Palabras claves: Distopía, Coronavirus, Covid, cultura del siglo XXI, ecología, pandemia, sociología utópica, utopía.

Dr. Esther Morales Cañadas

Estamos en el año 2050. El aire está limpio y los ciudadanos recorren las calles con caras de autómatas sin empatía. Un par de comercios ofrecen sus mercancías artesanales y los puestos del mercado se llenan de frutos regionales.  No se escuchan apenas ruidos si no es el chorrear de manantiales frescos rellenos con aguas de lluvias. Parece un mundo idílico, el diorama de un nacimiento de Belén sevillano en el que los amaneceres y atardeceres se suceden por voluntad de la persona que lo ha montado, pero sin brusquedad y como si fuese natural, sólo que el tiempo entre el día y la noche se han acortado.

Aquí el tiempo también se acorta, o más bien, se convirtió en una intención de vida en la que había que apagar el recuerdo de una época que había marcado un surrealismo desfasado. Esa época tuvo lugar en las primeras décadas del siglo 21, es decir, no hace demasiado tiempo, pero quedó tan marcada que es el cuento favorito de los abuelos a sus nietos. Por consiguiente, no, no se ha apagado el recuerdo.

Fue una época de acontecimientos que cambiaron la dirección del mundo, tal vez, mucho más sustancial y repentinamente que cuando se exterminaron los dinosaurios y cuando el ser humano descubrió el fuego.

La humanidad había llegado a un momento álgido en cuanto a los descubrimientos científicos y en cuanto a la unión político-social entre todos los países del mundo. No obstante, eso no quiere significar que la unión de igualdad entre ellos existiera realmente. Ya no se usaba eso del colonialismo ni tampoco había que descubrir nuevas tierras australes. Desde hacía siglos, esas relaciones no se habían modificado. Existían los países poderosos: unos dictatoriales que reducían a sus ciudadanos a servidores de los dirigentes y en los que el derecho a la libertad humana no existía. Otros gustaban de dictadura religiosa y a quien no creía lo encarcelaban o, en el mejor de los casos, lo mataban. Había también pequeños grupos étnicos que llevaban cinco siglos esperando el reconocimiento de sus tradiciones y de su calidad de humanos. Y, en fin, había otros que se situaban en el llamado continente europeo que alardeaban de ser los más justos, los más sinceros, los más libres, pero que el valor económico era quien los movía.

Las potencias mundiales estaban marcadas por su poderío económico que se extendía mucho más allá: Estaban E.E.U.U., China y Rusia. Estas eran las tres potencias que atemorizaban al resto del mundo, organizaban guerras, por lo general, fuera de sus naciones, tenían influencia directa en la política internacional y en el reparto de recursos de primera instancia, a excepto de la agricultura y, en algunos casos, de los combustibles (especialmente del petróleo). Estas potencias dependían, por otro lado, de los países que carecían del más mínimo bienestar de donde sacaban material de construcción, sea madera como metales, productos agrícolas y otros recursos, basándose en el truco de la solidaridad para con los magnates y adinerados de esos países pobres para sacar más provecho y, si no les seguían el juego, los castigaban con sanciones económicas o de amenazas de guerra. Todo quedaba, no obstante, entre los poderosos. La clase media se favorecía un poco de ello, la baja, ni siquiera olía los beneficios. Es decir, las riquezas estaban repartidas de forma absolutamente desigual. Había unos tantos cuyas riquezas no se podrían definir ni yéndonos a otras Galaxias. Existía una clase social media que era la portadora de todo, la que podía sobrevivir con dignidad, pero también la que recibía los palos directos de esos “grandes” y de los que estaban más debajo de ellos.

En aquellos países en que parecía haber más igualdad se habían instalado, después de la segunda guerra mundial, los llamados derechos humanos, entre los cuales se hallaba el derecho a la libertad de opinión en los regímenes democráticos, algo que ya en la segunda mitad del siglo anterior había adquirido una validez y había contribuido a que las personas lucharan por un mundo mejor, más limpio, de más cuidado con la naturaleza, de más justicia. Esto era algo muy valioso, pero tremendamente difícil de sobrellevar porque los caracteres humanos son muy diversos y, muchas veces, caprichosos. Así, lo que unos creían justo, lo consideraban injusto otros. Se formaban, pues, constantemente altercados entre las diferentes ideologías, se organizaban manifestaciones que, en más de una ocasión llegaron a disturbar la paz. Los seres humanos son propensos a exaltarse hasta la agresividad y el crimen, por lo que la idea de los derechos humanos quedaba, a menudo, fuera de lugar. Aparte de que, hasta la fecha, quienes se habían favorecido de esos derechos humanos en la vida normal, eran exclusivamente aquellas personas que aportaban un beneficio económico a la sociedad y ahí no entraban ni los refugiados, ni los minusválidos, ni, por supuesto, los ancianos.

Aun así, las condiciones de vida, por lo menos en el continente europeo, se habían mejorado mucho en comparación a tiempos anteriores. Se vivía con más lujos, aunque, hay que decir, que también las personas trabajaban más horas por menos sueldo y, por tanto, las mujeres, a la vez de criar a sus hijos, también trabajaban de mañana a noche. Unas lo hacían por necesidad existencial, otras por vocación y sus estudios y otras para poderse costear el tren de vida que se había impuesto como norma social: viajes al extranjero en vacaciones, un par de autos para la familia, y otros lujillos.

Indudablemente, habían sido los adelantos industriales y científicos de las últimas décadas lo que había contribuido a esa mejora de vida.

La agricultura se había industrializado y la producción maximizado hasta “el no va más”, no obstante, aunque en todos los lugares del mundo había excesivos alimentos, no se repartían entre todos igualmente. Mientras en unas zonas la gente se moría de hambre y los niños crecían en el raquitismo y la falta de higiene, en la mayor parte del resto del mundo la comida sobraba de forma que los basureros municipales aumentaron porque los ciudadanos, acostumbrados al bienestar, no le daban importancia y tiraban todo lo que les sobraba o no les gustaba, aunque esos alimentos estuvieran frescos y comibles. El valor alimenticio se había desvalorado en el transcurso del tiempo y se prefería cantidad a calidad. Para conseguir esa “cantidad”, por supuesto que se seguía recurriendo a aquellos países o zonas en donde la mano de obra era más barata, pero no lo justamente barata para que los habitantes pobres de allí se pudieran alimentar, sino para la exportación y la manutención de aquellos otros que compraban y compraban y, de igual forma, tiraban y tiraban. Y estas basuras no eran solamente de residuos alimenticios, sino también de restos químicos y de textiles (ropa nueva apenas usada), de aparatos electrónicos ya sin uso, fuera por deterioro o por falta de modernidad. Porque eso sí, se llevaba muy a gala: poseer el mejor smartphone para poderse conectar digitalmente con miles de personas con las que ni se conversaba ni se apreciaba el calor de su cuerpo con un beso o un abrazo.

La llamada inteligencia artificial se había ido apoderando del mundo a la misma vez que se formaban grupos de activistas para defender metas comunes en pro de los más débiles o de la destrucción de la naturaleza que estaba alcanzando límites irrevocables.

Si miramos esta época y tratáramos de darle un nombre, se le podría llamar: La época de los experimentos. No es referido al experimento científico, no, sino al experimento de mejorar o empeorar las situaciones socioculturales, científicas, económicas, alimenticias y de todas las facetas que necesita el ser humano para su existencia sin controlar los efectos secundarios.

En la cuestión social se fundían la caridad y el amor al prójimo con el desprecio por quien ganara menos, por quien fuera diferente o por quien viniera de los países que hasta entonces llamaban de tercer mundo. El hecho de llamarlos así partía de la época colonial, pues ya, desde entonces, todo el que no fuese europeo o similar a este se consideraba persona de segunda o de tercera categoría. Una de las causas de esta ideología era que ni se habían respetado las tradiciones de estos “diferentes” ni se había tomado en cuenta si esas tradiciones daban más espacio a estar unidos al ciclo natural y, por consiguiente, tenían la capacidad de ser más felices.

Europa había dado las pautas de forma de vida, atuendo, alimentación y de todo durante muchos siglos. Norteamérica había asumido todo ello y lo había envuelto en papeles de Coca-Cola, pantalones tejanos y esnobismo, reexportándolas poco a poco a Europa y, ambos juntos, llevaron todas estas novedades al resto de los continentes. Ahora estaba China también como punto de partida de exportación, de mucha exportación unida a una producción excesiva para alimentar el capitalismo que ellos mismos no profesaban, puesto que allí regía una dictadura comunista de gran poderío. Así pues, aquellas empresas que producían para abastecer a los países occidentales -que eran los considerados como los originarios de la cultura del mundo (Europa y Norteamérica) -mantenían a sus empleados como esclavos a los que pagaban escasos sueldos y propinaban con excesivas horas de trabajo. Pero esto no estaba reducido a la nación mandarina, sino a otros países pertenecientes a los del tercer mundo como ya se ha explicado antes. La mayoría de las empresas occidentales o del “primer mundo” habían trasladado su producción a todas esas zonas pobres de otros continentes para ahorrarse sueldos dignos para con sus mismos ciudadanos. Y en aquellas zonas pobres en donde tenía lugar la producción de, prácticamente, todos los productos que necesitaban los países capitalistas no habían oído hablar de los derechos humanos y eran tratados como tales seres sin derecho.

A cambio, en Europa se luchaba por el derecho de los animales, por la defensa de la naturaleza, por conseguir un mundo mejor. Sin embargo, eran todo, en parte, utopías porque la población no se ponía de acuerdo: el valor adquisitivo tenía un papel muy importante, el desarrollo económico de un país aún más, los derechos humanos que se tenían en cuenta, por lo general, eran aquellos que no molestaban ni a la economía ni al bienestar de vida. Aun así, se habían modificado muchas costumbres. Por ejemplo, el trato a los niños. Si hasta mitad del siglo anterior era usual pegarles a los hijos con el cinturón, con una zapatilla y los maestros lo hacían con una regla, se impuso un mayor respeto por estas criaturas y aquellos que tan solo les levantaran la mano a sus hijos, podrían ser denunciados, multados, encarcelados. Esta fue una medida muy humana y surgió casi paralelamente con el reconocimiento de los valores intelectuales de la mujer.

También las mascotas humanas habían alcanzado un estado social increíblemente alto. Por un lado, la costumbre de tener pajaritos, peces, ratones, conejillos de Indias, hámster, hasta reptiles, ratas, etc. había aumentado. Los gatos y los perros seguían siendo los preferidos por eso de que se los podía acariciar y achuchar. Muchas familias se olvidaban de que también tenían que sacarlos a correr, protegerlos con vacunas, llevarlos al veterinario si estaban enfermos y, cuando se daban cuenta de todo el trabajo que esto contraía, los abandonaban. No obstante, había una gran mayoría de buenos tratos. Si bien los gatos nunca fueron doblegables, a los perros los llevaban, por lo general, a una escuela de tales a que aprendieran un comportamiento. Ese comportamiento era, en realidad, el mismo que los colonizadores les dieron a los colonizados: de sumisión absoluta y de adaptación exclusiva a la vida de sus dueños. Los perros no sufrían por eso, pues, a cambio eran tratados con todo el cariño del mundo e incluso con más dedicación que a la que se les daba a los propios niños. Los dueños hablaban con ellos como si fueran criaturas humanas, en invierno les ponían abrigos, los sacaban varias veces a jugar con sus congéneres y a que se expansionaran corriendo, muchos de ellos dormían en la cama con sus amos, en fin, un exceso de humanización que no se puede explicar por qué surgió. Lo cierto es que, al final, los perros se convirtieron en los seres vivos más fieles para con las personas que estas mismas. E incluso, cuando un matrimonio fracasaba, el decidir con quién se quedaba el perro era causa de problemas y discusiones tanto o incluso más que si se tratara de los hijos.

La mujer había sido desde el comienzo del mundo la protectora de la familia, la educadora, la reina del hogar y también la esclava del esposo. Los movimientos feministas ya habían tenido lugar en diferentes épocas anteriores, pero fue en el siglo XX cuando se hicieron leyes de libertades y de igualdad para ellas. También, poco a poco, comenzaron a abrirse sitio en la sociedad los homosexuales y diversos. Se podría decir que se estaban alcanzando todas las virtudes de una sociedad utópica y literaria, pero esos cuentos fantásticos son demasiado bellos par ser realidad.

 La realidad es que, en el momento en que la mujer se emancipa, la sociedad da un giro de 180 grados. A los niños se los mimaba para compensar la falta de contacto con sus madres ya que estas se pusieron a trabajar. Se les metía en las guarderías para que fueran educados por manos extrañas al mismo tiempo que los defensores de los animales conseguían que las gallinas ponederas abandonasen las fábricas, en las que se hallaban apelotonadas en estantes y sin posibilidad de movimiento. La emancipación de la mujer trajo consigo muchos cambios sociales y culturales. Fue un movimiento que, lógica y obviamente, tenía que suceder y que fue un beneficio para todos. No obstante, también se llegó a una histrionisa exacerbada porque cayó en las mismas faltas que habían criticado de la sociedad patriarcal y llamada machista. Había mujeres que promulgaban una especie de androfobia y que la hacían pública tratando de ridiculizar o de menospreciar toda actitud que proviniera de los hombres. Por otro lado, se les ocurrió la idea de analizar el lenguaje, igual en qué idioma, y darse cuenta de que muchas palabras genéricas eran de género gramatical masculino. Esto las hizo explotar en sus egocentrismos y comenzaron a elaborar teorías para cambiar el lenguaje, destrozando la gramática tradicional de cualquier idioma europeo. Porque ni en China, ni en África, se habían planteado ese problema. Llegó un momento en que el lenguaje era un galimatías y, lo peor era, que quien no se adaptara a esos cambios era considerado racista, discriminatorio y, casi, delincuente.

También fue el progreso femenino quien arremetió con la historia de la civilización. A través del lenguaje se quiso revisar toda la literatura, desechar novelas en las que el ser masculino hubiera ocupado un protagonismo, cuyos temas hubieran sucedido en épocas bélicas, de colonialismo o en otras épocas de represión e, igualmente, se pasó a destruir esculturas que estuvieran involucradas con esos aspectos del pasado. La razón que daban era que, con respecto a las mujeres, habían sido invisibilizadas en el lenguaje; en segundo lugar y con respecto al destrozo de esculturas y edificios, que no había que tener presente a aquellas figuras históricas que eran considerados como opresores. Este movimiento llegó todavía más lejos: se comenzó a prohibir la música del siglo XIX por haber sido este siglo, época de colonialismo; igualmente, se prohibía a etnólogos blancos dar conferencias sobre el colonialismo africano. Lo curioso es que los y las solicitantes de esta exigencia eran “las”, eran, incluso, mujeres africanas afincadas en el centro de Europa, tal vez, nacidas en este continente y que no habían vivido la época de explotación del colonialismo. Pero se creían con el derecho absoluto de hablar de una historia que solamente habían conocido de oídas y despertaban el racismo contra “la raza blanca” llamándolos: viejo sabio “blanco”. Resumiendo, usaban las mismas armas que ellos/ellas mismos/mismas criticaban. Aun así, se les otorgaba esos derechos.

Destrozaban, así pues, el trayecto cronológico de la historia del mundo, fijándose solamente en las épocas más cercanas a nuestro siglo, ignorando que la humanidad siempre tuvo los aspectos malvados y no se daban cuenta de que primero hay que cambiar la actitud para que lo demás cambie. Pero la actitud no se cambiaba, ahora eran ellas, aquellas defensoras extremas de lo femenino, del racismo las que tomaban con frecuencial el papel de opresoras y dictadoras. Y digo “ellas” porque, por lo general, el hombre es pragmático y, en gran parte, pacífico a este respecto y no solamente porque provinieran de sociedades machistas, sino porque afrontan con menos histerismo las realidades de la raza humana (por diferenciarla de la raza animal que sabe aprovechar mejor las partes positivas de nuestra corta vida sobre este planeta)

No obstante, estas ideologías, igual femeninas como masculinas, se unían cuando se trataba de defender los derechos de los animales. Estos habían sido maltratados por el exceso de producción industrial, pero también en esta época comenzaron a surgir por todas partes granjas biológicas en donde, en apariencia, los animales eran criados al aire libre y con mucho- o muy poco- espacio. Ese término “bio” o “biológico”, era la palabra que se había aprendido antaño en la asignatura de Ciencias Naturales para referirse a todo lo que tenía vida: humanos, animales y plantas, a diferencia de las piedras, metales o minerales.  Ahora “biológico” quería decir que se trataba normal a los animales domésticos. La paradoja era, en primer lugar, que no siempre acataban todas las reglas que exigían para conseguir ese sello significativo en el empaquetamiento y, en segundo lugar, que, a muchas personas, sobre todo de Europa del norte, les interesaba comprar “bio”, pero no gastarse mucho dinero. Así, las carnes bio se vendían a muy bajo precio, empaquetadas en bolsas al vacío y provenientes, la mayoría de las veces, de países lejanos donde no se respetaban los derechos humanos. Pero los ciudadanos estaban muy contentos porque pensaban que así contribuían a la mejora del trato de animales y del medio ambiente.

Otra medida en defensa de los animales fue el cambio alimenticio. Surgió, primero, el movimiento vegetariano, una dieta que excluía la ingestión de animales vivos. De ahí se radicalizó y se pasó a la alimentación vegana en la que no se admitía nada procedente del reino animal: huevos, productos lácteos, etc. Los veganos se consideraban los profetas del arreglo del mundo, pero no les importaba que, a cambio, se trajeran toda clase de productos exóticos de ultramar que eran la base alimenticia autóctona de otros continentes y que tenían el mismo valor energético que otros productos europeos, pero que, simplemente, se habían puesto de moda. La consecuencia era que los agricultores, sobre todo de la parte norte de Europa continental, tuvieron que cambiar sus campos para no arruinarse por falta de venta de productos autóctonos y, a cambio, los océanos se llenaban de la polución de los barcos que los transportaban. Era pues, un desbarajuste absoluto.

La cultura había sido también la europea la que se había expansionado y situado. Se había ignorado que sus orígenes habían sido orientales y que al correr del tiempo se había enriquecido por las influencias de países conquistados o colonizados. La cultura se trataba como un bien humano producido por Europa exclusivamente al igual que la religión cristiana. Esta iba perdiendo su fuerza entre los mismos creyentes y la oleada invasiva musulmana producía temores muy profundos, sobre todo, porque los europeos se tomaron la libertad de ridiculizarla sin acordarse de que en cierto país había tenido lugar no hacía mucho uno de los mayores genocidios en contra de los constituyentes de la religión judía. Es decir, los problemas religiosos no habían concluido, entre otras cosas, porque en el fondo, la religión cristiana se consideraba como la única verdadera religión. Aun así, las sectas religiosas crecían, las religiones orientales pacifistas ganaban en importancia o bien el ateísmo entre aquellos cuyas desilusiones religiosas los habían llevado por otros caminos espirituales.

Y ahí estaban también los avances técnicos. El mundo robótico había facilitado el trabajo corporal en las fábricas y en la agricultura. Aun así, las personas trabajaban más cantidad de horas que en siglos pasados y no por ello alcanzaban todos más calidad de vida humana. La medicina había llegado a niveles muy elevados en los que, muy frecuentemente, tocaban los límites de la ética originándose grandes polémicas a la hora de aplicar esos avances, especialmente cuando se trataba de manipulación genética.  

Todas estas innovaciones habían logrado crear una sensación de sabiduría imaginaria entre la población, de modo que todos y cada uno se consideraba apto para opinar sobre todos los temas. Los ciudadanos habían tomado conciencia de su libertad individual que, si bien se confundía con capricho, libre albedrío y, a veces, libertinaje, fraude y corrupción, podía propagarse a través de los muy rápidamente desarrollados medios digitales.

Los medios digitales se habían originados a partir de la segunda mitad del siglo XX. Antes de terminar este, sus avances habían sido enormes, pero ya comenzado el siglo XXI se asentaron como materia prima de vida, adquiriendo más valor y supremacía que la mesa del comedor, el cuarto de baño o la misma cama. Las personas luchaban por tener más amigos digitales que los demás, se pasaban el día lanzándose expresiones de cariño digital junto con chistes y peliculitas ridículas, música grabada a escondida para no tener que pagar a los artistas y pirateada entre los seguidores y, lo que era todavía peor: doctrinas en contra o a favor de cualquier ideología, fotos pornográficas o de abuso sexual a niños y mujeres, acoso de todo tipo, insultos en la red, robos en bancos digitales, etc. Y esa forma de distribución de noticias era incontrolable. Y era incontrolable porque los seres humanos todavía no habían conseguido aprender- por lo menos, la mayoría-, a pensar por sí mismos y se dejaban arrastrar por unos cuantos.

Uno de los mayores peligros de este uso de los mini-aparatos digitales era que fueron sustituyendo el roce corporal por el contacto digital. Jóvenes, y también adultos con sus niños o con sus amistades, caminaban por las calles comunicándose todo el tiempo con sus amistades digitales o riéndose de los mencionados mensajes y paquetes de chistes y cursiladas y solamente les dirigían la palabra a sus acompañantes para participarles sus envíos.

También cuando ocurrían acontecimientos políticos, esos que se consideraban de vital importancia para el transcurso de la existencia en este planeta, eran esos medios digitales el mejor medio para propagar mentiras, según lo que se deseara obtener. Había quienes creían en una versión de los hechos y, otros, que creían en la otra versión. Esto, lejos de conseguir una verdad absoluta, originaba, por el contrario, agresividad entre, incluso, hermanos. Cada versión atraía a una serie de personas que creían a pie juntillas que estaban en la verdad absoluta y que los otros eran los manipuladores y mentirosos. Se organizaban manifestaciones, ataques brutales para demostrar cuál era la verdad. Lo peor es que la verdad no estaba en ningún sitio porque, en realidad, se trataba de una pura manipulación individual sin garantía de veracidad y, como las personas no habían aprendido a analizar, seguían a un bando o a otro según sus estados de ánimo.

En realidad, se trataba de un juego de hacer guerras, de mostrar poderío político para pisar a los otros, de imponer pautas para hacer riquezas materiales y, en fin, también de cosas buenas y avances importantes que también se aniquilan cuando la naturaleza o Dios nos envía una plaga. Era, en verdad, como vivir en un teatro del mundo en el que algunos de los mismos actores decidían sin democracia cómo llevar a escena el libreto sin preguntarle al autor (¿Dios? ¿Destino? ¿Transcurso normal de la historia?) si podían cambiar el texto, olvidándose de que el transcurso de la historia era una pura interpretación individual, pero que, en el fondo, el ser humano tiene poca influencia en todo ello. Y es que la única veracidad que existe es que nacemos un día y caminamos todo el tiempo hacia la muerte.

El ser humano no es nada ni nadie, ni poderoso ni imperecedero. Es, más bien, un ente absurdo que se pasa la vida luchando por fantasmas de poca duración sin aprovechar lo que realmente tiene valor para su existencia y, por tanto, sin lograr la poca felicidad que puede ofrecer el paso por este planeta.

Es decir, esa forma de vida rápida, globalizada y tan superficial no había contribuido nada a que la mente humana siguiese un camino de desarrollo ascendente. Por el contrario, los seres humanos se reducían a seguir las doctrinas que unos cuantos propagaban, igual de qué índole, sin investigar por ellos mismos la verdad de los hechos. Tanto lo absolutamente bueno como lo absolutamente malo podía ser creíble, hasta tal punto que quien creía en una idea, automáticamente la seguía propagando en forma de doctrina.

Y he aquí que, de repente y a comienzos del año 2020, surge un virus en China. Lo llamaron COVID-19, SARS-CoV-2 o simplemente Coronavirus, por la forma que tenía.

Primero comenzaron las especulaciones de sí se había originado en un laboratorio, un hecho que no era nuevo, pues ya en otras ocasiones se habían inventado virus en los laboratorios norteamericanos y en los chinos. De China pasó a Europa y, casi simultáneamente, a todo el mundo, hasta en los rincones de menos población y de menos contactos con el exterior.

El virus, invisible como era, se divertía con su marcha a escondidas y fue enfermando a uno y a otro, llevando a muchos a la muerte. Los gobiernos se asustaron y decidieron tomar medidas, pero las únicas existentes eran medidas de protección e higiene, mientras en todos los laboratorios del mundo se trataba de encontrar el antídoto al virus, es decir, una vacuna. Mas eso no era cuestión de un día ni de un mes. Se partía de la base de que la ciencia y la medicina estaban muy avanzadas y duraría menos tiempo que durara el hallazgo de la vacuna contra la tuberculosis o contra las enfermedades que en el trascurso de la historia del mundo habían hecho tantos estragos entre la población.

Mientras sí y mientras no, se comenzó a relegar a los ciudadanos a sus viviendas, a aislarlos de todo contacto, a llevar mascarillas por las calles. De vez en cuando se cerraban todos los comercios, excepto los de primera necesidad y, también se cerraron todos los centros de cultura: colegios, universidades, escuelas de todo tipo, salas de conciertos. Al mismo tiempo que los múltiples viajes que habían ensuciado al máximo los aires y los mares también se suspendieron.

 Las consecuencias fueron bastante desastrosas ya en la primera fase u oleada infecciosa. Los independientes comenzaron a arruinarse, las tiendas pequeñas, igualmente. Las zonas o lugares que vivían casi exclusivamente del turismo tuvieron que cerrar hoteles, teniendo, por supuesto, pérdidas económicas del mismo modo que las compañías aéreas que habían ido aumentando desde los años 80 del siglo pasado en exceso, porque, naturalmente, todos tenían el derecho a ir de vacaciones al extranjero.

Las personas dedicadas a la cultura, eventos culturales de cualquier tipo, se encerraron en sus viviendas. Algunos se promocionaban gracias a los medios digitales, aunque no les proporcionara ninguna ganancia económica, pero al menos se mantenían activos.

En resumen, fueron unos meses de primavera otoñal porque la vida se paró, el silencio inundó las calles de las ciudades y todo quedó paralizado. Solamente los aparatos digitales mostraban tener vida, incluso más que antes porque ahora todo había que hacerlo vía internet: las clases de los colegios y centros de enseñanza, conferencias y reuniones de trabajo, conciertos, exposiciones, incluyendo la comunicación entre las personas que había quedado reducida al teléfono y a los móviles que. Al menos estos, dentro de la adicción que producen, servían de diversión, porque para sacar lo bueno de la mala situación, surgieron millones de chistes, peliculitas, dibujos, etc. para mofarse del virus y de sus consecuencias, de los políticos y, también para propagar ideas conspirativas y negacionistas. Porque, como ya dije anteriormente, los ciudadanos, especialmente de ciudades grandes, llevaban muy a gala sus derechos de libertad y esos se reflejaban en protestas, demostraciones agresivas y adoctrinamientos para ganarse a más partidarios de la mentira. Porque el virus era algo real, no, no era una gripe normal por la que todos los años mueren, como de otras enfermedades, un montón de personas. Este virus venía con ansias de cambiar el mundo, un mundo que se había desfasado en toda su integridad, que había llegado al exceso, a la potencia máxima de la invalidez de la bondad humana.

Cuando próximos a la temporada veraniega parecía que las infecciones habían bajado un poco, todas esas medidas de aislamientos o de evitar contactos, de no viajar para no contagiar y de todas esas cosas que podrían proteger de la infección, se guardaron en el baúl de los recuerdos y la gente salió de sus agujeros como topos que salen por la noche para alimentarse.

Sin embargo, llegó la segunda oleada, si bien más suave para aquellos lugares que la tuvieron antes, más fuerte, mucho más fuerte para los que habían pasado la primera más suavemente. Y se tuvo que volver al confinamiento, a la restricción, a cerrarlo todo y a tratar de impedir las manifestaciones de los negacionistas que gritaban por sus derechos de libertad, aclamando que todo estaba movido por un tal Bill Gate, el hombre más rico del mundo, y de otros tanto de su misma casta y que afirmaban, que todos los virólogos del mundo y los políticos se habían confabulado con esos millonarios y pretendían aniquilar a la humanidad. Para qué querían aniquilarnos a todo, ni ellos mismos lo sabían, pero los negacionistas eran agresivos y todos tenían el cerebro manipulado por unos cuantos.

La segunda oleada cogió a los ciudadanos, en general, cansados de un cambio tan brusco de vida y de sociedad, pero la mayoría acató las nuevas reglas de vida porque ya el virus no era un virus anónimo, no, porque ya se conocía cada vez a más gente que lo contraían y que, incluso morían con esa enfermedad.

Las personas ya no podían abrazarse, todo lo más, se saludaban con el codo. Las mascarillas no dejaban apreciar las sonrisas o labios de enfado y lo único que se podía ver eran los ojos, si no se llevaba gafas porque estas se empañaban fácilmente por el aliento de los portadores de ambas cosas.

Ahora es cuando aquellos que mantenían amistades primordialmente digitales se dieron cuenta de lo importante que era darse un abrazo real o visitarse mutuamente en vez de mandarse paparruchas por el smartphone. También ahora es cuando se comenzó a dar importancia a profesiones que habían sufrido en silencio los bajos sueldos- y que seguían sufriéndolos- como eran el personal sanitario, las/los vendedores de supermercados y droguerías, las educadoras de las guarderías, los independientes de la cultura, etc.

También fue una sorpresa para muchos padres el enfrentarse con sus propios hijos en sus hogares durante el confinamiento, ya que habían estado acostumbrados a dejarlos todo el día desde el primer año de vida en las guarderías. Esto contribuyó a más maltrato de niños durante esa época, entre otras cosas, porque tampoco los adultos habían aprendido a activarse en sus tiempos libres con las cosas cercanas. Una mayoría se había ido siempre de vacaciones al extranjero, muchas mujeres trabajaban fuera de casa todo el día y ya se desconocía lo que era una vida familiar tranquila y compartida. Las consecuencias fue el aumento de violencia familiar y de depresiones y, como consecuencia, los psicólogos no daban abasto.

La única esperanza que quedaba era el descubrimiento de la vacuna.

 Y la vacuna llegó. Llegó haciéndose paso por concurrencias nacionales, por fraudes, por poder demostrar que se era el país más avanzado y adinerado, pero llegó. Europa, por fin, decidió actuar como una unión y los países europeos encargaron la vacuna conjuntamente a través de su comunidad.

Ni que decir tiene que algunos de esos países, por ejemplo, Alemania, que había sido la promotora de tal descubrimiento, gritó en protesta por no ser la pionera en comenzar y su orgullo se tiñó de vergüenza al experimentar que en Inglaterra – recién salida de la Unión Europea-, E.E.U.U. e Israel, habían comenzado antes, precisamente por no esperar a todos los resultados de efectos secundarios posibles. Pero esa es la contradicción de los seres humanos, especialmente, cuando han llegado al estatus de sentirse libres para opinar, para comentar y para creer que saben más que todos los demás. Era otra vez una paradoja porque esas mismas personas que habían lanzado panfletos antes, que habían propagado ideas conspirativas y negacionistas en contra de la vacuna y no tenían confianza en ella, de pronto, se afanaron por ser los primeros en vacunarse.

No hay duda de que todos los avances científicos conllevan en sí mismos un riesgo de fracaso. Y eso era lo que les ocurría a las personas, que se habían olvidado que el vivir en una sociedad acarrea siempre un peligro: el de luchas entre ellos por avaricia, posesión de recursos y tierras, etc., el de fraude por hacerse de más dinero: inventar productos farmacéuticos que enfermen para poder vender medicinas que curen la enfermedad producida, y, por supuesto, también que los experimentos científicos conllevan riesgos en sí hasta encontrar el adecuado perfecto- si existe una perfección, etc.

Esa paradoja se extendía hasta el concepto de defensa por los animales y, por ejemplo, había grupo de personas que se manifestaban en defensa de los ratones de laboratorios, sin los que la medicina no habría podido avanzar.

Es decir, todo era criticable, todo era vulnerable, todo lo que hacían los demás y que fuera diferente a lo que uno solo pensara, era combatible. Los mismos que defendían la naturaleza y se pasaban a una alimentación vegana, no sopesaban que los productos que ellos injerían vinieran de otros continentes, o que la producción excesiva de soja, acabara con los insectos, las aves y otros animales, o que las fábricas ensuciaran el ambiente por producir materiales sintéticos que suplieran a la piel de los animales o medicamentos para suplir su falta de vitaminas. Los mismos defensores de productos biológicos no renunciaban a viajes largos a lejanos países o a cruceros en barco. Los padres, que habían mimado a sus hijos hasta el máximo cubriéndolos de juguetes y que les habían puesto en sus manos, ya en sus tiernos años, un Smartphone para tenerlos actualizados, distraídos y, por consiguiente, para no tenerlos que atender y prescindir de los propios intereses, cuando llegó el confinamiento, se dieron cuenta de que los hijos, en realidad les estorbaban.

Era todo paradójico y exagerado. La industria había crecido durante ese siglo y había producido multitud de utensilios para hacer la vida más cómoda, más ligera, más superficial: comidas prefabricadas, bolsas de plástico para todas las cosas, botellas de cristal o de plástico con toda clase de bebidas, la mayoría sintéticas y azucaradas que llevaban a la obesidad infantil y adulta, oferta de viajes baratos a todas partes del mundo, tiendas repetidas en cada esquina de las ciudades grandes y toda clase de aparatejos para poder pasar el tiempo libre sin pensar, simplemente evadido con películas de mala calidad, con juegos agresivos, por lo general, en los aparatitos digitales. Y ahí estaban los que iban en contra de cada una de estas cosas, también paradójicos porque también aquellos que vivían más naturalmente se olvidaban de que muchos avances técnicos procuraban a las personas el poderse dedicar a más actividades intelectuales o del espíritu y, como consecuencia, llevaban su naturalismo a extremos primitivos y ridículos.

 Y ahí quedaba una parte de la población en todos y cada uno de esos países que, sin llegar a exageraciones radicales y de forma bastante anónima, mantenían su forma de vida honradamente, defendían lo defendible, se preocupaban por el prójimo, hacían proyectos sociales en sus regiones y fuera de ellas, propagaban la cultura sin ánimo de lucro.

Cuando la pandemia cometió sus primeros estragos hubo un silencio global. Nadie se esperaba tener que cambiar de repente el tren de vida al que la humanidad se había acostumbrado. En realidad, las personas no habían notado todavía de la forma privilegiada en la que vive una sociedad sin guerras desde hacía más de medio siglo y, por tanto, estas incomodidades de confinamiento y de restricciones las sumió en el silencio. Poco a poco, se desentumeció de su aislamiento y comenzaron a moverse con más seguridad por todo aquello que algunos pretendían luchar: La ecología, una especie de igualdad social, y tantas utopías humanas. Algo se hizo, lentamente, pero se fue haciendo.

De pronto, el virus comenzó a mutarse, primero en Inglaterra, luego en Brasil, en África y se vino de vacaciones a Europa. Los políticos decidieron volver a encerrar a todos de nuevo, en unos países más, en otros menos, pero la vida seguía siendo una especie de posguerra silenciosa en los países donde había paz porque los bélicos seguían con sus guerras paralelamente a la guerra virácica. No obstante, llegó el momento en que ya no se podía aguantar más.

En las calles había aumentado la basura, ahora unida a múltiples mascarillas ya sucias e infectadas, envoltorios de toda clase de cosas, bolsas de plástico. Sí, bolsas de plástico porque no se habían quitado del tráfico y las personas, aburridas por no tener a donde ir, las usaban para lo que fuera y las dejaban caer por los caminos y las calles. También las defecaciones de los perros adornaban las aceras. Hay que añadir que la gente, aburrida en el silencio de sus casas, se dedicaron a comprarse mascotas, sobre todo perros que vendían por internet y que cuando llegaban a sus nuevos dueños resultaban estar enfermos porque era obvio que los vendedores solo deseaban enriquecerse a costa de los aislados.

Los centros psicológicos y psiquiátricos estaban llenos de pacientes de todas las edades: los adultos, por haber tenido que transformar sus modos de vidas, los jóvenes por no poder encontrarse con sus amistades, los niños porque tampoco se podían encontrar con sus amigos…Muchas familias, además, veían deshacerse sus negocios y se desesperaban porque los gobiernos no les daban perspectivas de cambios ni ninguna posibilidad de volver a trabajar, ya que todo seguía cerrado. El ámbito de la cultura era momentáneamente exclusivamente digital y les puedo asegurar que era un mínimo de personas quienes se distraían con ello.

Después de un año de confinamientos alternados con desescaladas, con apertura y cierre de negocios, con aprietos económicos para unos, incontrolables viajes para otros, y con una cultura que se estaba desintegrando poco a poco, llegó una tercera oleada a causa de los mutantes del viro. A estos mutantes se les quiso dar un país de origen, como ya se mencionó, tratando de ignorar que seguramente habría muchos más, pues la evolución de todas las epidemias virácicas es la de mutar su original e ir adaptándose a las reacciones del cuerpo humano para poder infectar más efectivamente.

Tanto los políticos de todo el mundo como los virólogos se encontraban en una guerra ciega en contra algo invisible e invencible. Algunas naciones se la organizaron mejor y se comenzó con un sistema de vacunación a todo riesgo. La Comunidad Europea optó por la máxima seguridad para no arriesgar a los ciudadanos a efectos secundarios desconocidos, causa por la que el sistema de vacunación se ralentizaba enormemente. Y así, con confinamientos alternados con desescaladas de estas transcurrieron años. ¿Cuántos?

Cuántos fueran no quedó en los anales de la historia. El tiempo se había hecho inmensurable y no cabía en el espacio existencial. Tal vez eso no tenga gran relevancia, sino el enorme cambio social y cultural que contrajo esta pandemia.

Ahora ya en el 2050, se les cuenta a los niños sobre aquella época. También los libros de historia pretendieron dejar crónicas o anales sobre aquella época y, seguro que resultan tan inverosímiles o extrañas como sonaban las epidemias de peste o las guerras mundiales a los alumnos que tenían estos temas en las clases de historia por aquel entonces.

Hay, sí, una cosa que es cierta: la sociedad dio un giro completo y se volvió a una especie de primitivismo positivo en muchas cosas, negativo en otras.

La ciencia siguió avanzando, pero por otros derroteros a los entonces acostumbrados. Los científicos se dieron cuenta de que organizar viajes a la Luna o a otros planetas era interesante, pero que no servía de nada si otro virus extraño volviera a aparecer. Por tanto, dedicaban su tiempo a analizar todas las enfermedades de aquellos animales que, de algún modo, pudieran estar en contacto con los seres humanos. También se fomentó la investigación y experimentos para clonar o “crear” seres humanos que pudieran reemplazar a los ancianos en un momento dado y para volver a repoblar el mundo, caso de que llegara otra pandemia. La robótica se puso en auge, además, porque podían decimarse las zonas de cultivo ya que los robots no necesitan alimentarse. Es decir, se siguió pensando en una ecología adecuada, aunque para todas esas investigaciones y trabajos se tuvo que recurrir a montar nuevas centrales nucleares. Estas, que habían sido desterradas en los años 80 del siglo anterior y que fueron cerrando hasta la fecha de la pandemia, no habían sido atacadas por el movimiento juvenil de “Friday for future”. Este movimiento se inició en pro de una ecología adecuada en contra, sobre todo, de la producción del carbón y la emisión de CO2 y, ocultamente aprobaban las centrales nucleares, pues nadie estaba dispuesto a quedarse sin electricidad. Esta cuestión había quedado muy velada. Se habían desahuciado todas las producciones de energías que provenían de fósiles y se comenzó a electrificar todo, también los vehículos, las formas de comunicación, los aparatejos necesarios para el hogar, pues poco a poco había cada vez más personas que hasta para lavarse los dientes, cortar el pan, etc.  tenían una máquina eléctrica, y, por supuesto, todas las fábricas tenían sus producciones de forma eléctrica. Nadie quiso pensar – y si lo pensaba, se callaba- que la electricidad no caía del cielo, sino que había que producirla y que para lograr esa producción se volvía a contaminar la naturaleza, se atentaba contra la ecología y muchas cosas más. Naturalmente que el ser humano no quería desprenderse de aquel bienestar que había ido consiguiendo a través de los siglos y por eso no podía renunciar a todo. El problema era que las prioridades se establecían como las modas de la ropa, de la comida y de tantos caprichos más y la masa del pueblo se dejaba entusiasmar por nuevas ideas – muchas de ellas eran puro esnobismo – y los políticos se centraban en lo que el pueblo iba dictando, siempre y cuando se ajustara a los principios de economía liberal que era la dominante en el mundo global, aunque, más tarde, las innovaciones aprobadas resultaran ser tan nocivas como las antiguas.

El tiempo transcurrió, un tiempo largo y penoso porque la producción de vacunas no avanzaba lo rápido que todos deseaban. Mientras tanto quedaba tiempo para que en algunos países siguieran con sus luchas, para que se formaran manifestaciones en contra de la política de la pandemia, para que los equipos de futbol siguieran viajando y llevando mutantes de un sitio a otro, incluso, para que se trasladara la antorcha de los juegos olímpicos en Japón.

Las ciudades, en cambio, fueron cerrando uno a uno sus comercios, los restaurantes igualmente y también los hoteles, sobre todo, en aquellos lugares que habían centrado su actividad en el turismo ya que este se había vetado para evitar más infecciones.

La cultura y los agentes de estos sucumbieron ante tanto confinamiento: las salas de conciertos y teatros se enmudecieron, las bibliotecas también se adormilaban y ya solamente quedaban abiertas las peluquerías, salones de manicura y de tatuajes.

Y así, arrastrándose o bebiendo los últimos sorbos de una cultura que se había ido formando durante tantísimos siglos y que se había desbordado en sus exigencias materiales llego el 2050.

Es la mitad del siglo XXI y, sin coincidir con un fin de siglo, el comienzo de una nueva era. Todo es diferente a antaño.

Las ciudades ya no tienen centros con comercios, sino mercadillos artesanales y de alimentos frescos de la región. En cada ciudad hay una central térmica que abastece todos los medios digitales de comunicación, la carga de baterías de los coches eléctricos y las grandes fábricas de investigación. Muchas de ellas se ubicaron en teatros que dejaron de funcionar.

Los más ecologistas se decantaron por crear campos fotovoltaicos. Para ello se invadían grandes parcelas de placas solares en donde no había posibilidad de cultivo porque las placas daban sombra a la tierra que se enmudecía y se podría. Aun así, de vez en cuando se veía a un pastorcillo que llevaba a pastar a sus ovejas, las cuales, jugaban a pasar por un laberinto entre dichas placas para encontrar algo de hierba con que alimentarse. Era como la sustitución de las monoculturas agrícolas, solo que estas solo producían electricidad y no contribuían a la alimentación de ningún ser vivo.

En cuanto a las personas, estas, cuando pasan una junto a otra por la calle se distancian dos metros entre ellas. Están ya acostumbradas y les es suficiente con conectarse vía online o por un móvil. Entre los familiares sigue el saludo dándose un codazo.  

En los colegios se sigue dando clase online y los niños de primera enseñanza se pasan las horas ante el ordenador igual que lo hacen sus hermanos en las universidades u otras escuelas profesionales y sus padres en el trabajo. La constitución física de las personas ha cambiado enormemente. Son de poca estatura y su crecimiento se para al llegar a un máximo de 1,50 metros. Las espaldas están encorvadas y los miembros del cuerpo se han acortado. Tampoco pueden girar la cabeza de derecha a izquierda.

Las calles siguen llenas de defecaciones de los perros porque las mascotas aumentaron ya que eran los únicos seres vivos a los que se podía achuchar y acariciar.

Las iglesias también se vaciaron por falta de ética y caridad y solo quedan los centros psicológicos en los que los seres, trastornados por tantos cambios, se someten a hipnotismo y otras sesiones muy cercanas al esoterismo y por la que se indaga en los antepasados del paciente, en su infancia, para  conseguir, o no, que el paciente llegue a encontrar su equilibrio.

La vida trascurre de una forma totalmente monótona. Ya no hay eventos culturales, solo pequeñas actuaciones en las fiestas de cumpleaños y en las bodas. Tampoco se viaja como antaño porque las empresas de transportes fueron arruinándose igual que los hoteles y las zonas turísticas. A cambio, aumentó el número de vehículos particulares y ya todos electrificados. Para ello se creó una buena red de cargadores de batería para coches y las centrales nucleares suplen ahora la labor de las catedrales de entonces. Se han suprimido los plásticos por envoltorios de madera o de papel y los bosques están menguando. A cambio, la mano de obra de cada país ha vuelto a encontrar trabajo y ganancias en su propia región, pues ya no se importa ni se exporta sin razones muy específicas. Esto ha contribuido a menguar el afán de enriquecimiento material globalizado y ha tranquilizado la rivalidad de las diferentes naciones por querer ser las potencias económicas

Las personas ya no tienen que llevar mascarillas, pero no por eso se les puede admirar sus sonrisas. En realidad, han perdido toda clase de expresión. Hay unos cuantos que gustan de irse a pasear por la naturaleza a donde llevan a sus perros, pues, los niños prefieren jugar con sus móviles y tablets.

Los pertenecientes a la generación medía, es decir, las personas entre 30 y 50 son personas frustradas y con escasos conocimientos de todo. Pasaron su infancia y adolescencia con pocas clases, tanto en la escuela como en las universidades o escuelas profesionales y, a duras pena, se les concedió un diploma en el que consta la terminación de sus estudios y, afortunadamente, no la calidad de sus aprendizajes. De todos modos, tampoco se diferencian tanto de los demás. Ya antes de la pandemia se había ido debilitando la cultura y supliéndola por eventos populares – que no de fidelidad a tradiciones- de poco nivel intelectual. Eso sí, la publicación de libros había alcanzado la cumbre, pero no por calidad, sino porque, de repente, a todo el mundo le dio por escribir, pero cualquier cosa, por ejemplo, cómo salió de una gripe, cómo se enfrentó al problema de haber sido abandonada por un marido, también sobre los problemas de hijos caprichosos a los que no se podían dominar, sobre terapias de risa, renunciar a las gafas, mantener la infantilidad como norma de vida, encontrarse a sí mismo, volverse ordenado, y una interminable lista de títulos que solían ir acompañados por pequeñas peliculitas que se podían bajar en los YouTube . Era una manera de pasar el tiempo, con el agravante de que había muchos lectores o espectadores de tales peliculitas que se creían todas esas cosas y les parecía que era la nueva doctrina para vivir bien. ¿Afán por buena literatura? Poca, solamente en grupos elitarios. Además, la literatura clásica se había ultrajado y todos aquellos libros que se escribieron en épocas de dominación – es, decir, toda la historia de la humanidad- habían sido o destruidos o transcritos al llamado lenguaje políticamente correcto. Aparte de que a casi nadie le interesaba la cultura del pasado.

No obstante, la humanidad no se había desintegrado, sino que gracias a las vacunas que llegaron, aunque lentamente, pudo inmunizarse a la mayor parte de la humanidad. Los que fallecieron en esa época eran, en gran parte, pacientes de las enfermedades de entonces que, a causa de la pandemia, se dejaron de tratar, se impidieron las operaciones de urgencia por motivos de contagio y falta de camas en los hospitales y la medicina se centró exclusivamente en atacar aquel virus maligno e invisible.  Bien que había algunas personas a las que les había salido un cuerno en la cabeza, a otros una segunda nariz, a otros se les había alargado una de sus extremidades o se les había puesto la cara hacia atrás por los efectos secundarios de la vacuna, pero habían sobrevivido. Esta situación de diversidades físico-corporales sirvió para combatir la discriminación ya que esas metamorfosis afectaron a todas las clases sociales de todos los países.

La vacuna consiguió, además, erigirse como una religión común para todo el mundo y por encima de todas las grandes religiones ya que era el único medio de supervivencia. Como consecuencia: se acabaron las guerras religiosas. Es decir, volvió o, mejor dicho, nació una paz inesperada: Era una paz que se había producido al reconocer que en esos momentos somos todos iguales y que un virus ataca tanto al pobre como al rico.

 Sí, en el 2040 el mundo había adquirido un estado de paz mundial nunca imaginado.

            Y ya han pasado diez años de eso. Ahí sigue la humanidad: paciente, tranquila, flemática y aburrida. No tienen estímulos para recobrar la cultura de tantos siglos y que en tan poco tiempo pudo aniquilarse. Tampoco tienen voluntad para irse a hacer negocios con otros continentes y, mucho menos, para emprender viajes a la luna. Ahí están todos, aburridos, dejando trascurrir las horas del día con la esperanza de que ocurra algo que les quite de esa abulia y de ese hastío, pero sin fuerzas para ser ellos mismos los iniciadores de un cambio.

Está bastante claro: solamente con la existencia del mal se puede valorar la existencia del bien, pero el mal ya se había mitigado.

Y ahora habrá que esperar medio siglo o más hasta que llegue otra catástrofe natural que vuelva a establecer el equilibrio entre el mal y el bien para que el ser humano cambie la desidia y el ocio por envidias, odios y guerras y, de camino, por alegría y risas.