Musikwissenschaftliche und philosophische Schriften

Monat: April 2021

Distopía retrospectiva de los años 20 del siglo XXI hecha desde el 2050

Palabras claves: Distopía, Coronavirus, Covid, cultura del siglo XXI, ecología, pandemia, sociología utópica, utopía.

Dr. Esther Morales Cañadas

Estamos en el año 2050. El aire está limpio y los ciudadanos recorren las calles con caras de autómatas sin empatía. Un par de comercios ofrecen sus mercancías artesanales y los puestos del mercado se llenan de frutos regionales.  No se escuchan apenas ruidos si no es el chorrear de manantiales frescos rellenos con aguas de lluvias. Parece un mundo idílico, el diorama de un nacimiento de Belén sevillano en el que los amaneceres y atardeceres se suceden por voluntad de la persona que lo ha montado, pero sin brusquedad y como si fuese natural, sólo que el tiempo entre el día y la noche se han acortado.

Aquí el tiempo también se acorta, o más bien, se convirtió en una intención de vida en la que había que apagar el recuerdo de una época que había marcado un surrealismo desfasado. Esa época tuvo lugar en las primeras décadas del siglo 21, es decir, no hace demasiado tiempo, pero quedó tan marcada que es el cuento favorito de los abuelos a sus nietos. Por consiguiente, no, no se ha apagado el recuerdo.

Fue una época de acontecimientos que cambiaron la dirección del mundo, tal vez, mucho más sustancial y repentinamente que cuando se exterminaron los dinosaurios y cuando el ser humano descubrió el fuego.

La humanidad había llegado a un momento álgido en cuanto a los descubrimientos científicos y en cuanto a la unión político-social entre todos los países del mundo. No obstante, eso no quiere significar que la unión de igualdad entre ellos existiera realmente. Ya no se usaba eso del colonialismo ni tampoco había que descubrir nuevas tierras australes. Desde hacía siglos, esas relaciones no se habían modificado. Existían los países poderosos: unos dictatoriales que reducían a sus ciudadanos a servidores de los dirigentes y en los que el derecho a la libertad humana no existía. Otros gustaban de dictadura religiosa y a quien no creía lo encarcelaban o, en el mejor de los casos, lo mataban. Había también pequeños grupos étnicos que llevaban cinco siglos esperando el reconocimiento de sus tradiciones y de su calidad de humanos. Y, en fin, había otros que se situaban en el llamado continente europeo que alardeaban de ser los más justos, los más sinceros, los más libres, pero que el valor económico era quien los movía.

Las potencias mundiales estaban marcadas por su poderío económico que se extendía mucho más allá: Estaban E.E.U.U., China y Rusia. Estas eran las tres potencias que atemorizaban al resto del mundo, organizaban guerras, por lo general, fuera de sus naciones, tenían influencia directa en la política internacional y en el reparto de recursos de primera instancia, a excepto de la agricultura y, en algunos casos, de los combustibles (especialmente del petróleo). Estas potencias dependían, por otro lado, de los países que carecían del más mínimo bienestar de donde sacaban material de construcción, sea madera como metales, productos agrícolas y otros recursos, basándose en el truco de la solidaridad para con los magnates y adinerados de esos países pobres para sacar más provecho y, si no les seguían el juego, los castigaban con sanciones económicas o de amenazas de guerra. Todo quedaba, no obstante, entre los poderosos. La clase media se favorecía un poco de ello, la baja, ni siquiera olía los beneficios. Es decir, las riquezas estaban repartidas de forma absolutamente desigual. Había unos tantos cuyas riquezas no se podrían definir ni yéndonos a otras Galaxias. Existía una clase social media que era la portadora de todo, la que podía sobrevivir con dignidad, pero también la que recibía los palos directos de esos “grandes” y de los que estaban más debajo de ellos.

En aquellos países en que parecía haber más igualdad se habían instalado, después de la segunda guerra mundial, los llamados derechos humanos, entre los cuales se hallaba el derecho a la libertad de opinión en los regímenes democráticos, algo que ya en la segunda mitad del siglo anterior había adquirido una validez y había contribuido a que las personas lucharan por un mundo mejor, más limpio, de más cuidado con la naturaleza, de más justicia. Esto era algo muy valioso, pero tremendamente difícil de sobrellevar porque los caracteres humanos son muy diversos y, muchas veces, caprichosos. Así, lo que unos creían justo, lo consideraban injusto otros. Se formaban, pues, constantemente altercados entre las diferentes ideologías, se organizaban manifestaciones que, en más de una ocasión llegaron a disturbar la paz. Los seres humanos son propensos a exaltarse hasta la agresividad y el crimen, por lo que la idea de los derechos humanos quedaba, a menudo, fuera de lugar. Aparte de que, hasta la fecha, quienes se habían favorecido de esos derechos humanos en la vida normal, eran exclusivamente aquellas personas que aportaban un beneficio económico a la sociedad y ahí no entraban ni los refugiados, ni los minusválidos, ni, por supuesto, los ancianos.

Aun así, las condiciones de vida, por lo menos en el continente europeo, se habían mejorado mucho en comparación a tiempos anteriores. Se vivía con más lujos, aunque, hay que decir, que también las personas trabajaban más horas por menos sueldo y, por tanto, las mujeres, a la vez de criar a sus hijos, también trabajaban de mañana a noche. Unas lo hacían por necesidad existencial, otras por vocación y sus estudios y otras para poderse costear el tren de vida que se había impuesto como norma social: viajes al extranjero en vacaciones, un par de autos para la familia, y otros lujillos.

Indudablemente, habían sido los adelantos industriales y científicos de las últimas décadas lo que había contribuido a esa mejora de vida.

La agricultura se había industrializado y la producción maximizado hasta “el no va más”, no obstante, aunque en todos los lugares del mundo había excesivos alimentos, no se repartían entre todos igualmente. Mientras en unas zonas la gente se moría de hambre y los niños crecían en el raquitismo y la falta de higiene, en la mayor parte del resto del mundo la comida sobraba de forma que los basureros municipales aumentaron porque los ciudadanos, acostumbrados al bienestar, no le daban importancia y tiraban todo lo que les sobraba o no les gustaba, aunque esos alimentos estuvieran frescos y comibles. El valor alimenticio se había desvalorado en el transcurso del tiempo y se prefería cantidad a calidad. Para conseguir esa “cantidad”, por supuesto que se seguía recurriendo a aquellos países o zonas en donde la mano de obra era más barata, pero no lo justamente barata para que los habitantes pobres de allí se pudieran alimentar, sino para la exportación y la manutención de aquellos otros que compraban y compraban y, de igual forma, tiraban y tiraban. Y estas basuras no eran solamente de residuos alimenticios, sino también de restos químicos y de textiles (ropa nueva apenas usada), de aparatos electrónicos ya sin uso, fuera por deterioro o por falta de modernidad. Porque eso sí, se llevaba muy a gala: poseer el mejor smartphone para poderse conectar digitalmente con miles de personas con las que ni se conversaba ni se apreciaba el calor de su cuerpo con un beso o un abrazo.

La llamada inteligencia artificial se había ido apoderando del mundo a la misma vez que se formaban grupos de activistas para defender metas comunes en pro de los más débiles o de la destrucción de la naturaleza que estaba alcanzando límites irrevocables.

Si miramos esta época y tratáramos de darle un nombre, se le podría llamar: La época de los experimentos. No es referido al experimento científico, no, sino al experimento de mejorar o empeorar las situaciones socioculturales, científicas, económicas, alimenticias y de todas las facetas que necesita el ser humano para su existencia sin controlar los efectos secundarios.

En la cuestión social se fundían la caridad y el amor al prójimo con el desprecio por quien ganara menos, por quien fuera diferente o por quien viniera de los países que hasta entonces llamaban de tercer mundo. El hecho de llamarlos así partía de la época colonial, pues ya, desde entonces, todo el que no fuese europeo o similar a este se consideraba persona de segunda o de tercera categoría. Una de las causas de esta ideología era que ni se habían respetado las tradiciones de estos “diferentes” ni se había tomado en cuenta si esas tradiciones daban más espacio a estar unidos al ciclo natural y, por consiguiente, tenían la capacidad de ser más felices.

Europa había dado las pautas de forma de vida, atuendo, alimentación y de todo durante muchos siglos. Norteamérica había asumido todo ello y lo había envuelto en papeles de Coca-Cola, pantalones tejanos y esnobismo, reexportándolas poco a poco a Europa y, ambos juntos, llevaron todas estas novedades al resto de los continentes. Ahora estaba China también como punto de partida de exportación, de mucha exportación unida a una producción excesiva para alimentar el capitalismo que ellos mismos no profesaban, puesto que allí regía una dictadura comunista de gran poderío. Así pues, aquellas empresas que producían para abastecer a los países occidentales -que eran los considerados como los originarios de la cultura del mundo (Europa y Norteamérica) -mantenían a sus empleados como esclavos a los que pagaban escasos sueldos y propinaban con excesivas horas de trabajo. Pero esto no estaba reducido a la nación mandarina, sino a otros países pertenecientes a los del tercer mundo como ya se ha explicado antes. La mayoría de las empresas occidentales o del “primer mundo” habían trasladado su producción a todas esas zonas pobres de otros continentes para ahorrarse sueldos dignos para con sus mismos ciudadanos. Y en aquellas zonas pobres en donde tenía lugar la producción de, prácticamente, todos los productos que necesitaban los países capitalistas no habían oído hablar de los derechos humanos y eran tratados como tales seres sin derecho.

A cambio, en Europa se luchaba por el derecho de los animales, por la defensa de la naturaleza, por conseguir un mundo mejor. Sin embargo, eran todo, en parte, utopías porque la población no se ponía de acuerdo: el valor adquisitivo tenía un papel muy importante, el desarrollo económico de un país aún más, los derechos humanos que se tenían en cuenta, por lo general, eran aquellos que no molestaban ni a la economía ni al bienestar de vida. Aun así, se habían modificado muchas costumbres. Por ejemplo, el trato a los niños. Si hasta mitad del siglo anterior era usual pegarles a los hijos con el cinturón, con una zapatilla y los maestros lo hacían con una regla, se impuso un mayor respeto por estas criaturas y aquellos que tan solo les levantaran la mano a sus hijos, podrían ser denunciados, multados, encarcelados. Esta fue una medida muy humana y surgió casi paralelamente con el reconocimiento de los valores intelectuales de la mujer.

También las mascotas humanas habían alcanzado un estado social increíblemente alto. Por un lado, la costumbre de tener pajaritos, peces, ratones, conejillos de Indias, hámster, hasta reptiles, ratas, etc. había aumentado. Los gatos y los perros seguían siendo los preferidos por eso de que se los podía acariciar y achuchar. Muchas familias se olvidaban de que también tenían que sacarlos a correr, protegerlos con vacunas, llevarlos al veterinario si estaban enfermos y, cuando se daban cuenta de todo el trabajo que esto contraía, los abandonaban. No obstante, había una gran mayoría de buenos tratos. Si bien los gatos nunca fueron doblegables, a los perros los llevaban, por lo general, a una escuela de tales a que aprendieran un comportamiento. Ese comportamiento era, en realidad, el mismo que los colonizadores les dieron a los colonizados: de sumisión absoluta y de adaptación exclusiva a la vida de sus dueños. Los perros no sufrían por eso, pues, a cambio eran tratados con todo el cariño del mundo e incluso con más dedicación que a la que se les daba a los propios niños. Los dueños hablaban con ellos como si fueran criaturas humanas, en invierno les ponían abrigos, los sacaban varias veces a jugar con sus congéneres y a que se expansionaran corriendo, muchos de ellos dormían en la cama con sus amos, en fin, un exceso de humanización que no se puede explicar por qué surgió. Lo cierto es que, al final, los perros se convirtieron en los seres vivos más fieles para con las personas que estas mismas. E incluso, cuando un matrimonio fracasaba, el decidir con quién se quedaba el perro era causa de problemas y discusiones tanto o incluso más que si se tratara de los hijos.

La mujer había sido desde el comienzo del mundo la protectora de la familia, la educadora, la reina del hogar y también la esclava del esposo. Los movimientos feministas ya habían tenido lugar en diferentes épocas anteriores, pero fue en el siglo XX cuando se hicieron leyes de libertades y de igualdad para ellas. También, poco a poco, comenzaron a abrirse sitio en la sociedad los homosexuales y diversos. Se podría decir que se estaban alcanzando todas las virtudes de una sociedad utópica y literaria, pero esos cuentos fantásticos son demasiado bellos par ser realidad.

 La realidad es que, en el momento en que la mujer se emancipa, la sociedad da un giro de 180 grados. A los niños se los mimaba para compensar la falta de contacto con sus madres ya que estas se pusieron a trabajar. Se les metía en las guarderías para que fueran educados por manos extrañas al mismo tiempo que los defensores de los animales conseguían que las gallinas ponederas abandonasen las fábricas, en las que se hallaban apelotonadas en estantes y sin posibilidad de movimiento. La emancipación de la mujer trajo consigo muchos cambios sociales y culturales. Fue un movimiento que, lógica y obviamente, tenía que suceder y que fue un beneficio para todos. No obstante, también se llegó a una histrionisa exacerbada porque cayó en las mismas faltas que habían criticado de la sociedad patriarcal y llamada machista. Había mujeres que promulgaban una especie de androfobia y que la hacían pública tratando de ridiculizar o de menospreciar toda actitud que proviniera de los hombres. Por otro lado, se les ocurrió la idea de analizar el lenguaje, igual en qué idioma, y darse cuenta de que muchas palabras genéricas eran de género gramatical masculino. Esto las hizo explotar en sus egocentrismos y comenzaron a elaborar teorías para cambiar el lenguaje, destrozando la gramática tradicional de cualquier idioma europeo. Porque ni en China, ni en África, se habían planteado ese problema. Llegó un momento en que el lenguaje era un galimatías y, lo peor era, que quien no se adaptara a esos cambios era considerado racista, discriminatorio y, casi, delincuente.

También fue el progreso femenino quien arremetió con la historia de la civilización. A través del lenguaje se quiso revisar toda la literatura, desechar novelas en las que el ser masculino hubiera ocupado un protagonismo, cuyos temas hubieran sucedido en épocas bélicas, de colonialismo o en otras épocas de represión e, igualmente, se pasó a destruir esculturas que estuvieran involucradas con esos aspectos del pasado. La razón que daban era que, con respecto a las mujeres, habían sido invisibilizadas en el lenguaje; en segundo lugar y con respecto al destrozo de esculturas y edificios, que no había que tener presente a aquellas figuras históricas que eran considerados como opresores. Este movimiento llegó todavía más lejos: se comenzó a prohibir la música del siglo XIX por haber sido este siglo, época de colonialismo; igualmente, se prohibía a etnólogos blancos dar conferencias sobre el colonialismo africano. Lo curioso es que los y las solicitantes de esta exigencia eran “las”, eran, incluso, mujeres africanas afincadas en el centro de Europa, tal vez, nacidas en este continente y que no habían vivido la época de explotación del colonialismo. Pero se creían con el derecho absoluto de hablar de una historia que solamente habían conocido de oídas y despertaban el racismo contra “la raza blanca” llamándolos: viejo sabio “blanco”. Resumiendo, usaban las mismas armas que ellos/ellas mismos/mismas criticaban. Aun así, se les otorgaba esos derechos.

Destrozaban, así pues, el trayecto cronológico de la historia del mundo, fijándose solamente en las épocas más cercanas a nuestro siglo, ignorando que la humanidad siempre tuvo los aspectos malvados y no se daban cuenta de que primero hay que cambiar la actitud para que lo demás cambie. Pero la actitud no se cambiaba, ahora eran ellas, aquellas defensoras extremas de lo femenino, del racismo las que tomaban con frecuencial el papel de opresoras y dictadoras. Y digo “ellas” porque, por lo general, el hombre es pragmático y, en gran parte, pacífico a este respecto y no solamente porque provinieran de sociedades machistas, sino porque afrontan con menos histerismo las realidades de la raza humana (por diferenciarla de la raza animal que sabe aprovechar mejor las partes positivas de nuestra corta vida sobre este planeta)

No obstante, estas ideologías, igual femeninas como masculinas, se unían cuando se trataba de defender los derechos de los animales. Estos habían sido maltratados por el exceso de producción industrial, pero también en esta época comenzaron a surgir por todas partes granjas biológicas en donde, en apariencia, los animales eran criados al aire libre y con mucho- o muy poco- espacio. Ese término “bio” o “biológico”, era la palabra que se había aprendido antaño en la asignatura de Ciencias Naturales para referirse a todo lo que tenía vida: humanos, animales y plantas, a diferencia de las piedras, metales o minerales.  Ahora “biológico” quería decir que se trataba normal a los animales domésticos. La paradoja era, en primer lugar, que no siempre acataban todas las reglas que exigían para conseguir ese sello significativo en el empaquetamiento y, en segundo lugar, que, a muchas personas, sobre todo de Europa del norte, les interesaba comprar “bio”, pero no gastarse mucho dinero. Así, las carnes bio se vendían a muy bajo precio, empaquetadas en bolsas al vacío y provenientes, la mayoría de las veces, de países lejanos donde no se respetaban los derechos humanos. Pero los ciudadanos estaban muy contentos porque pensaban que así contribuían a la mejora del trato de animales y del medio ambiente.

Otra medida en defensa de los animales fue el cambio alimenticio. Surgió, primero, el movimiento vegetariano, una dieta que excluía la ingestión de animales vivos. De ahí se radicalizó y se pasó a la alimentación vegana en la que no se admitía nada procedente del reino animal: huevos, productos lácteos, etc. Los veganos se consideraban los profetas del arreglo del mundo, pero no les importaba que, a cambio, se trajeran toda clase de productos exóticos de ultramar que eran la base alimenticia autóctona de otros continentes y que tenían el mismo valor energético que otros productos europeos, pero que, simplemente, se habían puesto de moda. La consecuencia era que los agricultores, sobre todo de la parte norte de Europa continental, tuvieron que cambiar sus campos para no arruinarse por falta de venta de productos autóctonos y, a cambio, los océanos se llenaban de la polución de los barcos que los transportaban. Era pues, un desbarajuste absoluto.

La cultura había sido también la europea la que se había expansionado y situado. Se había ignorado que sus orígenes habían sido orientales y que al correr del tiempo se había enriquecido por las influencias de países conquistados o colonizados. La cultura se trataba como un bien humano producido por Europa exclusivamente al igual que la religión cristiana. Esta iba perdiendo su fuerza entre los mismos creyentes y la oleada invasiva musulmana producía temores muy profundos, sobre todo, porque los europeos se tomaron la libertad de ridiculizarla sin acordarse de que en cierto país había tenido lugar no hacía mucho uno de los mayores genocidios en contra de los constituyentes de la religión judía. Es decir, los problemas religiosos no habían concluido, entre otras cosas, porque en el fondo, la religión cristiana se consideraba como la única verdadera religión. Aun así, las sectas religiosas crecían, las religiones orientales pacifistas ganaban en importancia o bien el ateísmo entre aquellos cuyas desilusiones religiosas los habían llevado por otros caminos espirituales.

Y ahí estaban también los avances técnicos. El mundo robótico había facilitado el trabajo corporal en las fábricas y en la agricultura. Aun así, las personas trabajaban más cantidad de horas que en siglos pasados y no por ello alcanzaban todos más calidad de vida humana. La medicina había llegado a niveles muy elevados en los que, muy frecuentemente, tocaban los límites de la ética originándose grandes polémicas a la hora de aplicar esos avances, especialmente cuando se trataba de manipulación genética.  

Todas estas innovaciones habían logrado crear una sensación de sabiduría imaginaria entre la población, de modo que todos y cada uno se consideraba apto para opinar sobre todos los temas. Los ciudadanos habían tomado conciencia de su libertad individual que, si bien se confundía con capricho, libre albedrío y, a veces, libertinaje, fraude y corrupción, podía propagarse a través de los muy rápidamente desarrollados medios digitales.

Los medios digitales se habían originados a partir de la segunda mitad del siglo XX. Antes de terminar este, sus avances habían sido enormes, pero ya comenzado el siglo XXI se asentaron como materia prima de vida, adquiriendo más valor y supremacía que la mesa del comedor, el cuarto de baño o la misma cama. Las personas luchaban por tener más amigos digitales que los demás, se pasaban el día lanzándose expresiones de cariño digital junto con chistes y peliculitas ridículas, música grabada a escondida para no tener que pagar a los artistas y pirateada entre los seguidores y, lo que era todavía peor: doctrinas en contra o a favor de cualquier ideología, fotos pornográficas o de abuso sexual a niños y mujeres, acoso de todo tipo, insultos en la red, robos en bancos digitales, etc. Y esa forma de distribución de noticias era incontrolable. Y era incontrolable porque los seres humanos todavía no habían conseguido aprender- por lo menos, la mayoría-, a pensar por sí mismos y se dejaban arrastrar por unos cuantos.

Uno de los mayores peligros de este uso de los mini-aparatos digitales era que fueron sustituyendo el roce corporal por el contacto digital. Jóvenes, y también adultos con sus niños o con sus amistades, caminaban por las calles comunicándose todo el tiempo con sus amistades digitales o riéndose de los mencionados mensajes y paquetes de chistes y cursiladas y solamente les dirigían la palabra a sus acompañantes para participarles sus envíos.

También cuando ocurrían acontecimientos políticos, esos que se consideraban de vital importancia para el transcurso de la existencia en este planeta, eran esos medios digitales el mejor medio para propagar mentiras, según lo que se deseara obtener. Había quienes creían en una versión de los hechos y, otros, que creían en la otra versión. Esto, lejos de conseguir una verdad absoluta, originaba, por el contrario, agresividad entre, incluso, hermanos. Cada versión atraía a una serie de personas que creían a pie juntillas que estaban en la verdad absoluta y que los otros eran los manipuladores y mentirosos. Se organizaban manifestaciones, ataques brutales para demostrar cuál era la verdad. Lo peor es que la verdad no estaba en ningún sitio porque, en realidad, se trataba de una pura manipulación individual sin garantía de veracidad y, como las personas no habían aprendido a analizar, seguían a un bando o a otro según sus estados de ánimo.

En realidad, se trataba de un juego de hacer guerras, de mostrar poderío político para pisar a los otros, de imponer pautas para hacer riquezas materiales y, en fin, también de cosas buenas y avances importantes que también se aniquilan cuando la naturaleza o Dios nos envía una plaga. Era, en verdad, como vivir en un teatro del mundo en el que algunos de los mismos actores decidían sin democracia cómo llevar a escena el libreto sin preguntarle al autor (¿Dios? ¿Destino? ¿Transcurso normal de la historia?) si podían cambiar el texto, olvidándose de que el transcurso de la historia era una pura interpretación individual, pero que, en el fondo, el ser humano tiene poca influencia en todo ello. Y es que la única veracidad que existe es que nacemos un día y caminamos todo el tiempo hacia la muerte.

El ser humano no es nada ni nadie, ni poderoso ni imperecedero. Es, más bien, un ente absurdo que se pasa la vida luchando por fantasmas de poca duración sin aprovechar lo que realmente tiene valor para su existencia y, por tanto, sin lograr la poca felicidad que puede ofrecer el paso por este planeta.

Es decir, esa forma de vida rápida, globalizada y tan superficial no había contribuido nada a que la mente humana siguiese un camino de desarrollo ascendente. Por el contrario, los seres humanos se reducían a seguir las doctrinas que unos cuantos propagaban, igual de qué índole, sin investigar por ellos mismos la verdad de los hechos. Tanto lo absolutamente bueno como lo absolutamente malo podía ser creíble, hasta tal punto que quien creía en una idea, automáticamente la seguía propagando en forma de doctrina.

Y he aquí que, de repente y a comienzos del año 2020, surge un virus en China. Lo llamaron COVID-19, SARS-CoV-2 o simplemente Coronavirus, por la forma que tenía.

Primero comenzaron las especulaciones de sí se había originado en un laboratorio, un hecho que no era nuevo, pues ya en otras ocasiones se habían inventado virus en los laboratorios norteamericanos y en los chinos. De China pasó a Europa y, casi simultáneamente, a todo el mundo, hasta en los rincones de menos población y de menos contactos con el exterior.

El virus, invisible como era, se divertía con su marcha a escondidas y fue enfermando a uno y a otro, llevando a muchos a la muerte. Los gobiernos se asustaron y decidieron tomar medidas, pero las únicas existentes eran medidas de protección e higiene, mientras en todos los laboratorios del mundo se trataba de encontrar el antídoto al virus, es decir, una vacuna. Mas eso no era cuestión de un día ni de un mes. Se partía de la base de que la ciencia y la medicina estaban muy avanzadas y duraría menos tiempo que durara el hallazgo de la vacuna contra la tuberculosis o contra las enfermedades que en el trascurso de la historia del mundo habían hecho tantos estragos entre la población.

Mientras sí y mientras no, se comenzó a relegar a los ciudadanos a sus viviendas, a aislarlos de todo contacto, a llevar mascarillas por las calles. De vez en cuando se cerraban todos los comercios, excepto los de primera necesidad y, también se cerraron todos los centros de cultura: colegios, universidades, escuelas de todo tipo, salas de conciertos. Al mismo tiempo que los múltiples viajes que habían ensuciado al máximo los aires y los mares también se suspendieron.

 Las consecuencias fueron bastante desastrosas ya en la primera fase u oleada infecciosa. Los independientes comenzaron a arruinarse, las tiendas pequeñas, igualmente. Las zonas o lugares que vivían casi exclusivamente del turismo tuvieron que cerrar hoteles, teniendo, por supuesto, pérdidas económicas del mismo modo que las compañías aéreas que habían ido aumentando desde los años 80 del siglo pasado en exceso, porque, naturalmente, todos tenían el derecho a ir de vacaciones al extranjero.

Las personas dedicadas a la cultura, eventos culturales de cualquier tipo, se encerraron en sus viviendas. Algunos se promocionaban gracias a los medios digitales, aunque no les proporcionara ninguna ganancia económica, pero al menos se mantenían activos.

En resumen, fueron unos meses de primavera otoñal porque la vida se paró, el silencio inundó las calles de las ciudades y todo quedó paralizado. Solamente los aparatos digitales mostraban tener vida, incluso más que antes porque ahora todo había que hacerlo vía internet: las clases de los colegios y centros de enseñanza, conferencias y reuniones de trabajo, conciertos, exposiciones, incluyendo la comunicación entre las personas que había quedado reducida al teléfono y a los móviles que. Al menos estos, dentro de la adicción que producen, servían de diversión, porque para sacar lo bueno de la mala situación, surgieron millones de chistes, peliculitas, dibujos, etc. para mofarse del virus y de sus consecuencias, de los políticos y, también para propagar ideas conspirativas y negacionistas. Porque, como ya dije anteriormente, los ciudadanos, especialmente de ciudades grandes, llevaban muy a gala sus derechos de libertad y esos se reflejaban en protestas, demostraciones agresivas y adoctrinamientos para ganarse a más partidarios de la mentira. Porque el virus era algo real, no, no era una gripe normal por la que todos los años mueren, como de otras enfermedades, un montón de personas. Este virus venía con ansias de cambiar el mundo, un mundo que se había desfasado en toda su integridad, que había llegado al exceso, a la potencia máxima de la invalidez de la bondad humana.

Cuando próximos a la temporada veraniega parecía que las infecciones habían bajado un poco, todas esas medidas de aislamientos o de evitar contactos, de no viajar para no contagiar y de todas esas cosas que podrían proteger de la infección, se guardaron en el baúl de los recuerdos y la gente salió de sus agujeros como topos que salen por la noche para alimentarse.

Sin embargo, llegó la segunda oleada, si bien más suave para aquellos lugares que la tuvieron antes, más fuerte, mucho más fuerte para los que habían pasado la primera más suavemente. Y se tuvo que volver al confinamiento, a la restricción, a cerrarlo todo y a tratar de impedir las manifestaciones de los negacionistas que gritaban por sus derechos de libertad, aclamando que todo estaba movido por un tal Bill Gate, el hombre más rico del mundo, y de otros tanto de su misma casta y que afirmaban, que todos los virólogos del mundo y los políticos se habían confabulado con esos millonarios y pretendían aniquilar a la humanidad. Para qué querían aniquilarnos a todo, ni ellos mismos lo sabían, pero los negacionistas eran agresivos y todos tenían el cerebro manipulado por unos cuantos.

La segunda oleada cogió a los ciudadanos, en general, cansados de un cambio tan brusco de vida y de sociedad, pero la mayoría acató las nuevas reglas de vida porque ya el virus no era un virus anónimo, no, porque ya se conocía cada vez a más gente que lo contraían y que, incluso morían con esa enfermedad.

Las personas ya no podían abrazarse, todo lo más, se saludaban con el codo. Las mascarillas no dejaban apreciar las sonrisas o labios de enfado y lo único que se podía ver eran los ojos, si no se llevaba gafas porque estas se empañaban fácilmente por el aliento de los portadores de ambas cosas.

Ahora es cuando aquellos que mantenían amistades primordialmente digitales se dieron cuenta de lo importante que era darse un abrazo real o visitarse mutuamente en vez de mandarse paparruchas por el smartphone. También ahora es cuando se comenzó a dar importancia a profesiones que habían sufrido en silencio los bajos sueldos- y que seguían sufriéndolos- como eran el personal sanitario, las/los vendedores de supermercados y droguerías, las educadoras de las guarderías, los independientes de la cultura, etc.

También fue una sorpresa para muchos padres el enfrentarse con sus propios hijos en sus hogares durante el confinamiento, ya que habían estado acostumbrados a dejarlos todo el día desde el primer año de vida en las guarderías. Esto contribuyó a más maltrato de niños durante esa época, entre otras cosas, porque tampoco los adultos habían aprendido a activarse en sus tiempos libres con las cosas cercanas. Una mayoría se había ido siempre de vacaciones al extranjero, muchas mujeres trabajaban fuera de casa todo el día y ya se desconocía lo que era una vida familiar tranquila y compartida. Las consecuencias fue el aumento de violencia familiar y de depresiones y, como consecuencia, los psicólogos no daban abasto.

La única esperanza que quedaba era el descubrimiento de la vacuna.

 Y la vacuna llegó. Llegó haciéndose paso por concurrencias nacionales, por fraudes, por poder demostrar que se era el país más avanzado y adinerado, pero llegó. Europa, por fin, decidió actuar como una unión y los países europeos encargaron la vacuna conjuntamente a través de su comunidad.

Ni que decir tiene que algunos de esos países, por ejemplo, Alemania, que había sido la promotora de tal descubrimiento, gritó en protesta por no ser la pionera en comenzar y su orgullo se tiñó de vergüenza al experimentar que en Inglaterra – recién salida de la Unión Europea-, E.E.U.U. e Israel, habían comenzado antes, precisamente por no esperar a todos los resultados de efectos secundarios posibles. Pero esa es la contradicción de los seres humanos, especialmente, cuando han llegado al estatus de sentirse libres para opinar, para comentar y para creer que saben más que todos los demás. Era otra vez una paradoja porque esas mismas personas que habían lanzado panfletos antes, que habían propagado ideas conspirativas y negacionistas en contra de la vacuna y no tenían confianza en ella, de pronto, se afanaron por ser los primeros en vacunarse.

No hay duda de que todos los avances científicos conllevan en sí mismos un riesgo de fracaso. Y eso era lo que les ocurría a las personas, que se habían olvidado que el vivir en una sociedad acarrea siempre un peligro: el de luchas entre ellos por avaricia, posesión de recursos y tierras, etc., el de fraude por hacerse de más dinero: inventar productos farmacéuticos que enfermen para poder vender medicinas que curen la enfermedad producida, y, por supuesto, también que los experimentos científicos conllevan riesgos en sí hasta encontrar el adecuado perfecto- si existe una perfección, etc.

Esa paradoja se extendía hasta el concepto de defensa por los animales y, por ejemplo, había grupo de personas que se manifestaban en defensa de los ratones de laboratorios, sin los que la medicina no habría podido avanzar.

Es decir, todo era criticable, todo era vulnerable, todo lo que hacían los demás y que fuera diferente a lo que uno solo pensara, era combatible. Los mismos que defendían la naturaleza y se pasaban a una alimentación vegana, no sopesaban que los productos que ellos injerían vinieran de otros continentes, o que la producción excesiva de soja, acabara con los insectos, las aves y otros animales, o que las fábricas ensuciaran el ambiente por producir materiales sintéticos que suplieran a la piel de los animales o medicamentos para suplir su falta de vitaminas. Los mismos defensores de productos biológicos no renunciaban a viajes largos a lejanos países o a cruceros en barco. Los padres, que habían mimado a sus hijos hasta el máximo cubriéndolos de juguetes y que les habían puesto en sus manos, ya en sus tiernos años, un Smartphone para tenerlos actualizados, distraídos y, por consiguiente, para no tenerlos que atender y prescindir de los propios intereses, cuando llegó el confinamiento, se dieron cuenta de que los hijos, en realidad les estorbaban.

Era todo paradójico y exagerado. La industria había crecido durante ese siglo y había producido multitud de utensilios para hacer la vida más cómoda, más ligera, más superficial: comidas prefabricadas, bolsas de plástico para todas las cosas, botellas de cristal o de plástico con toda clase de bebidas, la mayoría sintéticas y azucaradas que llevaban a la obesidad infantil y adulta, oferta de viajes baratos a todas partes del mundo, tiendas repetidas en cada esquina de las ciudades grandes y toda clase de aparatejos para poder pasar el tiempo libre sin pensar, simplemente evadido con películas de mala calidad, con juegos agresivos, por lo general, en los aparatitos digitales. Y ahí estaban los que iban en contra de cada una de estas cosas, también paradójicos porque también aquellos que vivían más naturalmente se olvidaban de que muchos avances técnicos procuraban a las personas el poderse dedicar a más actividades intelectuales o del espíritu y, como consecuencia, llevaban su naturalismo a extremos primitivos y ridículos.

 Y ahí quedaba una parte de la población en todos y cada uno de esos países que, sin llegar a exageraciones radicales y de forma bastante anónima, mantenían su forma de vida honradamente, defendían lo defendible, se preocupaban por el prójimo, hacían proyectos sociales en sus regiones y fuera de ellas, propagaban la cultura sin ánimo de lucro.

Cuando la pandemia cometió sus primeros estragos hubo un silencio global. Nadie se esperaba tener que cambiar de repente el tren de vida al que la humanidad se había acostumbrado. En realidad, las personas no habían notado todavía de la forma privilegiada en la que vive una sociedad sin guerras desde hacía más de medio siglo y, por tanto, estas incomodidades de confinamiento y de restricciones las sumió en el silencio. Poco a poco, se desentumeció de su aislamiento y comenzaron a moverse con más seguridad por todo aquello que algunos pretendían luchar: La ecología, una especie de igualdad social, y tantas utopías humanas. Algo se hizo, lentamente, pero se fue haciendo.

De pronto, el virus comenzó a mutarse, primero en Inglaterra, luego en Brasil, en África y se vino de vacaciones a Europa. Los políticos decidieron volver a encerrar a todos de nuevo, en unos países más, en otros menos, pero la vida seguía siendo una especie de posguerra silenciosa en los países donde había paz porque los bélicos seguían con sus guerras paralelamente a la guerra virácica. No obstante, llegó el momento en que ya no se podía aguantar más.

En las calles había aumentado la basura, ahora unida a múltiples mascarillas ya sucias e infectadas, envoltorios de toda clase de cosas, bolsas de plástico. Sí, bolsas de plástico porque no se habían quitado del tráfico y las personas, aburridas por no tener a donde ir, las usaban para lo que fuera y las dejaban caer por los caminos y las calles. También las defecaciones de los perros adornaban las aceras. Hay que añadir que la gente, aburrida en el silencio de sus casas, se dedicaron a comprarse mascotas, sobre todo perros que vendían por internet y que cuando llegaban a sus nuevos dueños resultaban estar enfermos porque era obvio que los vendedores solo deseaban enriquecerse a costa de los aislados.

Los centros psicológicos y psiquiátricos estaban llenos de pacientes de todas las edades: los adultos, por haber tenido que transformar sus modos de vidas, los jóvenes por no poder encontrarse con sus amistades, los niños porque tampoco se podían encontrar con sus amigos…Muchas familias, además, veían deshacerse sus negocios y se desesperaban porque los gobiernos no les daban perspectivas de cambios ni ninguna posibilidad de volver a trabajar, ya que todo seguía cerrado. El ámbito de la cultura era momentáneamente exclusivamente digital y les puedo asegurar que era un mínimo de personas quienes se distraían con ello.

Después de un año de confinamientos alternados con desescaladas, con apertura y cierre de negocios, con aprietos económicos para unos, incontrolables viajes para otros, y con una cultura que se estaba desintegrando poco a poco, llegó una tercera oleada a causa de los mutantes del viro. A estos mutantes se les quiso dar un país de origen, como ya se mencionó, tratando de ignorar que seguramente habría muchos más, pues la evolución de todas las epidemias virácicas es la de mutar su original e ir adaptándose a las reacciones del cuerpo humano para poder infectar más efectivamente.

Tanto los políticos de todo el mundo como los virólogos se encontraban en una guerra ciega en contra algo invisible e invencible. Algunas naciones se la organizaron mejor y se comenzó con un sistema de vacunación a todo riesgo. La Comunidad Europea optó por la máxima seguridad para no arriesgar a los ciudadanos a efectos secundarios desconocidos, causa por la que el sistema de vacunación se ralentizaba enormemente. Y así, con confinamientos alternados con desescaladas de estas transcurrieron años. ¿Cuántos?

Cuántos fueran no quedó en los anales de la historia. El tiempo se había hecho inmensurable y no cabía en el espacio existencial. Tal vez eso no tenga gran relevancia, sino el enorme cambio social y cultural que contrajo esta pandemia.

Ahora ya en el 2050, se les cuenta a los niños sobre aquella época. También los libros de historia pretendieron dejar crónicas o anales sobre aquella época y, seguro que resultan tan inverosímiles o extrañas como sonaban las epidemias de peste o las guerras mundiales a los alumnos que tenían estos temas en las clases de historia por aquel entonces.

Hay, sí, una cosa que es cierta: la sociedad dio un giro completo y se volvió a una especie de primitivismo positivo en muchas cosas, negativo en otras.

La ciencia siguió avanzando, pero por otros derroteros a los entonces acostumbrados. Los científicos se dieron cuenta de que organizar viajes a la Luna o a otros planetas era interesante, pero que no servía de nada si otro virus extraño volviera a aparecer. Por tanto, dedicaban su tiempo a analizar todas las enfermedades de aquellos animales que, de algún modo, pudieran estar en contacto con los seres humanos. También se fomentó la investigación y experimentos para clonar o “crear” seres humanos que pudieran reemplazar a los ancianos en un momento dado y para volver a repoblar el mundo, caso de que llegara otra pandemia. La robótica se puso en auge, además, porque podían decimarse las zonas de cultivo ya que los robots no necesitan alimentarse. Es decir, se siguió pensando en una ecología adecuada, aunque para todas esas investigaciones y trabajos se tuvo que recurrir a montar nuevas centrales nucleares. Estas, que habían sido desterradas en los años 80 del siglo anterior y que fueron cerrando hasta la fecha de la pandemia, no habían sido atacadas por el movimiento juvenil de “Friday for future”. Este movimiento se inició en pro de una ecología adecuada en contra, sobre todo, de la producción del carbón y la emisión de CO2 y, ocultamente aprobaban las centrales nucleares, pues nadie estaba dispuesto a quedarse sin electricidad. Esta cuestión había quedado muy velada. Se habían desahuciado todas las producciones de energías que provenían de fósiles y se comenzó a electrificar todo, también los vehículos, las formas de comunicación, los aparatejos necesarios para el hogar, pues poco a poco había cada vez más personas que hasta para lavarse los dientes, cortar el pan, etc.  tenían una máquina eléctrica, y, por supuesto, todas las fábricas tenían sus producciones de forma eléctrica. Nadie quiso pensar – y si lo pensaba, se callaba- que la electricidad no caía del cielo, sino que había que producirla y que para lograr esa producción se volvía a contaminar la naturaleza, se atentaba contra la ecología y muchas cosas más. Naturalmente que el ser humano no quería desprenderse de aquel bienestar que había ido consiguiendo a través de los siglos y por eso no podía renunciar a todo. El problema era que las prioridades se establecían como las modas de la ropa, de la comida y de tantos caprichos más y la masa del pueblo se dejaba entusiasmar por nuevas ideas – muchas de ellas eran puro esnobismo – y los políticos se centraban en lo que el pueblo iba dictando, siempre y cuando se ajustara a los principios de economía liberal que era la dominante en el mundo global, aunque, más tarde, las innovaciones aprobadas resultaran ser tan nocivas como las antiguas.

El tiempo transcurrió, un tiempo largo y penoso porque la producción de vacunas no avanzaba lo rápido que todos deseaban. Mientras tanto quedaba tiempo para que en algunos países siguieran con sus luchas, para que se formaran manifestaciones en contra de la política de la pandemia, para que los equipos de futbol siguieran viajando y llevando mutantes de un sitio a otro, incluso, para que se trasladara la antorcha de los juegos olímpicos en Japón.

Las ciudades, en cambio, fueron cerrando uno a uno sus comercios, los restaurantes igualmente y también los hoteles, sobre todo, en aquellos lugares que habían centrado su actividad en el turismo ya que este se había vetado para evitar más infecciones.

La cultura y los agentes de estos sucumbieron ante tanto confinamiento: las salas de conciertos y teatros se enmudecieron, las bibliotecas también se adormilaban y ya solamente quedaban abiertas las peluquerías, salones de manicura y de tatuajes.

Y así, arrastrándose o bebiendo los últimos sorbos de una cultura que se había ido formando durante tantísimos siglos y que se había desbordado en sus exigencias materiales llego el 2050.

Es la mitad del siglo XXI y, sin coincidir con un fin de siglo, el comienzo de una nueva era. Todo es diferente a antaño.

Las ciudades ya no tienen centros con comercios, sino mercadillos artesanales y de alimentos frescos de la región. En cada ciudad hay una central térmica que abastece todos los medios digitales de comunicación, la carga de baterías de los coches eléctricos y las grandes fábricas de investigación. Muchas de ellas se ubicaron en teatros que dejaron de funcionar.

Los más ecologistas se decantaron por crear campos fotovoltaicos. Para ello se invadían grandes parcelas de placas solares en donde no había posibilidad de cultivo porque las placas daban sombra a la tierra que se enmudecía y se podría. Aun así, de vez en cuando se veía a un pastorcillo que llevaba a pastar a sus ovejas, las cuales, jugaban a pasar por un laberinto entre dichas placas para encontrar algo de hierba con que alimentarse. Era como la sustitución de las monoculturas agrícolas, solo que estas solo producían electricidad y no contribuían a la alimentación de ningún ser vivo.

En cuanto a las personas, estas, cuando pasan una junto a otra por la calle se distancian dos metros entre ellas. Están ya acostumbradas y les es suficiente con conectarse vía online o por un móvil. Entre los familiares sigue el saludo dándose un codazo.  

En los colegios se sigue dando clase online y los niños de primera enseñanza se pasan las horas ante el ordenador igual que lo hacen sus hermanos en las universidades u otras escuelas profesionales y sus padres en el trabajo. La constitución física de las personas ha cambiado enormemente. Son de poca estatura y su crecimiento se para al llegar a un máximo de 1,50 metros. Las espaldas están encorvadas y los miembros del cuerpo se han acortado. Tampoco pueden girar la cabeza de derecha a izquierda.

Las calles siguen llenas de defecaciones de los perros porque las mascotas aumentaron ya que eran los únicos seres vivos a los que se podía achuchar y acariciar.

Las iglesias también se vaciaron por falta de ética y caridad y solo quedan los centros psicológicos en los que los seres, trastornados por tantos cambios, se someten a hipnotismo y otras sesiones muy cercanas al esoterismo y por la que se indaga en los antepasados del paciente, en su infancia, para  conseguir, o no, que el paciente llegue a encontrar su equilibrio.

La vida trascurre de una forma totalmente monótona. Ya no hay eventos culturales, solo pequeñas actuaciones en las fiestas de cumpleaños y en las bodas. Tampoco se viaja como antaño porque las empresas de transportes fueron arruinándose igual que los hoteles y las zonas turísticas. A cambio, aumentó el número de vehículos particulares y ya todos electrificados. Para ello se creó una buena red de cargadores de batería para coches y las centrales nucleares suplen ahora la labor de las catedrales de entonces. Se han suprimido los plásticos por envoltorios de madera o de papel y los bosques están menguando. A cambio, la mano de obra de cada país ha vuelto a encontrar trabajo y ganancias en su propia región, pues ya no se importa ni se exporta sin razones muy específicas. Esto ha contribuido a menguar el afán de enriquecimiento material globalizado y ha tranquilizado la rivalidad de las diferentes naciones por querer ser las potencias económicas

Las personas ya no tienen que llevar mascarillas, pero no por eso se les puede admirar sus sonrisas. En realidad, han perdido toda clase de expresión. Hay unos cuantos que gustan de irse a pasear por la naturaleza a donde llevan a sus perros, pues, los niños prefieren jugar con sus móviles y tablets.

Los pertenecientes a la generación medía, es decir, las personas entre 30 y 50 son personas frustradas y con escasos conocimientos de todo. Pasaron su infancia y adolescencia con pocas clases, tanto en la escuela como en las universidades o escuelas profesionales y, a duras pena, se les concedió un diploma en el que consta la terminación de sus estudios y, afortunadamente, no la calidad de sus aprendizajes. De todos modos, tampoco se diferencian tanto de los demás. Ya antes de la pandemia se había ido debilitando la cultura y supliéndola por eventos populares – que no de fidelidad a tradiciones- de poco nivel intelectual. Eso sí, la publicación de libros había alcanzado la cumbre, pero no por calidad, sino porque, de repente, a todo el mundo le dio por escribir, pero cualquier cosa, por ejemplo, cómo salió de una gripe, cómo se enfrentó al problema de haber sido abandonada por un marido, también sobre los problemas de hijos caprichosos a los que no se podían dominar, sobre terapias de risa, renunciar a las gafas, mantener la infantilidad como norma de vida, encontrarse a sí mismo, volverse ordenado, y una interminable lista de títulos que solían ir acompañados por pequeñas peliculitas que se podían bajar en los YouTube . Era una manera de pasar el tiempo, con el agravante de que había muchos lectores o espectadores de tales peliculitas que se creían todas esas cosas y les parecía que era la nueva doctrina para vivir bien. ¿Afán por buena literatura? Poca, solamente en grupos elitarios. Además, la literatura clásica se había ultrajado y todos aquellos libros que se escribieron en épocas de dominación – es, decir, toda la historia de la humanidad- habían sido o destruidos o transcritos al llamado lenguaje políticamente correcto. Aparte de que a casi nadie le interesaba la cultura del pasado.

No obstante, la humanidad no se había desintegrado, sino que gracias a las vacunas que llegaron, aunque lentamente, pudo inmunizarse a la mayor parte de la humanidad. Los que fallecieron en esa época eran, en gran parte, pacientes de las enfermedades de entonces que, a causa de la pandemia, se dejaron de tratar, se impidieron las operaciones de urgencia por motivos de contagio y falta de camas en los hospitales y la medicina se centró exclusivamente en atacar aquel virus maligno e invisible.  Bien que había algunas personas a las que les había salido un cuerno en la cabeza, a otros una segunda nariz, a otros se les había alargado una de sus extremidades o se les había puesto la cara hacia atrás por los efectos secundarios de la vacuna, pero habían sobrevivido. Esta situación de diversidades físico-corporales sirvió para combatir la discriminación ya que esas metamorfosis afectaron a todas las clases sociales de todos los países.

La vacuna consiguió, además, erigirse como una religión común para todo el mundo y por encima de todas las grandes religiones ya que era el único medio de supervivencia. Como consecuencia: se acabaron las guerras religiosas. Es decir, volvió o, mejor dicho, nació una paz inesperada: Era una paz que se había producido al reconocer que en esos momentos somos todos iguales y que un virus ataca tanto al pobre como al rico.

 Sí, en el 2040 el mundo había adquirido un estado de paz mundial nunca imaginado.

            Y ya han pasado diez años de eso. Ahí sigue la humanidad: paciente, tranquila, flemática y aburrida. No tienen estímulos para recobrar la cultura de tantos siglos y que en tan poco tiempo pudo aniquilarse. Tampoco tienen voluntad para irse a hacer negocios con otros continentes y, mucho menos, para emprender viajes a la luna. Ahí están todos, aburridos, dejando trascurrir las horas del día con la esperanza de que ocurra algo que les quite de esa abulia y de ese hastío, pero sin fuerzas para ser ellos mismos los iniciadores de un cambio.

Está bastante claro: solamente con la existencia del mal se puede valorar la existencia del bien, pero el mal ya se había mitigado.

Y ahora habrá que esperar medio siglo o más hasta que llegue otra catástrofe natural que vuelva a establecer el equilibrio entre el mal y el bien para que el ser humano cambie la desidia y el ocio por envidias, odios y guerras y, de camino, por alegría y risas.

Louis Armand de Lom d’Arce,

BARÓN DE LAHONTAN

Coloquios o diálogos habidos en América entre un salvaje y el Barón de Lahontan.

Palabras claves: Lahontan, Adario, Salvaje, Deísmo, Religión natural, Estado de naturaleza, Razón natural, Cabaña de Lahontan, Comunismo primitivo  Keywords: Lahontan, Adario, Savage, Deism, Natural Religion, State of Nature, Natural Reason, Lahontan Hut, Primitive Communism    
En este diálogo, publicado en 1704, el Barón de Lahontan (1666-1716), interpreta el papel del colonizador, compartiendo a la vez la función de los misioneros evangelizadores jesuitas, para dar la palabra a un salvaje hurón del Canadá, Adario, prototipo del hombre natural y precursor de la figura filosófica del buen salvaje de Rousseau, que desmonta con sus razones el pensamiento elaborado teológico-político de la Europa del barroco. La “cabaña de Lahontan” fue sinónimo en su época del refugio anhelado por el hombre que retorna a su supuesto “estado natural” para así librarse de los enredos y procesos de la vida civilizada, política y cortesana.  In this dialogue, published in 1704, the Baron of Lahontan (1666-1716), plays the role of the colonizer, sharing at the same time the role of the Jesuit evangelizing missionaries, to give the floor to a wild Canadian Huron (from the Wyandot people), Adario, prototype of the natural man and precursor of the philosophical figure of the good savage of Rousseau, who dismantles with his reasons the elaborate theological-political thought of the Europe of the baroque. The „cabin of Lahontan“ was synonymous in its time of the refuge longed for by man who returns to his supposed „natural state“ in order to get rid of the entanglements and processes of civilized, political and court life.  

Louis Armand de Lom d’Arce,

BARÓN DE LAHONTAN

Coloquios o diálogos habidos en América entre un salvaje y el Barón de Lahontan.

Contiene una exacta descripción de los usos y costumbres de estos pueblos salvajes,

junto a los viajes del mismo Autor a Portugal y Dinamarca.

Louis Armand de Lom d’Arce, La Hontan, (1666-1716 ; baron de). Dialogues de M. le baron de Lahontan et d’un sauvage, dans l’Amérique : contenant une description exacte des moeurs et des coutumes de ces peuples sauvages ; Avec les voyages du même en Portugal et en Danemarc… Amsterdam, Chez la Veuve de Boeteman,1704.  

Traducción de José Manuel Morales Cañadas

Contenido:

  • Diálogos o conversaciones entre un salvaje y el barón de Lahontan
  • Prefacio
  • Advertencia del autor al lector.

Prefacio

            Antes de la declaración de esta guerra, hasta tal punto me hallaba yo convencido de recuperar la gracia del Rey de Francia que, bien lejos de pensar en imprimir estas cartas y memorias, contaba con echarlas al fuego, caso de que el Monarca me hubiese honrado devolviéndome los cargos que yo poseía, con el beneplácito de los Señores de Montchartrain, padre e hijo[1]. Pero, al no verse cumplidas mis expectativas, me he determinado a desdeñar condenarlas a ese estado en el que yo mismo desearía que hubiesen terminado, ofreciéndolas por contra al lector que se tome el trabajo de leerlas.

*

Pasé la edad de quince y dieciséis años en Canadá, desde donde tuve el empeño de mantener un prolongado intercambio epistolar con un viejo pariente que me reclamaba noticias de ese país, en prenda de los servicios que él me prestó anualmente. Son esas mismas cartas las que componen este libro, y contienen todo lo sucedido allí entre los ingleses, los franceses, los iroqueses[2] y otros pueblos, desde el año 1683 hasta 1694, junto a otros muchos asuntos muy curiosos para todos aquéllos que conozcan las colonias de los ingleses o los franceses, y todo escrito con mucha fidelidad, pues, en fin, digo las cosas tal como son. Me he guardado de halagar y de ignorar a nadie. Concedo a los iroqueses la gloria de que se han hecho merecedores en diversas ocasiones, si bien deteste a esos diablos más que a los cuernos y los procesos judiciales. Atribuyo al mismo tiempo a la gente de la Iglesia (a pesar de la veneración que poseo por ellos) todos los males que los iroqueses han causado a las colonias francesas, durante una guerra que no habría tenido lugar sin el consejo de esos piadosos eclesiásticos.

            Dicho esto, advierto al lector que, por no conocer los franceses las ciudades de Nueva York si no es por su antiguo nombre, me he visto obligado a conformarme a ello, tanto en mi relación como en las cartas. Llaman ellos Nieu-York a todo el país que se extiende desde el nacimiento de su río hasta su desembocadura, es decir, hasta la isla donde se sitúa la ciudad de Manatha (así llamada desde los tiempos de los holandeses), que es la que en el presente llaman los ingleses Nieu-York. Los franceses llaman igualmente Orange a la plantación de Albania, que se encuentra río arriba. Fuera de esto, ruego al lector que no se tome a mal el que los pensamientos de los salvajes estén revestidos a la europea: la culpa es de mi pariente y corresponsal, ya que este buen hombre, tras haber puesto en ridículo la jerga metafórica de la Gran-Gula, me rogó que no le tradujese al pie de la letra un lenguaje tan lleno de ficciones e hipérboles salvajes. A ello se debe que todos los razonamientos de esos pueblos resulten aquí según la dicción y el estilo de los europeos, puesto que, para obedecer a mi pariente, me he contentado con guardar las copias de cuanto le escribí durante mi estancia en el país de esos filósofos desnudos. De paso, es bueno advertir al lector que, la gente que conoce mis faltas, rinden tan poca justicia a esos pueblos como a mí cuando afirman que yo mismo soy un salvaje, siendo esto lo que me hace hablar de manera tan favorable de mis congéneres. Harto me honran estos observadores cuando no explican a las llanas que soy justamente todo aquello los europeos relacionan con la idea que se hacen de la palabra salvaje. Pues, en diciendo que soy simplemente lo que son los salvajes, me otorgan sin pensarlo el carácter del hombre más honesto del mundo. Dado que, en fin, es un hecho incontestable que los hombres que no han sido corrompidos por la vecindad de los europeos, no poseen ni lo mío ni lo tuyo; ni Leyes, ni Jueces ni Sacerdote alguno. Nadie lo pone en duda, porque todos los viajeros que conocen aquel país son de la misma opinión. Tantos son, y de tan diferentes profesiones, los que así lo aseguran, que no podemos permitirnos dudar de ello. Ahora bien, siendo así, no ha de resultar difícil de creer que esos pueblos sean tan sabios y razonables. Creo que hay que estar ciego para no ver que la propiedad de los bienes (por no hablar de la de las mujeres) es la única fuente de todos los desórdenes que perturban la sociedad de los europeos. Es fácil pensar, basándonos en esto, que no soy yo de ninguna manera el que doy en préstamo el buen espíritu y la sabiduría que se señalan en las palabras de esos pobres americanos. Si todo el mundo estuviera tan bien provisto de libros de viajes como el Doctor Sloane[3], encontraríamos, en más de cientos de relaciones sobre Canadá, una infinidad de razonamientos salvajes incomparablemente más fuertes que aquéllos de los que se habla en mis memorias. Por lo demás, las personas que duden del instinto y el talento de los castores, no tienen más que ver el gran Plano de América del Señor de Fer, grabado en París en 1698, y allí se encontrarán con cosas sorprendentes en lo tocante a estos animales.

            Me han escrito desde París que los Señores de Pontchartrain andan buscando los medios de vengarse del ultraje que, dicen ellos, les he hecho al publicar en mi libro algunas bagatelas que debería haberme callado. Me advierten también de que tengo todos los motivos para temer el resentimiento de muchos Eclesiásticos, que pretenden que al insultar su conducta he insultado a Dios. Pero, dado que estoy bien prevenido ante el furor de unos y otros, cuando he dado a imprimir este libro he tenido la tranquilidad y el tiempo suficientes como para armarme de pies a cabeza para hacerles frente. Lo que me consuela es que no he escrito nada que no pueda probar con certidumbre, aparte de que, en lo que les atañe, no he podido decir menos de lo que he dicho. Pues, si hubiese yo pretendido apartarme de mi narración por poco que fuere, habría incurrido en disgresiones con las que la conducta de los unos y los otros habría redundado en perjuicio de la paz y el bien públicos. Razones habría tenido yo para dar ese paso: pero como mis escritos estaban dirigidos a ese viejo que es mi pariente, que no se alimenta más que de devoción, y que temía las influencias maliciosas de la Corte, él mismo me exhortó sin cesar a que no redactase nada que pudiera chocar a las gentes de la Iglesia y del Rey, por temor a que mis cartas pudieran ser interceptadas. Sea como fuere, me advierten también desde París que quieren servirse de los pedantes para que escriban en mi contra, de modo que tengo que prepararme para sufrir una tormenta de injurias que van a hacer caer sobre mí en pocos días. Pero no importa: soy un buen hechicero para rechazar todas las tempestades que vengan de París. Me burlo de ellas y les haré la guerra a golpes de pluma, ya que no puedo hacerlo con la espada. Sea esto dicho de paso en este Prefacio al lector, a quien el Cielo se digne en colmar de prosperidad, preservándolo de tener que enredarse en cualquier disputa con la mayor parte de los ministros del Estado o de la Iglesia, ya que éstos llevarán siempre la razón por mucho que yerren, hasta que se instale la anarquía entre nosotros, como entre los americanos, de los cuales el que menos se estima muy por encima de un Canciller de Francia. Felices estos pueblos, por hallarse al abrigo de las trifulcas de estos ministros, que se sienten señores de todo y por siempre. Envidio la suerte de un pobre salvaje qui leges & sceptra terit[4], y desearía pasar el resto de mi vida en su cabaña, para no verme más expuesto a doblar la rodilla ante esas gentes que sacrifican el bien público a su interés particular, y que han nacido sólo para hacer rabiar a las personas honestas. Los dos ministros de Estado con los que tengo asuntos pendientes están solicitados por la Señora Duquesa de Lude, por el Señor Cardenal de Bouillon, por el Señor Conde de Guiscar, por el Señor de Quiros, y por el Señor Conde d’Avaux: nada ha podido hacerles agachar la cabeza, aunque mi asunto no consista más que en haberme negado a soportar las afrentas de un Gobernador protegido por ellos, mientras que otros cientos de Oficiales, que han tenido asuntos mil veces más criminales que el mío, se han librado de ellos con sólo tres meses de ausencia. La razón de ello está en que se les da mucho menos cuartel a los que tienen la desgracia de disgustar a esos Señores de Pontchartrain, que a los que contravienen las órdenes del Rey. De todas formas, en medio de todas mis desdichas, encuentro el consuelo de disfrutar en Inglaterra de una especie de libertad de la que no se goza en otros sitios, pues puede decirse que es el único país, de entre todos los habitados por pueblos civilizados, donde más perfecta parece esta libertad. No hago excepción siquiera de la del corazón, convencido como estoy de que los ingleses la conservan como cosa muy preciada, tan verdad es que estos pueblos sienten horror por todo tipo de esclavitud, dando testimonio de su sabiduría por las precauciones que se toman para evitar caer en una servidumbre fatal.

ADVERTENCIA DEL AUTOR AL LECTOR.

Desde el momento en que muchos ingleses de distinguido mérito, a quienes la lengua francesa resulta tan familiar como la suya propia, así como muchos otros de mis amigos, hubieron conocido mis Cartas y Memorias del Canadá, me testimoniaron que habrían deseado una Relación más amplia de los usos y costumbres de los pueblos a los que hemos dado el nombre de salvajes. Esto es lo que me obligó a hacer partícipe al público de estas diversas conversaciones que he mantenido en ese país con un cierto hurón, a quien los franceses han dado el nombre de Rata. Cuando me encontraba en el poblado de este americano, era para mí una agradable ocupación recibir con atención todos sus razonamientos. Nada más regresar yo de mi viaje a los Lagos de Canadá, mostré mi manuscrito al Señor Conde de Frontenal, quien se mostró tan entusiasmado al leerlo, que se tomó enseguida el trabajo de poner esos diálogos en el estado en que ahora se encuentran, ya que no eran al principio más que charlas interrumpidas, sin continuidad ni relación entre sí. La solicitud de esos gentilhombres ingleses y de varios de mis amigos es la que me ha hecho hacer públicas muchas de estas curiosidades referidas a estos pueblos salvajes, que nunca antes habían sido puestas por escrito. He considerado también que no sería inoportuno añadir esas relaciones bastante curiosas de dos viajes que he realizado, uno a Portugal, a donde me dirigí para refugiarme de Terranova, y el otro a Dinamarca. Se encontrarán en ellas la descripción de Lisboa, de Copenhage, y de la Capital del Reino de Aragón, reservándome el dar a imprimir otros viajes efectuados por mí por Europa, para cuando tenga la dicha de poder revelar verdades sin riesgo ni peligro.

DIÁLOGOS O CONVERSACIONES ENTRE UN SALVAJE Y EL BARÓN DE LAHONTAN

LAHONTAN  ̶   Quiero razonar contigo con sumo placer, mi querido Adario, sobre el tema más importante del mundo, ya que se trata de descubrirte las grandes verdades del cristianismo.

ADARIO  ̶  Estoy dispuesto a escucharte, querido amigo, para aclararme con ello sobre tantas cosas que los jesuitas nos predican desde hace tiempo, y quiero que platiquemos con toda la libertad posible. Si tu creencia es parecida a la que nos predican los jesuitas, es inútil que entremos en diálogo, pues me han contado tantas fábulas, que todo lo más que puedo creer es que ellos mismos deben de poseer un exceso de espíritu para creérselas.

LAHONTAN  ̶  No sé lo que te habrán dicho, pero creo que sus palabras y las mías se acordarán muy bien. La religión cristiana es la que los hombres deben profesar para ir al Cielo. Dios ha permitido que descubramos América porque quiere que se salven todos los pueblos que sigan las leyes del cristianismo. Ha querido que se predique el Evangelio a tu nación para así mostrarle el verdadero camino al Paraíso, que es la morada feliz de las buenas almas. Es lástima que no quieras aprovechar la gracia y el talento que Dios te ha dado. La vida es breve, e ignoramos la hora de nuestra muerte. El tiempo apremia: aprende pues, y cuanto antes, a discernir las grandes verdades del cristianismo, para así abrazarlo también cuanto antes, lamentando los días que has pasado en la ignorancia, sin culto, sin religión, y privado del conocimiento del Dios verdadero.

ADARIO  ̶  ¡Cómo que sin el conocimiento del verdadero Dios! ¿Estás soñando? ¿Nos crees sin religión tras todo el tiempo que has pasado entre nosotros? Has de saber que: 1º) reconocemos a un Creador del Universo con el nombre de gran Espíritu o Señor de la vida, que creemos estar en todo aquello que no posee límites; 2º) confesamos la inmortalidad del alma; 3º) el gran Espíritu nos ha dotado de una razón capaz de discernir el bien del mal, como el cielo de la tierra, a fin de que sigamos con exactitud las verdaderas reglas de la justicia y la sabiduría; 4º) la tranquilidad del alma place al Señor de la vida, a quien, al contrario, le horroriza la perturbación del espíritu, que hace malvados a los hombres; 5º) la vida es un sueño y la muerte un despertar, tras el cual el alma ve y conoce la naturaleza y las cualidades de las cosas, tanto visibles como invisibles; 6º) por no poder extenderse el alcance de nuestro espíritu ni una pulgada por encima de la superficie de la tierra, no debemos malgastarlo ni corromperlo intentando penetrar las cosas invisibles e improbables. He aquí, mi querido amigo, en qué consisten nuestras creencias, y todo lo que seguimos con exactitud. Creemos también que vamos al País de las almas después de nuestra muerte; pero no suponemos, como hacéis vosotros, que haya lugares buenos y malos después de la vida, destinados a las almas buenas o malas, ya que no sabemos si lo que consideramos ser un mal según los hombres lo sea también según Dios. El que vuestra religión sea tan diferente de la nuestra no significa en absoluto que nosotros carezcamos de ella. Sabes bien que he estado en Francia, en Nueva York y en Quebec, donde he estudiado las costumbres y doctrinas de ingleses y franceses. Los jesuitas dicen que, de entre las quinientas o seiscientas religiones que hay sobre la Tierra, no hay más que una buena y verdadera, que es la suya, y sin la cual ningún hombre podrá escapar de un fuego que quemará su alma por toda la eternidad; y, no obstante, no son capaces de ofrecer ni una sola prueba.

LAHONTAN  ̶  Tienen mucha razón, Adario, al decir que hay malas religiones: sin ir más lejos, no tienen más que hablar de la tuya. Quien no conoce las verdades de la religión cristiana no puede tener ninguna. Todo eso que acabas de decirme no son más que espantosas ensoñaciones. El País de las almas del que hablas no es más que un terreno de caza fabuloso, frente al Paraíso del que nos hablan las Sagradas Escrituras, situado más allá de las estrellas más lejanas, y en donde se asienta actualmente Dios, rodeado de gloria y en medio de las almas de los fieles cristianos. Estas mismas Escrituras hacen mención de un Infierno, que creemos estar situado en el centro de la Tierra, en el que las almas de todos aquéllos que no han abrazado el cristianismo arderán eternamente sin consumirse, al igual que las almas de los malos cristianos. Es una verdad sobre la que deberías reflexionar.

ADARIO  ̶  Esas santas Escrituras que citas a cada momento, lo mismo que hacen los jesuitas, precisan esa gran dosis de fe con la que estos buenos padres nos atiborran los oídos. Ahora bien, esa fe no puede consistir más que en una forma de persuasión. Creer es estar persuadido, y estar persuadido de algo es ver con los propios ojos ese algo, o reconocerlo mediante pruebas claras y sólidas. ¿Cómo así iba yo a tener esa fe, dado que ni tú mismo puedes probarme, ni hacerme ver en lo más mínimo todo eso que me dices? Créeme, deja de hundir tu pensamiento en tantas oscuridades, cesa de sostener las visiones de las santas Escrituras, o bien tendremos que dejar nuestra conversación. Puesto que, según nuestros principios, es necesaria la probabilidad, y, ¿en qué apoyas tú el destino de esas buenas almas que están junto al gran Espíritu por encima de las estrellas? ¿O el de las malas, que arderán eternamente en el centro de la Tierra? Por fuerza acusas a Dios de tiranía, cuando crees que ha creado, ya sea a un solo hombre, para hacerlo eternamente desgraciado en medio del fuego del centro de esta Tierra. Dirás sin duda que las sagradas Escrituras prueban esta gran verdad: pero, si así fuera, haría falta aún que la Tierra fuera eterna. Ahora bien, los jesuitas lo niegan, así que ese lugar de llamas debe dejar de existir cuando la Tierra se haya consumido. Por lo demás, ¿cómo pretendes que el alma, que es un puro espíritu, mil veces más sutil y ligero que el humo, tienda, contra su inclinación natural, hacia el centro de esta Tierra? Más probable sería que se elevase y volase hacia el Sol, donde podrías situar más razonablemente ese lugar de fuegos y de llamas, ya que este astro es mucho mayor que la Tierra y mucho más ardiente.

LAHONTAN  ̶  Escucha, mi querido Adario: tu ceguera es extrema, y el endurecimiento de tu corazón te hace rechazar esta fe y estas sagradas Escrituras, cuya verdad se descubre fácilmente cuando procuramos desprendernos un poco de nuestros prejuicios. No hay más que examinar las profecías que contienen, que han sido incontestablemente escritas antes de producirse el acontecimiento que anuncian. Esta Historia Sagrada se confirma por los autores paganos y por los monumentos más antiguos y más incuestionables que los siglos pasados nos hayan dejado. Créeme: si reflexionaras sobre la manera en que la religión de Jesucristo se ha implantado en el mundo, y sobre el cambio que le ha procurado; si indagases en todos los rasgos de veracidad, de sinceridad y de divinidad que se señalan en estas Escrituras; en una palabra, si tomases las partes de nuestra religión al detalle, tú mismo verías y sentirías que sus dogmas, sus preceptos, sus promesas y amenazas, no tienen nada de malo ni de absurdo, nada de opuesto a las opiniones naturales, y que nada hay más acorde con la recta razón y con los sentimientos de la conciencia.

ADARIO  ̶  Son los mismos cuentos que los jesuitas me han soltado miles de veces: pretenden que, desde hace cinco o seis mil años, todo cuanto ha ocurrido ha sido escrito sin sufrir alteración. Empiezan por decirnos la manera en que fueron creados el Cielo y la Tierra; que el hombre fue hecho de tierra, y la mujer de una de sus costillas, como si Dios no los hubiese hecho del mismo material; que una serpiente tentó a este hombre en un jardín de árboles frutales para hacerle comerse una manzana, lo cual es causa de que el gran Espíritu haya hecho morir a su Hijo, expresamente para salvar a todos los hombres. Si yo dijera que es más probable que se trate de fábulas, que no de verdades, me responderías de nuevo con razones de tu misma Biblia. Ahora bien: esa invención de las Escrituras se sitúa, según tú me dijiste un día, hace tres mil años, y la de la imprenta hace cuatro o cinco siglos. Siendo así, ¿cómo estar seguros de tantos acontecimientos pasados en el transcurso de tantos siglos? Seguramente, tiene uno que ser bien crédulo para dar fe a todas esas ensoñaciones, contenidas en ese gran Libro en el que los cristianos pretenden que creamos. He podido escuchar la lectura de los libros que los jesuitas escriben sobre nuestro país, ya que los que los leen me los han explicado en mi propia lengua. Pero he encontrado en ellos gran cantidad de mentiras, una tras otra. Ahora bien, dado que vemos con nuestros propios ojos las falsedades impresas sobre cosas que difieren tanto de lo que se dice de ellas en el papel, no pretenderás que crea en la sinceridad de esas Biblias, escritas hace tantos siglos, traducidas de muchas lenguas diferentes por ignorantes que no habrán captado seguramente su verdadero sentido, o por embusteros que habrán cambiado, aumentado o disminuido las palabras que encontramos hoy en ellas. Podría añadir a ésta otras varias dificultades que, tal vez, te obligarían finalmente a reconocer de algún modo que tengo razón cuando me atengo y me someto exclusivamente a las cuestiones palpables o probables.

LAHONTAN  ̶  Mi querido Adario: te he descubierto las certidumbres y las pruebas de la religión cristiana; sin embargo, no quieres escucharlas, sino que, por el contrario, las consideras quimeras, alegando las razones más estúpidas del mundo. Me citas las falsedades que se han escrito en las relaciones que has visto sobre tu país, como si su autor, el jesuita que las ha redactado, no haya podido verse engañado por los que le hayan informado de sus memorias. Fuerza es que tengas en cuenta que esas descripciones del Canadá son bagatelas que no deben compararse con los Libros que tratan de las cosas sagradas, cuyos diferentes autores han escrito sin contradecirse.

ADARIO  ̶  ¡Cómo que sin contradecirse! ¿Acaso ese Libro de las cosas sagradas no está lleno de contradicciones? Esos Evangelios de los que nos hablan los jesuitas, ¿no son causa de los más horribles enfrentamientos entre franceses e ingleses? Empero, si hay que daros fe, todo cuanto contienen procede de la boca del gran Espíritu. Pero, de ser así, ¿resulta verosímil que haya hablado de forma harto confusa, dando a sus palabras un sentido tan ambiguo, si hubiese pretendido que se le entendiera? Una de dos: si ha nacido, muerto y predicado en esta Tierra, fuerza es que sus discursos se hayan perdido, ya que, en otro caso, habría hablado en ellos con tanta claridad, que hasta los niños habrían comprendido lo que hubiese dicho; o bien, si creéis que los Evangelios son en verdad sus palabras, y que no hay nada en ellos que no sea suyo, en ese caso es que ha venido a este mundo a traer la guerra y no la paz, lo cual resulta imposible.                                           Los ingleses me han dicho que sus Evangelios contienen las mismas palabras que los de los franceses; pero hay más diferencias entre su religión y la vuestra que entre la noche y el día. Ellos aseguran que la suya es la mejor; los jesuitas proclaman lo contrario, afirmando que la de los ingleses y las de otros miles de pueblos no poseen ningún valor. ¿Qué he de creer, pues, si no hay más que una sola religión verdadera sobre la tierra? ¿Hay alguien que no considere la suya como la más perfecta? ¿Puede el hombre ser lo suficientemente hábil como para distinguir esta única y divina religión entre tantas otras tan diferentes? Créeme, mi querido hermano: el gran Espíritu es sabio, todas sus obras son perfectas, es él quien nos ha hecho y sabe bien qué será de nosotros. A nosotros nos toca actuar libremente, sin embrollar nuestro espíritu con las cosas futuras. Él te ha hecho nacer francés para que creas en lo que no ves ni entiendes; y a mí me ha hecho nacer hurón para que no crea más que en lo que entiendo, y esto es lo que me enseña la razón.

LAHONTAN  ̶  La razón te enseña a hacerte cristiano y tú no quieres serlo. Si quisieras, entenderías las verdades de nuestro Evangelio: todo se sigue de ellas y nada las contradice. Los ingleses son cristianos como los franceses, y, si hay alguna diferencia entre estas dos naciones en lo referente a la religión, no es más que en lo relativo a ciertos pasajes de las sagradas Escrituras, que ellos explican de manera diferente. El primer punto y el principal, que es causa de tantas disputas, consiste en que los franceses creen que, ya que el Hijo de Dios dijo que su cuerpo se hallaba en un pedazo de pan, hay que creer que eso es verdad, puesto que el Hijo de Dios no puede mentir. Por eso les dice a sus discípulos que se lo coman y que ese pan es en verdad su cuerpo; y que siguieran repitiendo esa ceremonia sin cesar en conmemoración suya. Y no han dejado de hacerlo, puesto que, desde la muerte de este Dios hecho hombre, se realiza a diario el sacrificio de la Misa entre los franceses, que no dudan de la presencia real del Hijo de Dios en ese trozo de pan. En cambio, los ingleses pretenden que, por encontrarse en el Cielo, no puede estar corporalmente en la Tierra; y que las otras palabras que dijo a continuación, cuya discusión sería demasiado compleja para ti, les persuaden de que este Dios no está en el pan más que espiritualmente. He aquí la diferencia que va de ellos a nosotros, pues en cuanto a los otros puntos, son sólo menudencias sobre las cuales nos ponemos fácilmente de acuerdo.

ADARIO  ̶  Ya ves, por tanto, que existe contradicción u oscuridad en las palabras del Hijo del gran Espíritu, puesto que los ingleses y vosotros disputáis sobre su sentido con tanto ardor y animosidad que es el principal motivo del odio que se observa entre vuestras dos naciones. Pero no es eso a lo que me refiero. Escúchame bien, hermano: tenéis que estar locos los unos y los otros para creer en la encarnación de un Dios, conociendo la ambigüedad de esos discursos que menciona vuestro Evangelio. Hay en ellos montones de temas equívocos, demasiado groseros como para haber salido de labios de un Ser tan perfecto. Los jesuitas nos aseguran que ese Hijo del gran Espíritu ha dicho que, en verdad, quiere que todos los hombres sean salvados; ahora bien, si así lo quiere, es necesario que así sea; sin embargo, no todos lo son, ya que él mismo ha dicho que muchos eran los llamados y pocos los elegidos. Esto es una contradicción. Estos Padres responden que Dios no quiere salvar a los hombres sino a condición de que ellos mismos lo quieran. Sin embargo, Dios no ha añadido esta cláusula, ya que en ese caso no habría hablado como Señor. Pero, en fin, los jesuitas quieren penetrar en los secretos de Dios, y exigir algo que él mismo no ha pretendido, ya que él mismo no ha podido establecer esta condición para que uno se salve: sería igual que si el gran Capitán de los franceses hiciera decir por su Virrey que quiere que todos los esclavos del Canadá se marchen a Francia, donde él los hará ricos a todos, y que entonces los esclavos contestasen que no quieren irse allí, ya que este gran Capitán no puede quererlo si no es con la condición de que ellos lo quieran. ¿No es cierto, mi querido hermano, que nos reiríamos de ellos, y que serían obligados a continuación a trasladarse a Francia contra su voluntad? No te atreverás a decirme lo contrario. En fin, estos jesuitas me han explicado otras tantas palabras que se contradicen unas a otras, que me asombra tras ello que pueda llamárseles Escrituras Santas. Está escrito que el primer hombre, que el gran Espíritu hizo con sus propias manos, comió de un fruto prohibido, por lo que fue castigado, él y su mujer, ya que ambos habían cometido el mismo crimen. Supongamos pues que, por una manzana, el castigo haya sido como tú quieras; de lo que deberían lamentarse es de que, sabiendo el gran Espíritu que se la comerían, los hubiera creado para hacerlos desgraciados. Pasemos a sus hijos, quienes, según los jesuitas, también se vieron envueltos en este extravío. ¿Son acaso culpables de la glotonería de su padre y su madre? Si un hombre matase a uno de vuestros Reyes, ¿se castigaría también a todos sus parientes y descendientes, padres, madres, tíos, primos, hermanas, hermanos y a todo el resto de la parentela? Supongamos ahora que el gran Espíritu, cuando creó a ese hombre, no supiera lo que iba a hacer tras su creación, algo que resulta impensable; supongamos incluso que toda su posteridad fuese cómplice de su crimen, lo cual resulta injusto: ese gran Espíritu, según vuestras Escrituras, ¿no es tan clemente y misericordioso que su bondad hacia el género humano resulta inconcebible? ¿No es también tan grande y poderoso que, aun reunidos todos los espíritus de los hombres, de los que son, han sido y serán, les resultaría imposible comprender ni la mínima parte de todo ese poder? Y en ese caso, siendo tan bueno y tan misericordioso, ¿no podría perdonarlo, a él y a toda su descendencia? Y si ese Dios es tan grande y poderoso, ¿qué apariencia hay de que un Ser tan incomprensible se hiciera hombre, viviera como un miserable y muriese como un infame, y todo para expiar el crimen de una vil criatura, tan por debajo de él o más aún de lo que lo está una mosca con respecto al Sol y las estrellas? ¿Dónde está entonces ese poder infinito? ¿Para qué le serviría y qué uso le iba a dar? Por lo que a mí respecta, sostengo que creer en semejante envilecimiento es dudar de la extensión incomprensible de su omnipotencia y mantener una extravagante presunción de uno mismo al creer en semejante envilecimiento.

LAHONTAN  ̶  No te das cuenta, mi querido Adario, de que, siendo el gran Espíritu tan poderoso y tal como lo hemos descrito, el pecado de nuestro primer Padre tuvo que ser en consecuencia enorme, tan grande como nos quepa representarlo. Por ejemplo, si yo ofendiera a uno de mis soldados, quedaría en nada; mientras que, si cometiese un ultraje contra el Rey, mi ofensa sería absoluta, a la vez que imperdonable. Ahora bien, al ultrajar Adán al Rey de Reyes, todos nosotros nos convertimos en sus cómplices, puesto que somos una parte de su alma; y, por tanto, le hacía falta a Dios una satisfacción tal como la muerte de su propio Hijo. Es bien cierto que podría habernos perdonado con una sola palabra suya, pero, por razones que me costaría hacerte entender, prefirió vivir y morir por todo el género humano. Admito que es misericordioso, y que podría haber perdonado a Adán sobre la marcha, ya que su misericordia es el fundamento de toda salvación. Pero, si no hubiera alcanzado el crimen de su desobediencia hasta el fondo de su corazón, su prohibición no habría sido más que un juego. Hacía falta que no hubiera hablado en serio y, a partir de esto, todo el mundo tendría derecho a cometer todo el mal que quisiera.

ADARIO  ̶  No has probado nada hasta ahora, y cuanto más examino esa pretendida encarnación, menos verosímil la encuentro. ¡Cómo! Ese Ser inmenso e incomprensible, Creador de las tierras, los mares, y de todo el vasto firmamento, ¿habría podido rebajarse hasta el punto de permanecer prisionero durante nueve meses en las entrañas de una mujer; de exponerse a la vida miserable de sus camaradas pecadores, los mismos que escribieron vuestros libros de los Evangelios; de ser golpeado, azotado, crucificado como un desgraciado miserable? Es algo que mi espíritu no puede imaginar. Está escrito que ha venido expresamente a la Tierra para morir, y, sin embargo, ha temido la muerte. He aquí una contradicción en dos sentidos: 1) Si tenía la intención de nacer para morir, no debía tener miedo a la muerte, ya que, ¿por qué la tememos? Es porque no estamos bien seguros de lo que nos ocurrirá al perder la vida. Pero él no ignoraba el lugar a donde iba a ir, por lo que no debería haber sentido ningún temor. Sabes bien que es frecuente que nosotros y nuestras mujeres nos envenenemos, cuando alguno de los dos fallece, para ir a hacerle compañía al país de los muertos. Así que ves que la pérdida de la vida no nos espanta, aun cuando no sepamos la ruta que seguirán nuestras almas. ¿Qué me respondes a esto? 2º) Si el Hijo del gran Espíritu tenía tanto poder como su Padre, no tenía que rogarle que le salvase la vida, ya que él mismo podía guarecerse de la muerte. Por mi parte, querido hermano, no concibo nada de lo que pretendes que conciba.

LAHONTAN  ̶  Tenías razón cuando me dijiste en su momento que el alcance de tu espíritu no se extendía ni una pulgada por encima de la superficie de la Tierra. Tus razonamientos lo prueban suficientemente. Tras esto, no me extraña que a los jesuitas les cueste tanto esfuerzo predicarte y hacer que comprendas las verdades sagradas. Debo estar loco por pretender razonar con un salvaje incapaz de distinguir entre una suposición quimérica y un principio seguro, ni entre una consecuencia bien sacada y una falsa. Como, por ejemplo, cuando has dicho que Dios quería salvar a todos los hombres y que, sin embargo, habría pocos que se salvasen, considerando que había una contradicción en esto, cuando en realidad no la hay. Porque quiere salvar a todos los hombres que lo quieran por sí mismos, siguiendo su Ley y sus preceptos; a aquéllos que crean en su encarnación, en la verdad de sus Evangelios, en la recompensa de los buenos y el castigo de los malos y en la eternidad. Pero, dado que se encontrará con muy pocos de éstos, todos los demás irán a arder eternamente en ese lugar de fuego y llamas del que tú te burlas. Ten cuidado de no encontrarte entre estos últimos. Me disgustaría porque soy tu amigo, pero entonces no dirías más que el Evangelio está lleno de contradicciones y quimeras; no exigirías más pruebas groseras de todas las verdades que te he dicho; tendrías que arrepentirte de haber tratado nuestros Evangelios de fabulaciones forjadas por imbéciles. Pero será ya demasiado tarde. Piensa en todo ello y no seas obstinado. Pues, de verdad, si no te rindes a las razones incontestables que yo te ofrezco sobre nuestros misterios, no volveré a hablar más contigo en toda mi vida.

ADARIO  ̶   ¡Vaya, hermano, no te enojes! No pretendo ofenderte al oponerte mis razones. No te impido creer en tus Evangelios. Sólo te ruego que me permitas dudar de todo cuanto acabas de explicarme. Nada más natural para los cristianos que tener fe en sus santas Escrituras, porque se les habla tanto de ellas desde la infancia que, imitando a tanta gente que se ha educado en las mismas creencias, las han grabado de tal modo en su imaginación que la razón no tiene ya fuerza para actuar sobre su mente, prevenidos de antemano de la verdad de esos Evangelios. No hay nada más razonable, para gente sin prejuicio como lo son los hurones, que examinar las cosas de cerca. Pues bien, después de haber reflexionado mucho, desde hace diez años, sobre lo que nos dicen los jesuitas de la vida y la muerte del Hijo del gran Espíritu, todos mis hurones te podrán ofrecer más de veinte mil razones que probarán lo contrario. Por mi parte, he sostenido siempre que, si fue posible que tuviera la bajeza de descender a la Tierra, se habría manifestado a todos los pueblos que la habitan. Habría descendido triunfante, con esplendor y majestad, a la vista de cantidad de gente. Habría resucitado a los muertos, devuelto la vista a los ciegos, hecho andar a los cojos, curado a los enfermos por la toda la Tierra, y, en fin, habría hablado y ordenado lo que quisiera que se hiciese, habría ido de una nación a otra a realizar esos milagros para otorgar la misma ley a todo el mundo. Entonces tendríamos todos la misma religión, y esa gran uniformidad que encontraríamos por todas partes probaría a nuestros descendientes, de aquí a diez mil años, la verdad de esta religión entendida de igual manera por todos los rincones del mundo; mientras que ahora nos encontramos con más de quinientas o seiscientas diferentes las unas de las otras, entre las cuales, la de los franceses es la única buena, santa y verdadera, según su razonamiento. Y, en resumen, después de haber pensado mil veces en todos esos enigmas que llamáis misterios, he creído que habría que haber nacido más allá del gran Lago, es decir, ser inglés o francés, para comprenderlos. Pues cuando me digan que Dios, cuya figura no podemos representarnos, puede producir un Hijo con la de un hombre, responderé que una mujer no podría nunca engendrar un castor, porque en la naturaleza cada especie produce su semejante. Y si los hombres pertenecían al Diablo antes de la venida del Hijo de Dios, ¿es creíble que éste haya tomado la figura de las criaturas que proceden del Diablo? ¿No habría adoptado mejor una diferente, más bella, más fastuosa e imponente?  Y esto podía hacerse tanto mejor cuanto que la tercera Persona de esta Trinidad (tan incompatible con la unidad) tomó la forma de una paloma.

LAHONTAN  ̶  Acabas de elaborar un sistema salvaje, que nada significa, mediante una profusión de quimeras. Una vez más, resultaría en vano que intentase yo convencerte con razones sólidas, ya que no eres capaz de entenderlas. Te devuelvo a los jesuitas. Sin embargo, quiero hacerte entender algo muy fácil que está al alcance de tu genio, y esto es que, para ir a morar con el gran Espíritu, no basta con creer en esas grandes verdades del Evangelio que tú niegas: hay que observar de manera inviolable los mandamientos de la Ley que contiene, es decir: no adorar más que al gran Espíritu, no trabajar los días de la gran oración, honrar al padre y a la madre, no acostarse con muchachas y ni siquiera desearlas más que para el matrimonio, no matar ni hacer matar a nadie, no hablar mal de los hermanos ni mentir, no tocar a las mujeres casadas, no quedarse con los bienes de los hermanos, ir a Misa los días señalados por los jesuitas y ayunar ciertos días de la semana… Pues harás bien en creer en todo esto que nosotros creemos por las sagradas Escrituras, que son las que contienen estos preceptos: hay que observarlos o arder eternamente tras la muerte.

ADARIO  ̶  ¡Ajá, mi hermano querido, aquí te esperaba yo! En verdad, hace tiempo que sé bien todo lo que acabas de explicarme ahora. Esto es cuanto encuentro de razonable en ese Libro del Evangelio, nada más justo ni digno de aplauso que esas ordenanzas. Acabas de decirme que, si no se las cumple y no se siguen puntualmente estos mandamientos, la creencia y la fe en los Evangelios resulta inútil. ¿Por qué entonces los franceses creen en él y se burlan en cambio de estos preceptos? He aquí una contradicción manifiesta. Pues, I. En lo que se refiere a la adoración del gran Espíritu, no veo prueba alguna de ella en vuestras acciones, y esta adoración no consiste más que en la palabrería que usáis para engañarnos. Por ejemplo, veo a diario cómo los mercaderes dicen, cuando trafican con nuestros castores: “Bien caras me salen mis mercancías, tan verdad es como que hay un Dios”, “Verdad es que pierdo mucho contigo, como que Dios está en el Cielo.” Pero no veo que le ofrezcan en sacrificio las mejores mercancías que poseen, como hacemos nosotros cuando las adquirimos de ellos, quemándolas en su presencia. II. En cuanto a lo del trabajo en los días de la gran Oración, no entiendo que hagáis diferencia alguna entre unos días y otros, ya que he visto en ese día, cientos de veces, a los franceses traficando con las pieles y cargándolas en sus sacos, entregados al juego, peleándose, batiéndose, divirtiéndose de mil formas y haciendo todo tipo de locuras. III. En lo que se refiere a la veneración por vuestros padres, resulta ser algo extraordinario entre vosotros que sigáis sus consejos; los dejáis morir de hambre, os separáis de ellos y hacéis cabaña aparte; estáis siempre dispuestos a pedirles y jamás a darles; y, si esperáis obtener algo de ellos, les deseáis la muerte o, al menos, la esperáis con impaciencia. IV. En cuanto a la continencia del sexo, ¿quién hay entre vosotros, excepto los jesuitas, que la haya jamás guardado? ¿Acaso no vemos a diario a vuestros jóvenes perseguir a nuestras muchachas y nuestras mujeres hasta por los campos, para seducirlas con regalos, corriendo todas las noches de cabaña en cabaña en nuestro poblado para corromperlas? ¿No sabes tú mismo de todos esos procesos habidos entre tus propios soldados? V. Y, en hablando del asesinato, es algo tan común entre vosotros que echáis mano de la espada y os matáis por lo más mínimo. Estando yo en París, todas las noches se encontraba gente muerta a golpes, e incluso se me advirtió que tuviera cuidado de perder mi vida por los caminos que van de allí a La Rochelle. VI. Eso de no hablar mal de los hermanos ni mentir son dos cosas de las que os abstenéis menos que de comer y beber, y no he oído nunca a cuatro franceses hablando juntos sin decir mal de algún otro, y si supieras lo que he escuchado publicar del Virrey, del Intendente, de los jesuitas, y de miles de personas que tú conoces, tal vez de ti mismo, comprobarías lo bien que saben desgarrarse los franceses entre sí. De mentir, te he de decir que no hay un solo mercader por aquí que no diga montones de mentiras a la hora de valorar su mercancía a cambio de nuestros castores, sin contar las que sueltan a sus propios camaradas. VII. En lo referente a no tocar a las mujeres casadas, no hay más que oíros hablar cuando habéis bebido un poco de más, para conocer buena cantidad de historias sobre el tema: basta con contar el número de niños que pueden hacer las mujeres de los madereros durante la ausencia de sus maridos. VIII. No tomar los bienes de otros: ¡cuántos robos no habrás visto cometer desde que estás aquí entre los mismos madereros! ¿No han sido cogidos con las manos en la masa y castigados? ¿No es algo común en vuestras ciudades el no poder andar seguros por la noche ni dejar las puertas abiertas? IX. Lo de acudir a vuestra Misa para prestar oído a palabras dichas en una lengua que no se entiende, verdad es que eso es algo que los franceses hacen a menudo, si bien para poner el pensamiento en cualquier otra cosa que la oración. En Quebec, los hombres acuden para ver a las mujeres, y las mujeres para ver a los hombres. He visto cómo colocan sus cojines, por temor a gastar sus faldas y enaguas, se sientan alzando sus talones, sacan un libro de un gran saco y lo mantienen abierto, fijando la mirada más bien en los hombres que les placen que en las oraciones que tienen al frente. La mayor parte de los franceses toman tabaco en polvo, hablan, se ríen y cantan, más por diversión que por devoción. Y lo que es peor: sé que, mientras dura esta oración, muchas mujeres y muchachas permanecen solas en sus casas, aprovechando la ocasión para sus galanterías. X. Lo referente a vuestro ayuno resulta divertido. ¿Llamáis ayunar a atiborraros hasta reventar de toda clase de pescados, de huevos y de otras miles de cosas? En fin, querido amigo, vosotros los franceses pretendéis todos tener fe y sois unos incrédulos; queréis pasar por sabios y sois unos locos; os imagináis ser gente de espíritu y no sois más que presuntuosos ignorantes.

LAHONTAN  ̶  Esta conclusión, mi querido amigo, es propia de un hurón, al referirla a todos los franceses en general. Si así fuera, ninguno de ellos iría al Paraíso. Pero nosotros sabemos que hay millones de bienaventurados a los que llamamos Santos, y cuyas imágenes puedes ver en nuestras iglesias. Es bien cierto que pocos franceses poseen esta fe verdadera, que es el único principio para la piedad. Hay muchos que hacen profesión de creer en las verdades de nuestra religión, pero esta creencia no es lo bastante firme ni suficientemente viva para ellos. Reconozco que la mayoría, aun conociendo las verdades divinas y haciendo protesta de creer en ellas, actúan en todo contra lo que ordenan la fe y la religión. Pero hay que tener en cuenta que los hombres pecan algunas veces contra las luces de su conciencia, y que hay gente de mala vida, aunque esté bien instruida. Esto puede suceder, bien por falta de atención, o bien por la fuerza de sus pasiones, por estar sujetos a los bienes temporales: el hombre, corrompido como es, se ve empujado al mal por tantos caminos y por una inclinación tan fuerte que, a falta de una determinación absoluta, es difícil que renuncie a ello.

ADARIO  ̶  Cuando hablas del hombre, di mejor el hombre francés, pues sabes bien que entre nosotros no se conocen esas pasiones, ese interés ni esa corrupción. Pero no es a eso a lo que quiero referirme. Escucha, hermano: he hablado con frecuencia con los franceses de los vicios que reinan entre ellos, y, cuando les he hecho ver que no observan en absoluto las leyes de su religión, ellos me han reconocido que era verdad, que se daban cuenta y lo sabían perfectamente, pero que les resultaba imposible cumplirlas. Les he preguntado si acaso no creían que sus almas arderían eternamente: me han respondido que la misericordia de Dios es tan grande, que cualquiera que confíe en su bondad será perdonado; que el Evangelio es una alianza establecida por la gracia y en la cual Dios se adapta al estado y la debilidad del hombre, movido por tantas tentaciones y con tanta frecuencia que se ve obligado a sucumbir; y en fin que, por ser este mundo un lugar de corrupción, no habrá pureza en el hombre corrompido a no ser en el País de Dios. He aquí una moral menos rígida que la de los jesuitas, que nos envían al Infierno por una nimiedad. Estos franceses tienen razón al decir que es imposible observar esta Ley en tanto que subsistan entre vosotros lo mío y lo tuyo. Es un hecho fácil de probar por los salvajes del Canadá, ya que, a pesar de su pobreza, son más ricos que vosotros, a los que esos tuyo y mío os hacen cometer todo tipo de crímenes.

LAHONTAN  ̶  Reconozco que tienes razón, hermano, y no puedo dejar de admirar la inocencia de todos los pueblos salvajes. Es por ello que desearía de todo corazón que conociesen la santidad de nuestras Escrituras, es decir, de ese Evangelio del que tanto hemos hablado. No les faltaría más que eso para que sus almas se volvieran eternamente bienaventuradas. Lleváis una vida tan buena moralmente, que no tendríais más que superar una dificultad para alcanzar el Paraíso. Se trata de la libre fornicación entre la gente de uno y otro sexo y de la libertad que tienen hombres y mujeres para romper sus matrimonios, a capricho en ambos casos y copulando según su elección con nuevas parejas. Pues el gran Espíritu ha dicho que sólo la muerte o el adulterio pueden romper ese lazo indisoluble.

ADARIO  ̶  En otra ocasión hablaremos en detalle sobre ese gran obstáculo que tú consideras para nuestra salvación; pero, de momento, me contentaré con ofrecerte una sola razón para uno de esos dos puntos, el de la libertad de muchachos y muchachas. En primer lugar, un joven guerrero no querrá en ningún caso comprometerse a tomar a una mujer que no haya participado nunca en una campaña contra los iroqueses, o capturado esclavos para servir en su poblado en la caza y la pesca, o que no sepa ella misma cazar ni pescar perfectamente. Por otro lado, no deseará enervarse con la práctica frecuente del acto venéreo, durante el tiempo en que su fuerza le permita servir a su nación contra sus enemigos. Y, aparte de eso, no querrá exponer a una mujer y a sus niños al dolor de verlo muerto o capturado. Ahora bien, como resulta imposible que un hombre joven pueda contenerse totalmente en esta materia, no puede considerarse algo malo que los muchachos, una o dos veces al mes, busquen la compañía de muchachas, ni que éstas toleren la de ellos. Sin esto, nuestros jóvenes se verían incomodados en extremo, como nos lo ha demostrado el ejemplo de muchos que habían mantenido la continencia para correr mejor; y además, nuestras muchachas tendrían que recurrir a la bajeza de entregarse a nuestros esclavos.

LAHONTAN  ̶  Créeme, mi querido amigo, Dios no se paga de semejantes razones: quiere que nos casemos, o bien que evitemos cualquier contacto sexual. Pues basta un solo pensamiento amoroso, un simple deseo, una simple voluntad de contentar nuestra pasión animal, para que ardamos por la eternidad. Y si encuentras imposible la continencia, estás desmintiendo a Dios, ya que Él no nos ordena más que cosas posibles. Si se quiere, se pueden moderar los deseos: no hay más que quererlo. Todo hombre que cree en Dios debe cumplir con sus preceptos, como ya hemos dicho antes. Resistimos la tentación por el socorro de su gracia, que no nos falta jamás. Fíjate, por ejemplo, en los jesuitas: ¿acaso crees que no se sienten tentados cuando ven a esas bellas muchachas de tu poblado? Lo son, sin duda. Pero acuden a Dios en su ayuda y pasan su vida, como hacen nuestros sacerdotes, sin casarse ni tener comercio criminal con el sexo. Es una promesa solemne que hacen a Dios desde el momento en que se enfundan sus negros hábitos. Combaten durante toda su vida las tentaciones: hay que violentarse para ganarse el Cielo; hay que evitar las ocasiones por temor a caer en el pecado, y no hay un mejor modo de evitarlas que encerrarse en los claustros.

ADARIO  ̶  Ni a cambio de diez castores me vería yo obligado a guardar silencio sobre este tema. En primer lugar, esas gentes cometen un crimen al jurar la continencia, ya que Dios, al crear tanto hombres como mujeres, ha querido que los unos y las otras colaborasen en la propagación del género humano. Todas las cosas se multiplican en la naturaleza: los bosques, las plantas, los pájaros, los animales y los insectos. Es ésta una lección que nos ofrecen anualmente. Y la gente que no lo hace así son inútiles al mundo, no sirven más que a sí mismos, y roban a la tierra la semilla que ella misma les da cuando no hace ningún uso de ella según vuestros principios. Cometen un segundo crimen cuando violan su juramento (y lo hacen con mucha frecuencia), pues se burlan de la palabra y de la fe que han ofrecido al gran Espíritu. Y he aquí un tercer crimen que lleva a un cuarto, cuando tienen comercio, tanto con las jóvenes como con las mujeres. Si con las muchachas, es seguro que les arrebatan, al desflorarlas, algo que ellos nunca van a poder devolverles, es decir, esa flor que los propios franceses quieren cosechar por sí mismos cuando se casan, estimándola como un tesoro cuyo robo constituye uno de los peores crímenes que puedan cometer. Y si esto es ya un crimen, el otro es que, para precaverse de su preñez, se toman precauciones abominables, dejando el trabajo a medias. Si la cosa es con las mujeres adultas, se vuelven responsables de adulterio, así como de las malas relaciones que ellas mantengan con sus maridos. Y además, los niños que provienen de ello se convierten en ladrones que viven a expensas de sus hermanastros. El quinto crimen que cometen radica en las vías ilegítimas y profanas de que se valen para calmar sus pasiones brutales, puesto que, ya que son ellos los que predican vuestro Evangelio, ofrecen de él en privado una explicación bien diferente de la que expresan en público, y a falta de la cual no podrían autorizar su propio libertinaje, que pasa por criminal según vosotros. Bien sabes tú que no hablo por hablar, y que he visto en Francia cómo esos buenos curas negros no se cubren el rostro con sus capuchas cuando ven a las mujeres. Y te repito una vez más, mi querido hermano, que no podemos prescindir de ellas a determinada edad, y menos aún dejar de tenerlas en el pensamiento. Toda esa resistencia, esos esfuerzos de los que me hablas, no son más que cuentos para dormir. Y lo mismo es esa ocasión que pretendes que se evita encerrándose en un convento: ¿por qué entonces se soporta que los monjes o sacerdotes jóvenes confiesen a muchachas y mujeres? ¿Es esto escapar de las ocasiones? ¿No es más bien acudir a su encuentro? ¿Hay hombre alguno en todo el mundo que pueda escuchar todas esas galanterías en el confesionario sin salir de sus casillas?  Sobre todo cuando se trata de hombres sanos, jóvenes y robustos, que no trabajan y que comen buenos y nutritivos alimentos, adobados con cientos de especias que calientan lo suficientemente la sangre sin precisar de ninguna otra provocación. Por mi parte, lo que me resulta asombroso es que haya uno solo de esos eclesiásticos que vaya a ese paraíso del gran Espíritu. ¿Y tú osas mantener que esas gentes se hacen monjes y sacerdotes para evitar el pecado, cuando lo que hacen es entregarse a todo tipo de vicios? Yo sé, por boca de franceses bien avisados, que aquéllos de entre vosotros que se hacen monjes o curas, no piensan más que en vivir a su gusto, sin tener que trabajar sin inquietud ni temor a morirse de hambre o a empuñar las armas. Lo correcto sería hacer que toda esa gente se casara y permaneciera al cuidado de su hogar; o, al menos, que no se aceptasen sacerdotes ni monjes por debajo de la edad de 60 años. Sólo entonces podrían confesar, visitar sin escrúpulo a las familias y edificar a todos con su ejemplo. Sólo así, te digo, se evitaría que pudiesen seducir a jóvenes ni a adultas. Serían hombres sabios, moderados, bien considerados por su vejez y por su conducta, y la nación no perdería nada con ello, ya que a esa edad no está uno en condiciones para la guerra.

LAHONTAN  ̶  Ya te he dicho que no hay que juzgar a todo el mundo partiendo de cosas en las que sólo unos pocos tienen parte. Es cierto que algunos sólo se hacen monjes o sacerdotes para subsistir holgadamente y que, abandonando los deberes de su ministerio, se contentan con sacar todas las ventajas que les proporcionan. Reconozco que, entre ellos, los hay borrachos, violentos e irascibles, en sus palabras y en sus actos; también los encontramos movidos por una sórdida avaricia y por sus propios intereses; orgullosos y llevados por un odio implacable, sinvergüenzas y degenerados, blasfemos, hipócritas, ignorantes, mundanos, maldicientes, etcétera. Pero son los menos, ya que en la Iglesia sólo se admite a gente sabia, a hombres de los que se está bien seguro y a los que se prueba, intentando penetrar hasta el fondo de su alma antes de recibirlos. Así y todo, por muchas precauciones que se tomen, es imposible que algunas veces no resulten engañados. Resulta en esos casos una desgracia, puesto que, cuando esa conducta llena de vicios sale a la luz, deriva en el mayor de los escándalos, con toda seguridad.  Y de aquí se sigue que las palabras santas se mancillen en sus labios, se desprecien las leyes divinas, se pierda el respeto por las cosas de Dios, se envilezca el ministerio, caiga en el desprecio toda la religión, y el pueblo, una vez despojado del respeto que se debe a la religión, se entregue a todo tipo de procederes licenciosos. Pero has de saber que nos regulamos más por la doctrina que no por el ejemplo de esos indignos eclesiásticos. No hacemos como vosotros, que carecéis de la firmeza y el discernimiento necesarios para saber distinguir entre la doctrina y el ejemplo, y para no veros estremecidos por los escándalos provocados por todos ésos de los que tú has sabido en París, que contradicen sus prédicas con su propia vida. En fin, todo cuanto tengo que decirte es que el Papa, recomendando expresamente a nuestros obispos que no confieran las órdenes eclesiásticas a ningún sujeto indigno de ellas, hace que se mantengan bien en guardia frente a todo lo que hacen, intentando al mismo tiempo reconducir a sus deberes a aquéllos que se han apartado de ellos.

ADARIO  ̶  Se me hace algo raro que, en todo el tiempo que llevamos conversando tú y yo, no me respondas sino de manera superficial a todas las objeciones que te voy planteando. Observo que te buscas toda clase de circunloquios, apartándote siempre del verdadero tema de mis cuestiones. Pero, a propósito del Papa, forzoso es que sepas que un inglés me dijo un día en Nieu-Jorc que era un hombre como nosotros, pero que enviaba al Infierno a todos los que excomulgaba; que hacía salir de un segundo lugar llameante, del que te has olvidado hablar, a todos los que él quería; y que le abría las puertas del País del gran Espíritu a quien él mismo decidía, porque tenía en sus manos las llaves de ese gran País. Si eso es así, todos sus amigos deberían entonces matarse cuando él muere, para, de este modo, en su compañía, estar seguros de poder franquearlas; y, si tiene el poder de enviar a las almas al fuego eterno, resulta peligroso contarse entre sus enemigos. Este mismo inglés añadió que esta gran autoridad no se extendía en absoluto hasta su nación inglesa, y que se burlaban de él en Inglaterra. Te ruego me digas si decía la verdad.

LAHONTAN  ̶  Habría tantas cosas que decir sobre este tema, que me harían falta quince días para contártelas. Los jesuitas te las aclararán mejor que yo. Sin embargo, puedo decirte de paso que el inglés bromeaba a la vez que pronunciaba algunas verdades. Tenía razón al asegurar que las gentes de su religión no le pedían al Papa el camino del Cielo, porque esta fe viva, de la que tanto hemos hablado, les ha conducido a ello injuriando a este santo varón. El Hijo de Dios quiere salvarlos a todos por su sangre y según sus méritos: ahora bien, si así lo quiere, es preciso que así sea. De manera que puedes ver que son más agraciados que los franceses, a los que Dios exige tantas buenas acciones que ellos apenas llevan a cabo. Basándonos en esto, nosotros vamos al Infierno si contravenimos, por nuestras malas acciones, los Mandamientos de Dios de los que hemos hablado, aunque tengamos la misma fe que ellos. En lo referente a ese segundo lugar de llamas del que me hablas, y que llamamos el Purgatorio, ellos están exentos de pasar por él, ya que preferirían mucho más vivir eternamente sobre la Tierra, sin alcanzar nunca el Paraíso, antes que arder miles de años haciendo camino. Son tan delicados en lo tocante al honor, que no aceptarían jamás un obsequio a cambio de algunos bastonazos. Según ellos, no es digna gracia para un hombre obtener dinero a cambio de maltrato, sino más bien una injuria. Pero los franceses, menos escrupulosos que los ingleses, tienen en mucho valor el arder una infinidad de siglos en ese Purgatorio, porque conocen mejor el precio del Cielo.

Ahora bien, como el Papa es su arrendatario, y les reclama la restitución de sus bienes cedidos en préstamo, los ingleses tienen a mal implorarle su perdón, es decir, un pasaporte para ir al Paraíso sin pasar por el Purgatorio. Pues él se lo daría más bien para ir a ese Infierno que ellos pretenden no haber sido hecho para ellos. Mientras que nosotros, los franceses, que le otorgamos una muy buena renta, porque conocemos bien su extremo poder, así como los pecados que todos cometemos contra Dios, preciso es, necesariamente, que recurramos a las indulgencias de este hombre santo para obtener así el perdón que él tiene el poder de acordarnos. Y aquél de nosotros que estuviese condenado a cuarenta mil años de Purgatorio antes de acceder al Paraíso, puede verse exento de ellos por una sola palabra del Papa. Como ya te he dicho, los jesuitas te explicarán de maravilla el poder del Papa y el estado del Purgatorio.

ADARIO  ̶  La diferencia que encuentro entre vuestra creencia y la de los ingleses embrolla hasta tal punto mi espíritu, que, cuanto más intento aclararla, menos luz encuentro para hacerlo. Mejor haríais en decir a las claras lo que sois; que el gran Espíritu ha dado luces suficientes a todos los hombres para conocer lo que deben creer y lo que deben hacer sin engañarse. Pues he oído decir que, en medio de cada una de estas religiones diferentes, se encuentra un número de personas de opiniones diversas; como, por ejemplo, en la vuestra, cada orden religiosa sostiene algunos puntos distintos de las otras, procediendo igualmente de manera diversa, tanto en sus ropas como en sus reglas, lo cual me da en pensar que, en Europa, cada cual se hace una religión a su modo, diferente de aquélla de la que hace profesión exterior. Por mi parte, yo creo que los hombres son impotentes a la hora de conocer lo que el gran Espíritu exige de ellos, y no puedo impedirme pensar que la justicia de ese gran Espíritu, siendo él como es tan bondadoso y justo, haya podido hacer tan difícil la salvación de los hombres, de tal forma que, fuera de vuestra religión, todos resulten condenados, y que incluso muy pocos de los que la profesan irán a ese hermoso Paraíso. Hazme caso, los asuntos del otro mundo son bien diferentes de los de éste. Poca gente hay que sepa lo que ocurre allí. Lo que sabemos es que nosotros, los hurones, no somos los autores de nuestra creación; que el gran Espíritu nos ha hecho ser gente honrada, y a vosotros unos depravados que nos envía a nuestras tierras para corregir nuestros fallos y seguir nuestro ejemplo. Así pues, hermano, cree en cuanto tú quieras, ten toda la fe que te plazca, que no irás jamás al buen País de las Almas mientras no te hagas hurón. La inocencia de nuestra vida, el amor que tenemos por nuestros hermanos, la tranquilidad de alma que disfrutamos al despreciar el interés: tres cosas que el gran Espíritu exige a todos los hombres en general, y que nosotros las practicamos de forma natural y espontánea en nuestros poblados, mientras los europeos se desgarran entre sí, se roban, se difaman y se matan unos a otros en sus ciudades; ellos que, deseando llegar al País de las Almas, no piensan nunca en su creador a no ser que hablen de él con los hurones. Adiós, querido amigo, que se hace tarde. Me retiro a mi cabaña para pensar en todo lo que me has dicho, para así recordarlo mañana, que es cuando nos toca razonar con el jesuita.


[1] El uno Canciller de Francia, el otro Secretario de Estado, y ambos bien provistos y en abundancia de oro y de plata.

[2] Llamados Mahak por los ingleses de Nueva York.

[3] Doctor en Medicina de Londres.

[4] «… que arrasa con el cetro y con las leyes.» (N. del T.)

La isla de Pine

El reciente descubrimiento de una cuarta isla cerca de la Terra Australis Incognita.

Por Henry Cornelius Van Sloetten.

(Traducción de José Manuel Morales Cañadas)

Palabras clave: Henry NEVILLE, Neville, Isle of Pine, Utopía, Terra Australis Incognita, Patriarcado, Cromwell

CONTIENE una Relación verídica de unos individuos ingleses quienes, en tiempos de la Reina Elizabeth, cuando viajaban rumbo a las Indias Orientales, acabaron naufragando, yendo a encallar su nave cerca de la costa de Terra Australis Incognita. Salvo un hombre y cuatro mujeres, todos los demás perecieron ahogados.

En el ahora cumplido Año del Señor de 1667, una embarcación holandesa, que navegaba asimismo hacia las Indias Orientales, fue empujada por el mal tiempo al dicho lugar, topándose por casualidad con la posteridad, así sea dicho, de aquellos cinco, que alcanzaba, según sus cálculos, un total de diez o doce mil personas. La relación, escrita por el mencionado superviviente poco antes de su muerte, fue entregada completa por su nieto a un holandés de la tripulación de esta última nave, añadiéndosele la longitud y la latitud de la Isla y la dichosa configuración de que goza, junto con otras materias dignas de mención.

Con Licencia del 27 de Julio de 1668. Londres, impreso por Allen Banks y Charles Harper, junto a la puerta de las Tres Ardillas en Fleet-street, frente a la Iglesia de San Dunstán, 1668. Se añaden dos cartas referentes a la Isla de Pine y dirigidas a una persona de crédito en Covent Garden.

« En una carta llegada en el último correo de La Rochelle, y escrita a un mercader de esta ciudad, puede leerse que había tomado puerto una nave cuya tripulación daba noticia de que, a la altura de unas 200 o 300 millas del cabo de Finisterre, habíase topado con una isla, yendo a desembarcar en sus costas y encontrándose allí con alrededor de 2000 ingleses desprovistos de ropa, salvo un pequeño tapado que les cubría  sólo a medias; y éstos les contaron que a su primera arribada a la isla, en tiempos de la Reina Elizabeth, eran sólo cinco personas, un hombre y cuatro mujeres los cuales, tras pasar por muchos peligros y vicisitudes, se vieron arrojados a esas costas y allí habían permanecido desde entonces, sin comunicación alguna con otros pueblos ni nave que atracase en sus orillas. La historia puede resultar fabulosa, pero la carta ha llegado a un conocido mercader en Francia, y de muy buena mano, así que he tenido a bien mencionarla, ya pueda encontrarse algún error en las leguas de distancia y el punto exacto de la brújula desde Finisterre. Algunos ingleses de aquí suponen que el enclave pueda tratarse de la Isla de Brasilia, tanto tiempo buscada al Suroeste de Irlanda; si así fuera, tiempo habrá para oír hablar de ella. Vuestro amigo y hermano Abraham Keek, en Ámsterdam, a 6 de julio de 1668. »

« Se ha dicho por aquí que el barco que descubrió la Isla de que os hablé en mi última carta, había partido de La Rochelle rumbo a Zelanda, y varias personas han realizado hasta ahora diligencias para averiguar su identidad y conocer la veracidad de sus empresas. Se me prometió una copia de la carta de Ámsterdam de 29 de junio de 1668 que, procedente de Francia, informaba sobre el arriba descrito descubrimiento de la Isla; pero no ha llegado aún a mis manos. Nada más tenerla, o cualquier otra novedad sobre esta Isla, os daré cuenta de ello. Vuestro amigo y hermano, A. Keek. »

Descubierta la Isla de Pine, cerca de la costa de Terra Australis Incognita, por Henry Cornelius Van Sloetten. Tal como se describe en una carta a un amigo de Londres, en la cual se confirma la autenticidad de su viaje a las Indias Orientales:

« Señor, al punto he recibido vuestra carta en la que expresáis vuestro deseo de que os dé cuenta detallada sobre el País de Pine, al que las borrascas nos empujaron el pasado Verano. Así que he releído el libro impreso que me enviasteis sobre ello, y cuya copia me fue burlada en secreto de mis propias manos. De no ser así, os habría ofrecido mayor y más cumplida información sobre las circunstancias por las que pasamos y cómo fuimos llevados a ellas, con otros detalles dignos de mención de los que carece la narración. En cualquier caso, para satisfacer vuestros deseos, os ofreceré una breve pero completa información de todo ello, junto con una copia auténtica del susodicho relato, esperando que no tengáis a mal mi tosco lenguaje, ya que carezco de estudios, por no ser yo más que un simple marinero, que no un hombre de letras. »

El 26 de abril de 1667 largamos velas desde Ámsterdam rumbo a las Indias Orientales, no teniendo nuestra nave otro nombre que el de su lugar de procedencia, el Ámsterdam, con una carga de 250 barriles. Impulsados por un fuerte viento, el siguiente 27 de mayo divisamos la gran cumbre de Tenerife, perteneciente a las Canarias. Rozamos apenas la isla de Palma, pero, tras esforzarnos dos veces por alcanzarla, el viento giró en nuestra contra y fuimos empujados hacia las islas de Cabo Verde o Insulae Capitis Viridis. Una vez allí, en la ciudad de Santiago, hicimos acopio de agua fresca, así como de unas cuantas cabras y gallinas, en las que abunda esta isla. El 14 de junio divisamos Madagascar o Isla de San Laurencio, que posee un contorno de 4000 millas, y está situada al Sur del Trópico. Siguiendo nuestro rumbo, aprovechamos para traficar con los nativos, entregándoles navajas, cristales y todo tipo de abalorios, y recibiendo a cambio especias y plata. Partidos de allí, y durante toda una quincena, nos vino al encuentro una violenta tempestad con los vientos en nuestra contra, devolviéndonos hasta la Isla De Príncipe. Durante todo ese tiempo enfermaron muchos de nuestros hombres, muriendo algunos de ellos. Pero, finalmente, quiso Dios que el viento nos fuera favorable, y continuamos felizmente nuestra travesía por el espacio de diez días, cuando, de repente, nos vimos sorprendidos por una tempestad tan violenta, que diríase que los cuatro vientos conspiraban de consuno en nuestra destrucción, tal que hasta el más animoso de todos nosotros desfallecía, esperando a cada instante que nos engulleran las olas del inclemente líquido elemento. La tormenta continuó durante quince días seguidos, bien que no con tanta violencia como al principio, pero con un tiempo tan oscuro y un mar tan agitado, que nos resultaba imposible saber dónde nos encontrábamos. Hasta que, de repente, cesó el viento, el aire se aclaró y las nubes se dispersaron, a lo que sobrevino un cielo sereno, por el cual dimos gracias de todo corazón al Todopoderoso, puesto que estaba más allá de nuestras expectativas que pudiésemos escapar a la violencia de semejante temporal. A continuación, uno de la tripulación se subió al palo mayor y descubrió un fuego, signo evidente de la proximidad de tierra firme, que al poco pudimos alcanzar a ver más de cerca. Nada más poner rumbo a ella, divisamos a varias personas corriendo confundidas por la orilla, pareciendo asombradas y presas de estupor por lo que veían. Acercándonos más a tierra, soltamos nuestro bote mayor con diez a bordo, que se dirigieron a la orilla y les preguntaron en nuestra lengua holandesa qué isla era aquélla, a lo cual respondieron en inglés que no entendían nuestras palabras. Uno de nuestra tripulación llamado Jeremiah Henzen, quien entendía bien el inglés, al escuchar sus palabras, se dirigió a ellos en su propio lenguaje, de modo que, a poco, fuimos invitados muy cortésmente a la orilla, donde nos vimos rodeados por un gran número, admirados de las ropas que llevábamos, tanto como nosotros lo estábamos por encontrar en tan extraño lugar a tanta gente que hablase inglés, yendo en cambio todos desnudos. Cuatro de nuestros hombres regresaron a la nave, y les costó convencer al resto de la tripulación de la veracidad de cuanto habían visto y oído. Pero, una vez fondeada la nave junto a la costa, fue digno de asombro el ver cómo todos esos isleños desnudos nos rodearon en bandadas, maravillados con nuestra embarcación, como si se hallaran ante el mayor milagro de la naturaleza. Fuimos tratados con mucha cortesía, ofreciéndosenos todo tipo de alimentos que la tierra ponía a su alcance, algo que no fue en modo alguno despreciado por nuestra parte. Comimos carne, tanto de animales salvajes como de aves de caza, que habían preparado pulcramente, si bien con poca elaboración ni adobo alguno, tal vez por carecer de recursos para ello. A modo de pan, tomamos el fruto o la pulpa de una gran nuez del tamaño de una manzana, muy saludable y nutritiva para el cuerpo y de sabor muy agradable al paladar. Una vez satisfechos, nos invitaron al palacio de su Príncipe o Gobernador, que estaba a una distancia de dos millas desde el lugar en donde habíamos tomado puerto. Al llegar, nos encontramos con una construcción que no era más que un vulgar caserón, en todo semejante a los más grandes que tenemos en nuestros pueblos, sostenido por vigas de madera basta y sin pulir, y cubierto con mucho artificio por ramajes, dispuestos a fin de evitar las más fuertes lluvias.  Los laterales se veían adornados por varios tipos de flores que los fragantes campos del lugar producen en gran variedad. El Príncipe en persona (cuyo nombre era William Pine, nieto de George Pine, el primer hombre en abordar esta isla) acudió a la puerta del palacio y nos saludó muy amablemente, pues, aunque no hubiera en él ninguna muestra de majestad, poseía ese talante noble, caballeroso y galante de que vuestra Nación británica (en especial los gentilhombres) está bien dotada. A poco de saludarnos, acudió su Señora o esposa, aparentemente venida de su casa o palacio y atendida por dos doncellas. Era una mujer de exquisita belleza y llevaba en la cabeza algo así como una diadema de flores de varios colores que la hacía aún más digna de admiración. Se recubría sus vergüenzas con piezas de antiguos vestidos, retales según creo de aquellas ropas que habían llegado hasta ella, adornados también con flores, que volvían muy hermosos todos esos trapajos. Y en efecto, tanto prevalece el pudor del sexo femenino en esta isla, que, mediante hierbas y flores entrelazadas y bien sujetas con ramas jóvenes de olmos (que crecen allí en abundancia), se fabrican con qué cubrir esas partes que la sola naturaleza debería mantener ocultas. Como presente, le llevamos al Príncipe unos cuantos cuchillos, de los que pensamos estaban necesitados, así como un hacha o hachuela con que cortar madera, que fue muy bien recibida por su parte, ya que la única que poseían, ya vieja y que había sido arrojada por la borda en su primer y ya lejano desembarco, estaba demasiado roma y herrumbrosa como para poder cortar nada. Le obsequiamos con unas cuantas cosas más, que él aceptó agradecido, invitándonos a entrar a su casa o palacio y ofreciéndonos asiento junto a él. Allí volvimos a reponernos, comiendo algunas viandas más del país, que no eran otras que las que habíamos probado antes. Siendo allí el mismo el condumio del Príncipe que el del campesino, tampoco hay diferencia en lo referente a la bebida, que no es sino el agua dulce que los ríos les proporcionan en abundancia. Tras una breve pausa, aquéllos de nuestros compañeros que hablaban inglés, obedeciendo a nuestros requerimientos, desearon conocer de sus labios lo relativo a sus orígenes, y de qué manera toda esa gente, que hablaba la lengua de tan remoto país, había llegado a establecerse en esos parajes, no poseyendo, como bien constatamos, ni barco ni bote alguno que los hubiera podido trasladar desde allí. Y lo que es más, ignorando tanto lo que era una nave como el arte de navegar, único medio posible para semejante menester. Correspondiendo a nuestros interrogantes, el Príncipe nos contestó con suma cortesía:

« Amigos (ya que vuestro proceder nos prueba a las claras que lo sois, como el nuestro hará lo propio), sabed que habitamos esta Isla sin habernos establecido en ella mucho tiempo atrás, ya que mi abuelo, el primero que puso pie en sus costas, había nacido en un lugar llamado Inglaterra, según él mismo me dio a entender. Vino por las aguas desde allí en una cosa llamada nave, algo de lo que nada puedo deciros que vos no sepáis mejor que yo. Lo acompañaban varias personas más, no con la intención de llegar hasta aquí, sino, según me dijo, a un lugar llamado India, cuando un temporal los empujó a esta costa, a él y a sus compañeros. Encallándose entre las rocas, la nave acabó hecha pedazos, ahogándose en las aguas el resto de la tripulación y salvándose sólo él y cuatro mujeres. De forma que los cinco, valiéndose de una pieza desgajada de la nave y con el sufragio divino, consiguieron alcanzar tierra firme. Cuanto ocurrió después  ̶ ̶  continuó  ̶ , aún en vida de mi abuelo, os lo mostraré en una relación sobre ello, escrita de su propia mano y que le entregó a mi padre, por tratarse de su hijo mayor, encareciéndole que la cuidase con especial esmero y asegurándole que, con el tiempo, llegarían aquí otros pueblos o gentes a quienes darles cuenta de la narración, pues la verdad sobre nuestro primer establecimiento aquí no debía quedar en el olvido. Mi padre obedeció y cumplió lealmente con el encargo, pero, al no aparecer nadie por estas tierras, me encomendó que hiciera yo lo mismo a su muerte. Y en siendo vosotros las primeras personas, fuera de nosotros mismos, jamás arribadas a esta isla, y obedeciendo yo el mandato de mi abuelo y de mi padre, os ofrezco a vosotros de buen grado la dicha relación. »

Subió entonces a una especie de cuarto reservado, que supusimos tratarse de su propia cámara, y trajo consigo dos pliegos de papel primorosamente escritos en inglés, que contenían esa misma relación que vos disteis a la imprenta en Londres, dándoles él mismo lectura con mucha claridad. Por nuestra parte, le escuchamos con gran complacencia y admiración y él nos proporcionó de buena gana una copia del tratado. Esa copia, que después nos llevamos con nosotros, es la que sigue a continuación.

[Aquí comienza aquí la primera parte del tratado.]

Habiendo descubierto los portugueses poco tiempo ha una ruta marítima hacia las Indias Orientales que, rodeando el sur de África, resulta mucho más segura y ventajosa de lo que lo habían sido las otras hasta ahora, unos mercaderes ingleses pusieron su empeño en establecer allí una colonia para su aprovechamiento comercial, movidos por los grandes beneficios del intercambio con el Oriente. Y con este propósito se dotaron cuatro naves, tras de haber obtenido licencia de la Reina Elizabeth con fecha del 11 o 12 de comienzos del Anno Domini de 1569. Mi patrón fue enviado en una de ellas para establecerse allí y encargarse de tratar y negociar para ellos, llevándose consigo a toda su familia, esto es, su esposa y dos hijos, uno que contaba con unos 12 años de edad, y la otra de unos 14; a ellos se sumaban dos sirvientas, una esclava negra y yo mismo, que figuraba a sus órdenes como contable. Con esta compañía, y llevando todo cuanto fuera preciso para el uso doméstico una vez asentados allí, embarcamos un lunes, 3 de abril del mismo año, a bordo de una gran nave llamada “Mercader de Indias”, llevando una carga de alrededor de 150 toneles. Con un buen viento a nuestro favor, a los catorce días de navegación alcanzamos las Canarias, y no mucho después las Islas de Cabo Verde, donde aprovechamos para proveernos de alimentos frescos y de todo lo necesario para nuestra travesía. Continuamos rumbo a Sureste y divisamos el 1 de agosto la Isla de Santa Helena, donde hicimos acopio de agua fresca, para dirigirnos después hacia el Cabo de Buena Esperanza.  Allí quiso Dios bendecirnos con una enfermedad que se llevó a algunos de nuestra tripulación, aunque a nadie de nuestra familia, y a partir de entonces tuvimos un tiempo muy calmo gracias a Dios. Pero, cuando ya teníamos a la vista la Isla llamada de San Laurencio, una de las más grandes del mundo según afirman los marineros, fuimos arrastrados y dispersados por un temporal de viento que se mantuvo hasta 8 días, con tal violencia que llegamos a perder toda esperanza de salvarnos, sin saber si acabaríamos encallados o entre las rocas, inciertos durante la noche sin el menor consuelo de luz, presas del miedo, sólo aguardando la llegada del día, y con él la anhelada tierra firme. Por fortuna, ésta llegó cuando menos lo esperábamos, que sería en torno al 1 de octubre, pues el miedo nos había hecho perder la cuenta del tiempo transcurrido. Al romper el día, divisamos tierra que, aun sin tener idea de qué lugar podía tratarse, nos pareció empinada y rocosa, lo cual sumándose a que el mar seguía siendo borrascoso y tempestuoso, nos dejó sin esperanza alguna de salvación, más bien aguardando nuestra perdición de un momento a otro. Siendo inminente el encontronazo con la costa, y no sirviéndonos de refugio la nave, que ya veíamos pronta a quebrarse en mil pedazos, el capitán, mi patrón y algunos otros, pensando que con ello salvarían la vida, soltaron y se lanzaron al bote mayor. Justo después, todos los marineros saltaron por la borda, pensando en salvarse a nado. Sólo quedamos a bordo la hija del patrón, las dos sirvientas, la negra y yo mismo, ya que ninguno de nosotros sabíamos nadar; y bien les valiera al caso, a los que nos dejaron, haberse retardado junto a nosotros, ya que a todos o casi todos los fuimos viendo perecer, listos nosotros a correr su misma suerte. Pero, como por milagro, quiso Dios ahorrarse nuestras vidas, aunque fuese a costa de más penalidades. Ya que, cuando por fin chocamos contra las rocas, nuestra nave, tras aguantar dos o tres empellones, acabó destrozada y a medio hundir entre las aguas. Mientras que nosotros permanecíamos a duras penas sobre el bauprés quebrado, la nave, o lo que quedase de ella, fue a parar a una pequeña ensenada por la que corría un riachuelo el cual, resguardado por las rocas, quedaba a salvo de los vientos, de tal forma que tuvimos la oportunidad, los cuatro junto a la negra, de saltar a tierra, si bien medio asfixiados. Desde lo alto de una empinada roca pudimos contemplar aterrorizados la espantosa destrucción. Yo conservaba en el bolsillo una cajita de yesca que, bien cerrada que estaba, conservaba la mecha seca; también tenía la pieza de acero y el pedernal, listos para hacer fuego en cualquier momento, y ésta resultó ser la mejor ocasión. Así que, con este propósito, y sirviéndonos de todos los restos de leña seca que encontramos, hicimos fuego y pudimos secarnos. Hecho esto, dejé a mi compañía femenina y fui a ver si conseguía encontrar a alguno de nuestros compañeros de viaje que se hubiese salvado del desastre. Pero no me topé con nadie, a pesar de las voces que di, haciendo todo el ruido posible. Ni siquiera escuché las pisadas de ninguna criatura viviente, salvo de unos cuantos pájaros y aves silvestres. Entretanto, la tarde se había echado encima, así que regresé con mis compañeras, que ya estaban preocupadas por mi ausencia. Las encontré tal cual las había dejado, y empezamos entonces a temer que los pueblos salvajes del país dieran con nosotros, aunque no distinguimos pisadas de ninguno, ni nada parecido a una vereda. Los bosques de los alrededores, llenos de rosas silvestres y de zarzas, nos hicieron ahora temer la presencia de bestias salvajes, pero no advertimos el menor rastro de ellas. Aunque, ante todo, lo que más temíamos, y con razón, era acabar muriendo de hambre, al carecer de comida.  Pero Dios nos proveyó en abundancia, como veréis a continuación. Así que nos empleamos en recoger algunos restos de la embarcación destrozada, como tablas y maderamen y los jirones desgarrados de velas y jarcias que quedaron flotando en las orillas, pensando en servirnos de ellas como refugio. Yo levanté dos o tres mástiles e hice pasar entre los árboles otros tantos cordajes y sogas, colocando sobre todo ello algunos restos del velamen. Una vez provistos de leña y de tres o cuatro atuendos marineros, y ya bien secos, nos hicimos con nuestro alojamiento para esa noche. Ya que la morita era más resistente a las inclemencias, ocupamos los otros cuatro el centro del garito. Dormimos profundamente esa noche, por no haberlo podido hacer las tres o cuatro anteriores, angustiados por lo que nos esperaba. Ni nuestro incómodo alojamiento ni el temor a cualquier peligro inminente consiguieron evitar que cesáramos en nuestro estado de alerta. Al día siguiente, ya repuestos del sueño, el viento había cesado y hacía una agradable temperatura. Bajamos hasta las rocas de la orilla y allí encontramos gran parte de nuestro cargamento, depositado sobre la arena o flotando en su cercanía. Con la ayuda de mi compañía, arrastré hasta la orilla la mayor parte, que pesaba al punto de quebrarnos. Desguazamos las barricas y los zunchos y sacamos todo lo que nos pudiera sernos de utilidad, poniéndolo en lugar seguro. No precisábamos de ropa, ni de ningún otro utillaje doméstico, teniendo en cuenta que no íbamos a disponer de ninguna casa mucho mejor que la que ya teníamos; tampoco de provisiones, que, en todo caso, se habían echado a perder con las aguas. Tan sólo recuperamos de una cuba que, por ser más ligera que el resto, se había conservado seca, unos bizcochos que nos sirvieron de pan durante un tiempo. Encontramos tierra adentro un ave del tamaño aproximado de un cisne, gruesa y pesada, lo cual le impedía volar, por lo que no tuvimos dificultad alguna en darle caza y convertirla en nuestro primer alimento. Habíamos traído de Inglaterra unos cuantos gallos y gallinas para comer durante el viaje y, cuando la nave se estrelló, varios consiguieron de algún modo llegar a tierra y comenzaron enseguida a criar; así que nos habrían de resultar de gran provecho en el futuro. Encontramos además, en los márgenes de un riachuelo, un gran número de huevos con la albura y la yema parecidas a las de nuestros patos y de muy buen sabor. De modo que no necesitábamos mucho más para sobrevivir. Al día siguiente, que hacía el tercero de nuestra llegada, nada más amanecer, y en no habiendo nada que nos perturbase, fui en busca de un lugar conveniente para residir, donde pudiésemos construirnos una cabaña que nos resguardase del mal tiempo y nos permitiese sentirnos seguros frente a cualquier otro peligro o tribulación como las bestias salvajes, caso de que vinieran a nuestro encuentro. Di con el lugar adecuado junto a un gran manantial, que brotaba en los márgenes de un bosque y en lo alto de una colina elevada que miraba al mar, ofreciendo una magnífica perspectiva. Con la ayuda de un hacha y de algunos otros utensilios, ya que habíamos perdido la mayor parte de nuestras herramientas en el agua, me las avié pera cortar unos postes lo más rectos que pude, los imprescindibles para mi propósito; con la colaboración de mis compañeras, que la necesidad obliga, excavé unos hoyos en la tierra, hincando en ellos los postes a igual distancia, clavando en ellos los tablones rotos de toneles, restos del camarote y otras cosas parecidas, dejando la entrada cara al mar y cubriendo el techado con el velamen bien sujeto y tensado. Así que, en unas pocas semanas, tuvimos construida una espaciosa cabaña, lo bastante grande como para resguardar nuestros escasos enseres y a nosotros mismos. Instalé también nuestras hamacas para acomodarnos allí, siempre con la esperanza de que placiera a Dios enviar una nave por esa zona y de regresar al hogar, cosa que nunca ocurrió, por hallarse el lugar, tal como yo suponía, fuera de toda ruta. Llevábamos ya viviendo así cuatro meses, lo suficiente como para haber visto u oído alguna población salvaje, o a cualquiera de nuestra tripulación que hubiese sobrevivido. Pero salvo nosotros, ni rastro de unos ni de otros. La experiencia nos demostró que todos los demás se habían ahogado, y el lugar, por lo que supimos, era una gran isla, del todo separada y fuera de la vista de cualquier otra tierra, y por completo deshabitada, incluso de bestias dañinas que pudiesen molestarnos. Por contra, el país resultaba muy agradable, siempre cubierto de verdor, lleno de deliciosos frutos y una gran variedad de pájaros, casi siempre cálido y nunca más frío que Inglaterra en el mes de septiembre. En suma, pudimos constatar que estas tierras, sólo a falta de cultivarse por gente preparada para ello, podrían tomarse por un auténtico Paraíso. Los bosques nos proveían de una especie de nueces, del tamaño de grandes manzanas, cuyo fruto, seco y sabroso, nos sirvió a falta de pan. Contábamos también con esas bandadas de pájaros antes mencionadas, así como con una especie de aves acuáticas parecidas a los patos y sus huevos, además de un animal del tamaño de una cabra y casi igual a ella, que paría dos crías en cada camada, y ésta dos veces al año, y que abundaba en las tierras bajas y los bosques, tratándose de unas criaturas mansas e inofensivas, por lo que era fácil atraparlas y sacrificarlas. En fin, contábamos con gran cantidad de moluscos, que podíamos recoger sin dificultad. Así que, en lo referente a la comida, no precisábamos de nada. Gracias a todas esas facilidades, continuamos de tal modo durante seis meses, sin turbación alguna y sin carecer de nada. La ociosidad y la abundancia de todo lo necesario engendró en mí el deseo de gozar de las mujeres. Tras familiarizarme con ellas, persuadí a las dos sirvientas de que yacieran conmigo, lo cual hicimos al principio en privado. Pero después, la costumbre se llevó consigo el pudor, no habiendo allí más gente que nosotros, y lo hicimos más a las claras, dando vía libre a nuestros placeres. No tardó mucho la hija de mi patrón en disfrutar también de nuestras prácticas. La verdad es que todas eran mujeres bien parecidas cuando aún iban vestidas, bien formadas y dotadas. Dado que no nos faltaba la comida, y viviendo en completa ociosidad, nos sentíamos en completa libertad para hacer nuestra voluntad, sin prevenirnos de que el retorno al hogar nos hiciera avergonzarnos de nuestra licencia. La primera de mis consortes, la más guapa y espigada, concibió enseguida un niño. La segunda fue la hija de mi patrón, y la otra no tardó en verse en el mismo estado, no quedando más que mi Negra quien, aun conociendo bien lo que veníamos haciendo, se tomó su tiempo en imitarnos. Hasta que una noche, estando yo dormido, aprovechando la oscuridad y con el consentimiento de las otras, se me arrejuntó con seductores arrumacos. Yo me desperté, la sentí y supe quién era: por más que intenté notar la diferencia, me gocé con ella como con cualquiera de las otras. Aunque se tratase de la primera vez, esa misma noche resultó preñada, así que, a sólo un año de permanecer allí, todas mis mujeres tenían un niño mío. Al ir naciendo en diferentes estaciones, resultaron ser de gran ayuda entre ellos.

La primera me dio un robusto varón; la hija del patrón, que era la más joven, dio a luz una niña, y lo mismo hizo la otra sirvienta, que resultó ser más tarda en su cometido. La negra, sin sufrir dolor alguno, me trajo al mundo una hermosa niña blanca. Así que tuve un hijo y tres hijas y, encontrándose pronto las mujeres recuperadas, las dos primeras ya estaban encintas de nuevo antes de que me llevara al lecho a las dos últimas, ya que tenía por costumbre no yacer con ellas cuando estaban preñadas, esperando a que las otras se encontrasen ya bien repuestas, y en ningún caso con la negra, que se quedaba embarazada al punto de acostarme con ella, algo que hacía siempre de noche, pues me producía cierto rechazo, a pesar de que era una de las mujeres de color más hermosa que había visto, y sus hijos semejantes en todo a los demás. No teníamos ropa para ellos, así que, una vez amamantados, los poníamos a dormir en sus pesebres sin cuidarnos de ellos, porque sabíamos que, cuando se marcharan una vez crecidos, vendrían otros, no fallando en eso las mujeres, como mínimo una vez al año. Con todo, a pesar de las carencias en que los teníamos, ninguno de los niños enfermó, así que, a falta únicamente de ropa, y más por simple decencia que por cualquier otra causa, dado que el calor del país y la costumbre suplían este defecto, nos encontrábamos bien satisfechos en estas condiciones. Nuestra familia empezó a crecer y ya era numerosa nuestra descendencia, por lo cual, y en no existiendo ningún peligro que pudiera dañarnos, dejábamos muchas veces a los niños por los alrededores, en sus filas de cunas y al resguardo de algún árbol: de la misma manera (pues no había otra cosa que pudiéramos hacer) en que yo mismo me había reservado varios árboles para dormir con mis mujeres a plena luz del día, que así pasábamos el tiempo tanto ellas como yo, no queriendo ninguna alejarse ni un momento de mi compañía.

Ya que no cabía pensar siquiera en regresar a casa, determinamos y nos juramos unos a otros no partir del lugar por separado ni dejarnos a solas. Mis diversas mujeres habían ya dado a luz a 47 niños, entre varones y hembras, pero en su mayoría hembras, que crecían con gran rapidez, así que nos sentíamos tan unidos carnalmente y en un país que se comportaba de manera tan favorable, que ya no precisábamos de cosa alguna. La negra, después de parir a doce, fue la primera en dejar de engendrar, así que dejé de yacer con ella. La hija de mi patrón, con la que tuve la mayor parte de mis hijos por ser la más joven y atractiva de todas, era también la que más se placía de mí, y yo de ella. Y así vivimos durante dieciséis años, cuando nos dimos cuenta de que mi hijo mayor tenía ya en mente los mismos impulsos naturales que él mismo nos había visto practicar. Le concedí una esposa y lo mismo hice con el resto, tan pronto como iban creciendo y estaban capacitados para ello. Mis mujeres ya habían dejado de engendrar y mis hijos comenzaron a reproducirse con enorme rapidez, así que íbamos camino de convertirnos en una multitud. Mi primera esposa me había dado trece hijos, la segunda siete, la hija de mi jefe quince y doce la negra: cuarenta y siete en total. Cuando hacía ya 22 años que estábamos allí, mi negra murió de repente, sin que yo supiera qué podía haberle hecho daño. La mayoría de mis hijos habían crecido y los habíamos casado enseguida. Los fui enviando y estableciendo al otro lado del río en varias tandas y a su antojo, para no molestarnos los unos a los otros, ahora que eran adultos y andaban bien casados a nuestro modo, exceptuando a dos o tres de los más jóvenes. Siendo yo también entrado en años, no quería soportar sin motivo la presencia de su joven compañía. Ya rondaba yo los cincuenta años, y me acercaba a los cuarenta desde mi estancia en esas tierras, dándome durante todo ese tiempo más y más crías, alcanzando mi descendencia habida con mis cuatro mujeres, entre hijos, nietos y bisnietos, los quinientos cincuenta y cinco de ambos sexos. Yo escogía a los varones de una familia y los casaba con las hembras de otra, evitando que desposaran a sus hermanas, cumpliendo así con lo que se había hecho siempre desde la antigüedad. Dando gracias a Dios por su bondad y providencia, me despedí de ellos, no sin antes haberles enseñado a algunos a leer adecuadamente y, ya que conservaba una Biblia, les encomendé que leyeran una página una vez al mes, reunidos en asamblea general. Finalmente, una de mis esposas falleció a la edad de 68 años, enterrándola yo en un lugar elegido a tal efecto, y un año después falleció otra, de modo que sólo me quedó la hija de mi jefe, junto a la que viví otros doce años más hasta que murió igualmente, dándole yo mismo sepultura en un lugar en el que había previsto que se me enterrara a mí mismo; junto a mí la muchacha alta, mi primera esposa, la negra a su lado y separada de ella, y por fin la otra muchacha junto a la hija de mi patrón. Ya no tenía otra cosa en que pensar, salvo el lugar en donde iba a pasar el resto de mis días, siendo ya muy viejo, con casi ochenta años. Le entregué la cabina y el resto de equipaje que había quedado del naufragio a mi hijo mayor, para que hiciera uso de ellos tras mi deceso. Él se había casado con mi hija mayor, la que tuve con mi amada esposa, y yo lo había nombrado rey y gobernador de todos los demás. Le había dado a conocer las costumbres de Europa, encargándole que recordase la religión cristiana a su manera, y que continuasen hablando la misma lengua sin tolerar ninguna otra, caso de que en algún momento llegasen otros a descubrirlos. Por fin y de una vez por todas, los reuní y los hice acudir a mí para que pudiera contarlos uno a uno, y esto fue cuando yo ya tenía los ochenta años cumplidos, cincuenta y nueve desde mi llegada a la isla, estimando su número en unos mil setecientos ochenta y nueve entre los dos sexos. Rogando a Dios que los multiplicara y protegiera con la auténtica luz del Evangelio, me despedí de todos ellos, puesto que, siendo yo ya muy viejo y con la vista desgastada, no me cabía esperar vivir mucho más tiempo. Le entregué esta narración, escrita por mi propia mano, a mi hijo mayor, que vivía ahora conmigo, encomendándole que la guardase para que, dado el caso de que arribasen allí por casualidad algunos extranjeros, les permitiesen leerla y hacer copia de ella si así lo considerasen necesario para que nuestro nombre no se borrase de la tierra. Doté a toda esta población, mi descendencia, con el patronímico de English Pine, por ser mi nombre George Pine y el de la hija de mi patrón Sarah English. Mis otras dos esposas se llamaban, la una Mary Spark y la otra Elizabeth Trevor, por lo que sus diversos descendientes son llamados los English, los Sparks, los Trevors y los Phills, estos últimos por el nombre cristiano de la negra, llamada Philippa y sin apellidos. Y el nombre genérico de todos es el de los English Pines, que Dios bendiga con el rocío de los cielos y el fruto de la tierra. Amén.

[Aquí termina la Primera Parte.]

Después de leerla y de procurarnos una copia de la Relación, prosiguió así con su discurso:

«Cuando escribió esto, mi abuelo, como hemos oído, tenía ya ochenta años de edad, y había dejado un total de mil setecientos ochenta y dos descendientes, todos procedentes de los que engendró su bajo vientre en sus cuatro mujeres mencionadas. Concebido por su esposa Mary Spark, mi padre, llamado Henry, era el hijo mayor, y fue a él a quien nombró Gobernador y Legislador de todos los demás, otorgándole este cargo, no para que lo ejerciese con tiranía sobre el resto, sino teniendo en cuenta que sus súbditos eran sus hermanos por parte de padre (de lo cual no cabía la menor duda, no siendo posible comercio alguno con otro hombre), y exhortándolo a ejercer la justicia y la equidad entre ellos y a no dejar que la religión desapareciera con ellos, sino más bien que observasen y conservaran esos preceptos que él les había enseñado, hasta que por fin rendió su alma en paz y fue enterrado entre grandes lamentos de sus hijos. «

» Mi padre comenzó a legislar y, por haber crecido mucho la población, los envió a que fueran a descubrir el resto del país, que encontraron ser a la medida de sus necesidades, bien poblado tanto de aves como de bestias, y éstas inofensivas para el hombre. Era como si a esta tierra, sobre la cual nos había depositado la providencia sin ningún tipo de armas ni defensas para protegernos ni atacar a otros, la misma providencia la hubiese preservado tan deshabitada como para que no precisáramos de ellas para preservar nuestras vidas. Pero como es imposible que dejen de producirse desórdenes entre las multitudes, al intentar el más fuerte oprimir al más débil, y no siendo los lazos de la religión lo suficientemente fuertes como para sujetar la naturaleza depravada de la humanidad, comenzaron a surgir disputas entre ellos y bien pronto abandonaron aquellos buenos consejos que les había dejado mi abuelo. La fuente de donde brotaron los primeros disturbios fue, en mi opinión, la negativa a escuchar la Biblia que, según las prescripciones de mi abuelo, tenía que ser leída una vez al mes en asamblea general. Pero los había muchos que se habían extendido por el interior del país y bien pronto dejaron de acudir, descuidando también todas las instrucciones cristianas; por lo cual, habiendo perdido en sí mismos el sentido del pecado, cayeron enseguida en la prostitución, el incesto y el adulterio. De modo que aquello que mi abuelo se había visto obligado a hacer por necesidad, ellos lo hicieron por lascivia, no manteniéndose en los límites de lo honesto: yacieron juntos y abiertamente hermanos con hermanas, y los que no se rendían voluntariamente a sus abrazos obscenos eran violados por la fuerza, muchas veces con peligro de sus vidas. «

» Para enderezar semejantes enormidades, mi padre reunió a toda la asamblea y les denunció las perversiones de sus parientes, y todos los reunidos estuvieron de acuerdo en que fueran severamente castigados. Así que se hicieron de ramas, piedras y otras armas semejantes y marcharon contra ellos. Advertidos de su llegada y temiendo su merecido castigo, algunos de ellos corrieron a ocultarse en los bosques, y otros cruzaron un gran río que corre atravesando el centro de nuestro país, arriesgándose a ahogarse con tal de escapar al castigo. Pero fue capturado el mayor ofensor de todos, llamado John Phill, el segundo hijo de la negra que llegó a la isla con mi abuelo. Probada su culpabilidad en diversas violaciones y atrocidades cometidas por él, fue condenado a muerte y arrojado al mar desde una alta roca, pereciendo en las aguas. Una vez ejecutado éste, a los demás se les concedió el perdón por sus delitos pasados, lo cual, una vez hecho público, hizo que retornasen de esos lugares oscuros y apartados en los que habían ido a esconderse. Ahora bien, lo mismo que la semilla que se siembra en el maloliente estercolero produce en cambio un fruto salutífero para el sustento de la vida del hombre, de igual modo, las malas acciones produjeron Leyes buenas y sanas para la preservación de la sociedad humana. Poco después, mi padre, asistido por algunos otros miembros de su Consejo, ordenó y estableció estas leyes para que todos las observaran:

» 1. Cualquiera que blasfemase o usara de manera irreverente el nombre de Dios, sería llevado a la muerte.

» 2. Aquél que se ausentase, sin motivo probado y suficiente, de la asamblea mensual para escuchar la lectura de la Biblia, a la primera falta sería retenido sin comida ni bebida durante cuatro días; y, si volvía a cometerla, sería condenado a muerte.

» 3. Aquél que forzase o violase a una muchacha o una mujer, sería entregado a las llamas hasta morir, encargándose la víctima de prender fuego en la leña que debía abrasarlo.

» 4. Para aquéllos que cometiesen adulterio, tras el primer crimen, el hombre perdería sus partes pudendas, y a la mujer se le arrancaría el ojo derecho y, si volvía a ser descubierta cometiendo el mismo acto, moriría sin merced.

» 5. Aquél que dañase a su vecino en alguno de sus miembros, o le robase alguna de sus pertenencias, sufrirá en sí mismo la pérdida del miembro dañado y, por haber robado a su vecino, pasará a convertirse en su sirviente hasta en tanto le devuelva el doble de lo quitado.

» 6. Quien quiera que difame o hable mal del Gobernador, o bien se niegue a acudir a su presencia tras ser requerido, recibirá pena de azotes y después será excluido del trato con los demás habitantes.

» Una vez formuladas estas leyes, eligió a varios de sus subordinados para que velasen por su cumplimiento, y de ellos, uno pertenecía a los English, la rama procedente de Sarah English; otro de su propia tribu, los Sparks, un tercero de entre los Trevors y el cuarto de los Phills, instándolos a todos a que se presentaran ante él todos los años en determinada fecha y le ofrecieran un informe de cuanto habían hecho en pro de la ejecución de dichas leyes. Tras haber organizado así el país, mi padre vivió en paz y tranquilamente hasta la edad de 94 años y, tras su fallecimiento, lo sucedí yo mismo en su cargo, continuando en paz y sosiego hasta el presente. »

            Terminada su alocución, le dimos gracias de todo corazón por su información, asegurándole estar dispuestos a procurarle todo lo que estuviese en nuestras manos, sintiéndonos dichosos de satisfacerle en con cuanto desease. Tras lo cual, y estando ya todo preparado para nuestra partida, antes de marcharnos nos solicitó para el día siguiente, que era el previsto para su gran asamblea o encuentro mensual para la celebración de sus prácticas religiosas. De modo que al otro día acudimos a verle de nuevo, siendo recibidos con la misma gentileza. Nos produjo gran admiración el contemplar a esa gran masa de gente reunida en tan pequeño espacio. En primer lugar, se celebraron varios matrimonios siguiendo el siguiente ritual: el novio y la novia se presentaron ante él, que cumplía las funciones de Sacerdote y Lector de la Biblia, junto con los padres de cada uno de los contrayentes; caso de haber fallecido alguno de sus progenitores, lo sustituía el pariente más cercano, sin cuyo consentimiento o el de una de las partes el Sacerdote no se prestaba a unirlos. Satisfecha esta condición, tras unas breves oraciones y juntando las manos de los novios, los declaró marido y mujer, exhortándoles a que vivieran en perfecto acuerdo y amándose el uno al otro, así como en paz con sus vecinos, y concluyendo con algunas oraciones antes de despedirlos. Concluidas las bodas, cada cual ocupó su lugar para escuchar la lectura de la Palabra, los recién casados recibiendo el honor por ese día de sentarse junto al Sacerdote. Éste leyó dos o tres capítulos, pronunciando a continuación una aclaración de los pasajes más difíciles y, mientras tanto, todo el mundo permaneció muy atento. La práctica se extendió unas dos o tres horas y, una vez terminada, el Sacerdote la culminó con unas cuantas oraciones. Pero la población respetó estrictamente el resto de la jornada, absteniéndose de todo tipo de juegos y pasatiempos con los que se entretenían los demás días, por no precisar de nada que no fueran las vituallas, que obtenían en abundancia y se les ofrecían prácticamente al alcance de la mano. Terminadas sus prácticas religiosas, nosotros volvimos de nuevo a nuestra nave y, al día siguiente, llevamos con nosotros unas cuantas aves de corral y, dejando a la mitad de la tripulación resguardando el barco, los demás nos adentramos en el país para inspeccionarlo a fondo. Esa misma mañana, y durante todo el recorrido, nos fuimos encontrando con muchas pequeñas cabañas o chozas de los habitantes, construidas bajo los árboles y recubiertas con ramas, hierbas y materiales semejantes para guarecerlas del sol y de la lluvia. Cuando pasábamos junto a ellas, salían a nuestro encuentro asombrados por nuestro atuendo y manteniéndose a prudente distancia, como si nos tuvieran miedo. Pero nuestro compañero que hablaba inglés, dirigiéndose a ellos en su propia lengua con buenas palabras, consiguió que se acercasen, e incluso algunos de ellos propusieron libremente acompañarnos, lo cual aceptamos de buena gana. Pero, tras haber recorrido algunas millas, uno de nuestro grupo comenzó a ojear a un animal semejante a una cabra hasta que la tuvo a turo, la apuntó y descargó su arma, atravesándole el vientre con varias balas, que la dejaron muerta sobre el suelo. Toda esa pobre gente desnuda y desarmada, al contemplar a la bestia caída y revolcándose en su propia sangre, pusieron pies en polvorosa, corriendo de vuelta lo más deprisa posible, sin que sirvieran de nada las palabras persuasivas de nuestro compañero, asegurándoles que no tenían nada que temer; así que nos vimos obligados a continuar sin su compañía. Durante todo el recorrido estuvimos escuchando la deliciosa armonía de las aves canoras, y contemplando la tierra fértil y abundante en árboles, arbustos y todo tipo de flores, tales que sólo puede producir la naturaleza sin ayuda de cultivo. Vimos igualmente muchas clases de bestias, que no se mostraban tan fieras como en otras regiones. Que esto se deba a que, por tener el suficiente alimento con que saciarse, no necesiten masacrar a otros, o bien a que nunca habían tenido a la vista al hombre ni escuchado la explosión de sus armas mortíferas, es algo que dejo a otros decidir. Vimos árboles cargados de frutos, algunos de los cuales, que comprobamos no ser perjudiciales ni desagradables al paladar y, sin duda porque la naturaleza suple y supera al artificio, igualaban e incluso excedían a muchos de nuestros países europeos. Los valles estaban cruzados por numerosas torrenteras, y con seguridad la tierra escondía venas de minerales, sobrados para satisfacer los deseos de los más codiciosos. Nos resultó extraño el observar que un terreno tan fértil y que nunca había sido habitado nos ofreciera no obstante un paso tan despejado, sin el estorbo de matojos, abrojos y espinos que obstaculizan el tránsito en la mayoría de las islas semejantes, siendo tan sólo la altura de la hierba, siempre cubierta de flores, el único impedimento con que nos topamos. Viajamos así durante seis días seguidos, dejando varias marcas en nuestro camino para que nos guiaran a nuestro regreso, por no saber si contaríamos con la ayuda de las estrellas que guiasen nuestro retorno, como habían hecho en nuestro avance. Finalmente, fuimos a encontrarnos con el vasto océano, al otro extremo de la isla, la cual, según nuestros cálculos, tenía forma ovalada, sólo rota aquí o allá por algunos promontorios. Por lo que pude observar, contaba con pocos puertos practicables, ya que sus costas rocosas la hacían casi del todo inaccesible. Su largo debe de alcanzar unas doscientas mil millas y su anchura unas cien mil, con un perímetro en total de alrededor de quinientas. Se sitúa aproximadamente a unos 76 grados de longitud y a 20 de latitud, sometida al tercero de los climas. Su día más largo tiene una duración de trece horas y cuarenta y cinco minutos. En cuanto a su clima, como el de todos los países australes, es mucho más cálido que el nuestro de Europa, pero todo cuanto el sol seca durante el día se refresca de noche por las frías gotas del rocío. Podemos juzgar lo saludable que es su aire por la longevidad de sus habitantes actuales, que no mueren nunca antes de sobrepasar la madurez, alcanzando algunos una edad muy avanzada. Y ya que hablamos de la duración de sus vidas, considero apropiado referirme en este punto a sus entierros, que acostumbran realizarlos como sigue. Cuando muere un pariente, cubren por completo su cadáver con flores y después lo transportan al lugar previsto para su entierro; tras depositarlo allí, y tras haber pronunciado el Sacerdote algunos exordios sobre la brevedad de la vida, recogen piedras de un montón reservado para este propósito, y el familiar más cercano es el que coloca la primera piedra sobre él, siguiéndole los demás sin detenerse hasta que han cubierto por entero el cuerpo con las piedras, de forma que ninguna bestia salvaje pueda acercársele, y viéndose obligados a este pesado transporte por carecer de palas o azadones con que excavar la tumba, visto lo cual les hicimos entrega de un pico y dos palas. Tendría que añadir aquí la forma que tienen de cristianar a los niños, pero por no ser apenas diferente de la que se sigue en Inglaterra, que les fue enseñada por George Pine desde el principio y continuada después por ellos, me abstendré de referirme al tema. A nuestro regreso de la inspección del país, el viento resultaba desfavorable, así que, estando nuestra gente dispuesta a ello, llevamos todos los instrumentos cortantes a tierra y nos dedicamos a talar árboles, con los que, en poco tiempo, ya que sobraban manos para trabajo tan ligero, levantamos un palacio para William Pine, el Señor del país; un edificio que, aunque muy inferior a los caserones de vuestros gentilhombres de Inglaterra, empero no habían visto ellos nunca nada mejor, resultándoles un lugar auténticamente señorial. El Señor Pine no cabía en sí de gozo ante nuestra obra, agradeciéndonos un regalo al cual no sería nunca capaz de corresponder. En fin, procedimos a despedirnos, ya que estábamos decididos a marcharnos de la Isla en cuanto se presentase la ocasión favorable, y lo hicimos casi como si fuésemos sus vecinos de Inglaterra, de donde procedían sus ancestros. Él pareció disgustarse con la noticia de que lo abandonábamos, e insistió en que podíamos acomodarnos y permanecer más tiempo con él. Pero, al ver que no podía disuadirnos de nuestra marcha, nos invitó a cenar con él al día siguiente y así se lo prometimos. Luchando contra el tiempo, lo dispuso todo suntuosamente en nuestro honor, de acuerdo con su estado, esta vez atendido de una forma auténticamente real como nunca lo habíamos visto antes, tanto en lo referente al número de sirvientes como a la variedad de carnes que nos ofreció, de las cuales dimos buena cuenta. En cambio, no disponiendo de otra bebida para nosotros que no fuera agua, nos trajimos de nuestra nave un barril de aguardiente, invitándolo a que lo probara. Pero, nada más degustarlo, no pudimos persuadirlo de que volviera a catarlo, afirmando él que nunca lo convenceríamos de que lo saborease de nuevo, ya que prefería con mucho el agua de su país antes que cualquier otro licor del tipo que fuere. Transcurrida la cena, fuimos invitados a los campos a contemplar sus bailes tradicionales, que realizaron con gran agilidad de sus cuerpos y, aunque no tenían como acompañamiento más que su música vocal con la que algunos de ellos acompañaban las danzas, bailaron con mucho esmero, agradando bastante a todos los que los contemplamos. Al siguiente día invitamos al Príncipe William Pine a bordo de nuestra nave, donde no faltó nada en nuestras manos que pudiésemos ofrecerle para su divertimento. Se llevó consigo a una docena de servidores y quedó admirado por todos los aparejos de nuestro barco. Pero, cuando nos decidimos a efectuar una descarga con una o dos piezas de armamento, fue presa de tal asombro que se quedó estupefacto cuando contempló los extraños efectos de la pólvora. Más convencido que nunca de su dieta, no consintió en que indujéramos a ninguno de sus acompañantes a beber otra cosa que no fuera agua. Le ofrecimos varias otras cosas, de todas aquéllas que teníamos recambio, y que pensó que podían serles útiles de algún modo, recibiéndolas agradecido y asegurándonos su afecto sincero y su buena voluntad en caso de que regresáramos alguna vez por allí. Nosotros estábamos por fin decididos a desplegar velas al día siguiente, con una buena ventolera de Sureste. Pero, cuando estábamos izando el velamen y levando anclas, nos vimos sorprendidos de repente por un ruido desde la orilla: era el Príncipe W. Pine, que imploraba nuestro socorro para enfrentarse a una insurrección que había estallado entre ellos, y cuyo causante era Henry Phil, el jefe de la tribu o familia de los Phils, descendiente del que George Pine había tenido con la mujer negra. El hombre había violado a la esposa de uno de los principales de la familia de los Trevors, quienes habían reunido a todos los de su tribu para entregar al culpable a la Justicia. Pero sabiendo él que el delito era tan grave como para merecer la pérdida de su vida, había tratado de defenderse por la fuerza ante tamaño e ilícito atentado, lo cual había llevado a toda la isla a un gran tumulto, por ser tan potentes las facciones en liza, y estando las diversas banderías tan enfrentadas las unas a las otras, que amenazaban con llevar al estado a su completa ruina. El Gobernador, William Pine, había mediado en el asunto, pero había encontrado ser su autoridad demasiado débil como para reprimir semejante desorden. Puesto que, toda vez quebrado el muro del Gobierno, cuanto peor es el criminal más poderoso se vuelve. Por todo ello requirió él nuestra asistencia, a lo que asentimos rápidamente y, armados doce de nosotros, bajamos a la orilla para sorprenderlos antes de luchar, pues poco podía hacer su desnudez frente a nuestras armas. Él mismo nos condujo hasta nuestro enemigo, comenzando por parlamentar e intentando ganárselo antes con buenas maneras que por la fuerza. Pero, al no conseguirlo, nos vimos obligados a hacer uso de la violencia. De aquí que Henry Phil, sin amilanarse, hiciera que los suyos se armasen de palos y piedras, sembrando tal revuelo entre nosotros que nos hizo dar en principio marcha atrás, lo cual les dio coraje para perseguirnos con gran violencia. Pero nosotros descargamos tres o cuatro fusiles y, cuando vieron heridos a algunos de los suyos, y en escuchando las terribles explosiones producidas, corrieron más deprisa de lo que habían venido. El bando de los Trevors que se había unido a nosotros los persiguió con arrojo, capturando a su capitán y regresando triunfantes para entregarlo al Gobernador, que se sentó para someterlo a Juicio, condenándolo a muerte, lo cual se ejecutó arrojándolo al mar desde una empinada roca, el único método que seguían, a excepción de la hoguera, para castigar a alguno con la muerte. Y entonces ya, por fin, pudimos despedirnos solemnemente del Gobernador y partir de allí, donde habíamos permanecido por espacio de un total de tres semanas y dos días. Nos llevamos con nosotros una buena provisión de carne de un animal que ellos llaman Reval, de un sabor algo diferente de la carne de cerdo o de ternera, pero muy agradable al paladar y extremadamente nutritiva. Nos llevamos con nosotros también unas aves que ellos llaman Mardes, del tamaño aproximado de un pollo y no muy diferente sabor. Tienen un vuelo ligero, pero son tan confiadas que se quedan en su sitio cuando vais a agarrarlas. El Gobernador nos envió también dos [bushels: medida de áridos] de huevos que conjeturo eran huevos de [Mards], de sabor muy jugoso y reconstituyentes [ftrenthening to the body]. El 8 de Junio divisamos Cambaia, una parte de las Indias Orientales, pero bajo el gobierno del gran Kan de Tartaria. Allí nuestra nave sufrió una vía, dañando gran parte de nuestras vituallas [Commodities] y nos vimos obligados a repararla [to put to Chore], poniendo en marcha la bomba [de achique] durante dieciocho días, lo cual, de habernos extraviado, nos habría llevado inevitablemente a la muerte. Estuvimos otros cinco días reparando nuestra nave y secando algunos de nuestros aparejos hasta que, por fin, izando velas, tardamos algo más de cuatro días en llegar a Calcuta. Es esta ciudad el principal centro de mercancías y aprovisionamiento de todo el tráfico con las Indias, siendo muy poblada y frecuentada por mercantes de todas las naciones. Descargamos aquí gran parte de nuestras provisiones y adquirimos nuevas, lo que nos llevó un mes entero. Durante todo este tiempo, aprovechando los momentos de ocio, pude pasear para visitar la ciudad, que encontré ser bien grande y populosa, extendiéndose unas tres millas a lo largo de la orilla del mar. Hay en ella muchas de esas personas llamadas por ellos Bramanes, sus sacerdotes o maestros, a los cuales tienen en gran reverencia. Es allí costumbre que el rey ofrezca a algunos de estos bramanes el disfrute de su lecho nupcial, debido a lo cual, no son los hijos del rey, sino los de sus hermanas los que lo suceden en el reino, al considerárseles con más certeza poseedores de sangre real. Y estas hermanas eligen al caballero al que gustan de entregar su virginidad y si comprueban que, pasado cierto tiempo, no les ha dado un hijo, ellas mismas se buscan a uno de estos bramanes, que nunca fallan en su tarea de sementales. La población es tan civilizada como ingeniosa, y tanto los hombres como las mujeres afectan una majestad en sus maneras y atavíos, que endulzan con ungüentos y perfumes, ornándose con joyas y otros adornos que sirven de signo de su rango y cualidad. Mantienen entre ellos muchas costumbres peculiares que observan escrupulosamente: por ejemplo, y en primer lugar, la de no reconocer a sus esposas hasta no haber tenido dos hijos de ellas; la segunda consiste en no abandonar su compañía si, pasados cinco años de cohabitación, no han obtenido descendencia de ellas, llevándose a cambio a otras a su lecho. En tercer lugar, no son en ningún caso recompensados por una hazaña militar si no aportan en sus propias manos la cabeza de un enemigo. Pero la más extraña, e incluso la más bárbara de todas consiste en que, cuando cae enfermo algún amigo, prefieren matarlo antes que verlo marchitarse con la enfermedad. De modo que, como vemos, hay poco empleo aquí para los médicos, ya que enfermar no dignifica otra cosa que marchitarse hasta que llega la muerte; o bien sea porque aquí la gente piense que es preferible matarse uno a sí mismo antes que dejarlo en manos de los doctores.

            Tras haber despachado nuestros negocios y reparado nuestra nave, dejamos Calcuta y pusimos rumbo al mar, costeando varias de las islas pertenecientes a la India. En Camboya, me encontré con mi viejo amigo Mr. David Prire, que se alegró mucho de verme y al que di cuenta de nuestro descubrimiento de la Isla de Pine, en los mismos términos que he empleado en el relato que acabo de ofrecer. Se estaba él recuperando de una fiebre, ya que el aire del lugar no le resultaba saludable. Nos hicimos allí con una buena carga de aloes y otras vituallas, preparando la nave para nuestro regreso a casa. Tras cuatro días de navegación, nos encontramos con dos barcos portugueses procedentes de Lisboa, uno de los cuales había perdido su palo mayor en una tormenta, viéndose forzado a ser remolcado en parte por el otro. Tuvimos un buen tiempo durante once días, pero entonces, una tormenta de viento repentina dañó sobremanera nuestro equipo, llevándose consigo a uno de nuestros marinos desde el castillo de proa. El 5 de Noviembre estuvo a punto de resultar fatal para nosotros, chocando por dos veces nuestra nave contra una roca y, por la noche, a poco de ser presa de las llamas, debido a la negligencia de un muchacho que dejó por descuido un candil encendido en el depósito de armas. Al día siguiente nos vimos acosados por un pirata argelino, pero la ligereza de nuestras velas nos permitió escapar de él. El primer día de Diciembre regresamos a Madagascar, donde pudimos hacernos de provisiones frescas y de agua. Durante nuestra estancia allí tuvo lugar un fuerte terremoto que derribó muchas casas. Las gentes del lugar son poco hospitalarias y trapaceras, y resulta bien difícil instarlas a traficar con otros pueblos. Y en esta ocasión, por haberles sobrevenido semejante catástrofe, se enfurecieron de tal modo contra los cristianos, a quienes imputaban ser causa de la calamidad, que atacaron a algunos portugueses, dejándolos malheridos. Nosotros, a la vista de su ominoso proceder, corrimos que nos las pelábamos y nos apresuramos todo lo posible por volver a alta mar. Navegamos hasta alcanzar la isla de Santa Helena y allí pasamos los días de Navidad, que fue muy celebrada por el Gobernador, súbdito del Rey de España. Y allí mismo nos aprovisionamos a voluntad de todo cuanto precisábamos. Pero, cuando ya estábamos a punto de partir, se dirigió a nosotros en un esquife desde Isla de Príncipe nuestro antiguo socio, el Señor Petrus Ramazina, que nos retuvo allí durante dos días más. Puesto que, tanto yo mismo como nuestro sobrecargo teníamos negocios urgentes que tratar con él, concernientes a esos asuntos de que os di noticia el pasado mes de Abril. No tuvimos sino que vernos reconocidos por su cortesía hacia nosotros, algo en lo que vos mismo bien sabéis que no escasea. El primero de Junio volvimos a largar velas con un viento agradable y propicio. Rozamos las Canarias, pero no nos retardamos en ellas, deseosos como estábamos de divisar nuestro país nativo. Pero los vientos se nos volvieron en contra durante una semana, hasta que nos vimos por fin favorecidos por una suave galerna que nos resultó muy provechosa, si bien nos vimos sorprendidos de nuevo por una posible amenaza: un marinero oteó desde el palo mayor a cinco naves que nos infundieron gran temor debido a nuestro rico cargamento, ya que no estábamos preparados para defendernos. Pero al abordarnos resultaron ser amistosos zelandeses. Tras otras muchas incidencias no dignas de notarse, llegamos por fin sanos y salvos a casa el 26 de Mayo de 1668. Y así, Señor, le he ofrecido una breve pero verídica relación de nuestro viaje, que yo mismo era el primero en desear realizar para así prevenir falsas copias que pudieran difundirse extenderse sobre sus circunstancias. En cuanto a la propia Isla de Pine, que fue la que me determinó a redactar esta relación, supongo que es materia tan extraña como para que algunos, aun siendo gente de conocimiento, y especialmente en una era como la nuestra, tan llena de descubrimientos, se resistan fuertemente a dar crédito a que tal lugar haya quedado ignorado durante tanto tiempo. Y más aún para muchos que yo conozco, tan incrédulos como para no dar fe a nada que no vean con sus propios ojos, haciendo uso de esa frase, proverbial entre nosotros, de que los viajeros deben mentir por ley y obligación. Pero al escribirle, Señor, no pido más que se me otorgue crédito, conociendo como bien sabéis mi disposición, que me hace odiar toda divulgación de falsedades. He de rogarle que comunique esta relación al Señor W. W. y al Señor P. L., recordándoles amablemente mi agradecimiento hacia ellos, sin olvidar a mis antiguos conocidos, el Señor J. P. y el Señor J. B. Y sin nada más por el presente, salvo mi profundo respeto, quedando su seguro servidor y dignándome en la más preciada amistad que os profeso, Henry Cornelius Van Sloetten. A 22 de julio de 1668.

Postdata.

Tan sólo un detalle más concerniente a la Isla de Pine: me había casi olvidado de mencionar que llevábamos con nosotros a un irlandés llamado Dermot Conelly, que había residido anteriormente en Inglaterra y allí había aprendido el arte de tocar la zanfoña escocesa; y aun no siendo inglés y habiendo casi olvidado vuestra lengua, conservaba en cambio toda su habilidad con el instrumento, que llevaba consigo en el mar y con el que se deleitaba sobremanera. Estando un día en la Isla, comenzó a tocarla; pero habría provocado vuestra admiración el advertir el asombro de esas gentes desnudas, así como el largo tiempo que empleamos antes de convencerles de que no se trataba de una criatura viviente, a pesar de que pudieron palparla y hacerla sonar. Y todo eso tratándose de gente inteligente que conserva gran parte de la llaneza y las buenas maneras de la nación inglesa, aunque hayan tenido pocas ocasiones para desarrollarlas. En este respecto hemos de considerarlos afortunados, en que, poseyendo poco, disfrutan de todas las cosas contentándose con lo que tienen, convirtiendo en broma pesada esa fascinación por las riquezas que encontramos en los países europeos. Y no voy a extenderme más, que, con el tiempo, el mundo conocerá esta Isla más y mejor que todo cuanto yo pueda referir de ella. Sólo he de decir que se trata de un lugar enriquecido por la abundancia de la naturaleza, que no carece de nada de cuanto se precise para el humano sustento, tal que, si fuere trabajada por la agricultura y la jardinería como lo son otros de nuestros países europeos, sin duda los igualara, si no los excediera, sobrepasando a muchos que ahora damos por dignos de admiración.

FINIS

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