BARÓN DE LAHONTAN

Coloquios o diálogos habidos en América entre un salvaje y el Barón de Lahontan.

Palabras claves: Lahontan, Adario, Salvaje, Deísmo, Religión natural, Estado de naturaleza, Razón natural, Cabaña de Lahontan, Comunismo primitivo  Keywords: Lahontan, Adario, Savage, Deism, Natural Religion, State of Nature, Natural Reason, Lahontan Hut, Primitive Communism    
En este diálogo, publicado en 1704, el Barón de Lahontan (1666-1716), interpreta el papel del colonizador, compartiendo a la vez la función de los misioneros evangelizadores jesuitas, para dar la palabra a un salvaje hurón del Canadá, Adario, prototipo del hombre natural y precursor de la figura filosófica del buen salvaje de Rousseau, que desmonta con sus razones el pensamiento elaborado teológico-político de la Europa del barroco. La “cabaña de Lahontan” fue sinónimo en su época del refugio anhelado por el hombre que retorna a su supuesto “estado natural” para así librarse de los enredos y procesos de la vida civilizada, política y cortesana.  In this dialogue, published in 1704, the Baron of Lahontan (1666-1716), plays the role of the colonizer, sharing at the same time the role of the Jesuit evangelizing missionaries, to give the floor to a wild Canadian Huron (from the Wyandot people), Adario, prototype of the natural man and precursor of the philosophical figure of the good savage of Rousseau, who dismantles with his reasons the elaborate theological-political thought of the Europe of the baroque. The „cabin of Lahontan“ was synonymous in its time of the refuge longed for by man who returns to his supposed „natural state“ in order to get rid of the entanglements and processes of civilized, political and court life.  

Louis Armand de Lom d’Arce,

BARÓN DE LAHONTAN

Coloquios o diálogos habidos en América entre un salvaje y el Barón de Lahontan.

Contiene una exacta descripción de los usos y costumbres de estos pueblos salvajes,

junto a los viajes del mismo Autor a Portugal y Dinamarca.

Louis Armand de Lom d’Arce, La Hontan, (1666-1716 ; baron de). Dialogues de M. le baron de Lahontan et d’un sauvage, dans l’Amérique : contenant une description exacte des moeurs et des coutumes de ces peuples sauvages ; Avec les voyages du même en Portugal et en Danemarc… Amsterdam, Chez la Veuve de Boeteman,1704.  

Traducción de José Manuel Morales Cañadas

Contenido:

  • Diálogos o conversaciones entre un salvaje y el barón de Lahontan
  • Prefacio
  • Advertencia del autor al lector.

Prefacio

            Antes de la declaración de esta guerra, hasta tal punto me hallaba yo convencido de recuperar la gracia del Rey de Francia que, bien lejos de pensar en imprimir estas cartas y memorias, contaba con echarlas al fuego, caso de que el Monarca me hubiese honrado devolviéndome los cargos que yo poseía, con el beneplácito de los Señores de Montchartrain, padre e hijo[1]. Pero, al no verse cumplidas mis expectativas, me he determinado a desdeñar condenarlas a ese estado en el que yo mismo desearía que hubiesen terminado, ofreciéndolas por contra al lector que se tome el trabajo de leerlas.

*

Pasé la edad de quince y dieciséis años en Canadá, desde donde tuve el empeño de mantener un prolongado intercambio epistolar con un viejo pariente que me reclamaba noticias de ese país, en prenda de los servicios que él me prestó anualmente. Son esas mismas cartas las que componen este libro, y contienen todo lo sucedido allí entre los ingleses, los franceses, los iroqueses[2] y otros pueblos, desde el año 1683 hasta 1694, junto a otros muchos asuntos muy curiosos para todos aquéllos que conozcan las colonias de los ingleses o los franceses, y todo escrito con mucha fidelidad, pues, en fin, digo las cosas tal como son. Me he guardado de halagar y de ignorar a nadie. Concedo a los iroqueses la gloria de que se han hecho merecedores en diversas ocasiones, si bien deteste a esos diablos más que a los cuernos y los procesos judiciales. Atribuyo al mismo tiempo a la gente de la Iglesia (a pesar de la veneración que poseo por ellos) todos los males que los iroqueses han causado a las colonias francesas, durante una guerra que no habría tenido lugar sin el consejo de esos piadosos eclesiásticos.

            Dicho esto, advierto al lector que, por no conocer los franceses las ciudades de Nueva York si no es por su antiguo nombre, me he visto obligado a conformarme a ello, tanto en mi relación como en las cartas. Llaman ellos Nieu-York a todo el país que se extiende desde el nacimiento de su río hasta su desembocadura, es decir, hasta la isla donde se sitúa la ciudad de Manatha (así llamada desde los tiempos de los holandeses), que es la que en el presente llaman los ingleses Nieu-York. Los franceses llaman igualmente Orange a la plantación de Albania, que se encuentra río arriba. Fuera de esto, ruego al lector que no se tome a mal el que los pensamientos de los salvajes estén revestidos a la europea: la culpa es de mi pariente y corresponsal, ya que este buen hombre, tras haber puesto en ridículo la jerga metafórica de la Gran-Gula, me rogó que no le tradujese al pie de la letra un lenguaje tan lleno de ficciones e hipérboles salvajes. A ello se debe que todos los razonamientos de esos pueblos resulten aquí según la dicción y el estilo de los europeos, puesto que, para obedecer a mi pariente, me he contentado con guardar las copias de cuanto le escribí durante mi estancia en el país de esos filósofos desnudos. De paso, es bueno advertir al lector que, la gente que conoce mis faltas, rinden tan poca justicia a esos pueblos como a mí cuando afirman que yo mismo soy un salvaje, siendo esto lo que me hace hablar de manera tan favorable de mis congéneres. Harto me honran estos observadores cuando no explican a las llanas que soy justamente todo aquello los europeos relacionan con la idea que se hacen de la palabra salvaje. Pues, en diciendo que soy simplemente lo que son los salvajes, me otorgan sin pensarlo el carácter del hombre más honesto del mundo. Dado que, en fin, es un hecho incontestable que los hombres que no han sido corrompidos por la vecindad de los europeos, no poseen ni lo mío ni lo tuyo; ni Leyes, ni Jueces ni Sacerdote alguno. Nadie lo pone en duda, porque todos los viajeros que conocen aquel país son de la misma opinión. Tantos son, y de tan diferentes profesiones, los que así lo aseguran, que no podemos permitirnos dudar de ello. Ahora bien, siendo así, no ha de resultar difícil de creer que esos pueblos sean tan sabios y razonables. Creo que hay que estar ciego para no ver que la propiedad de los bienes (por no hablar de la de las mujeres) es la única fuente de todos los desórdenes que perturban la sociedad de los europeos. Es fácil pensar, basándonos en esto, que no soy yo de ninguna manera el que doy en préstamo el buen espíritu y la sabiduría que se señalan en las palabras de esos pobres americanos. Si todo el mundo estuviera tan bien provisto de libros de viajes como el Doctor Sloane[3], encontraríamos, en más de cientos de relaciones sobre Canadá, una infinidad de razonamientos salvajes incomparablemente más fuertes que aquéllos de los que se habla en mis memorias. Por lo demás, las personas que duden del instinto y el talento de los castores, no tienen más que ver el gran Plano de América del Señor de Fer, grabado en París en 1698, y allí se encontrarán con cosas sorprendentes en lo tocante a estos animales.

            Me han escrito desde París que los Señores de Pontchartrain andan buscando los medios de vengarse del ultraje que, dicen ellos, les he hecho al publicar en mi libro algunas bagatelas que debería haberme callado. Me advierten también de que tengo todos los motivos para temer el resentimiento de muchos Eclesiásticos, que pretenden que al insultar su conducta he insultado a Dios. Pero, dado que estoy bien prevenido ante el furor de unos y otros, cuando he dado a imprimir este libro he tenido la tranquilidad y el tiempo suficientes como para armarme de pies a cabeza para hacerles frente. Lo que me consuela es que no he escrito nada que no pueda probar con certidumbre, aparte de que, en lo que les atañe, no he podido decir menos de lo que he dicho. Pues, si hubiese yo pretendido apartarme de mi narración por poco que fuere, habría incurrido en disgresiones con las que la conducta de los unos y los otros habría redundado en perjuicio de la paz y el bien públicos. Razones habría tenido yo para dar ese paso: pero como mis escritos estaban dirigidos a ese viejo que es mi pariente, que no se alimenta más que de devoción, y que temía las influencias maliciosas de la Corte, él mismo me exhortó sin cesar a que no redactase nada que pudiera chocar a las gentes de la Iglesia y del Rey, por temor a que mis cartas pudieran ser interceptadas. Sea como fuere, me advierten también desde París que quieren servirse de los pedantes para que escriban en mi contra, de modo que tengo que prepararme para sufrir una tormenta de injurias que van a hacer caer sobre mí en pocos días. Pero no importa: soy un buen hechicero para rechazar todas las tempestades que vengan de París. Me burlo de ellas y les haré la guerra a golpes de pluma, ya que no puedo hacerlo con la espada. Sea esto dicho de paso en este Prefacio al lector, a quien el Cielo se digne en colmar de prosperidad, preservándolo de tener que enredarse en cualquier disputa con la mayor parte de los ministros del Estado o de la Iglesia, ya que éstos llevarán siempre la razón por mucho que yerren, hasta que se instale la anarquía entre nosotros, como entre los americanos, de los cuales el que menos se estima muy por encima de un Canciller de Francia. Felices estos pueblos, por hallarse al abrigo de las trifulcas de estos ministros, que se sienten señores de todo y por siempre. Envidio la suerte de un pobre salvaje qui leges & sceptra terit[4], y desearía pasar el resto de mi vida en su cabaña, para no verme más expuesto a doblar la rodilla ante esas gentes que sacrifican el bien público a su interés particular, y que han nacido sólo para hacer rabiar a las personas honestas. Los dos ministros de Estado con los que tengo asuntos pendientes están solicitados por la Señora Duquesa de Lude, por el Señor Cardenal de Bouillon, por el Señor Conde de Guiscar, por el Señor de Quiros, y por el Señor Conde d’Avaux: nada ha podido hacerles agachar la cabeza, aunque mi asunto no consista más que en haberme negado a soportar las afrentas de un Gobernador protegido por ellos, mientras que otros cientos de Oficiales, que han tenido asuntos mil veces más criminales que el mío, se han librado de ellos con sólo tres meses de ausencia. La razón de ello está en que se les da mucho menos cuartel a los que tienen la desgracia de disgustar a esos Señores de Pontchartrain, que a los que contravienen las órdenes del Rey. De todas formas, en medio de todas mis desdichas, encuentro el consuelo de disfrutar en Inglaterra de una especie de libertad de la que no se goza en otros sitios, pues puede decirse que es el único país, de entre todos los habitados por pueblos civilizados, donde más perfecta parece esta libertad. No hago excepción siquiera de la del corazón, convencido como estoy de que los ingleses la conservan como cosa muy preciada, tan verdad es que estos pueblos sienten horror por todo tipo de esclavitud, dando testimonio de su sabiduría por las precauciones que se toman para evitar caer en una servidumbre fatal.

ADVERTENCIA DEL AUTOR AL LECTOR.

Desde el momento en que muchos ingleses de distinguido mérito, a quienes la lengua francesa resulta tan familiar como la suya propia, así como muchos otros de mis amigos, hubieron conocido mis Cartas y Memorias del Canadá, me testimoniaron que habrían deseado una Relación más amplia de los usos y costumbres de los pueblos a los que hemos dado el nombre de salvajes. Esto es lo que me obligó a hacer partícipe al público de estas diversas conversaciones que he mantenido en ese país con un cierto hurón, a quien los franceses han dado el nombre de Rata. Cuando me encontraba en el poblado de este americano, era para mí una agradable ocupación recibir con atención todos sus razonamientos. Nada más regresar yo de mi viaje a los Lagos de Canadá, mostré mi manuscrito al Señor Conde de Frontenal, quien se mostró tan entusiasmado al leerlo, que se tomó enseguida el trabajo de poner esos diálogos en el estado en que ahora se encuentran, ya que no eran al principio más que charlas interrumpidas, sin continuidad ni relación entre sí. La solicitud de esos gentilhombres ingleses y de varios de mis amigos es la que me ha hecho hacer públicas muchas de estas curiosidades referidas a estos pueblos salvajes, que nunca antes habían sido puestas por escrito. He considerado también que no sería inoportuno añadir esas relaciones bastante curiosas de dos viajes que he realizado, uno a Portugal, a donde me dirigí para refugiarme de Terranova, y el otro a Dinamarca. Se encontrarán en ellas la descripción de Lisboa, de Copenhage, y de la Capital del Reino de Aragón, reservándome el dar a imprimir otros viajes efectuados por mí por Europa, para cuando tenga la dicha de poder revelar verdades sin riesgo ni peligro.

DIÁLOGOS O CONVERSACIONES ENTRE UN SALVAJE Y EL BARÓN DE LAHONTAN

LAHONTAN  ̶   Quiero razonar contigo con sumo placer, mi querido Adario, sobre el tema más importante del mundo, ya que se trata de descubrirte las grandes verdades del cristianismo.

ADARIO  ̶  Estoy dispuesto a escucharte, querido amigo, para aclararme con ello sobre tantas cosas que los jesuitas nos predican desde hace tiempo, y quiero que platiquemos con toda la libertad posible. Si tu creencia es parecida a la que nos predican los jesuitas, es inútil que entremos en diálogo, pues me han contado tantas fábulas, que todo lo más que puedo creer es que ellos mismos deben de poseer un exceso de espíritu para creérselas.

LAHONTAN  ̶  No sé lo que te habrán dicho, pero creo que sus palabras y las mías se acordarán muy bien. La religión cristiana es la que los hombres deben profesar para ir al Cielo. Dios ha permitido que descubramos América porque quiere que se salven todos los pueblos que sigan las leyes del cristianismo. Ha querido que se predique el Evangelio a tu nación para así mostrarle el verdadero camino al Paraíso, que es la morada feliz de las buenas almas. Es lástima que no quieras aprovechar la gracia y el talento que Dios te ha dado. La vida es breve, e ignoramos la hora de nuestra muerte. El tiempo apremia: aprende pues, y cuanto antes, a discernir las grandes verdades del cristianismo, para así abrazarlo también cuanto antes, lamentando los días que has pasado en la ignorancia, sin culto, sin religión, y privado del conocimiento del Dios verdadero.

ADARIO  ̶  ¡Cómo que sin el conocimiento del verdadero Dios! ¿Estás soñando? ¿Nos crees sin religión tras todo el tiempo que has pasado entre nosotros? Has de saber que: 1º) reconocemos a un Creador del Universo con el nombre de gran Espíritu o Señor de la vida, que creemos estar en todo aquello que no posee límites; 2º) confesamos la inmortalidad del alma; 3º) el gran Espíritu nos ha dotado de una razón capaz de discernir el bien del mal, como el cielo de la tierra, a fin de que sigamos con exactitud las verdaderas reglas de la justicia y la sabiduría; 4º) la tranquilidad del alma place al Señor de la vida, a quien, al contrario, le horroriza la perturbación del espíritu, que hace malvados a los hombres; 5º) la vida es un sueño y la muerte un despertar, tras el cual el alma ve y conoce la naturaleza y las cualidades de las cosas, tanto visibles como invisibles; 6º) por no poder extenderse el alcance de nuestro espíritu ni una pulgada por encima de la superficie de la tierra, no debemos malgastarlo ni corromperlo intentando penetrar las cosas invisibles e improbables. He aquí, mi querido amigo, en qué consisten nuestras creencias, y todo lo que seguimos con exactitud. Creemos también que vamos al País de las almas después de nuestra muerte; pero no suponemos, como hacéis vosotros, que haya lugares buenos y malos después de la vida, destinados a las almas buenas o malas, ya que no sabemos si lo que consideramos ser un mal según los hombres lo sea también según Dios. El que vuestra religión sea tan diferente de la nuestra no significa en absoluto que nosotros carezcamos de ella. Sabes bien que he estado en Francia, en Nueva York y en Quebec, donde he estudiado las costumbres y doctrinas de ingleses y franceses. Los jesuitas dicen que, de entre las quinientas o seiscientas religiones que hay sobre la Tierra, no hay más que una buena y verdadera, que es la suya, y sin la cual ningún hombre podrá escapar de un fuego que quemará su alma por toda la eternidad; y, no obstante, no son capaces de ofrecer ni una sola prueba.

LAHONTAN  ̶  Tienen mucha razón, Adario, al decir que hay malas religiones: sin ir más lejos, no tienen más que hablar de la tuya. Quien no conoce las verdades de la religión cristiana no puede tener ninguna. Todo eso que acabas de decirme no son más que espantosas ensoñaciones. El País de las almas del que hablas no es más que un terreno de caza fabuloso, frente al Paraíso del que nos hablan las Sagradas Escrituras, situado más allá de las estrellas más lejanas, y en donde se asienta actualmente Dios, rodeado de gloria y en medio de las almas de los fieles cristianos. Estas mismas Escrituras hacen mención de un Infierno, que creemos estar situado en el centro de la Tierra, en el que las almas de todos aquéllos que no han abrazado el cristianismo arderán eternamente sin consumirse, al igual que las almas de los malos cristianos. Es una verdad sobre la que deberías reflexionar.

ADARIO  ̶  Esas santas Escrituras que citas a cada momento, lo mismo que hacen los jesuitas, precisan esa gran dosis de fe con la que estos buenos padres nos atiborran los oídos. Ahora bien, esa fe no puede consistir más que en una forma de persuasión. Creer es estar persuadido, y estar persuadido de algo es ver con los propios ojos ese algo, o reconocerlo mediante pruebas claras y sólidas. ¿Cómo así iba yo a tener esa fe, dado que ni tú mismo puedes probarme, ni hacerme ver en lo más mínimo todo eso que me dices? Créeme, deja de hundir tu pensamiento en tantas oscuridades, cesa de sostener las visiones de las santas Escrituras, o bien tendremos que dejar nuestra conversación. Puesto que, según nuestros principios, es necesaria la probabilidad, y, ¿en qué apoyas tú el destino de esas buenas almas que están junto al gran Espíritu por encima de las estrellas? ¿O el de las malas, que arderán eternamente en el centro de la Tierra? Por fuerza acusas a Dios de tiranía, cuando crees que ha creado, ya sea a un solo hombre, para hacerlo eternamente desgraciado en medio del fuego del centro de esta Tierra. Dirás sin duda que las sagradas Escrituras prueban esta gran verdad: pero, si así fuera, haría falta aún que la Tierra fuera eterna. Ahora bien, los jesuitas lo niegan, así que ese lugar de llamas debe dejar de existir cuando la Tierra se haya consumido. Por lo demás, ¿cómo pretendes que el alma, que es un puro espíritu, mil veces más sutil y ligero que el humo, tienda, contra su inclinación natural, hacia el centro de esta Tierra? Más probable sería que se elevase y volase hacia el Sol, donde podrías situar más razonablemente ese lugar de fuegos y de llamas, ya que este astro es mucho mayor que la Tierra y mucho más ardiente.

LAHONTAN  ̶  Escucha, mi querido Adario: tu ceguera es extrema, y el endurecimiento de tu corazón te hace rechazar esta fe y estas sagradas Escrituras, cuya verdad se descubre fácilmente cuando procuramos desprendernos un poco de nuestros prejuicios. No hay más que examinar las profecías que contienen, que han sido incontestablemente escritas antes de producirse el acontecimiento que anuncian. Esta Historia Sagrada se confirma por los autores paganos y por los monumentos más antiguos y más incuestionables que los siglos pasados nos hayan dejado. Créeme: si reflexionaras sobre la manera en que la religión de Jesucristo se ha implantado en el mundo, y sobre el cambio que le ha procurado; si indagases en todos los rasgos de veracidad, de sinceridad y de divinidad que se señalan en estas Escrituras; en una palabra, si tomases las partes de nuestra religión al detalle, tú mismo verías y sentirías que sus dogmas, sus preceptos, sus promesas y amenazas, no tienen nada de malo ni de absurdo, nada de opuesto a las opiniones naturales, y que nada hay más acorde con la recta razón y con los sentimientos de la conciencia.

ADARIO  ̶  Son los mismos cuentos que los jesuitas me han soltado miles de veces: pretenden que, desde hace cinco o seis mil años, todo cuanto ha ocurrido ha sido escrito sin sufrir alteración. Empiezan por decirnos la manera en que fueron creados el Cielo y la Tierra; que el hombre fue hecho de tierra, y la mujer de una de sus costillas, como si Dios no los hubiese hecho del mismo material; que una serpiente tentó a este hombre en un jardín de árboles frutales para hacerle comerse una manzana, lo cual es causa de que el gran Espíritu haya hecho morir a su Hijo, expresamente para salvar a todos los hombres. Si yo dijera que es más probable que se trate de fábulas, que no de verdades, me responderías de nuevo con razones de tu misma Biblia. Ahora bien: esa invención de las Escrituras se sitúa, según tú me dijiste un día, hace tres mil años, y la de la imprenta hace cuatro o cinco siglos. Siendo así, ¿cómo estar seguros de tantos acontecimientos pasados en el transcurso de tantos siglos? Seguramente, tiene uno que ser bien crédulo para dar fe a todas esas ensoñaciones, contenidas en ese gran Libro en el que los cristianos pretenden que creamos. He podido escuchar la lectura de los libros que los jesuitas escriben sobre nuestro país, ya que los que los leen me los han explicado en mi propia lengua. Pero he encontrado en ellos gran cantidad de mentiras, una tras otra. Ahora bien, dado que vemos con nuestros propios ojos las falsedades impresas sobre cosas que difieren tanto de lo que se dice de ellas en el papel, no pretenderás que crea en la sinceridad de esas Biblias, escritas hace tantos siglos, traducidas de muchas lenguas diferentes por ignorantes que no habrán captado seguramente su verdadero sentido, o por embusteros que habrán cambiado, aumentado o disminuido las palabras que encontramos hoy en ellas. Podría añadir a ésta otras varias dificultades que, tal vez, te obligarían finalmente a reconocer de algún modo que tengo razón cuando me atengo y me someto exclusivamente a las cuestiones palpables o probables.

LAHONTAN  ̶  Mi querido Adario: te he descubierto las certidumbres y las pruebas de la religión cristiana; sin embargo, no quieres escucharlas, sino que, por el contrario, las consideras quimeras, alegando las razones más estúpidas del mundo. Me citas las falsedades que se han escrito en las relaciones que has visto sobre tu país, como si su autor, el jesuita que las ha redactado, no haya podido verse engañado por los que le hayan informado de sus memorias. Fuerza es que tengas en cuenta que esas descripciones del Canadá son bagatelas que no deben compararse con los Libros que tratan de las cosas sagradas, cuyos diferentes autores han escrito sin contradecirse.

ADARIO  ̶  ¡Cómo que sin contradecirse! ¿Acaso ese Libro de las cosas sagradas no está lleno de contradicciones? Esos Evangelios de los que nos hablan los jesuitas, ¿no son causa de los más horribles enfrentamientos entre franceses e ingleses? Empero, si hay que daros fe, todo cuanto contienen procede de la boca del gran Espíritu. Pero, de ser así, ¿resulta verosímil que haya hablado de forma harto confusa, dando a sus palabras un sentido tan ambiguo, si hubiese pretendido que se le entendiera? Una de dos: si ha nacido, muerto y predicado en esta Tierra, fuerza es que sus discursos se hayan perdido, ya que, en otro caso, habría hablado en ellos con tanta claridad, que hasta los niños habrían comprendido lo que hubiese dicho; o bien, si creéis que los Evangelios son en verdad sus palabras, y que no hay nada en ellos que no sea suyo, en ese caso es que ha venido a este mundo a traer la guerra y no la paz, lo cual resulta imposible.                                           Los ingleses me han dicho que sus Evangelios contienen las mismas palabras que los de los franceses; pero hay más diferencias entre su religión y la vuestra que entre la noche y el día. Ellos aseguran que la suya es la mejor; los jesuitas proclaman lo contrario, afirmando que la de los ingleses y las de otros miles de pueblos no poseen ningún valor. ¿Qué he de creer, pues, si no hay más que una sola religión verdadera sobre la tierra? ¿Hay alguien que no considere la suya como la más perfecta? ¿Puede el hombre ser lo suficientemente hábil como para distinguir esta única y divina religión entre tantas otras tan diferentes? Créeme, mi querido hermano: el gran Espíritu es sabio, todas sus obras son perfectas, es él quien nos ha hecho y sabe bien qué será de nosotros. A nosotros nos toca actuar libremente, sin embrollar nuestro espíritu con las cosas futuras. Él te ha hecho nacer francés para que creas en lo que no ves ni entiendes; y a mí me ha hecho nacer hurón para que no crea más que en lo que entiendo, y esto es lo que me enseña la razón.

LAHONTAN  ̶  La razón te enseña a hacerte cristiano y tú no quieres serlo. Si quisieras, entenderías las verdades de nuestro Evangelio: todo se sigue de ellas y nada las contradice. Los ingleses son cristianos como los franceses, y, si hay alguna diferencia entre estas dos naciones en lo referente a la religión, no es más que en lo relativo a ciertos pasajes de las sagradas Escrituras, que ellos explican de manera diferente. El primer punto y el principal, que es causa de tantas disputas, consiste en que los franceses creen que, ya que el Hijo de Dios dijo que su cuerpo se hallaba en un pedazo de pan, hay que creer que eso es verdad, puesto que el Hijo de Dios no puede mentir. Por eso les dice a sus discípulos que se lo coman y que ese pan es en verdad su cuerpo; y que siguieran repitiendo esa ceremonia sin cesar en conmemoración suya. Y no han dejado de hacerlo, puesto que, desde la muerte de este Dios hecho hombre, se realiza a diario el sacrificio de la Misa entre los franceses, que no dudan de la presencia real del Hijo de Dios en ese trozo de pan. En cambio, los ingleses pretenden que, por encontrarse en el Cielo, no puede estar corporalmente en la Tierra; y que las otras palabras que dijo a continuación, cuya discusión sería demasiado compleja para ti, les persuaden de que este Dios no está en el pan más que espiritualmente. He aquí la diferencia que va de ellos a nosotros, pues en cuanto a los otros puntos, son sólo menudencias sobre las cuales nos ponemos fácilmente de acuerdo.

ADARIO  ̶  Ya ves, por tanto, que existe contradicción u oscuridad en las palabras del Hijo del gran Espíritu, puesto que los ingleses y vosotros disputáis sobre su sentido con tanto ardor y animosidad que es el principal motivo del odio que se observa entre vuestras dos naciones. Pero no es eso a lo que me refiero. Escúchame bien, hermano: tenéis que estar locos los unos y los otros para creer en la encarnación de un Dios, conociendo la ambigüedad de esos discursos que menciona vuestro Evangelio. Hay en ellos montones de temas equívocos, demasiado groseros como para haber salido de labios de un Ser tan perfecto. Los jesuitas nos aseguran que ese Hijo del gran Espíritu ha dicho que, en verdad, quiere que todos los hombres sean salvados; ahora bien, si así lo quiere, es necesario que así sea; sin embargo, no todos lo son, ya que él mismo ha dicho que muchos eran los llamados y pocos los elegidos. Esto es una contradicción. Estos Padres responden que Dios no quiere salvar a los hombres sino a condición de que ellos mismos lo quieran. Sin embargo, Dios no ha añadido esta cláusula, ya que en ese caso no habría hablado como Señor. Pero, en fin, los jesuitas quieren penetrar en los secretos de Dios, y exigir algo que él mismo no ha pretendido, ya que él mismo no ha podido establecer esta condición para que uno se salve: sería igual que si el gran Capitán de los franceses hiciera decir por su Virrey que quiere que todos los esclavos del Canadá se marchen a Francia, donde él los hará ricos a todos, y que entonces los esclavos contestasen que no quieren irse allí, ya que este gran Capitán no puede quererlo si no es con la condición de que ellos lo quieran. ¿No es cierto, mi querido hermano, que nos reiríamos de ellos, y que serían obligados a continuación a trasladarse a Francia contra su voluntad? No te atreverás a decirme lo contrario. En fin, estos jesuitas me han explicado otras tantas palabras que se contradicen unas a otras, que me asombra tras ello que pueda llamárseles Escrituras Santas. Está escrito que el primer hombre, que el gran Espíritu hizo con sus propias manos, comió de un fruto prohibido, por lo que fue castigado, él y su mujer, ya que ambos habían cometido el mismo crimen. Supongamos pues que, por una manzana, el castigo haya sido como tú quieras; de lo que deberían lamentarse es de que, sabiendo el gran Espíritu que se la comerían, los hubiera creado para hacerlos desgraciados. Pasemos a sus hijos, quienes, según los jesuitas, también se vieron envueltos en este extravío. ¿Son acaso culpables de la glotonería de su padre y su madre? Si un hombre matase a uno de vuestros Reyes, ¿se castigaría también a todos sus parientes y descendientes, padres, madres, tíos, primos, hermanas, hermanos y a todo el resto de la parentela? Supongamos ahora que el gran Espíritu, cuando creó a ese hombre, no supiera lo que iba a hacer tras su creación, algo que resulta impensable; supongamos incluso que toda su posteridad fuese cómplice de su crimen, lo cual resulta injusto: ese gran Espíritu, según vuestras Escrituras, ¿no es tan clemente y misericordioso que su bondad hacia el género humano resulta inconcebible? ¿No es también tan grande y poderoso que, aun reunidos todos los espíritus de los hombres, de los que son, han sido y serán, les resultaría imposible comprender ni la mínima parte de todo ese poder? Y en ese caso, siendo tan bueno y tan misericordioso, ¿no podría perdonarlo, a él y a toda su descendencia? Y si ese Dios es tan grande y poderoso, ¿qué apariencia hay de que un Ser tan incomprensible se hiciera hombre, viviera como un miserable y muriese como un infame, y todo para expiar el crimen de una vil criatura, tan por debajo de él o más aún de lo que lo está una mosca con respecto al Sol y las estrellas? ¿Dónde está entonces ese poder infinito? ¿Para qué le serviría y qué uso le iba a dar? Por lo que a mí respecta, sostengo que creer en semejante envilecimiento es dudar de la extensión incomprensible de su omnipotencia y mantener una extravagante presunción de uno mismo al creer en semejante envilecimiento.

LAHONTAN  ̶  No te das cuenta, mi querido Adario, de que, siendo el gran Espíritu tan poderoso y tal como lo hemos descrito, el pecado de nuestro primer Padre tuvo que ser en consecuencia enorme, tan grande como nos quepa representarlo. Por ejemplo, si yo ofendiera a uno de mis soldados, quedaría en nada; mientras que, si cometiese un ultraje contra el Rey, mi ofensa sería absoluta, a la vez que imperdonable. Ahora bien, al ultrajar Adán al Rey de Reyes, todos nosotros nos convertimos en sus cómplices, puesto que somos una parte de su alma; y, por tanto, le hacía falta a Dios una satisfacción tal como la muerte de su propio Hijo. Es bien cierto que podría habernos perdonado con una sola palabra suya, pero, por razones que me costaría hacerte entender, prefirió vivir y morir por todo el género humano. Admito que es misericordioso, y que podría haber perdonado a Adán sobre la marcha, ya que su misericordia es el fundamento de toda salvación. Pero, si no hubiera alcanzado el crimen de su desobediencia hasta el fondo de su corazón, su prohibición no habría sido más que un juego. Hacía falta que no hubiera hablado en serio y, a partir de esto, todo el mundo tendría derecho a cometer todo el mal que quisiera.

ADARIO  ̶  No has probado nada hasta ahora, y cuanto más examino esa pretendida encarnación, menos verosímil la encuentro. ¡Cómo! Ese Ser inmenso e incomprensible, Creador de las tierras, los mares, y de todo el vasto firmamento, ¿habría podido rebajarse hasta el punto de permanecer prisionero durante nueve meses en las entrañas de una mujer; de exponerse a la vida miserable de sus camaradas pecadores, los mismos que escribieron vuestros libros de los Evangelios; de ser golpeado, azotado, crucificado como un desgraciado miserable? Es algo que mi espíritu no puede imaginar. Está escrito que ha venido expresamente a la Tierra para morir, y, sin embargo, ha temido la muerte. He aquí una contradicción en dos sentidos: 1) Si tenía la intención de nacer para morir, no debía tener miedo a la muerte, ya que, ¿por qué la tememos? Es porque no estamos bien seguros de lo que nos ocurrirá al perder la vida. Pero él no ignoraba el lugar a donde iba a ir, por lo que no debería haber sentido ningún temor. Sabes bien que es frecuente que nosotros y nuestras mujeres nos envenenemos, cuando alguno de los dos fallece, para ir a hacerle compañía al país de los muertos. Así que ves que la pérdida de la vida no nos espanta, aun cuando no sepamos la ruta que seguirán nuestras almas. ¿Qué me respondes a esto? 2º) Si el Hijo del gran Espíritu tenía tanto poder como su Padre, no tenía que rogarle que le salvase la vida, ya que él mismo podía guarecerse de la muerte. Por mi parte, querido hermano, no concibo nada de lo que pretendes que conciba.

LAHONTAN  ̶  Tenías razón cuando me dijiste en su momento que el alcance de tu espíritu no se extendía ni una pulgada por encima de la superficie de la Tierra. Tus razonamientos lo prueban suficientemente. Tras esto, no me extraña que a los jesuitas les cueste tanto esfuerzo predicarte y hacer que comprendas las verdades sagradas. Debo estar loco por pretender razonar con un salvaje incapaz de distinguir entre una suposición quimérica y un principio seguro, ni entre una consecuencia bien sacada y una falsa. Como, por ejemplo, cuando has dicho que Dios quería salvar a todos los hombres y que, sin embargo, habría pocos que se salvasen, considerando que había una contradicción en esto, cuando en realidad no la hay. Porque quiere salvar a todos los hombres que lo quieran por sí mismos, siguiendo su Ley y sus preceptos; a aquéllos que crean en su encarnación, en la verdad de sus Evangelios, en la recompensa de los buenos y el castigo de los malos y en la eternidad. Pero, dado que se encontrará con muy pocos de éstos, todos los demás irán a arder eternamente en ese lugar de fuego y llamas del que tú te burlas. Ten cuidado de no encontrarte entre estos últimos. Me disgustaría porque soy tu amigo, pero entonces no dirías más que el Evangelio está lleno de contradicciones y quimeras; no exigirías más pruebas groseras de todas las verdades que te he dicho; tendrías que arrepentirte de haber tratado nuestros Evangelios de fabulaciones forjadas por imbéciles. Pero será ya demasiado tarde. Piensa en todo ello y no seas obstinado. Pues, de verdad, si no te rindes a las razones incontestables que yo te ofrezco sobre nuestros misterios, no volveré a hablar más contigo en toda mi vida.

ADARIO  ̶   ¡Vaya, hermano, no te enojes! No pretendo ofenderte al oponerte mis razones. No te impido creer en tus Evangelios. Sólo te ruego que me permitas dudar de todo cuanto acabas de explicarme. Nada más natural para los cristianos que tener fe en sus santas Escrituras, porque se les habla tanto de ellas desde la infancia que, imitando a tanta gente que se ha educado en las mismas creencias, las han grabado de tal modo en su imaginación que la razón no tiene ya fuerza para actuar sobre su mente, prevenidos de antemano de la verdad de esos Evangelios. No hay nada más razonable, para gente sin prejuicio como lo son los hurones, que examinar las cosas de cerca. Pues bien, después de haber reflexionado mucho, desde hace diez años, sobre lo que nos dicen los jesuitas de la vida y la muerte del Hijo del gran Espíritu, todos mis hurones te podrán ofrecer más de veinte mil razones que probarán lo contrario. Por mi parte, he sostenido siempre que, si fue posible que tuviera la bajeza de descender a la Tierra, se habría manifestado a todos los pueblos que la habitan. Habría descendido triunfante, con esplendor y majestad, a la vista de cantidad de gente. Habría resucitado a los muertos, devuelto la vista a los ciegos, hecho andar a los cojos, curado a los enfermos por la toda la Tierra, y, en fin, habría hablado y ordenado lo que quisiera que se hiciese, habría ido de una nación a otra a realizar esos milagros para otorgar la misma ley a todo el mundo. Entonces tendríamos todos la misma religión, y esa gran uniformidad que encontraríamos por todas partes probaría a nuestros descendientes, de aquí a diez mil años, la verdad de esta religión entendida de igual manera por todos los rincones del mundo; mientras que ahora nos encontramos con más de quinientas o seiscientas diferentes las unas de las otras, entre las cuales, la de los franceses es la única buena, santa y verdadera, según su razonamiento. Y, en resumen, después de haber pensado mil veces en todos esos enigmas que llamáis misterios, he creído que habría que haber nacido más allá del gran Lago, es decir, ser inglés o francés, para comprenderlos. Pues cuando me digan que Dios, cuya figura no podemos representarnos, puede producir un Hijo con la de un hombre, responderé que una mujer no podría nunca engendrar un castor, porque en la naturaleza cada especie produce su semejante. Y si los hombres pertenecían al Diablo antes de la venida del Hijo de Dios, ¿es creíble que éste haya tomado la figura de las criaturas que proceden del Diablo? ¿No habría adoptado mejor una diferente, más bella, más fastuosa e imponente?  Y esto podía hacerse tanto mejor cuanto que la tercera Persona de esta Trinidad (tan incompatible con la unidad) tomó la forma de una paloma.

LAHONTAN  ̶  Acabas de elaborar un sistema salvaje, que nada significa, mediante una profusión de quimeras. Una vez más, resultaría en vano que intentase yo convencerte con razones sólidas, ya que no eres capaz de entenderlas. Te devuelvo a los jesuitas. Sin embargo, quiero hacerte entender algo muy fácil que está al alcance de tu genio, y esto es que, para ir a morar con el gran Espíritu, no basta con creer en esas grandes verdades del Evangelio que tú niegas: hay que observar de manera inviolable los mandamientos de la Ley que contiene, es decir: no adorar más que al gran Espíritu, no trabajar los días de la gran oración, honrar al padre y a la madre, no acostarse con muchachas y ni siquiera desearlas más que para el matrimonio, no matar ni hacer matar a nadie, no hablar mal de los hermanos ni mentir, no tocar a las mujeres casadas, no quedarse con los bienes de los hermanos, ir a Misa los días señalados por los jesuitas y ayunar ciertos días de la semana… Pues harás bien en creer en todo esto que nosotros creemos por las sagradas Escrituras, que son las que contienen estos preceptos: hay que observarlos o arder eternamente tras la muerte.

ADARIO  ̶  ¡Ajá, mi hermano querido, aquí te esperaba yo! En verdad, hace tiempo que sé bien todo lo que acabas de explicarme ahora. Esto es cuanto encuentro de razonable en ese Libro del Evangelio, nada más justo ni digno de aplauso que esas ordenanzas. Acabas de decirme que, si no se las cumple y no se siguen puntualmente estos mandamientos, la creencia y la fe en los Evangelios resulta inútil. ¿Por qué entonces los franceses creen en él y se burlan en cambio de estos preceptos? He aquí una contradicción manifiesta. Pues, I. En lo que se refiere a la adoración del gran Espíritu, no veo prueba alguna de ella en vuestras acciones, y esta adoración no consiste más que en la palabrería que usáis para engañarnos. Por ejemplo, veo a diario cómo los mercaderes dicen, cuando trafican con nuestros castores: “Bien caras me salen mis mercancías, tan verdad es como que hay un Dios”, “Verdad es que pierdo mucho contigo, como que Dios está en el Cielo.” Pero no veo que le ofrezcan en sacrificio las mejores mercancías que poseen, como hacemos nosotros cuando las adquirimos de ellos, quemándolas en su presencia. II. En cuanto a lo del trabajo en los días de la gran Oración, no entiendo que hagáis diferencia alguna entre unos días y otros, ya que he visto en ese día, cientos de veces, a los franceses traficando con las pieles y cargándolas en sus sacos, entregados al juego, peleándose, batiéndose, divirtiéndose de mil formas y haciendo todo tipo de locuras. III. En lo que se refiere a la veneración por vuestros padres, resulta ser algo extraordinario entre vosotros que sigáis sus consejos; los dejáis morir de hambre, os separáis de ellos y hacéis cabaña aparte; estáis siempre dispuestos a pedirles y jamás a darles; y, si esperáis obtener algo de ellos, les deseáis la muerte o, al menos, la esperáis con impaciencia. IV. En cuanto a la continencia del sexo, ¿quién hay entre vosotros, excepto los jesuitas, que la haya jamás guardado? ¿Acaso no vemos a diario a vuestros jóvenes perseguir a nuestras muchachas y nuestras mujeres hasta por los campos, para seducirlas con regalos, corriendo todas las noches de cabaña en cabaña en nuestro poblado para corromperlas? ¿No sabes tú mismo de todos esos procesos habidos entre tus propios soldados? V. Y, en hablando del asesinato, es algo tan común entre vosotros que echáis mano de la espada y os matáis por lo más mínimo. Estando yo en París, todas las noches se encontraba gente muerta a golpes, e incluso se me advirtió que tuviera cuidado de perder mi vida por los caminos que van de allí a La Rochelle. VI. Eso de no hablar mal de los hermanos ni mentir son dos cosas de las que os abstenéis menos que de comer y beber, y no he oído nunca a cuatro franceses hablando juntos sin decir mal de algún otro, y si supieras lo que he escuchado publicar del Virrey, del Intendente, de los jesuitas, y de miles de personas que tú conoces, tal vez de ti mismo, comprobarías lo bien que saben desgarrarse los franceses entre sí. De mentir, te he de decir que no hay un solo mercader por aquí que no diga montones de mentiras a la hora de valorar su mercancía a cambio de nuestros castores, sin contar las que sueltan a sus propios camaradas. VII. En lo referente a no tocar a las mujeres casadas, no hay más que oíros hablar cuando habéis bebido un poco de más, para conocer buena cantidad de historias sobre el tema: basta con contar el número de niños que pueden hacer las mujeres de los madereros durante la ausencia de sus maridos. VIII. No tomar los bienes de otros: ¡cuántos robos no habrás visto cometer desde que estás aquí entre los mismos madereros! ¿No han sido cogidos con las manos en la masa y castigados? ¿No es algo común en vuestras ciudades el no poder andar seguros por la noche ni dejar las puertas abiertas? IX. Lo de acudir a vuestra Misa para prestar oído a palabras dichas en una lengua que no se entiende, verdad es que eso es algo que los franceses hacen a menudo, si bien para poner el pensamiento en cualquier otra cosa que la oración. En Quebec, los hombres acuden para ver a las mujeres, y las mujeres para ver a los hombres. He visto cómo colocan sus cojines, por temor a gastar sus faldas y enaguas, se sientan alzando sus talones, sacan un libro de un gran saco y lo mantienen abierto, fijando la mirada más bien en los hombres que les placen que en las oraciones que tienen al frente. La mayor parte de los franceses toman tabaco en polvo, hablan, se ríen y cantan, más por diversión que por devoción. Y lo que es peor: sé que, mientras dura esta oración, muchas mujeres y muchachas permanecen solas en sus casas, aprovechando la ocasión para sus galanterías. X. Lo referente a vuestro ayuno resulta divertido. ¿Llamáis ayunar a atiborraros hasta reventar de toda clase de pescados, de huevos y de otras miles de cosas? En fin, querido amigo, vosotros los franceses pretendéis todos tener fe y sois unos incrédulos; queréis pasar por sabios y sois unos locos; os imagináis ser gente de espíritu y no sois más que presuntuosos ignorantes.

LAHONTAN  ̶  Esta conclusión, mi querido amigo, es propia de un hurón, al referirla a todos los franceses en general. Si así fuera, ninguno de ellos iría al Paraíso. Pero nosotros sabemos que hay millones de bienaventurados a los que llamamos Santos, y cuyas imágenes puedes ver en nuestras iglesias. Es bien cierto que pocos franceses poseen esta fe verdadera, que es el único principio para la piedad. Hay muchos que hacen profesión de creer en las verdades de nuestra religión, pero esta creencia no es lo bastante firme ni suficientemente viva para ellos. Reconozco que la mayoría, aun conociendo las verdades divinas y haciendo protesta de creer en ellas, actúan en todo contra lo que ordenan la fe y la religión. Pero hay que tener en cuenta que los hombres pecan algunas veces contra las luces de su conciencia, y que hay gente de mala vida, aunque esté bien instruida. Esto puede suceder, bien por falta de atención, o bien por la fuerza de sus pasiones, por estar sujetos a los bienes temporales: el hombre, corrompido como es, se ve empujado al mal por tantos caminos y por una inclinación tan fuerte que, a falta de una determinación absoluta, es difícil que renuncie a ello.

ADARIO  ̶  Cuando hablas del hombre, di mejor el hombre francés, pues sabes bien que entre nosotros no se conocen esas pasiones, ese interés ni esa corrupción. Pero no es a eso a lo que quiero referirme. Escucha, hermano: he hablado con frecuencia con los franceses de los vicios que reinan entre ellos, y, cuando les he hecho ver que no observan en absoluto las leyes de su religión, ellos me han reconocido que era verdad, que se daban cuenta y lo sabían perfectamente, pero que les resultaba imposible cumplirlas. Les he preguntado si acaso no creían que sus almas arderían eternamente: me han respondido que la misericordia de Dios es tan grande, que cualquiera que confíe en su bondad será perdonado; que el Evangelio es una alianza establecida por la gracia y en la cual Dios se adapta al estado y la debilidad del hombre, movido por tantas tentaciones y con tanta frecuencia que se ve obligado a sucumbir; y en fin que, por ser este mundo un lugar de corrupción, no habrá pureza en el hombre corrompido a no ser en el País de Dios. He aquí una moral menos rígida que la de los jesuitas, que nos envían al Infierno por una nimiedad. Estos franceses tienen razón al decir que es imposible observar esta Ley en tanto que subsistan entre vosotros lo mío y lo tuyo. Es un hecho fácil de probar por los salvajes del Canadá, ya que, a pesar de su pobreza, son más ricos que vosotros, a los que esos tuyo y mío os hacen cometer todo tipo de crímenes.

LAHONTAN  ̶  Reconozco que tienes razón, hermano, y no puedo dejar de admirar la inocencia de todos los pueblos salvajes. Es por ello que desearía de todo corazón que conociesen la santidad de nuestras Escrituras, es decir, de ese Evangelio del que tanto hemos hablado. No les faltaría más que eso para que sus almas se volvieran eternamente bienaventuradas. Lleváis una vida tan buena moralmente, que no tendríais más que superar una dificultad para alcanzar el Paraíso. Se trata de la libre fornicación entre la gente de uno y otro sexo y de la libertad que tienen hombres y mujeres para romper sus matrimonios, a capricho en ambos casos y copulando según su elección con nuevas parejas. Pues el gran Espíritu ha dicho que sólo la muerte o el adulterio pueden romper ese lazo indisoluble.

ADARIO  ̶  En otra ocasión hablaremos en detalle sobre ese gran obstáculo que tú consideras para nuestra salvación; pero, de momento, me contentaré con ofrecerte una sola razón para uno de esos dos puntos, el de la libertad de muchachos y muchachas. En primer lugar, un joven guerrero no querrá en ningún caso comprometerse a tomar a una mujer que no haya participado nunca en una campaña contra los iroqueses, o capturado esclavos para servir en su poblado en la caza y la pesca, o que no sepa ella misma cazar ni pescar perfectamente. Por otro lado, no deseará enervarse con la práctica frecuente del acto venéreo, durante el tiempo en que su fuerza le permita servir a su nación contra sus enemigos. Y, aparte de eso, no querrá exponer a una mujer y a sus niños al dolor de verlo muerto o capturado. Ahora bien, como resulta imposible que un hombre joven pueda contenerse totalmente en esta materia, no puede considerarse algo malo que los muchachos, una o dos veces al mes, busquen la compañía de muchachas, ni que éstas toleren la de ellos. Sin esto, nuestros jóvenes se verían incomodados en extremo, como nos lo ha demostrado el ejemplo de muchos que habían mantenido la continencia para correr mejor; y además, nuestras muchachas tendrían que recurrir a la bajeza de entregarse a nuestros esclavos.

LAHONTAN  ̶  Créeme, mi querido amigo, Dios no se paga de semejantes razones: quiere que nos casemos, o bien que evitemos cualquier contacto sexual. Pues basta un solo pensamiento amoroso, un simple deseo, una simple voluntad de contentar nuestra pasión animal, para que ardamos por la eternidad. Y si encuentras imposible la continencia, estás desmintiendo a Dios, ya que Él no nos ordena más que cosas posibles. Si se quiere, se pueden moderar los deseos: no hay más que quererlo. Todo hombre que cree en Dios debe cumplir con sus preceptos, como ya hemos dicho antes. Resistimos la tentación por el socorro de su gracia, que no nos falta jamás. Fíjate, por ejemplo, en los jesuitas: ¿acaso crees que no se sienten tentados cuando ven a esas bellas muchachas de tu poblado? Lo son, sin duda. Pero acuden a Dios en su ayuda y pasan su vida, como hacen nuestros sacerdotes, sin casarse ni tener comercio criminal con el sexo. Es una promesa solemne que hacen a Dios desde el momento en que se enfundan sus negros hábitos. Combaten durante toda su vida las tentaciones: hay que violentarse para ganarse el Cielo; hay que evitar las ocasiones por temor a caer en el pecado, y no hay un mejor modo de evitarlas que encerrarse en los claustros.

ADARIO  ̶  Ni a cambio de diez castores me vería yo obligado a guardar silencio sobre este tema. En primer lugar, esas gentes cometen un crimen al jurar la continencia, ya que Dios, al crear tanto hombres como mujeres, ha querido que los unos y las otras colaborasen en la propagación del género humano. Todas las cosas se multiplican en la naturaleza: los bosques, las plantas, los pájaros, los animales y los insectos. Es ésta una lección que nos ofrecen anualmente. Y la gente que no lo hace así son inútiles al mundo, no sirven más que a sí mismos, y roban a la tierra la semilla que ella misma les da cuando no hace ningún uso de ella según vuestros principios. Cometen un segundo crimen cuando violan su juramento (y lo hacen con mucha frecuencia), pues se burlan de la palabra y de la fe que han ofrecido al gran Espíritu. Y he aquí un tercer crimen que lleva a un cuarto, cuando tienen comercio, tanto con las jóvenes como con las mujeres. Si con las muchachas, es seguro que les arrebatan, al desflorarlas, algo que ellos nunca van a poder devolverles, es decir, esa flor que los propios franceses quieren cosechar por sí mismos cuando se casan, estimándola como un tesoro cuyo robo constituye uno de los peores crímenes que puedan cometer. Y si esto es ya un crimen, el otro es que, para precaverse de su preñez, se toman precauciones abominables, dejando el trabajo a medias. Si la cosa es con las mujeres adultas, se vuelven responsables de adulterio, así como de las malas relaciones que ellas mantengan con sus maridos. Y además, los niños que provienen de ello se convierten en ladrones que viven a expensas de sus hermanastros. El quinto crimen que cometen radica en las vías ilegítimas y profanas de que se valen para calmar sus pasiones brutales, puesto que, ya que son ellos los que predican vuestro Evangelio, ofrecen de él en privado una explicación bien diferente de la que expresan en público, y a falta de la cual no podrían autorizar su propio libertinaje, que pasa por criminal según vosotros. Bien sabes tú que no hablo por hablar, y que he visto en Francia cómo esos buenos curas negros no se cubren el rostro con sus capuchas cuando ven a las mujeres. Y te repito una vez más, mi querido hermano, que no podemos prescindir de ellas a determinada edad, y menos aún dejar de tenerlas en el pensamiento. Toda esa resistencia, esos esfuerzos de los que me hablas, no son más que cuentos para dormir. Y lo mismo es esa ocasión que pretendes que se evita encerrándose en un convento: ¿por qué entonces se soporta que los monjes o sacerdotes jóvenes confiesen a muchachas y mujeres? ¿Es esto escapar de las ocasiones? ¿No es más bien acudir a su encuentro? ¿Hay hombre alguno en todo el mundo que pueda escuchar todas esas galanterías en el confesionario sin salir de sus casillas?  Sobre todo cuando se trata de hombres sanos, jóvenes y robustos, que no trabajan y que comen buenos y nutritivos alimentos, adobados con cientos de especias que calientan lo suficientemente la sangre sin precisar de ninguna otra provocación. Por mi parte, lo que me resulta asombroso es que haya uno solo de esos eclesiásticos que vaya a ese paraíso del gran Espíritu. ¿Y tú osas mantener que esas gentes se hacen monjes y sacerdotes para evitar el pecado, cuando lo que hacen es entregarse a todo tipo de vicios? Yo sé, por boca de franceses bien avisados, que aquéllos de entre vosotros que se hacen monjes o curas, no piensan más que en vivir a su gusto, sin tener que trabajar sin inquietud ni temor a morirse de hambre o a empuñar las armas. Lo correcto sería hacer que toda esa gente se casara y permaneciera al cuidado de su hogar; o, al menos, que no se aceptasen sacerdotes ni monjes por debajo de la edad de 60 años. Sólo entonces podrían confesar, visitar sin escrúpulo a las familias y edificar a todos con su ejemplo. Sólo así, te digo, se evitaría que pudiesen seducir a jóvenes ni a adultas. Serían hombres sabios, moderados, bien considerados por su vejez y por su conducta, y la nación no perdería nada con ello, ya que a esa edad no está uno en condiciones para la guerra.

LAHONTAN  ̶  Ya te he dicho que no hay que juzgar a todo el mundo partiendo de cosas en las que sólo unos pocos tienen parte. Es cierto que algunos sólo se hacen monjes o sacerdotes para subsistir holgadamente y que, abandonando los deberes de su ministerio, se contentan con sacar todas las ventajas que les proporcionan. Reconozco que, entre ellos, los hay borrachos, violentos e irascibles, en sus palabras y en sus actos; también los encontramos movidos por una sórdida avaricia y por sus propios intereses; orgullosos y llevados por un odio implacable, sinvergüenzas y degenerados, blasfemos, hipócritas, ignorantes, mundanos, maldicientes, etcétera. Pero son los menos, ya que en la Iglesia sólo se admite a gente sabia, a hombres de los que se está bien seguro y a los que se prueba, intentando penetrar hasta el fondo de su alma antes de recibirlos. Así y todo, por muchas precauciones que se tomen, es imposible que algunas veces no resulten engañados. Resulta en esos casos una desgracia, puesto que, cuando esa conducta llena de vicios sale a la luz, deriva en el mayor de los escándalos, con toda seguridad.  Y de aquí se sigue que las palabras santas se mancillen en sus labios, se desprecien las leyes divinas, se pierda el respeto por las cosas de Dios, se envilezca el ministerio, caiga en el desprecio toda la religión, y el pueblo, una vez despojado del respeto que se debe a la religión, se entregue a todo tipo de procederes licenciosos. Pero has de saber que nos regulamos más por la doctrina que no por el ejemplo de esos indignos eclesiásticos. No hacemos como vosotros, que carecéis de la firmeza y el discernimiento necesarios para saber distinguir entre la doctrina y el ejemplo, y para no veros estremecidos por los escándalos provocados por todos ésos de los que tú has sabido en París, que contradicen sus prédicas con su propia vida. En fin, todo cuanto tengo que decirte es que el Papa, recomendando expresamente a nuestros obispos que no confieran las órdenes eclesiásticas a ningún sujeto indigno de ellas, hace que se mantengan bien en guardia frente a todo lo que hacen, intentando al mismo tiempo reconducir a sus deberes a aquéllos que se han apartado de ellos.

ADARIO  ̶  Se me hace algo raro que, en todo el tiempo que llevamos conversando tú y yo, no me respondas sino de manera superficial a todas las objeciones que te voy planteando. Observo que te buscas toda clase de circunloquios, apartándote siempre del verdadero tema de mis cuestiones. Pero, a propósito del Papa, forzoso es que sepas que un inglés me dijo un día en Nieu-Jorc que era un hombre como nosotros, pero que enviaba al Infierno a todos los que excomulgaba; que hacía salir de un segundo lugar llameante, del que te has olvidado hablar, a todos los que él quería; y que le abría las puertas del País del gran Espíritu a quien él mismo decidía, porque tenía en sus manos las llaves de ese gran País. Si eso es así, todos sus amigos deberían entonces matarse cuando él muere, para, de este modo, en su compañía, estar seguros de poder franquearlas; y, si tiene el poder de enviar a las almas al fuego eterno, resulta peligroso contarse entre sus enemigos. Este mismo inglés añadió que esta gran autoridad no se extendía en absoluto hasta su nación inglesa, y que se burlaban de él en Inglaterra. Te ruego me digas si decía la verdad.

LAHONTAN  ̶  Habría tantas cosas que decir sobre este tema, que me harían falta quince días para contártelas. Los jesuitas te las aclararán mejor que yo. Sin embargo, puedo decirte de paso que el inglés bromeaba a la vez que pronunciaba algunas verdades. Tenía razón al asegurar que las gentes de su religión no le pedían al Papa el camino del Cielo, porque esta fe viva, de la que tanto hemos hablado, les ha conducido a ello injuriando a este santo varón. El Hijo de Dios quiere salvarlos a todos por su sangre y según sus méritos: ahora bien, si así lo quiere, es preciso que así sea. De manera que puedes ver que son más agraciados que los franceses, a los que Dios exige tantas buenas acciones que ellos apenas llevan a cabo. Basándonos en esto, nosotros vamos al Infierno si contravenimos, por nuestras malas acciones, los Mandamientos de Dios de los que hemos hablado, aunque tengamos la misma fe que ellos. En lo referente a ese segundo lugar de llamas del que me hablas, y que llamamos el Purgatorio, ellos están exentos de pasar por él, ya que preferirían mucho más vivir eternamente sobre la Tierra, sin alcanzar nunca el Paraíso, antes que arder miles de años haciendo camino. Son tan delicados en lo tocante al honor, que no aceptarían jamás un obsequio a cambio de algunos bastonazos. Según ellos, no es digna gracia para un hombre obtener dinero a cambio de maltrato, sino más bien una injuria. Pero los franceses, menos escrupulosos que los ingleses, tienen en mucho valor el arder una infinidad de siglos en ese Purgatorio, porque conocen mejor el precio del Cielo.

Ahora bien, como el Papa es su arrendatario, y les reclama la restitución de sus bienes cedidos en préstamo, los ingleses tienen a mal implorarle su perdón, es decir, un pasaporte para ir al Paraíso sin pasar por el Purgatorio. Pues él se lo daría más bien para ir a ese Infierno que ellos pretenden no haber sido hecho para ellos. Mientras que nosotros, los franceses, que le otorgamos una muy buena renta, porque conocemos bien su extremo poder, así como los pecados que todos cometemos contra Dios, preciso es, necesariamente, que recurramos a las indulgencias de este hombre santo para obtener así el perdón que él tiene el poder de acordarnos. Y aquél de nosotros que estuviese condenado a cuarenta mil años de Purgatorio antes de acceder al Paraíso, puede verse exento de ellos por una sola palabra del Papa. Como ya te he dicho, los jesuitas te explicarán de maravilla el poder del Papa y el estado del Purgatorio.

ADARIO  ̶  La diferencia que encuentro entre vuestra creencia y la de los ingleses embrolla hasta tal punto mi espíritu, que, cuanto más intento aclararla, menos luz encuentro para hacerlo. Mejor haríais en decir a las claras lo que sois; que el gran Espíritu ha dado luces suficientes a todos los hombres para conocer lo que deben creer y lo que deben hacer sin engañarse. Pues he oído decir que, en medio de cada una de estas religiones diferentes, se encuentra un número de personas de opiniones diversas; como, por ejemplo, en la vuestra, cada orden religiosa sostiene algunos puntos distintos de las otras, procediendo igualmente de manera diversa, tanto en sus ropas como en sus reglas, lo cual me da en pensar que, en Europa, cada cual se hace una religión a su modo, diferente de aquélla de la que hace profesión exterior. Por mi parte, yo creo que los hombres son impotentes a la hora de conocer lo que el gran Espíritu exige de ellos, y no puedo impedirme pensar que la justicia de ese gran Espíritu, siendo él como es tan bondadoso y justo, haya podido hacer tan difícil la salvación de los hombres, de tal forma que, fuera de vuestra religión, todos resulten condenados, y que incluso muy pocos de los que la profesan irán a ese hermoso Paraíso. Hazme caso, los asuntos del otro mundo son bien diferentes de los de éste. Poca gente hay que sepa lo que ocurre allí. Lo que sabemos es que nosotros, los hurones, no somos los autores de nuestra creación; que el gran Espíritu nos ha hecho ser gente honrada, y a vosotros unos depravados que nos envía a nuestras tierras para corregir nuestros fallos y seguir nuestro ejemplo. Así pues, hermano, cree en cuanto tú quieras, ten toda la fe que te plazca, que no irás jamás al buen País de las Almas mientras no te hagas hurón. La inocencia de nuestra vida, el amor que tenemos por nuestros hermanos, la tranquilidad de alma que disfrutamos al despreciar el interés: tres cosas que el gran Espíritu exige a todos los hombres en general, y que nosotros las practicamos de forma natural y espontánea en nuestros poblados, mientras los europeos se desgarran entre sí, se roban, se difaman y se matan unos a otros en sus ciudades; ellos que, deseando llegar al País de las Almas, no piensan nunca en su creador a no ser que hablen de él con los hurones. Adiós, querido amigo, que se hace tarde. Me retiro a mi cabaña para pensar en todo lo que me has dicho, para así recordarlo mañana, que es cuando nos toca razonar con el jesuita.


[1] El uno Canciller de Francia, el otro Secretario de Estado, y ambos bien provistos y en abundancia de oro y de plata.

[2] Llamados Mahak por los ingleses de Nueva York.

[3] Doctor en Medicina de Londres.

[4] «… que arrasa con el cetro y con las leyes.» (N. del T.)