome tantas caricias y dándome tantas pruebas de dolor por haberla abandonado, que me sentí apiadado. Comprobé que estaba exhausta, ya que tenía que haber hecho un largo viaje para buscarme, así que empleé el día y la noche en la isla en hacerle descansar y alimentarla. No hacía más de hora y media que estábamos juntos, cuando aparecieron de golpe diez bestias del tamaño y el color aproximado de nuestros lobos de Europa, que se aproximaron a nosotros. Mi pájaro los advirtió antes que yo, y se lanzó desde lo alto sobre ellos, con tal rapidez y tanto ímpetu que los obligó a emprender la huida. Atrapó a uno de ellos y lo elevó a mediana altura, lanzándolo sobre otro que descubrió. Mientras tanto, los otros corrían a esconderse en sus agujeros, de modo que salió volando y capturó un tercero, que devoró en parte antes de volver a mi lado. Llegada la noche, seguía inquieto hasta que me coloqué junto a él, de forma que no podía moverme sin despertarlo. Dormí en su compañía unas seis o siete horas. Cuando me vio despertar, se lanzó sobre una de las bestias que había matado e hizo de ella su desayuno. Yo me comí también algunos de mis frutos, e inmediatamente lo conduje a una pequeña roca, desde donde me subí sobre él como siempre y emprendimos el vuelo como de costumbre. Avanzaba a una considerable velocidad, y ya habíamos recorrido una gran distancia cuando dos pájaros de su mismo tamaño vinieron a nuestro encuentro y se lanzaron contra nosotros, dándonos grandes golpes con sus picos y garras. Mi pobre bestia tuvo que sucumbir, atacada por dos a la vez e indefensa debido a mi carga. Yo había recibido ya varios golpes que me habían dejado ensangrentado cuando me bajé de su lomo, y pasé algún tiempo presenciando su combate. Mi bestia no podía hacer otra cosa que presentar sus garras y su pico para lanzar todos los golpes que la ocasión le presentara. Hasta que cayó una espesa niebla, con gran preocupación por mi parte, ya que me impidió seguir contemplando la pelea. Fue entonces cuando caí en un profundo estado de tristeza, que me obligó a llevar a mi memoria la situación miserable a la que me encontraba reducido por mi culpa. Acudió a mi mente la Tierra Austral con todas sus ventajas: la isla que acababa de abandonar junto con mi pájaro me pareció infinitamente agradable. “Pude haberme quedado allí”, me dije a mí mismo, “para el resto de mis días, sin correr peligro, sin temor e incluso con placer; mi pájaro habría sido mi guardián más seguro. No he podido precipitarme de tal modo si no es tentando la bondad de Dios, e incluso abusando de ella. He caído yo mismo en el peligro que tanto temía, que era verme morir; y mi falta es aún mayor, ya que, a cambio de excusarme observando necesariamente las leyes del país, ahora parece que no me comporto más que movido por la desesperación.” Para colmo de desgracias, no sabía qué camino tomar, ya que no veía nada a treinta pasos; y dado que no tenía nada en que apoyarme, no podía avanzar sin realizar grandes esfuerzos. Mientras estos pensamientos agitaban mi espíritu, escuché un gran ruido que parecía el de un barco navegando. Apenas tuve que esforzarme en decidir si gritar o no, cuando fui visto por los navegantes, que me dispararon varios tiros, hiriéndome en varias partes de mi cuerpo. La nave se acercó, y al reconocer por mi voz y mis gestos que parecía ser un ser humano, me abordaron y me sacaron de allí con señas de compasión. Llevaban un tipo de vestimenta, que les cubría las piernas y el pecho, y que no se parecía a ninguna de las que había visto en los barcos embarrancados en las costas de la Tierra Austral, pero que les dejaba al descubierto las partes que llamamos vergonzosas. Me untaron con bondad las heridas y me dieron de comer y de beber un licor que me dio fuerzas y vigor. Tras de haberme examinado y observado cuidadosamente, concluyeron, pese a todas las pruebas que yo me forcé en ofrecerles, que yo era un australiano. Les ofrecí mis frutos, y aunque habían ya perdido su dulzor natural, los comieron con gran admiración, no dejándome en paz hasta que mi bandolera estuvo vacía. Mis pequeñas botellas los deleitaron de tal manera, que no se saciaban de degustarlas, ni de dedicar elogios a la tierra que las había producido. En ocho horas arribamos a su isla, donde se extendió enseguida el rumor de que habían apresado a un australiano. Se reunían en grandes grupos para observarme, y todos los días me rodeaban hasta tres mil de ellos. Tras haber deliberado qué iba a ser de mí, llegaron a la conclusión de que debían tratarme como los australianos hacen con los demás. Dado que nunca se había escuchado que sorprendiesen o atrapasen a un australiano, prepararon una fiesta para el día destinado a mi sacrificio. Yo no tenía conmigo más que mi cinturón, de un pie de largo y medio de ancho, así que se esforzaron por arrebatármelo. Pero como se dieron cuenta de que estaba demasiado bien sujeto y tuvieron miedo de romperlo, decidieron esperar a mi ejecución para arrebatármelo por completo. Tanta gente se reunió para la solemnidad, que llenaba una gran plaza, en medio de la cual estaba yo, amarrado a una especie de cadalso de treinta pies de altura. Sólo escuchaba voces confusas de alegría y aclamación, cuando se acercaron cuatro de los principales con unos punzones y me pincharon ligeramente. Vertieron mi sangre en pequeñas vasijas, volvieron al pueblo y, tras realizar unos gestos mezclados con palabras, se bebieron con señas de gozo hasta la última gota de sangre que me habían sacado. Dos de los más fuertes me cargaron a continuación a sus espaldas, cada uno por una pierna y precedidos de dos jóvenes con los cuatro punzones y los cuatro vasos que habían usado los primeros. Pensé que su intención era hacerme pinchar por todos los individuos, haciéndoles degustar mi sangre o mi carne hasta que quedase algo de ella. Pero fueron interrumpidos por un ruido de disparos de cañón, que se descargaron contra los guardianes del puerto, los cuales vinieron a dar la alarma a toda la población. Toda esa masa de gente desapareció con la velocidad de un rayo, y mis porteadores me descargaron dejándome abandonado. No puedo decir cómo me sentía yo en ese momento, ya que parecía más un ser inerte que uno vivo. Me encontraba en un estado de aturdimiento que me impedía ver y escuchar, reduciéndome a una oscura tristeza que me agobiaba con diferentes pensamientos, dejándome como fuera de mí. Esta catástrofe inesperada me hizo respirar y revivir de algún modo. Cuando por fin me vi solo probé a levantarme, pero me encontraba tan débil, que me fue imposible sostenerme sobre mis piernas. Sin embargo, la pasión extrema que me empujaba a no morir todavía, hizo que sacara fuerzas para arrastrarme a cuatro patas, sin saber adónde iba, tan sólo que me alejaba del lado por donde habían huido mis enemigos. Tragué saliva, y tras tirar de un trozo de mi cinturón, le hice un agujero, cogí tres de mis frutos y me encontré con dos de mis botellitas que, aunque se hubieran deteriorado, tenían aún la suficiente fuerza como para alimentarme y darme el coraje necesario para avanzar. Apenas había recorrido cien pasos cuando vi a unos hombres vestidos a la europea que corrían hacia mí. Me puse de rodillas y les rogué en lengua latina, con las manos juntadas, que tuvieran compasión por su propio hermano, a quien muchas desgracias habían llevado a estos parajes desde hace años, y que estaba destinado a un horrible fin si no hubiera sido por su feliz llegada. De los doce que había, dos me entendieron y, tras reconocer lo que era yo, me condujeron a las naves. Supe enseguida que se trataba de tres navíos que habían partido de Madagascar en busca de botín y fortuna. No encontraron nada en esta isla, porque la población se había refugiado en la caverna de una roca inaccesible. Volvían a sus naves tras haber realizado algunos esfuerzos infructuosos por encontrar algo. El primer capitán, que era hombre de buena condición y probidad, me trató con mucha humanidad y, tras conocer que yo era europeo, me dio una de sus ropas para que me cubriese, me tomó en su compañía, y quiso que comiera a su mesa. La primera charla que mantuve con él duró más de tres horas. Le hice el relato de mi nacimiento, de mi educación, de mis naufragios y de mi llegada a la Tierra Austral. Él me escuchaba con gran compasión, asombrándose de que alguien hubiera podido pasar por tantos sufrimientos y tantos peligros sin perecer. Me di cuenta de que le contaba al resto de los reunidos en francés lo que yo le contaba en latín, y que todos levantaban las espaldas, admirados de que pudiera seguir con vida. Después, tuvo la amabilidad de dejarme comer sin hacerme más preguntas. Pero como yo había perdido el gusto por los alimentos y su preparación a la europea, no me produjeron ningún placer y mi estómago pudo difícilmente digerirlos. Cogí mis frutos, que ya empezaban a caducar y a perder el sabor, y mis botellitas que ya se empezaban a secarse. Le ofrecí una al capitán, que la degustó y manifestó que no había bebido nunca nada más delicioso. Me pidió una segunda, que dio a beber al piloto; quiso una tercera y una cuarta, y no dejó de pedirme hasta que mi faja estuvo vacía. Ninguno dejó de admirar el color y la delicadeza de los frutos, sin acabar de convencerse de que eran naturales. Una vez terminada la comida, me vi obligado a retomar mi historia, y a contar lo mejor posible las peculiaridades del país Austral, de sus habitantes y sus formas de actuar. Le di tantos detalles al capitán sobre lo que le iba relatando, que no pudo dudar de ello, y me repitió muchas veces que habría puesto en peligro su vida y todo lo que poseía en este mundo por haber disfrutado de semejante felicidad. Sacó además muchas conclusiones de todo lo que yo le decía de la Tierra Austral, considerando inevitable la pérdida de sus amigos en esas tierras a juzgar por las dificultades que existían para abordarlas, según se las describí.

Tras ocho horas de una navegación tranquila en su mayor parte, llegamos al puerto de Tombolo, que está en la parte austral de Madagascar, es decir, al Sudoeste. El capitán continuó a mi lado con la misma benevolencia, y no me dejó más que porque el Gobernador de Tombolo quiso tenerme consigo. Supe que la isla donde me habían atrapado es una de las llamadas Australes, que los naturales llaman Ausicamt u Oscamt. Los franceses tienen mucho empeño en apoderarse de ellas, porque el pasaje sería más fácil y menos peligroso que el del cabo de Buena Esperanza. Pero se trata de una empresa que exige más tiempo y más gente de los que el Gobernador podía ofrecer en estos momentos.

Capítulo XIV. De la estancia de Sadeur en la Isla de Madagascar

Este puerto de Tombolo al que arribamos se continúa en una pequeña ciudad medianamente fortificada, poblada por unos quinientos o seiscientos habitantes, de los que la mayoría son franceses, unos cuantos portugueses e ingleses y algunos pocos holandeses. Quedan algunos naturales del país, que trabajan con esfuerzo para aprovisionarlos. Se encuentra en el Trópico de Capricornio, en el meridiano 65 según la geografía de Ptolomeo.

Por lo que pude juzgar, la tierra en esta zona es, no sólo ingrata, sino muy malsana. Sólo sobreviven de los víveres que les llegan de afuera, y los naturales, que no son en absoluto precavidos, no se asientan en ningún lugar determinado. No hacen ninguna provisión y no siguen otras órdenes que las de sus pasiones. Después de muchas conversaciones con el Gobernador, le rogué que me concediera algunos hombres con los que remontar un río que llaman Sidem, para descubrir el país. Lo que excitó en mí ese deseo fue la majestuosidad con la que el río se vierte en el mar, que parece demostrar de manera tácita que el país del que procede merece ser investigado. Él me aseguró que había tenido la misma intención, pero que sus habitantes eran realmente salvajes y no perdonan la vida a nadie. Añadió que habían capturado a dos de sus soldados hacía alrededor de dos meses, y que había sabido por un salvaje al que había enviado a ese territorio que, tras amarrarlos aún con vida por los pies, los colgaron de los árboles a cinco o seis pasos entre sí, y se dedicaron a lanzarlos uno contra el otro, haciéndolos chocar hasta que expiraron a fuerza de contusiones. Muchos niños esperaban a que la sangre y el cerebro de los desdichados se derramasen para recogerlos y comérselos. Con sus cuerpos totalmente contusionados y negros de golpes, los devoraron sin ninguna preparación, como los perros se comen la carroña. Lamentando la muerte de estos dos hombres, me dijo que había elegido a treinta caballeros que atacaron con ímpetu al grupo de los que estaban descuartizando los cuerpos, e hizo con ellos una gran matanza antes de que se dieran cuenta. Pero cuando se retiraban, se vieron rodeados por un gran número de esos salvajes, que los amedrentaron más con sus gritos que con sus golpes, aunque éstos resultasen certeros y abundantes. Pusieron entonces todo su empeño en aniquilarlos, vendiendo caras sus vidas en la medida de lo posible. Consiguieron matar a muchos de ellos, y en fin, habiendo dado rienda suelta a todo el odio que albergaban, pudieron escapar, perdiendo a quince caballeros. Esto es lo que pude saber de labios de los franceses sobre la naturaleza de los habitantes de este país, y no me cupo la menor duda de que eran descendientes de los cafres de África. Su constitución, unida a su forma de vida y de actuar, son una prueba incontestable.

No cabía en mí de mi asombro al contemplar una tierra tan extensa además de bien situada, y en cambio tan mal poblada y cultivada. Cuanto más pensaba en ello, más me sorprendía y menos me resolvía sobre el porqué. Hasta que una nave francesa largó al puerto una especie de chalupa muy bien construida, de forma más redonda que ovalada y con dos picos de pájaro en sus extremos. Había sido capturada en el trayecto hacia una isla austral, e iba cargada sólo con un venerable anciano, sin otra compañía que seis remeros que le servían de ayudantes en todo momento. Se acercaba la talla del hombre a la de los australianos, con la frente y el mentón más cuadrados que largos, su cabello y todo el vello negros, un cuerpo tostado, y completamente desnudo salvo sus partes pudendas, que cubría con un velo muy delicado de un pie de largo. Reconozco que en cuanto lo vi me sentí conmovido e impulsado por un gran deseo de hablar con él. El Gobernador, que no puso ninguna dificultad en darme plena libertad de visitarlo, deseaba que yo pudiera sacarle información sobre las características del país, aunque no confiaba en que pudiera conseguirlo. Lo abordé, y tras testimoniarle con muchos signos que yo estaba reducido a la misma condición miserable que la suya, aparentó sentir cierto consuelo. Después de tres o cuatro entrevistas, encontré el siguiente medio de comunicarnos. Mediante signos, convinimos en ciertas palabras para expresar nuestros pensamientos, y yo formé cerca de doscientas en una noche, que él comprendió fácilmente. En dos meses, habíamos creado una forma de hablar lo suficientemente exacta como para entendernos y comprender mutuamente nuestros pensamientos. Le di a conocer mis accidentes, mi permanencia en la Tierra Austral y mi regreso. Tras recibir muchas pruebas de mi sinceridad, no puso más dificultades en descubrirme muchos detalles importantes de su país. Me dio a entender que ocupaba la mitad de la isla, que tenía una temperatura muy saludable, con una tierra muy fértil, y que estaba poblada por una nación muy civilizada. Me explicó que tenían dos grandes límites periféricos que los separaban a oriente y occidente de otros tantos pueblos bárbaros y salvajes: se trata de dos montañas prodigiosas, la de occidente llamada Canor y la de oriente Harnor. Me aseguró que en las dos costas la naturaleza los había protegido con grandes bancos de arena que se adentraban hasta alta mar, siendo casi imposible arribar a la orilla sin una gran pericia de muchos años. Me hizo saber que su territorio tenía alrededor de cien leguas de diámetro y que tenían un gobierno aristocrático, eligiéndose cada tres años a los poderosos Gobernadores: el primero para el mar del Norte; el segundo para el austral, el tercero para el monte Canor, el cuarto para el Harnor, y el quinto y el sexto para el resto del país. Los Gobernadores dividen el territorio en seis partes, y hay que obedecerlos de manera humillante a riesgo de perder la vida. Por lo que pude saber, cultivan la tierra casi a la manera europea: siembran y siegan, pero la recolección es diferente. Los animales de que se sirven para trabajar la tierra son del tamaño de nuestros elefantes. Tienen que soportar a unos grandes pájaros que llaman Ruch, que son capaces de levantar fácilmente un Orbus, es decir, una bestia grande como un buey. Me reconoció, aunque con cierto recelo, que su pueblo anteponía la libertad a la propia vida, que él era uno de esos Gobernadores de los que me había hablado, y que el origen de su desgracia fue una tempestad que se había desatado fuera de lo normal, mientras él había acudido a inspeccionar unos bancos de arena que habían crecido tanto como para poder albergar gente. La tempestad lo había empujado muy lejos de su país, y la debilidad o la curiosidad lo habían forzado a diferir darse la muerte, por lo que había caído en manos extranjeras. Me dijo que el conocerme le había producido en verdad mucha satisfacción, y que se alegraba ahora de haber sobrevivido a su desgracia.

En fin, tras cuatro meses de un trato muy familiar con él, llegaron dos naves italianas desde Mogol, con la intención de zarpar en dos días hacia Licourgne. Me dio pena perder una conversación tan agradable, pero por miedo a desperdiciar una ocasión favorable, le informé de mis intenciones y de mi partida. Él le suplicó al Gobernador que le permitiera acompañarme en el viaje, pero fue en vano, ya que esperaba conseguir un valioso rescate por él. Fui a su encuentro para despedirme y separarme de él. Pero me respondió fríamente que él se iría antes, rogándome que me ocupara de que lanzasen su cuerpo inerte al mar, ya que era costumbre en su país que los cuerpos retornasen a su tierra. De inmediato se lanzó a mis pies para testimoniarme la alta estima en que me tenía, y tras lamentarse varias veces en su lengua, acudieron dos servidores y lo estrangularon. A continuación, entrechocaron sus cabezas con fuerza hasta rompérselas y caer muertos en el suelo. Los otros cuatro, aunque estaban alejados, hicieron lo mismo al mismo tiempo que los dos primeros. De manera que los encontraron a todos muertos, para asombro del Gobernador y su compañía. Yo conté la historia de la muerte del principal y los últimos ruegos que me había hecho antes de morir. El Gobernador, dando crédito a mis palabras, hizo lanzar al mar los siete cuerpos juntos. La mar estaba entonces en calma, sin ninguna agitación. Sin embargo, todo el mundo vio con admiración que los cuerpos se alinearon de suerte que el del Señor se dirigió hacia el oriente, como si se marchara paso a paso; los otros seis lo siguieron a dos pasos de distancia. Cuando habían avanzado alrededor de una legua, el Gobernador mandó que los retirasen y los separasen muy lejos unos de otros. El cuerpo del Señor fue empujado hacia el noroeste, y los otros al suroeste, a una legua de distancia. Pero el primero continuó avanzando en el mismo sentido, y los otros permanecieron inmóviles hasta que aquél estuvo a cierta distancia y, situándose al frente, los atrajo hacia sí para que lo siguieran como antes. Éramos más de cien los que contemplábamos el espectáculo, y cada cual lo explicaba de un modo u otro, cuando yo dije que, sin duda, ocurría con esos cuerpos como con muchas piezas imantadas, que se buscan entre sí cuando están a cierta distancia, de forma que la más imantada tira con más fuerza de las otras. Añadí que sin duda el cuerpo del primero era el más imantado, bien fuese por razón de una alimentación diferente y más delicada, bien a causa de su nacimiento, al ser de familia más noble. Y en fin, afirmé que lo que atraía a todos esos cuerpos hacia el oriente era que su país actuaba como un auténtico imán para todo lo que salía de él, causa segura de esa atracción que parecía milagrosa. A unas tres leguas de distancia, había un cabo que se adentraba más de dos mil en el mar. El Gobernador mandó a tres barqueros que los siguieran hasta ese lugar, y éstos informaron que habían hecho el recorrido con tanta exactitud como si se tratasen de un experto patrón.

Aquí termina la historia del Señor Sadeur. Cabe pensar con mucha probabilidad que, tras embarcarse poco después, no tuvo el tiempo ni la tranquilidad suficientes para escribir las aventuras de su regreso.

ÍNDICE (del libro original)                                                                                                

Al lector

Capítulo I. Sobre el nacimiento y la educación de Sadeur ……………………………10

Capítulo II. El viaje de Sadeur al Reino del Congo ……………………..……………..16

Capítulo III. Los accidentes que condujeron a Sadeur a la Tierra Austral ………..22

Capítulo IV. Descripción y carta geográfica de la Tierra Austral ……………………. 28

Capítulo V. De la complexión de los australianos y sus costumbres …………………..28

Capítulo VI. Sobre la religión de los australianos ………………………………………36

Capítulo VII. Se refieren las opiniones de los australianos sobre esta vida .……….45

Capítulo VIII. Sobre las actividades de los australianos ………………………………50

Capítulo IX. Sobre la lengua y los conocimientos de los australianos ……………….54

Capítulo X. Los animales de la Tierra Austral …….…………………………………57

Capítulo XI. Las rarezas útiles a Europa que se encuentran en la Tierra Austral ……60

Capítulo XII. Sobre las guerras frecuentes entre los australianos …………………….63

Capítulo XIII. Sobre el retorno de Sadeur a la Isla de Madagascar ………………….72

Capítulo XIV. De la estancia de Sadeur en la Isla de Madagascar …………………..79


[1] En español en el original. El refrán completo dice: “De los amigos nos guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo”.

[2] “El Señor es mi luz y mi salvación” (Salmo 27)

[3] Eclesiastés 12:13.

[4] Pablo de Tarso, ICorintios 3:19.

Elemente griechischer und arabischer Musik im Spanien der drei Kulturen

Dr. Esther Morales-Cañadas

Abstrakt: Wenn wir über das Mittelalter in Spanien sprechen, denken wir in erster Linie an die politische Situation und davon ausgehend an die Reconquista, die Religion, die Präsenz der arabischen Kultur durch ihre architektonischen Manifestationen und die Spuren, die sie in der hispanischen Literatur hinterlassen hat. Dieses literarische Erbe, das aus der muslimischen Zeit stammt, entstand jedoch völlig vereint mit der Musik und bildete eine Einheit mit ihr. Daraus entwickelten sich die „muwassaha“, jarchas, sowie die zéjeles, die wiederum aus dem griechischen Erbe entstanden waren, das die andalusischen Dynastien und der Kontakt Spaniens mit Byzanz mitgebracht hatten.Abstract: When we speak of the Medieval period in Spain, we think first of all of the political situation and, from there, of the Reconquest, of religion, of the presence of Arab culture through its architectural manifestations and of the traces left in Hispanic literature. However, this literary heritage from the Muslim period was completely linked to music and formed a unit with it. From it developed the „muwassaha“, jarchas, as well as the zéjeles, which, in turn, had arisen from the Greek heritage brought by the Andalusian dynasties and by Spain’s contact with Byzantium.  
Schlüsselwörter: Zéjel, jarchas, Zyriab, música arábigo-andaluza, elementos árabes, elementos griegos.Key words: Zéjel, jarchas, Zyriab, Arabic-Andalusian music, Arabic elements, Greek elements.    

Inhalt:

– Einleitung

– Politische und kulturelle Aspekte

– Die Musikanschauung

– Intervallik und Harmonie

– Rhythmus und Melodie

– Gattungen

– Die Musikpraxis des arabischen Spanien und ihre Neuerungen

 Quellen

Sekundärliteratur

Referenzen

EINLEITUNG

Zur Entstehung der spanischen Musik sind bis heute zahlreiche polemische und kontroverse Behauptungen vorgebracht worden, die sich leider auf Grund des nicht verschriftlichten Charakters ihrer Anfänge nicht stichhaltig beweisen lassen. Viele Jahrhunderte über und vor allem der Strenge des spanischen Christentums wegen hat man das geistig-kulturelle Erbe der arabischen Zeit auf der Halbinsel ignorieren wollen. Erst gegen Ende der Diktatur Francos erwachte das Interesse für eine Zivilisation, die immerhin acht Jahrhunderte lang Spanien besiedelte, und man war nun bestrebt, die vormalige Ignoranz auszugleichen. Das Ergebnis war eine extreme Idealisierung. Man suchte die Wurzeln der spanischen Kultur nur in der arabischen Zeit und übersah dabei, dass zum Zeitpunkt der Ankunft der islamischen Bevölkerung schon ein Substrat, eine Mischung von Kulturen verschiedener Völker und Traditionen vorhanden war. Man kann hier von Arabisten und Nicht-Arabisten sprechen. Die letzteren kamen zu der absurden Schlussfolgerung, die spanische Musik sei frühestens im 13. Jahrhundert, zur Zeit Alfons’ X., des Weisen, entstanden, und alles, was es bis dahin gegeben hätte, sei Resultat europäischer Einflüsse gewesen. Heutzutage finden vielgestaltige Forschungen auf diesem Gebiet statt. Meiner Meinung nach fehlt es trotzdem an einer Erklärung für den Zustand der arabischen Kultur, konkret und überwiegend in Bezug auf die Musik, bei ihrer Ankunft in Spanien. In diesem Artikel wird ein Überblick über die Elemente gegeben, die die Araber mitbrachten, und von dem, was davon in Al’Andalus verblieb, dem Spanien der drei Kulturen bzw. Religionen. Am Ende werden die daraus resultierenden Neuerungen auf spanischem Boden aufgezeigt.

POLITISCHE UND KULTURELLE ASPEKTE

Spanien ist ein Land, das von Anfang seiner Geschichte an große migratorische Bewegungen erfahren hat. Dank seiner Lage – umgeben vom Meer und Übergang zwischen Europa und Afrika – und seinem attraktiven Klima wurde die Halbinsel Ziel verschiedener Bevölkerungsgruppen, von denen jede ihren Einfluss hinterließ.

Die großen Epochen der frühen Geschichte Spaniens waren ohne Zweifel die römische, die westgotische und die arabische. Diese drei Epochen trugen dazu bei, Spaniens kulturelle, soziale und religiöse Identität zu festigen und bereiteten schließlich den Boden für einen eigenen Renaissancestil. Die Bevölkerung war schon zur Zeit der römischen Eroberung eine Mischung von Kulturen, von denen die der Phönizier (ursprünglich aus Kanaan und Syrien) und der Tartesser (eine Hochkultur griechischer Prägung mit eigenem Alphabet) besonders zu erwähnen sind. Als die Verbreitung des Christentums begann, war Spanien von einer hispanisch-römischer Bevölkerung besiedelt. Die Römer hatten jedoch sowohl den Lebensstil als auch die Verwaltungsstrukturen definiert. Daher wurden die christliche Bistümer auf den alten römischen Diözesen gegründet, wobei der Bischof weiterhin defensor civitatis war. Diese Diözesen vermehrten sich mit der Zeit und gewannen an Gewicht, besonders mit der Einberufung von Konzilien auf spanischem Boden zur Zeit Konstantins des Großen, die auch für andere Länder relevant waren. Eines davon war das erste Konzil von Toledo, dass im Jahr 400 unter der Leitung von Bischof Ossio von Córdoba stattfand, einem einflussreichen Berater Konstantins. Dies ist ein Hinweis darauf, dass Spanien zu dieser Zeit direkten Austausch mit Byzanz pflegte, was für die Kultur und speziell für die Musik relevant sein sollte.

Diese Verbindung zu Byzanz wurde gestärkt, als die Westgoten die Halbinsel besiedelten. Sie ließen sich zum Christentum bekehren, es entstanden jedoch zahlreiche Häresien, u. a. der Arianismus. Der christliche König Athanagild holte Hilfe aus Byzanz, und die Byzantiner ließen sich für eine Weile auf der Halbinsel nieder. Der imperialistische Charakter des Byzantinischen Reiches war kompatibel mit dem Lebensstil der hispano-römischen Gesellschaft, und so vervollständigten sich zwei Kulturen gegenseitig. Einerseits hatten die Römer griechische Kultur nach Spanien gebracht, andererseits brachten auch die Byzantiner hellenistische, aber auch orientalische Elemente ihrer eigenen Tradition.

Eine berühmte Persönlichkeit der spanischen Antike ist der Philosoph Marcus Fabius Quintilianus (1. Jahrhundert n. Chr.), dessen Handbuch der Rethorik Institutio oratoria, für die Musiker bis in die Barockzeit hinein von großer Wichtigkeit gewesen ist (unter anderem für Johann Sebastian Bach). Das römische Imperium expandierte nach Asien und Afrika und verbreitete mit sich das griechische Erbe. Denken wir an den Kirchenvater Augustinus, der in Numibien geboren wurde und zur Zeit der Konversion zum Christentum in Hippo lebte.

Im 7. Jahrhundert begann schließlich die Expansion des Islam, genau in den Gebieten, die hellenistisch geprägt waren.

Karte makedonisches Reich
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/f/MekedonischesReich.jpg
Karte muslimischer Verbreitung
https://i.pinimg.com/originals/78/da/93/78da934a1f77965cff760e792f6ce52a.png

In diesen Gebieten hatte nicht nur die griechischen Kultur ihr Erbe hinterlassen, sondern auch die ägyptische, die mesopotamische und ganz besonders die syrische. Wie man sieht, mischen sich wiederum orientalische und griechische Kulturen, und diese Mischung war es, die die Araber im 8. Jahrhundert nach Spanien brachten. Die Hauptstadt des Islam war zu dieser Zeit durch den Kalifen Muawiyya, der Gründer der Umayyadendynastie, von Medina nach Syrien in das in kultureller Blüte stehende Damaskus verlagert worden. Die Umayyaden waren kultivierte Aristokraten, gegen die jedoch andere muslimische Gruppen opponierten, so dass sie schließlich im 7. Jahrhundert von den Abbasiden eliminiert wurden. Der einzige Überlebende, Abd’Al Rahman, entkam und ernannte sich in Spanien zum Emir. Für Spanien begann damit die arabische Zeit, die Zeit in der Christen, die schon seit dem 1. Jahrhundert n. Chr. niedergelassenen Juden und die Angehörigen der neuen Religion des Islam, zusammenleben sollten, mit drei verschiedenen Religionen und doch einer gemeinsamen Kultur – auch wenn von dieser Zeit als der »Epoche der drei Kulturen« gesprochen wird. Man kann annehmen, dass vieles an kulturellem Gut, das die Umayyaden mitbrachten, für die hispanisch-römische Bevölkerung nicht neu war und daher die Kultur nicht als fremd betrachtet wurde. Und auch wenn sich Neuerungen und neue Mischungen ergaben, so blieb der Kern der gleiche: die Fusion griechischer und orientalischer Kulturen. Auf die Musik bezogen wird dieser Aspekt in erster Linie an der Musikanschauung deutlich.

DIE MUSIKANSCHAUUNG

Die Macht der Musik in den großen orientalischen Kulturen wie z.B. der ägyptischen, führt bis zur Aufgabe des Ichs, bis zur Ekstase.[1] Diese Empfänglichkeit für die Wirkung der Musik ist auch die Grundlage der griechischen Musikanschauung und führt zur Herausbildung einer Ethoslehre. In dieser Lehre sind das menschliche Handeln und die Musik innerlich so verbunden, dass man bestimmte Musik einem bestimmten Handeln zuordnen kann und sogar eine Wirkung auf das Handeln der Zuhörer angenommen wird. Diese Gedanken findet man sowohl bei Plato als auch bei Aristoteles. So sagt Aristoteles:

»Der Affekt nämlich, der in einigen Gemütern bei solchem Spiele sehr heftig auftritt, findet bei allen Gemütern statt, nur hier in minderer, dort in größerer Stärke, so der Affekt des Mitleids, der Furcht und ebenso der Begeisterung; denn auch zu diesem Gefühl sind einzelne Personen stark geneigt. Infolge der heiligen Gesänge aber sehen wir diese Leute, wenn sie die das Gemüt sänftigenden Weise vernehmen, gleich solchen, die Medizin und Purganzen genommen haben, wieder zur Ruhe zu kommen.«[2]

Diese Affekte der Musik wurden von späteren Autoren der hellenistischen Zeit aufgegriffen und weitergegeben.

Im 5. Jahrhundert n.Chr. zerfällt das römische Imperium und es beginnt der Aufstieg Byzanz’. Genau in dieser Zeit des Wandels verfasst Boëthius sein Werk De institutione musica. Er erwähnt vielfach die Musikphilosophie Platos und Pythagoras’ und anderer griechischen Philosophen und erzählt Geschichten, die die Verbindung der Musik zu den Leidenschaften des Menschen beschreiben:

»Es de todos bien sabido cuán frecuentemente una canción ha refrenado las iras, cuántas maravillas ha obrado en los talantes de los cuerpos y de las almas. ¿A quién es desconocido que Pitágoras con el canto de espondeos, volvió más sosegado y dueño de sí a un joven de Taormina ebrio que se había excitado al son del modo frigio? Una noche, una prostitua se había encerrado, a la sazón en la casa de un rival y el muchacho, furioso, quería prender fuego a la casa. Pitágoras, según su costumbre, estaba examinando el curso de las estrellas y, cuando advirtió que el joven, espoleado sin cesar por los consejos de los amigos al son del modo frigio, no quería desistir de su fechoría, ordenó cambiar el modo y así aplacó el ánimo del enfurecido muchacho hasta un estado de mente apaciguadísimo.«

»Es ist allen bekannt, wie oft ein Lied die Wut besänftigt hat, wie viele Wunder es am Zustand der Körper und der Seelen hervorbracht hat. Wer kennt nicht die Geschichte, in der Pythagoras mit einem spondeischen Gesang einen Jungen aus Taormina beruhigte, der durch den phrygischen Modus erregt worden war und sich betrunken hatte? Eines Nachts hatte eine Hure sich im Haus eines Rivalen eingeschlossen, und der Junge, wütend, wollte das Haus niederbrennen. Pythagoras beobachtete wie gewöhnlich den Sternenkurs, als er merkte, dass der Junge, ohne Pause von den Ratschlägen der Freunde angetrieben und unter Begleitung des phrygischen Modus, nicht darauf verzichten wollte, seine Missetat zu vollbringen; er ordnete an, den Modus zu wechseln und so besänftigte sich das Gemüt des wütenden Jungen, bis er vollkommen beruhigt wurde.« [3]

Die Musik lässt sich in kosmische und die sogenannten künstliche, die Instrumentalmusik unterscheiden. Die kosmische Musik gehört zum Gebiet der Astronomie und der Mathematik, deren wichtigster Vertreter Pythagoras von Samos (ca. 570 bis 510 v. Chr.) war. Die Theorie der Sphärenmusik, Inbegriff der Wissenschaft von der kosmischen Musik, war schon in Babylon (wohin Pythagoras reiste) und in Syrien verankert. In diesen Ländern war mathematische Theorie bereits Grundlage der Astronomie und auch der Musik, da letztere als klare Darstellung der Verhältnisse der Himmelskörper verstanden wurde. Die These der Sphärenmusik wurde von Boëthius zusammengefasst und ein Jahrhundert später vom Heiligen Isidor von Sevilla (ca. 560 n. Chr.) in Spanien wiedergegeben. Isidor widmet in seiner Abhandlung Ethimologiarum ein ganzes Kapitel der Musik, in dem er die Kenntnisse seiner Zeit zusammenfasst. Er verbindet die Theorie Boëthius’ mit der des Augustinus und ferner mit denen des Cassiodorus und des Ptolemäus. In seinem Buch erklärt er die Etymologie des Wortes Musik und erklärt, sie sei für einige von Tubal erfunden worden (im Alten Testament ein Nachfahre Kains), für andere von Pythagoras: »Moyses dicit repertorem musicae artis fuisse Tubal, qui fuit de stirpe Cain ante diluvium. Graeci vero Phytagoram dicunt huius artis invenisse promordia ex malleorum sonitu et cordarum extensione percussa. Alii Linum Thebaeum et Zetum et Amphion in musica arte primos claruisse ferunt.«[4]

Die hellenistisch beeinflussten Araber sahen den Ursprung der Musik nicht anders. Ihre Tradition besagt, dass Gott, als er Adam schuf, befahl, dass die Seele in seinen Körper eindringe, so dass das Herz zu schlagen begänne. Da Adam sowohl die Stimme als auch den gleichmäßigen Herzschlag gehabt habe, habe der Mensch von Anfang an über Melodie und Rhythmus verfügt, und das sei der Anfang der Musik gewesen. Darüber hinaus hatte die Musik für die Araber sowohl kosmische als auch therapeutische Wirkung und war eine Art Vermittlerin zwischen Gott und den Menschen.[5] Gleichzeitig mit der ersten Welle der islamischen Invasion in Spanien zwischen 632 und 641 errangen die Araber auch die Herrschaft über die hellenistischen Kulturgebiete Syrien und Ägypten. Da die dort ansässigen Volksgruppen oftmals aus nomadischen Viehzüchtern bestanden, ließen sich die Eroberer in den großen Städten nieder, in denen sie hellenistisch geprägte Aristokraten zur neuen Religion bekehrten. Diese drangen darauf, dass die weniger kultivierten neuen Herrscher sich ihre Hochkultur zu eigen machten. Im Falle der Umayyaden-Dynastie (660–750) war es allerdings anders, ganz besonders, als diese die Hauptstadt von Medina nach Damaskus verlegten.

Als die Abbasiden im Jahre 750 die Regierung übernahmen, expandierten sie bis in den heutigen Irak. Sie verlegten die Hauptstadt nach Bagdad. Der einzige überlebende Umayyade, der nach Spanien geflüchtet war, brachte – wie später auch seine Nachfolger – jene hellenistische Kultur der orientalischen Länder mit in ein Land, in dem diese bereits als Substrat vorhanden war. Es bestand aus den Theorien der Philosophen, die durch direkte syrische Übersetzung der Griechen die ganze Philosophie der Antike verinnerlicht hatten.[6] Einer der ersten arabischen Vertreter der Philosophie der Antike, der auch die Musiktheorie behandelte, war Al’Kindī (geb. 873 n.Chr. / 260 A.H.). Die meisten seiner Schriften sind leider verschollen, aber es gab genügend Autoren, die seiner Lehre folgten, und so findet man bereits bei Ishāq ben Imrān (um 907) eine Erzählung über die Wirkung der Musik des Orpheus (aus Orpheus’ Perspektive), die angeblich Al’Kindī ihm selbst erzählte: »Die Könige haben mich zu ihren Gesellschaften herangezogen, um sich über mich zu ergötzen und zu amüsieren. Aber ich bin es, der sich über sie amüsiert und ergötzt, da ich ihre Stimmung und ihren Charakter verändern und ihren Zorn in Beschwichtigtsein, ihre Traurigkeit in Freude, ihre Depression in Gleichmut, ihren Ingrimm in Freundlichkeit, ihren Geiz in Freigebigkeit und ihre Feigheit in Tapferkeit verwandeln kann.«[7]

Ein Zeitgenosse Al’Kindīs ist Al’Fārābī[8] (872-950n.Chr. / 260-339A.H.), einer der wichtigsten Kommentatoren Aristoteles’. Seine Abhandlung über die Musik – die erste nach Al’Kindī – Kitābu-l-Mūsīqī al-Kabīr (Große Abhandlung der Musik) besteht aus zwei Teilen, die acht bzw. vier Diskurse enthalten, von denen der zweite Teil jedoch leider verloren ist.

Auch Al’Fārābī bespricht die Wirkung der Musik, und teilt diese in drei verschiedene Gattungen: [9]

1. Musik, die nur Vergnügen hervorbringt

2. Musik, die das Gemüt und die menschlichen Leidenschaften bewegt

3. Musik, die die Fantasie und die Vorstellung anregt – Dies ist die perfekte Musik, auch weil sie mit dem Wort verbunden ist.

Er hatte andere Ansichten als Isidor, denn dieser teilte die Musik ein als:

1. harmonische Musik: die von der Stimme hervorgebracht wird

2. organische Musik: wird durch die Organi, d.h. (Blas-)Instrumente erzeugt

3. rhythmische Musik: die mit Schlaginstrumenten gemacht wird[10]

Die Vereinigung dieser beiden Einteilungen findet man bei einem weiteren sehr anerkannten Philosophen, der ebenfalls Zeitgenosse Al’Fārābīs war, Avicenna[11] (980–1037n.Chr. / 370–428A.H.). Avicenna schreibt über alle möglichen Wissenschaften und war anerkannter Mediziner. Wie Al’Fārābī vertritt er die arabische Scholastik, jedoch sind die Abhandlungen Avicennas besser strukturiert und klarer. In seiner Abhandlung über die Musik Kitābu’š-šifā unterscheidet Avicenna nach der ptolemäischen Lehre harmonische und rhythmische Musik. Die harmonische Musik ist der Teil, der die Noten behandelt, und die rhythmische Musik beinhaltet das Verhältnis zwischen den Dauern einer Melodie. Die rhythmische Musik hat eine direkte Verbindung zu den Naturwissenschaften, sagt Avicenna, und gehorcht mathematischen und psychischen Prinzipien, d.h. in ihr ist die psychische Wirkung der Musik enthalten.

Gehen wir nun nach Al’Andalus, ins arabische Spanien, und sofort hören wir von einem weiteren Schüler der Schule von Bagdad. Es handelt sich um Abū al-Hasan Alī Nafī, genannt Zyriab (Amsel), der zwischen 789 und 857 lebte[12]. Er ist die erste prominente Persönlichkeit der Zeit der Umayyadendynastie. Man sagt, er habe die Laute perfektioniert, indem er ihr eine mittlere Saite hinzugefügt habe, die die menschliche Seele darstellt, da die anderen vier die Elemente des menschlichen Charakters symbolisierten. Damit vereinbarte Zyriab das Kosmische mit dem Menschlichen. Und so sieht dies in Konkordanz aus:[13]

LautensaitenKosmische ElementeMenschliche TemperamenteFarbe
ZīrFeuerGelbe GalleGelb
MatnāLuftBlutRot
Zyriab-SaiteLebenSeeleDunkelrot
MatlātWasserSchleimWeiß
BammErdeSchwarze GalleSchwarz

Der Nachfolger von Zyriab war ein auch bei den lateinischen Scholastikern anerkannter Philosoph, der Avempace genannt wurde. Sein richtiger Name war Abū Bakr Ibn Yahyā al’Sāig, und im arabischen Spanien war er als Ibn Bāyyā bekannt. Sein Werk wurde von Albertus Magnus in seinen Übersetzungen der Schriften Averroes’ erwähnt. Avempace war selbst ein großer Musiker. Er beschreibt die therapeutische Wirkung der Musik, wobei er sich besonders auf das Spielen der Laute bezieht. Deswegen fordert er die Lautenisten dazu auf, gründliche Kenntnis der menschlichen Temperamente zu haben. Er folgt der pythagoreischen Theorie der Tonteilung, wendet diese auf die Laute an und bespricht ihre Relation mit den Sternzeichen, den Jahreszeiten usw., d.h. die Verbindung zwischen Mensch und Kosmos. So verbindet sich der Mensch mit der göttlichen Kraft. Avempace verlässt damit teilweise die neoplatonischen Ideen und kehrt wie Al’Fārābī zu den aristotelischen zurück, indem er auch die gleiche Einteilung der Musikgattungen benutzt und jene, bei der Wort/Melodie und Instrument zusammen erklingen, als »perfekte Musik« bezeichnet.[14]

INTERVALLIK UND HARMONIE

Es wäre zu aufwändig, an dieser Stelle die gesamte mathematische Theorie der Intervalle sowohl in der Antike als auch bei den Arabern zu betrachten und miteinander zu vergleichen. Meiner Meinung nach ist es wichtig, aufzuzeigen, dass die Melodie als Offenbarung der besten Musik verstanden wurde. Die ganze Harmonie, das Zusammenpassen, ist für die Griechen in der Melodie beinhaltet. Akkorde erscheinen nur im Innern der Melodie, die sich als belebte Klangkonsonanz, als Symphonie verhalten soll. Diese Symphonie wiederum beruht auf Zahlverhältnissen. Denn die Zahl ist für die Musiktheoretiker der Antike Prinzip des Kosmos und des Lebens. Wie allgemein bekannt ist, basieren die Melodien griechischer Musik auf Quart-, Quint- und Oktavverhältnissen, die als Grundgerüst gelten. Dazwischen kann man Verzierungen anbringen. Da die Oktave wegen ihres großen Abstands nicht so sehr als für die Melodik repräsentativ erachtet wird, wird die Quarte zur Einteilung benutzt, und so entstehen als Tonordnungsprinzip die Tetrachorde. Diese werden jeweils in zwei Halbskalen verwendet und bilden so das sogenannte Teleion[15] (vollständiges System), das sich wiederum aus der eukleidischen Katakomé-Kanonos/Sectio canonis ergibt. Diese Intervalltheorie ist es, die Al’Fārābī verwendet und zwar mit den gleichen Begriffen. Ich zitiere hier nur ein paar Sätze der Anfang des Kapitels über die Intervalle:

»Lorsque deux notes composant un intervalle se combinent à l’oreille de façon à se fondre en une seule, on dir qu’elles s’harmonisent (qu’elles concordent), et l’intervalle comportant ces deux degrés est qualifié de concordant (symphone)[…] La symphonie ou l’harmonisation de notes (la consonance) joue, en musique, le meme rôle que l’harmonisation dans tous les outres arts«[16]

Er fügt die Darstellung der Intervallteilungen hinzu:[17]

Griechische Name und  ErklärungEntsprechung
Proslambanoménos (Zusätzlicer Ton/Note)G
Hypaté Hypatôn (Grundnote)A
Parypaté Hypatôn (Ton neben der tiefsten Note)H
Lichanos Hypatôn (Höchste Oktave der Grundnote)Cis
Hypaté Mèsôn (Tiefe Töne der Mittelstimmen)D
Parypaté Mèsôn (Mittelstimmen)E
Lichanos Mèsôn (Höchste Note der Mittelstimme)Fis
Mèse (3. Stufe/Dominante-Parallele)G
Paramèse (Disjunktive des 3. Stufes)A
Trité Diézeugménôn (3. oder tiefes Stufe der Disjunktiven)H
Paranète Diézeugménôn (Mittelton der Disjunktiven)Cis
Nète Diézeugménôn (Höchster Ton der Disjunktiven)D
Trité Hyperbolèôn (3. oder tiefes Stufe der höchsten Noten)E
Paranète Hyperbolèôn (Mittelton der höchsten Noten)Fis
Nète Hyperbolèôn (Höchster Ton der höchsten Noten)G

Ähnliches lesen wir auch bei Avicenna, der sich auf Euklid bezieht.[18] Er gibt eine verständliche Erklärung der Teilung der Oktave:

»La octave est appelée  intervalle de consonance absolue (homophone); la quinte et la quarte sont appelées intervalles à notes resemblantes (symphones) […] Les degrés extrêmes de l’octave ont, comme nous l’avons dit, une même puissance […]Ces sont là les intervalles consonants de première classe.«[19]

Bei der Bildung der Tetrachorde greift Al’Fārābī direkt auf griechische Quellen zurück und zeigt in seinem Buch sogar eine Tabelle mit griechischen Beschriftungen.[20]

Darüber hinaus benennt er die Tonika der verschiedenen Tonarten, die wir heute Modi nennen, und stellt auch diese in einer Tabelle dar.[21]

Hier ist anzumerken, dass die Tetrachorde andersherum als bei den Griechen verlaufen, nämlich aufsteigend statt absteigend. Außerdem beschreibt Avicenna die unterschiedlichen Charaktere der Tetrachorde:

malawwanah (stark): entspricht dem Dyathonischen bei Ptolemäus, Euklid und später bei Quintilian; besteht aus 1/2 – 1 – 1 Tonschritten

rāsim / nādhin / ta’lif (zärtlich): entspricht dem Enharmonischen und besteht aus 1/41/41/2 oder noch kleineren Tonschritten

lāwinī (zärtlich): entspricht dem Chromatischen; 1/21/23/2 Tonschritte

Die letzten beiden werden als die besten Tetrachorde empfunden, sowohl von den Griechen als auch von den Arabern. Die Verteilung der Töne wurde bei den Griechen an Hand des Monochordes gelehrt. Die Araber benutzten dafür zunächst das zweisaitige Tumbur und später die Laute.


Zeichnung eines Tumbur
(Zeichnung der Verfasserin)

RHYTHMUS UND MELODIE

Die rhythmische Lehre war wichtiger Bestandteil der Musiktheorie. Rhythmus war für beide Schulen mit der Poetik und dort mit dem Versmaß verbunden, und beide Kulturen betrachteten einen Urrhythmus als Grundlage aller Rhythmen. Die arabischen Autoren fassten die Grundrhythmen der Antike zusammen und fügten typisch arabische hinzu, auch wenn diese in Wirklichkeit nur eine Anpassung der alten, einfacheren Rhythmen an die Dehnung der Silben in der arabischen Sprache war. Diese rhythmischen Floskeln sollten der Verzierung der Melodie dienen, um sie in ihrer Rhetorik zu verstärken. Nach dieser antiken Lehre wurde in Europa bis ins 18. Jahrhundert verfahren. Die melismatischen Verzierungen der Melodie sind jedoch ein orientalisches Element, das einerseits aus Byzanz und andererseits durch jüdischen Einfluss nach Spanien gelangte.

GATTUNGEN

Die arabische Musik war monodisch wie die griechische. Jegliche Mehrstimmigkeit wurde durch Heterophonie erzeugt, indem verschiedene Sänger oder Instrumente gleichzeitig verschiedene Melodieversionen ausführten, unterschiedliche Verzierungen anbrachten oder einfach verzögert einsetzten. Trotzdem unterschied man solistische Gesänge und Chorgesänge, wie bei den Griechen. Man kann auch eine Beziehung zu den Anfängen der abendländischen Musik herstellen, denn es gab auch Responsorien und Antiphonen.

DIE MUSIKPRAXIS DES ARABISCHEN SPANIEN UND IHRE NEUERUNGEN

Der Name Zyriab wurde bereits oben erwähnt. Ohne Zweifel wurde seine Tätigkeit stark idealisiert, aber es sind seine Zeitgenossen, die von ihm schwärmen und dessen Schriften dazu beigetragen haben, dass Zyriab bei arabischen Historikern späterer Zeiten solchen Ruhm erlangte. In diesem Zusammenhang ist der Historiker al-Maqqarī und sein Buch Nafh al-tib min gusn al-Andalus al-ratib (Parfümhauch des baumbestandenen Landes Al’Andalus)zuerwähnen. Nach al-Maqqarī sind die Neurungen Zyriabs:

  • die Gründung einer Musikschule, die in ihrem breiten Spektrum die Stimmbildung miteinschließt
  • die Erweiterung der Laute: Zyriab hätte nicht nur die fünfte Saite hinzugefügt, sondern auch ein neues Plektrum verwendet, und zwar statt einem aus Holz eines aus Adlerfedern, was einen völlig anderen, sanfteren Klang erzeugte
  • die Reorganisation der Nūba – der wichtigste Punkt.

Nūba bedeutet Wechsel und bezieht sich auf das Wechseln der Musiker, die zur Abbasidenzeit vor dem Kalif auftraten. In den Zambras(musikalische Soiréen) sangen und spielten mehrere Musiker vor dem Herrscher. Sie traten einer nach dem anderen auf und die Nūba war der Moment, in dem ein Musiker aufhörte und der nächste begann. Später wurde das Wort Nūba auf den Wechsel der Musik bezogen, und es verwandelte sich in einen Begriff für eine Sammlung von musikalischen Stücken, die man ab einem gewissen Moment als Suite bezeichnen könnte. Die Sätze wechseln zwischen Vokal- und Instrumentalmusik ab. Nach der Reorganisation von Zyriab ergab sich folgende Struktur:[23]

NasīdRezitativ mit freien Rhythmus
BasītGesang mit langsamen Tempi
Muharrakāt AhzāyLeichte und schnelle Stücke

In Wirklichkeit ist die Struktur der Nūba nicht weit entfernt von der griechischen Psalmodie und darüber hinaus hat sie auch Verwandschaft mit den Hymnen der frühen Kirchenmusik (Antiphonen) und besonders mit dem byzantinischen Troparion (Psalm – Vers – Wendung…) oder Kontaktion.[24]

In den Schriften von Sophonios von Jerusalem oder von Romanos aus Syrien (6. Jahrhundert) sind solche Kontaktia, die aus einer Einleitung und bis zu 20 gleichgebauten Strophen bestehen. Das zeigt uns, dass die Musik des gesamten hellenistisch-christlichen und später muslimischen Bereiches eine vergleichbare Entwicklung erlebte; und das galt auch für die weltliche Musik. Der Hof von Byzanz übertrug Formen und Gattungen der kirchlichen Musik auf die weltlichen Zeremonien. So ist es keine Überraschung, wenn die gleichen Formen auch in anderen Ländern zu finden sind. Konkret im arabischen Spanien des 11. Jahrhunderts entwickelt sich eine neue Form daraus, die andalusische Muwassaha oder Moaxaja. Es handelt sich auch um ein poetisch-musikalisches Stück, bestehend aus:

  • Matla (Präludium)
  • Dawr (Strophe)
  • Markaz (Kehrvers)

Die ursprüngliche Versform war:

Aa       ABAB

bbb      ccc

AA      ABAB

Die musikalische Anordnung war ABA. Das Stück wird auf einer Tonart (Maqam)aufgebaut, die die Muwassaha identifiziert, zusammen mit dem Rhythmus, den Dichter und Komponist vorgegeben haben. Diese Stücke stellen eine wahre Neuerung der arabisierten Länder dar, weil dafür nicht mehr die klassische arabische Sprache verwendet wurde, sondern sich die drei Kulturen der Halbinsel vereinten. Einerseits verließ man die syllabischen lang-kurz-Dehnungen des Arabischen und ordnete die Betonung in Versgruppen an, die eine rhythmischen Struktur bildeten: Es sind poetische Strophenformen, die noch heute im Flamenco zu finden sind. Sie gruppieren sich und bilden wie die Nūba eine musikalische Suite. Andererseits sind einige ganz oder teilweise auch in hebräischer Sprache geschrieben. Am Ende wird mit einem kleinen Lied oder einer Strophe geschlossen, der sogenannten Jarcha / Kharja (Ausgang). Aus diesen Formen wurde noch eine neue entwickelt, die schon in romanischer Sprache gesungen wurde, der Zéjel. Man sagt, dass Avempace ihn erfunden habe. Er erreicht seine Blütezeit mit dem Dichter Ibn Quzman von Córdoba (1086-1160).

Die Form des Zéjels ist genau wie die der Muwassahas, hat aber kein Jarcha, besteht also nur aus Strophe–Refrain–Strophe–Refrain… Auch hier wird die Strophe wie im Kontaktion und in der Nūba solistisch vorgetragen und der Refrain oder Kehrvers vom Chor gesungen und mit Instrumenten begleitet. Diese Formen sind äußerst wichtig für die spanische Literatur der Zeit und für ihre spätere Entwicklung. Leider sind uns nur die Texte erhalten. Jedoch kam die Musik mit der Vertreibung der Muslime und der Juden nach Nordafrika, wo sie bis heute mündlich weitergegeben wurde und noch zu hören ist, allerdings ohne die Jarchas, wohl, da dort weder Spanisch noch Hebräisch gebräuchlich ist.

Die in Spanien gebliebene Zéjels, Jarchas und Muwassahas stellen eine Anpassung arabischer Musiker und Dichter an eine bilingual Bevölkerung dar, die bereits eigene Traditionen hatte. Sie bereiteten den Boden für die galizisch-portugiesische Lyrik, und wahrscheinlich beeinflussten sie auch die Gesänge der Troubadours. Durch diese Mischung aus griechisch-hellenistischen und orientalisch-byzantinischen Elementen erschuf Avempace die Musik spanischer Identität indem er, wie Emilio García Gómez sagte: »mezcló el canto de los cristianos con el canto de Oriente«[25]den christlichen Gesang mit dem Gesang aus dem Orient mischte.

Quellen

Al’Fārābī, Kitābu-l-Mūsīqī al-Kabīr siehe Rodolphe D’Erlanger, La musique arabe

Aristoteles, Politika

Avicenna, Kitābu’š-šifā siehe d’Erlanger

Anicius Manlius Torcuatus Severinus Boëthius, De institutione musica Spanische Übersetzung von Salvador Villegas Guillén, Clásicas Ediciones, Madrid, 2005

Ibn Bayya, Risalat al-alhan (Epistel über die Melodie)siehe Manuela Cortés García, La música en la Zaragoza islámica

Isidor von Sevilla, Ethimologías – Libro III, zweisprachige Ausgabe von José Oroz Reta und Manuel Antonio Marcos Casquero, Edición Católica, Madrid 2000

Marcus Fabius Quintilianus, Institutio oratoria

Sekundärliteratur

al-Maqqarī, Hrsg. Ihsān Rašīd Abbās, Nafh al-tib min gusn al-Andalus al-ratib, Dār Şādir, Beirut1968

Rafael Altamira y Crevea, Historia de España y de la civilización española, Crítica, Barcelona 2001

Carl Brockelmann, Geschichte der arabischen Literatur,Brill,Weimar und Leiden 1898/1949

Manuela Cortés García, La música en la Zaragoza islámica,Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo, Zaragoza 2009

Cristina Cruces Roldán, El flamenco y la música andalusí, Sevilla 2003

Rodolphe D’Erlanger, La musique arabe, Bd. 1–2, Geuthner, Paris 1939 / 2001

Mahmoud Guettat, La música andalusí en el Mahgreb, Sevilla 1999

Jacques Handschin, Musikgeschichte, Noetzel, Wilhelmshaven, 1990

Hrsg. Marc Honegger, Hrsg. Günther Massenkeil, Das große Lexikon der Musik, Herder, Freiburg im Breisgau, 1987

Christian Poché, La musique arabo-andalouse,Actes Sud, Arles, 1995 Franz Rosenthal, Das Fortleben der Antike im Islam,

Referenzen:


[1] Jacques Handschin, Musikgeschichte, S.48

[2] Aristoteles, Politica, Buch 8, §1342a

[3] Anicius Manlius Severinus Boëthius, De institutione musica, Vorwort

[4] Isidor von Sevilla, Ethimologías, §16

[5] Mahmoud Guettat, La música andalusí en el Mahgreb, S.44

[6] Franz Rosenthal, Das Fortleben der Antike im Islam, S.309 – Rosenthal nennt umfangreiche historische Daten der islamisch-hellenistischen Kultur. Das Kapitel über die Musikwissenschaft ist leider nur sehr kurz.

[7] Carl Brockelmann, Geschichte der arabischen Literatur, S.309

[8] Al’Fārābī, mit vollem Namen Abū n-Naşr Muhammad ibn Muhammad ibn Tarhān ibn ,Uzlag al-Fārābī, wurde in Persien geboren und studierte in Bagdad, siehe: Rodolphe d’Erlanger, La musique arabe.

[9] d’Erlanger, S.13ff.

[10] Isidor von Sevilla, §18

[11] Abū ‚Ali al Husayn ibn ‘Abd-Allah ibn Sina, genannt „der Meister“

[12] Von Zyriab wird erzählt, dass er sich in Bagdad bei Ishāq Mawsalī (767–850), einem berühmten Meister der klassischen Lautenistenschule, ausbilden ließ. Als er schon berühmt war, reiste nach Ifrīqiyya und trat in den Dienst des Emirs Kairawán Allāh (816/837). Eines Tages beleidigte er den Emir, wurde bestraft und vertrieben. Daraufhin fuhr Zyriab nach Córdoba, um dem Kalifen al-Hakam I. zu dienen. Als er dort ankam, starb der Kalif, sein Sohn, Abd al-Rahman II. aber übernahm Zyriab. An diesem Hof erlebte Zyriabs seine beste Zeit. Als Mensch wurden ihm feine Manieren nachgesagt. Er soll nicht nur kultivierte Musik auf die Halbinsel mitgebracht haben, sondern auch neue, prächtige Haar- und Bekleidungsmoden, Küchen- und Tischgewohnheiten, abgesehen von seinen Kenntnissen der Astronomie und der Geographie. Zyriab wird die Gründung einer Musikschule nachgesagt, die durch seine Töchter und Sklavinnen berühmt wurde, siehe Guettat, S.24

[13] ebd.

[14] ebd. sowie Ibn Bayya, Risalat al-alhan, S.66–67

[15] bei Euklid von Alexandria, ca. 360–280 v.Chr.

[16] Al’Fārābī bei d’Erlanger, Band I, S. 86ff.: «Wenn zwei Noten, die ein Intervall bilden, sich im Ohr zusammenfügen, als ob sie in eins verschmelzen, sagt man, dass sie harmonisieren (dass sie konkordieren), und das daraus resultierende Intervall wird konkordant (Symhonie) genannt. […] Die Symphonie oder Harmonisation der Noten (die Konsonanz) spielt in der Musik die gleiche Rolle wie in den anderen Künsten.»

[17] d’Erlanger, Band I, S.93

[18] Avicenna bei d’Erlanger, S.129ff.

[19] ebd., S.124: »Die Oktave wird absolute Konsonanz (Homophon) genannt; die Quinte und die Quarte werden Intervalle ähnlicher Noten genannt (Symphonen) […]. Die äußeren Stufen der Oktave haben den gleichen Wert ([die gleiche] Macht) […]. Diese sind die konsonanten Intervalle der ersten Klasse«

[20] d’Erlanger, Band I, S.121f

[21] ebd., S.133

[22] Zeichnung der Verfasserin

[23] Guettat, S. 24

[24] Das Kontaktion (griech.: Stäbchen) hatte sich aus der poetischen Homilie entwickelt. Es ist eine Art rezitierende Predigt, die nach der Lesung des Evangeliums folgte und aus 20 bis 30 Strophen bestand, den sogenannten Oikoi, die untereinander strukturell gleich sind, sowohl in ihrer Silbenzahl, als auch in Melodie, Akzent und syntaktischer Gliederung. Einleitung ist das Prooimion oder Kukulion, eine kurze allometrische Strophe und mit den Oikoi durch einen immer gleichen Refrain verbunden. Dieser Struktur nach kann man annehmen, dass die Aufführung responsorial war: Vortrag der Strophen von Solisten und des Refrains durch den Chor. Als Vorläufer des Kontaktions gelten syrische Poesieformen des 4. und 5. Jahrhunderts, die Memra, die Madraŝa und die Sogita. Das Kontaktion erlebte seine Blüte im 6. Jahrhundert. Einer der wichtigsten Vertreter war der Syrer Romanos, von dem mindesten 85 Kontaktia nachweisbar sind. – Siehe Marc Honegger und Günther Massenkeil, Das große Lexikon der Musik, Bd. 4

[25] Emilio Garcia Gómez, Una extraordinaria página de Tifasí, y una hipótesis sobre el inventor del zéjel, in: Cristina Cruces Roldán: El flamenco y la música andalusí, S. 50

Elementos musicales griegos y árabes en la España de las tres culturas

Esther Morales-Cañadas

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Palabras clave: Zéjel, jarchas, Zyriab, música arábigo-andaluza, elementos árabes, elementos griegos.Key words: Zéjel, jarchas, Zyriab, Arabic-Andalusian music, Arabic elements, Greek elements.    

Resumen: Cuando se habla de la época Medieval en España, se piensa directamente en primer lugar en la situación política y, a partir de esta, en la Reconquista, en la Religión, en la presencia de la cultura árabe a través de sus manifestaciones arquitectónicas y de las huellas dejadas en la literatura hispánica. Sin embargo, esta herencia literaria que proviene de la época musulmana surgió completamente unida a la música y formando una unidad con ella. De ella se desarrollaron las “muwassaha”, jarchas, así como los zéjeles, que a su vez, habían surgido a partir de la herencia griega traída por las dinastías andalusíes y por el contacto de España con Bizancio.    Abstract: Greek and Arab elements in the music of the Spain of the three cultures   When we speak of the Medieval period in Spain, we think first of all of the political situation and, from there, of the Reconquest, of religion, of the presence of Arab culture through its architectural manifestations and of the traces left in Hispanic literature. However, this literary heritage from the Muslim period was completely linked to music and formed a unit with it. From it developed the „muwassaha“, jarchas, as well as the zéjeles, which, in turn, had arisen from the Greek heritage brought by the Andalusian dynasties and by Spain’s contact with Byzantium.  
   

Contenido

– Introducción

– Concepto musical

– Armonía e intervalos

– El ritmo y la melodía

– Géneros

– La práctica y las novedades de la música de la España árabe

Bibliografía:

Fuentes y literatura secundaria

Referencias

Introducción

En la investigación y análisis de los comienzos de la música española se han producido desgraciadamente – y se siguen produciendo – interminables polémicas y controversias entre los llamados arabistas y antiarabistas. Los primeros quisieron ver la influencia de la población árabe, durante ocho siglos, como el origen de nuestra cultura, e idealizan esta tesis sin pensar en el substrato de la población a la llegada de los árabes. Por el contrario, los antiarabistas parten de la base de que la cultura, sobre todo en lo concerniente a la música – por tratarse ésta de una tradición oral -, comienza a existir en España a partir del reinado de Alfonso X “el sabio” y gracias a un intercambio con el resto de los otros países europeos. Una de las razones que mueven a estos últimos a mantener su teoría es el no querer aceptar que una población no católica, pueda haber aportado al pueblo español las raíces de su cultura, o una gran parte de ellas, al nivel que se alcanzó. Esta tesis se impuso en el pensamiento español, perdurando hasta finales del s. XX, concretamente hasta el final de nuestra dictadura, aunque ya por entonces hubo valientes historiadores que llevaron a la luz la verdad de los orígenes de nuestro arte y nuestra cultura.

Podemos brevemente recordar aquí las tres grandes épocas que formaron la idiosincrasia española y que aportaron a darle una identidad sociocultural y religiosa para el resto de su larga historia. Me refiero en primer lugar a la población hispanorromana, heredera directa de la cultura romana de Italia y de la cultura griega. Esta última ya había aparecido en el sur de la península a través de la cultura tartesa, la cual, con un alfabeto propio, había adquirido un estilo muy similar al  griego. Los romanos definieron a España tanto sociocultural como políticamente. De sus diócesis profanas (del griego διοίκησις, “administración”, “gobierno”) surgieron las diócesis religiosas, en las que los obispos tenían sus sedes y actuaban como el defensor civitatis profano. Con el tiempo, estas diócesis se multiplicaron y adquirieron un gran poder político, sobre todo en la época de Constantino, obteniendo la libertad para formar en el suelo español concilios que iban a ser de gran relevancia para los demás países. Uno de los más renombrados fue el I Concilio de Toledo en el año 400, organizado por el obispo Ossio de Córdoba, que era un consejero de Constantino. Esto es una prueba del intercambio de España con Bizancio ya desde el Medievo, y este intercambio será de suma importancia para su cultura y su música, pues no hay que olvidar que en aquellos tiempo era la religión – la iglesia y los monasterios- quien guardaba los bienes intelectuales y artísticos, más aún que las cortes de los reyes y nobles.

Este intercambio con Bizancio se va a fortalecer con la llegada de los visigodos a la península y va incluso a influir en la religión: precisamente de Bizancio llegan las ideas heréticas arrianas. Dado que los hispano-visigodos se habían convertido por completo al catolicismo, convirtiéndolo en la religión nacional, pronto dan comienzo los enfrentamientos entre las dos ideologías. El rey Atanagildo pide por ello ayuda al obispo de Bizancio, quien le envía sus tropas que permanecerán largo tiempo en suelo español. El carácter imperialista bizantino era algo atractivo para la sociedad hispanorromana y visigoda y se funde enseguida con el substrato sociocultural español, completando la base de nuestra identidad cultural: por un lado, la herencia grecolatina traída por los romanos; por otro, los bizantinos, quienes aportaron los elementos orientales de esa misma cultura impregnados de helenismo. Un personaje muy importante de esta época es el filósofo Arístides Quintiliano (s. III). Quintiliano escribió un tratado sobre Retórica, Institutio oratoria, que fue en el siglo XVIII el tratado por excelencia para la retórica musical y que J. S. Bach utilizó constantemente.

El imperio romano se había extendido por Asia y África, transportando la herencia griega (de ahí que hablamos de expansión helenística, y no simplemente romana). Y la expansión árabe del siglo VII tuvo lugar por las mismas zonas por las que se había difundido el helenismo, centrándose casi en los mismos países y ciudades.

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Estas zonas geográficas[1] no habían sufrido solamente las influencias grecorromanas, ya que anteriormente se habían formado a partir de las grandes culturas egipcia, mesopotámica y siria. Como se puede observar, esta mezcla de culturas que impregnan la cultura griega y romana de orientalismo es, pues, la que nos van a traer los musulmanes a España en el siglo VIII.

La capital del Islam había sido trasladada en aquella época a Damasco por el Califa Muawiyya, fundador de la dinastía Omeya (banu-Ummayyada). Esta dinastía estaba constituida por  aristócratas muy cultivados, de índole pacífica y preocupados por el desarrollo cultural. Por ello fueron fácilmente derrotados y aniquilados por los abasidas a fuerza de grandes matanzas. El único superviviente dinástico, Abd’Al-Rahman, pudo huir de la masacre e instalarse en España, en Córdoba, en donde, casi recién llegado, fue aclamado como Emir por la población musulmana ya allí asentada. Así es como comienza para España la llamada época árabe, en la que musulmanes, cristianos y judíos, que ya se habían establecido en la península desde el siglo I, van a convivir en paz, intercambiando sus ideas tanto tradicionales como culturales e incluso religiosas. Por ello se le llama a este periodo la España de las “tres culturas”.

Hemos de suponer que, debido a que nuestra población ya estaba romanizada, no todo lo que trajeron los omeyas resultaría novedoso y, de igual modo, que estos últimos encontraron en España una cultura semejante a la suya, es decir, la base grecolatina con elementos orientales. Y es precisamente esta mezcla la que se va a poner de manifiesto en la concepción y práctica de la música, la cual, en cierto modo, ha sido una de las cunas de nuestra literatura.

CONCEPCIÓN MUSICAL

Según el musicólogo Jacques Handschin, el poder de la música en las grandes culturas orientales sobrepasa los límites de su influencia, haciendo llegar al individuo al éxtasis [2]. Esta predisposición y acción de la música es igualmente la base del concepto musical de los griegos, los cuales la convirtieron en una especie de enseñanza ética. En esta ética, el comportamiento humano se encuentra de tal modo unido a los movimientos y al carácter de la música, que esta pone de manifiesto la disposición del comportamiento de los músicos, consiguiendo al mismo tiempo una influencia directa en el sentir del oyente. Esta concepción fue ya expuesta por Platón y Aristóteles.

Aristóteles nos dice:

‹‹ Estas impresiones que ciertas almas experimentan de un modo tan poderoso, alcanzan a todos los hombres, aunque en grados diversos; porque todos, sin excepción, se ven arrastrados por la música a la compasión, al temor, al entusiasmo. Algunos se dejan dominar más fácilmente que otros por estas impresiones; y así puede verse cómo, después de haber oído una música que ha conmovido su alma, se tranquilizan de repente al escuchar los cantos sagrados, que vienen a ser para ésta una especie de curación y purificación moral. Estos cambios bruscos tienen lugar también necesariamente en aquellas almas que se dejan arrastrar por el encanto de la música a la compasión, al terror, o a cualquier otra pasión. Cada oyente se siente conmovido, según que estas sensaciones han influido más o menos en él; pero todos han experimentado una especie de purificación y se sienten aliviados de este peso por el placer que han experimentado. ›› [3]

Estos llamados “afectos de la música” serán tratados por otros autores posteriores a la época helenística y, del mismo modo, transmitidos a generaciones venideras que van a estudiarlos y analizarlos. Éste es el caso de Boecio. Este gran teórico de la música escribe su obra precisamente  en el siglo V, coincidiendo con la caída del imperio romano y la subida al poder del imperio bizantino. En su De institutione musica se refiere constantemente a la filosofía musical de Platón y los pitagóricos, así como de otros filósofos griegos, y nos cuenta historias que describen la unión de la música con las pasiones humanas:

‹‹ Es de todos bien sabido cuán frecuentemente una canción ha refrenado las iras, cuántas maravillas ha obrado en los talantes de los cuerpos y de las almas. ¿A quién es desconocido que Pitágoras con el canto de espondeos, volvió más sosegado y dueño de sí a un joven de Taormina ebrio que se había excitado al son del modo frigio[4]. Una noche, una prostituta se había encerrado, a la sazón en la casa de un rival y el muchacho, furioso, quería prender fuego a la casa. Pitágoras, según su costumbre, estaba examinando el curso de las estrellas y, cuando advirtió que el joven, espoleado sin cesar por los consejos de los amigos al son del modo frigio, no quería desistir de su fechoría, ordenó cambiar el modo y así aplacó el ánimo del enfurecido muchacho hasta un estado de mente apaciguadísimo››.[5]

Hay, no obstante, una diferencia entre los efectos cósmicos de la música y los que podemos llamar artificiales o instrumentales. La llamada “música cósmica” formaba parte de las materias de matemáticas y de astronomía de las que Pitágoras de Samos (ca. 570-510 a.C.) fue su más significativo representante. La teoría de la música sideral o música de las esferas, que es el nombre que se le da en la musicología a la música cósmica, estaba ya instituida en Babilonia, a donde la tradición atribuye a Pitágoras varios viajes, así como en Siria. En estos países también se consideraba la teoría de los números  como base de la astronomía y de la música, puesto que esta última es la clara representación de la relación entre los cuerpos celestes.[6] La tesis de la música sideral fue resumida por Boecio y un siglo después, en España, fue retomada y reescrita por Isidoro de Sevilla (ca. 550-570), que le dedica un capítulo entero  de su Ethimologiarum. A pesar de que él mismo no era un experto en esta materia, fue capaz de resumir todos los conocimientos musicales de su tiempo. Isidoro une la teoría boeciana con la de Agustín de Hipona y de algún modo con la de Casiodoro y Ptolomeo. En su tratado explica la etimología de la palabra música, y añade que algunos atribuyen su invención a Túbal[7], figura del  Antiguo Testamento y descendiente de Caín, y que otros se la adjudican a Pitágoras:

‹‹ Moisés dice que el inventor del arte de la música fue Túbal, de la estirpe de Caín y que vivió antes del diluvio. Por su parte, los griegos afirman que fue Pitágoras quien echó los cimientos de este arte, inspirándose en los sonidos de los martillos y de la percusión de cuerdas tensadas. Otros sostienen que los primeros en sobresalir en el arte musical fueron el tebano Lino, Zeto y Anfión. ››[8]

Los árabes helenistas encuentran el origen de la música también en el Antiguo Testamento. Según su tradición, cuando Dios creó a Adán, ordenó que el alma entrase en el cuerpo, y en ese momento comenzó a latir el corazón. Y como Adán ya poseía una voz y el latir del corazón era rítmico y equilibrado, así, el ser humano pudo poseer desde un principio un ritmo y un sonido. Y estos son el origen de la música. Al mismo tiempo otorgan a la música un valor cósmico y terapéutico y sirve de unión entre Dios y los hombres.

La primera oleada de la invasión musulmana en España coincide con el dominio árabe sobre las zonas helenizadas de Siria y Egipto. Y, aunque algunos de estos pueblos eran todavía simples caravaneros, se establecieron en las grandes ciudades en donde ya vivían aristócratas helenizados que acababan de convertirse al Islam. Enseguida se dejaron impregnar por la cultura de los dominados y se apasionaron por ella, como es el ejemplo de la dinastía Omeya (660-750), sobre todo en el momento en que se trasladó la capital del reino de Damasco a Medina. En el año 750 tomaron el gobierno los Abasidas y se expandieron hasta Irak, trasladando nuevamente la capital, esta vez a Bagdad. Como ya se mencionó, los Abasidas asesinaron prácticamente a casi todos sus antecesores, los omeyas, y el único sobreviviente huyó y se refugió en España, en donde fue nombrado emir en la ciudad de Córdoba. Es pues este omeya, Abd’al-Rahman I, el primer emir en tierras españolas. Con él y sus sucesores entró en la península la cultura helenística de las tierras orientales que ellos mismos habían asimilado[9] y se fusionó con el sustrato romano y visigótico. Se trata de  las teorías de los grandes filósofos de la Antigüedad, las cuales habían sido traducidas del griego directamente al sirio en los últimos años, precisamente en tierra siria. Uno de los primeros y mas importantes representantes de esta herencia filosófica griega fue Al’Kindī (nacido en 873, el 260 de la Hégira). Al’Kindī no solamente se ocupó de la filosofía, sino también de la teoría de la música, aunque desgraciadamente la mayoría de sus estudios han desaparecido. No obstante, tuvo muchos seguidores y alumnos que hablan de sus enseñanzas, por ejemplo Ishāq ben Imrān (aprox. en el año 907) que nos habla de los efectos de la música en Orfeo, narración que posiblemente había oído de su maestro:

‹‹ Los reyes me han llevado a sus sociedades para recrearse y divertirse conmigo. Pero yo soy en verdad quien se recrea y divierte con ellos, puesto que yo puedo cambiarles su ánimo y su carácter y transformar su ira en templanza, su tristeza en alegría, su depresión en sosiego, su rencor en amabilidad, su avaricia en generosidad y su cobardía en valentía. ››[10]

Un contemporáneo deAl’Kindī y uno de los mejores intérpretes de la obra de Aristóteles fue Al’Fārābī [11](872-950, 260-339 de la Hégira). Su tratado sobre la música – el primero después del de Al’Kindī, Kitābu-l-Mūsīqī al-Kabïr (Gran tratado sobre la música)consta de dos partes, divididas la primera en ocho y la segunda en cuatro Discursos, estos últimos desaparecidos. Al’Fārābī habla de los efectos de la música, agrupándolos en tres especies diferentes[12]:

1. La música que produce diversión.

2. La música que mueve los ánimos y las pasiones humanas.

3. La música que mueve la fantasía. A esta la considera como la más perfecta porque está unida a la palabra.

Tenía un concepto algo diferente del de San Isidoro, puesto que este hacía la división en:
1. Música armónica, o sea, la música que se forma a través de la voz

2. Música orgánica, que se produce a través de instrumentos musicales, como los instrumentos de viento.

3. Música rítmica; la producida por instrumentos de percusión[13]

Una síntesis o un resumen de estos dos conceptos lo encontramos en otro filósofo reconocido, contemporáneo de Al’Fārābī, Avicena (ca. 980-1037; 370-428 de la Hégira).[14] Avicena escribe sobre toda clase de ciencias y fue un médico muy reconocido. Del mismo modo que Al’Fārābī, representa la escolástica árabe. En su tratado de música, Kitābu’š-šifā, siguiendo la enseñanza ptolemaica, divide la música en armónica y rítmica. La música armónica contiene la aplicación de las notas musicales, mientras que la rítmica es la relación entre las notas y la melodía. Según Avicena, la música rítmica tiene una unión directa con las ciencias naturales y rige sobre las matemáticas y los principios psíquicos, es decir, que contiene en sí los efectos psíquicos de éstas.[15]

Pero volvamos a Al’Andalus, la España árabe, y enseguida encontraremos a otro alumno de la escuela de Bagdad que conoció las enseñanzas de estos dos grandes tratadistas. Se trata de Abū al-Hasan Alī Nafī, llamado Zyriab, que quiere decir “mirlo negro”, y que vivió entre el 789 y el 857.[16] Él es, sin duda alguna, la figura más representativa de la época de los Omeyas. Se dice que perfeccionó el laúd, añadiéndole una quinta cuerda en el centro para representar al alma humana, ya que las otras cuatro simbolizaban los cuatro elementos del carácter humano, es decir las pasiones. Con esta inclusión mostraba la unión o la concordancia entre lo cósmico y lo humano. Esta concordancia se podría representar así:[17]

Cuerdas del laud Elementos cósmicosTemperamentos humanos Color
Zīr FuegoBilis amarillaAmarillo
Matnā AireSangre Rojo
Cuerda de Zyriab VidaAlma Rojo oscuro
Matlāt AguaMucosidad Blanco
Bamm TierraBilis negra[18] Negro

Un seguidor de Zyriab, y al mismo tiempo un famoso y reconocido filósofo y representante también de la escolástica latina, fue Abū Bakr Ibn Yahyā al’Sāig, conocido en la España árabe como Ibn Bāyyā, y latinizado como Avempace. Alberto Magno lo menciona en sus traducciones de Averroes. Avempace era además un gran músico y describe en su obra los efectos terapéuticos de la música, sobre todo el referido al laúd. Es por ello por lo que exige que los tocadores del laúd tengan un conocimiento exhaustivo de los temperamentos humanos. Sigue la teoría pitagórica referente a la partición del tono, aplicándola al laúd, y describe la relación del tono con los signos del Zodíaco, con las estaciones del año, etcétera, es decir, la relación existente entre el cosmos y el ser humano. De este modo, une al ser humano a la fuerza divina, alejándose un poco de las ideas neoplatónicas y volviendo a las aristotélicas, como Al’Fārābī, puesto que reconoce la división de los diferentes géneros musicales y, como consecuencia, reconoce como música perfecta, aquella en la que la palabra unida a la melodía está acompañada por instrumentos.[19]

ARMONÍA E INTERVALOS

Sería un trabajo arduo y muy complicado exponer aquí toda la teoría matemática de las relaciones de los sonidos interválicos, tanto en su tratamiento por los griegos, como por los árabes, y más aún, si intentásemos relacionarlas o compararlas. Es, sin embargo, digno de mención que para ambas escuelas era la melodía la manifestación absoluta de la mejor música. Toda la armonía, que los griegos consideraban como una absoluta concordancia, está, por así decirlo, contenida en la melodía, en la que se hallan todas las relaciones interválicas y los acordes. Y todo este conjunto se revela como un “todo-sonante”, como Symphonia, que a su vez contiene en sí la relación numérica matemática. Pues el número, la cifra, es para la música del mundo antiguo – y no solamente para los griegos – principio cósmico y vital. Como es de sobra conocido, la relación interválica griega se basa en el principio de los intervalos de cuarta, quinta y octava, que sirven de sustento a la melodía. Entre estos soportes armónico s se pueden hacer toda clase de ornamentos, como ocurre en un templo griego si colocáramos guirnaldas entre las columnas. Como la octava, por la distancia entre sus sonidos, no es tan adecuada para la melodía, se le da prioridad a la cuarta, y por ello los griegos basaron el principio tonal de sus escalas en el tetracordo. La formación Teléion o sistema completo se hacía uniendo dos tetracordos, una idea que fue realmente tomada del Katakomé Kanónos (Sectio canonis) de Euclides.[20] Esta teoría de los intervalos es la que utiliza Al’Fārābī y precisamente con la misma terminología griega. Y así dice al principio del capítulo que trata esta materia:

‹‹ Si dos notas que forman un intervalo se unen en el oído como si se fundieran en una sola, se dice que ellas armonizan [concuerdan], y al intervalo resultante de estas dos notas se le califica como concordante [sinfonía](…) La sinfonía o armonización de notas [la consonancia] juega en la música el mismo papel que la armonización en todas las demás artes…››[21]

Algo semejante podemos leer en Avicena, quien, refiriéndose a Euclides[22] nos ofrece una explicación exacta de la partición de la octava:

A la octava se la considera como un intervalo de consonacia absoluta (homófono);la quinta y la cuarta son consideradas como intervalos de notas semejantes (sinfonías) [….] Los grados extremos de la octava tienen, como hemos dicho, una misma potencia [….] Estos son los intervalos consonantes de primera clase . [23]

Con respecto a la formación de los tetracordos recurre Al’Fārābī directamente a las fuentes griegas y expone una tabla en su libro en la que encontramos igualmente la terminología griega[24]:

Nombre griego y traducciónCorrespondencia con la nota fundamental actual
Proslambanoménos (Nota añadida)Sol
Hypaté Hypatôn (Nota fundamental)La
Parypaté Hypatôn (La que está junto a la nota más grave)Si
Lichanos Hypatôn (Aguda de la fundamental)D0#
Hypaté Mèsôn (Grave de las medias)Re
Parypaté Mèsôn (Media de las medias)Mi
Lichanos Mèsôn (Aguda de las medias)Fa#
Mèse (Mediante)Sol
Paramèse (Disjuntiva de la mediante)La
Trité Diézeugménôn (Tercera o grave de las disjuntivas)Si
Paranète Diézeugménôn (Media de las disjuntivas)Do#
Nète Diézeugménôn (Aguda de las disjuntivas)Re
Trité Hyperbolèôn (Tercera o grave de las agudas)Mi
Paranète Hyperbolèôn (Media de las agudas)Fa#
Nète Hyperbolèôn (Aguda de las agudas)Sol

A continuación nombra la tónica de las diferentes tonalidades, que hoy las consideramos como modos, a saber :

Tetracordos : eólico, hipoeólico, dórico, hipodórico, hiperdórico, relajado, relajado inferior, frigio, hipofrigio, hiperfrigio, reforzado, reforzado inferior, lidio, hipolidio e hiperlidio.

La tabla que se encuentra en este tratado presenta dichos tetracordos o modos de forma gárfica, y con ello se observa que éstos van en direccíon contraria a la de los griegos, es decir, de abajo arriba, en sentido ascendente y no descendente y que es la que llevaría a la formación de los modos eclesiásticos. Más importante que esta observación es, no obstante, la definición del carácter de los tetracordos:

  • Tectracordo Malawwanah (fuerte). Corresponde al tetracordo diatónico de Ptolomeo y de Euclides y más tarde al de Quintiliano. Consta de ½ -1- 1 intervalos.
  • Tatracordo Rāsim/nādhin/ta’lif (suave). Corresponde al enarmónico y consta de ¼ -¼-½ e incluso de intervalos más pequeños.
  • Tetracordo Lāwinī (también suave). Corresponde al cromático ½ – ½ – 3/2.

Estos dos últimos tétracordos son considerados como los mejores, tanto para los griegos como para los árabes.

La repartición de los tonos la enseñaban los griegos a partir del monocordio. Por el contrario, los árabes la enseñaban con el Tumbur[25], que tenía dos cuerdas y, más tarde, con el laud.

EL RITMO Y LA MELODÍA

La enseñanza del ritmo y de la melodía era una de las partes principales de la teoría de la música. El ritmo se relacionaba en ambas escuelas, la griega y la árabe, con la poética y con la medida del verso y también ambas escuelas tomaban en consideración la existencia de un ritmo original y universal como principio y base para todos los ritmos. Los autores árabes mezclaron y describieron los ritmos fundamentales de la Antigüedad y añadieron los tipicamente árabes, aunque estos eran en realidad una adecuación a la flexión sibálica, ya que los antiguos eran más simples. Más importante era para ellos la utilización de flores retórico-rítmicas como adorno de las melodías para reforzar la expresión. Esta práctica se utilizó en Europa hasta finales del siglo XVIII, es, sin embargo, un invento oriental que llegó por un lado a Europa a través de Bizancio y, por otro, a través de la invasión árabe en España.

GÉNEROS

La música árabe era monódica como la griega y cuando se hacía heterofónica era a base de que los cantantes o los instrumentos dejaran sonar las melodías a destiempo, tipo cánones o con otros adornos que los otros. Aún así, se hacían diferencias entre los cantantes solistas y los pertenecientes al coro.

LA PRÁCTICA Y LAS NOVEDADES EN LA MÚSICA DE LA ESPAÑA ARABE

Ya he nombrado anteriormente el nombre de Zyriab. No hay duda de que más de un autor ha tratado de idealizar o sublimar su figura, no obstante, ya en su tiempo fue considerado como una eminencia en su profesión y son muchos los coetáneos que lo admiraron y escribieron sobre él, con lo que esa fama ha llegado hasta nuestros días. Uno de los historiadores posteriores, practicamente actual, que lo nombra y lo elogia es  al-Maqarī, precisamente en su libro Nafh al-tib min gusn al-Andalus al-ratib (Brisa de perfumes del país arboleado Al’Andalus), publicado en Beirut en 1968.

Al-Maqarī describe las novedades introducidas por Zyriab e indica que una de sus principales aportaciones fue la reestructuración de la Nūba.

Nūba significa « cambio » y se refería al cambio de músicos en una jornada musical  o zambra ante el califa, en el tiempo de los Abasidas. Más tarde, ese cambio o nūba dejó de referirse a ese cambio físico y se aplicó a la música en sí, conviertiéndose la palabra en sinónimo de conjunto de piezas musicales que formaban lo que hoy se conoce por Suite, alternando las piezas vocales con las instrumentales y adquiriendo una estructura con la reorganización hecha por Zyriab. Y esta estructura se puede concretizar de la siguiente forma:[26]

NasīdRecitativo con ritmo libre
BasītCanto con tiempo lento
Muharrakāt AhzāyPiezas ligeras y rápidas

Esta estructura tiene un parentesco con de la salmodia griega y, como consecuencia, con la música eclesiástica europea en sus comienzos, por ejemplo, con la antífona, pero sobre todo con el Troparion bizantino, que era una cambio de versos en el salmo; o también con la Kontaktion[27], lo  que nos muestra que la música en las zonas helenísticas-cristianas y en las zonas árabes tenían un desarrollo común y que afectaba tanto a la música eclesiástica como a la profana.  Por éso, no es de extrañar que las encontremos en otros países. Concretamente, en la España árabe del siglo XI se desarrolla a partir de estas formas mencionadas una nueva : la muwassaha o moaxaja. Se trata de una forma poético-musical que consta de:
Matla: preludio

Dawr: estrofa

Markaz: estribillo

La forma del verso fue al principio :

Aa bbb AAABAB ccc ABAB

Y para la música : ABA

La pieza musical se construye sobre una tonalidad o maqam, idéntica a la muwassaha y se adapta al ritmo que el compositor quiere poner de antemano. Este tipo de piezas fue una novedad en el mundo árabe de entonces, sobre todo, porque ya no se utilizó el idioma clásico árabe, sino que se unieron los tres idiomas que se hablaban en la península ibérica : el  árabe, el castellano y el hebreo-sefardí. Para ello se abandona  la flexión larga-corta árabe y se fija la acentuación en grupos de versos que forman una estructura rítmica, aunque en realidad son formas poéticas. Al final de este conjunto de piezas se colocaba una pequeña canción o estrofa que las cerraba y que son las famosas jarchas (kharja) – esta palabra significa « salida ». De estas jarchas se deriva el conocido zéjel, que era escrito en castellano. Se dice que fue Avempace quien lo inventó y alcanzó su florecimiento con el poeta Ibn Quzman de Córdoba (1086-1160). La forma del zéjel es exactamente igual que la de las muwassahas, pero no contienen jarcha, es decir, consta solo de estrofa-estribillo o refrán, que se repiten indefinidas veces. También en esta forma se realizaba la estrofa de forma solista y el estribillo lo hacía el coro, acompañado por instrumentos. Estas formas fueron – y siguen siendo- muy importantes para la literatura española de aquella época y para su desarrollo posterior, aunque desgraciadamente solamente han quedado los textos. No obstante, con la expulsión de los musulmanes y de los judíos de tierras españolas se trasaladó esta tradición al norte de África, en donde han sobrevivido hasta hoy y en donde aún se puede escuchar en forma de canciones, aunque ya sin jarchas, a falta de las lenguas castellana y  hebrea.

Los zéjeles, las jarchas y las muwassahas que quedaron en España son, en realidad, una adaptación de los músicos y poetas árabes a un pueblo que crecía bilingüe y trilingüe, y que compartían las mismas tradiciones. Ellos fueron quienes abrieron las puertas a la lírica galaico-portuguesa y posiblemente influyeron los cantos de los trovadores. Por ello hay que agradecer a Avempace quien consiguió elaborar y conjuntar esta mezcla de elementos greco-helenísticos y oriental-bizantinos, culminándose así la identidad de la música española de aquel tiempo, pues como él mismo afirmó y nos recuerda Emilio Garía Gómez: « mezcló el canto de los cristianos con el canto de Oriente[28]»

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes:

Al’Fārābī, « Kitābu-l-Mūsīqī al-Kabīr »,en: d’Erlanger, Rodolphe: La musique árabe, volúmenes I-II, Geuthner, París 1939/2001

Aristóteles, Política, Libro V, Cap. VII 1342ª, Reclam-Edition, Leipzig, 1998

Avicenna: Kitābu’š-šifā. In: d’Erlanger, Rodolphe: La musique arabe. Band I-II, Geuthner, París 1939/2001

Boëthius, Anicius Manlius Torcuatus Severinus: De institutione musica. Traducción al español de Salvador Villegas Guillén, Clásicas Ediciones, Madrid, 2005

Ibn Bayya: Risalat al-alhan. (Epistola sobre la  melodía.) En: Cortés García, Manuela: La música en la Zaragoza islámica. Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo, Zaragoza 2009

Isidoro de Sevilla: Ethimologías. Libro III, edición bilingüe de José Oroz Reta und Manuel Antonio Marcos Casquero, Edición Católica, Madrid 2000

Quintilianus, Marcus Fabius: Institutio oratoria, Reclam, Leipzig 1998

Literatura secundaria:

Al-Maqqarī: Nafh al-tib min gusn al-Andalus al-ratib, editado porIhsān Rašīd Abbās, Dār Ṣādir, Beirut1968

Altamira y Crevea, Rafael: Historia de España y de la civilización española,Herederos de Juan Gili, Barcelona, 1909, EdiciónCrítica, Barcelona 2001

Brockelmann, Carl: Geschichte der arabischen Literatur, Brill,Weimar und Leiden 1898/1949

Cortés García, Manuela: La música en la Zaragoza islámica, Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo, Zaragoza 2009

Cruces Roldán, Cristina: El flamenco y la música andalusí, Ediciones Carena, Barcelona 2003

D’Erlanger, Rodolphe: La musique arabe. Tomos I-II, Geuthner, París 1939/2001

Garcia Gómez, Emilio: Una extraordinaria página de Tifasí, y una hipótesis sobre el inventor del zéjel. En: Cruces Roldán, Cristina: El flamenco y la música andalusí, Ediciones Carena, Barcelona 2003

Guettat, Mahmoud: La música andalusí en el Mahgreb, traducción de María del Mar Carrillo, Fundación Caja Sol/El Monte, Sevilla 1999

Handschin, Jacques: Musikgeschichte, Noetzel, Wilhelmshaven, 1990

Honegger/Massenkeil: Das große Lexikon der Musik, Herder, Freiburg, 1987

Poché, Christian: La musique arabo-andalouse, Actes Sud, Arles, 1995

Rosenthal, Franz: Das Fortleben der Antike im Islam, Artemis, Zürich 1965

Referencias


[1] Los mapas están extraídos de internet: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/7f/MakedonischesReich.jpg

https://i.pinimg.com/originals/78/da/93/78da934a1f77965cff760e792f6ce52a.png

[2] Jacques Handschin, Musikgeschichte,  Ed. Noetzel,Wilhelmshaven, 1990, p. 48

[3] Aristóteles, Política, Libro V, Cap. VII 1342ª, Reclam, Leipzig, 1998

[4] Qunitiliano describe también esta anécdota en su Institutio oratoria, I, 10, 32 , Reclam,  Leipzig 1998

[5] Boecio, Tratado de música, Libro I, Proemio. Traducción al español de Salvador Villegas Guillén, Clásicas Ediciones, Madrid 2005

[6] En la tradición antigua, la música estaba relacionada con la gramática y pertenecía a las artes liberales, e incluso en la época que va de Cicerón a Quintiliano se consideraba así. Con la influencia de las teorías pitagóricas es cuando la música se va a ir separando de la gramática para asociarse a las matemáticas, idea que prevalecerá con el tiempo.

[7] Génesis, Cónfer https://en.wikipedia.org/wiki/Tubal-cain

[8] Isidoro de Sevilla, Ethimologiarum III, 16, Edición bilingüe de José Oroz Reta y Manuel. A Marcos Casquero, Edición Católica, Madrid, 2000.

[9] Franz Rosenthal, Das Fortleben der Antike im Islam, Artemis,Zürich, 1965,p. 309. Este autor trata todos los datos históricos de la cultura helenística en la zona islámica. Desgraciadamente toca muy escasamente el tema sobre la música y su teoría.

[10]Die Könige haben mich zu ihren Gesellschaften herangezogen, um sich über mich zu ergötzen und zu amüsieren. Aber ich bin es, der sich über sie amüsiert und ergötzt, da ich ihre Stimmung und ihren Charakter verändern und ihren Zorn in Beschwichtigtsein, ihre Traurigkeit in Freude, ihre Depression in Gleichmut, ihren Ingrimm in Freundlichkeit, ihren Geiz in Freigebigkeit und ihre Feigheit in Tapferkeit verwandeln kann“. C. Brockelmann, „Geschichte der arabischen Literatur“, Weimar und Leiden 1898/1949, en Franz Rosenthal, Das Fortleben der Antike im Islam de Rosenthal, p. 309

[11] Al’Fārābī, Abū n-Naşr Muhammad ibn Muhammad ibn Tarhān ibn Uzlag al’Fārābī nació en Persia y estudió en Bagdad. V. Rodolphe d’Erlangen, La musique arabe, Tomos I-III, ed. Geuthner, Paris, 1939/2001

[12] Rodolphe d’Erlangen, La musique arabe,  p. 13 y siguientes

[13] Isidoro de Sevilla, Ethimologiarum III, 16, p.18

[14] Abū, Ali al Husayn ibn’Abd-Allah ubn Sina, llamado el Maestro

[15] Rodolphe D’Erlangen, La musique arabe ,Tomo III.

[16] Se cuenta de Zyriab que se formó en Bagdad con el famoso maestro del laud clásico, Ishāq-Mawsalī (767/850) y que ya siendo famoso se trasladó a Ifrīqiyya bajo los servivios del emir Kairawán Allāh (816/837). Un buen día ofendió Zyriab al emir  y fue castigado y expulsado del país. Entonces se marchó a Córdoba para servir al califa al-Hakam I. A su llegada acababa de morir repentinamente el califa, pero su hijo, Abd al-Rahman II, lo tomó a sus servicios. En esta corte alcanzó Zyriab su máximo esplendor artístico. Era un hombre de costumbres muy refinadas y trajo a la península no solo la música culta, sino también nuevas modas en el peinado, en el vestir, en la mesa, en la comida, además de enormes conocimientos de Astronomía y de Geografía. Fundó en Córdoba una Escuela de Música que se hizo famosa también por la actuación de su hija y de sus esclavas. (Ver: Mahmoud Guettat,  La música andalusí en el Mahgreb, traducción de María del Mar Carrillo, Fundación Caja Sol/El Monte, Sevilla 1999, pp. 24-25-26)

[17] Mahmoud Guettat, La música andalusí en el Mahgreb , pp.24-25-26

[18] La distinción entre bilis amarilla y bilis negra está basada en la teoría humoral de Hipócrates que se corresponde con los cuatro temperamentos: sanguíneo, colérico, melancólico y flemático. Estos temperamentos se forman a partir de un desajuste en el equilibrio cuantitativo de los fluidos corporales. La superproducción de la llamada bilis negra es la causa de la melancolía.

[19] “Risalat al-alhan (Epístola sobre la música) de Ibn Bayya”, en Manuela Cortés García, La música en la Zaragoza islámica, Instituto de Estudios Islámicos en el Oriente Próximo, Zaragoza, 2009, Cap. 4, pp. 66/67

[20] Euclides de Alejandría, aprox. 360-280 a.C.

[21] d’Erlangen, La musique árabe, tomo 1, p. 86: …Lorsque deux notes composant un intervalle se combinent à l’oreille de façon à se fondre en une seule, on dit qu’elles s’harmonisent (qu’elles concordent), et l’intervalle comportant ces deux degrés est qualifié de concordant (symphone)… La symphonie ou l’harmonisation de notes (la consonance) joue, en musique, le même rôle que l’harmonisation dans tous les outres arts…“

[22] Avicena en d’Erlangen, La musique árabe, tomo 1, p.129 ff.

[23] d’Erlangen, La musique árabe, tomo 1, p. 124. „La octave est appelée  intervalle de consonance absolue (homophone); la quinte et la quarte sont appelées intervalles à notes resemblantes (symphones) [….] Les degrés extrêmes de l’octave ont, comme nous l’avons dit, une même puissance [….]Ces sont là les intervalles consonants de première classe.  

[24] Extracción de la autora sobre las fuentes de Rodolphe  d’Erlangen, La musique árabe, tomo 1, p. 121.122

[25] Tumbur; dibujo de la autora.

[26] Mahmoud Guettat, La música andalusí en el Mahgreb, p. 24

[27] La Kontaktion, que quiere decir en griego „palito“, se había desarrollado a partir de la homilía poética. Era una especie de Predicación recitada que seguía a la lectura del evangelio y que constaba de 20 y 30 estrofas, las llamadas Oikoi, estructuralmente iguales tanto en el número de sílabas, en la forma melódica, en las acentuaciones y en la distribución sintáctica. Tenían una introducción, el Prooimion o Kukulion, que era una estrofa alométrica que se unía al Oikoi por un estribillo o refrán. Según esta estructura se deduce que eran cantadas de forma responsorial: Recital de estrofas llevada por los solistas, mientras que el estribillo lo cantaba el coro. Los antecedentes de esta forma se encuentran en las formas poéticas sirias de los siglos IV y V, y estas eran: la Memra, la Madraša y la Sogita. El Kontaktion floreció en el siglo VI y uno de sus representantes fue Syrer Romanos, del cual proceden por lo menos 85 Kontakia de las que se han hallado.

Honnegger/Massenkeil, Das große Lexikon der Musik,volumen 4,Herder, Freiburg, 1987.

[28] Garcia Gómez, Emilio: “Una extraordinaria página de Tifasí, y una hipótesis sobre el inventor del zéjel” en: Cruces Roldán, Cristina: El flamenco y la música andalusí, Ediciones Carena, Barcelona 2003, p. 50

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